martes, 27 de diciembre de 2011

24.

Pues aquí estamos otra vez. A pesar del esfuerzo constante por evitarlo, y de las muchas formas en que he intentado evitar el tema entre mis asuntos pendientes de la semana, un par de felicitaciones adelantas y un no sé qué a pastel y cera barata en el aire me indica que en un par de horas, y sin que nadie pueda detenerlo, he de cumplir 24 años. Nótese el uso del presente perfecto en tono de advertencia, admonición o norma. Eso es porque no tengo para dónde hacerme. La última vez que intenté esconderme de un cumpleaños, duré toda la noche viajando en un vuelo a Japón, sólo para llegar a la nación nipona y descubrir que tuve que haber viajado 24 horas antes para que el esfuerzo valiera la pena -es lo que me gusta de cumplir años: puede uno decir mentiras, y hacer lo que le venga en gana, y ni quien se fije-. Así que no pienso -volverlo- a hacer. No sólo por lo inútil, sino por lo arriesgado: llegaría el punto, envejecido y maltrecho, en que seguiría teniendo los mismos 24.
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Y en vista del éxito obtenido en este último año de vida -lo de éxito es metafórico... y nada tiene de éxito-, me veo en la apremiante necesidad de no celebrar de ninguna forma esto que hoy me llega a las manos, dicen mis amigos que como un regalo, yo más bien digo que como una ley ineludible. No espero regalos -nunca los tengo, de todas formas-, llamadas de felicitación, abrazos o recordatorios en Facebook -ésos, hasta para los que los hemos usado, son una pésima y totalmente impersonal forma de ser felicitado por contactos que en la vida imaginabas que tenías agregados-, y no se molesten por preguntarse durante toda la noche qué podrán hacer por mí mañana. Iré a trabajar y festejaré laborando, por un módico sueldo, que trabajo fue de las pocas cosas que la vida me regaló estos últimos doce meses -por eso también festejaré besando a mi novio, otra de esas pocas grandes cosas-. El resto, ni para qué recordarlo.
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Vamos a ponerlo así. En este año me propuse amar más y ser más conciente de mí mismo y mis amigos. Y lo hice a medias. Amé ciertas cosas y a ellas me entregué con júbilo y pasión, y el fantasma de la decepción -tema ya agotado... no es tema....- rondó a mi puerta un par de veces. Me propuse llevar un estilo de vida más saludable, cuidando mi alimentación y mis contactos con el médico. Y también lo hice a medias. Sólo en el último mes me apliqué y logré salvarme un poco, pero debo admitir que el resto del año estuve comiendo lo que encontraba -imaginadores abstenerse-, y huí del médico como de la peste. Me prometí ver más cine, escuchar más música, leer más libros. Y también eso lo hice a la mitad. El trabajo y la rutina lo absorven a uno,  y a pesar de que en el segundo semestre logré recuperar en mucho mi vida gracias a un cambio laboral, todavía es hora que no veo lo suficiente, no leo lo suficiente, no escucho lo suficiente.
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Me prometí disfrutar más de los pequeños momentos, esos pequeños momentos que hacen la vida tan sabrosa y dan tanto sentido a la existencia. Y lo logré, a medias. De hecho me parece que el tener que estar moviendo las cosas para que los cambios llegaran, me ocasionó estrés y desazón. Quizá por eso el año se me fue tan rápido. Me prometí intentar lo diferente, y es hora de que sigo comiendo lo mismo, aderezándolo de similar y acompañándolo con idéntico.
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Es obvio que abarqué mucho, y terminé por no apretar nadita. Aprendí mucho, sí, pero a costa de graves errores y dramáticos descubrimientos que me ganaron dos o tres lágrimas. Y a mí eso de aprender a chicotazos como que no me va. Por eso el próximo año, que he de vivir, según estadísticas, quiera o no, he decidido sentarme a esperar que la vida me sorprenda. No haré planes, y no daré más pasos en falso que los necesarios. Este año que termina, bombardeé lo suficiente murallas y ciudades, y dejé que dos o tres pedestales cayeran al respecto. Y generar dichas caídas trajo caos, revolución y cierto grado de anarquía, pero luego, ahora, como que avisoro la paz. Porque para vivir hay que cambiar, y para cambiar hay que hacer, sólo de cuando en vez, que el mundo arda un tantito.
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El próximo año, pues, tendré sólo un par de metas y en ellas me enfocaré. No prometeré unión y prosperidad cuando sé que no tendré tiempo para hacer que la campaña de Benetton se cumpla y Ratzinger le dé su ósculito -?- al imán Mohamed el-Tayeb. No prometeré crecimiento y avance, cuando ni la campaña amorosísima de AMLO logrará crecimientos económicos para este país de balazos. No prometeré que los veré, buscaré, amaré, leeré y escribiré más, porque no sé ustedes pero yo ya estoy harto de promesas sin cumplir. Vámonos portando serios. Este año pido energía, y decisión, y con dos costales mensuales de eso me basta. Lo demás, como en el viejo refrán, es vanidad.
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¡Salud!
-Este Baile llega así a sus 4 primaveras. Qué rápido se nos está yendo la vida, don Susanito, qué rápido y que en chinguiza-.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Del mal de año.

Este fue, en definitiva, un año duro. Decepcionante hasta la médula, no sólo porque yo particularmente esperaba otro comportamiento de su parte, de sus días, sino porque estuvo plagado de decepciones. De lo personal a lo profesional, pasando por todas las escalas posibles, muchos rincones de mi existencia se tambalearon ante la sonora explosión de los ídolos caídos, los falsos profetas revelados y mi decisión personal, invaluble e ineludible, de dedicarme a barrer las cenizas.
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Haciendo un recuento que no quiero, pero al cual me obliga la realidad, éste año se me fue en lamerme las heridas.  Quizá por eso se me fue tan rápido. Fue un año no sólo pausa, sino retroceso. Las cosas no sólo dejaron de fluir. En algunos casos el estancamiento fue tal, que tuve que abrir la represa porque el agua empezaba a pudrirse.
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Es por ello que este cumpleaños -que es no sólo el mío y el de Ravel -sí, el del bolero- y Stan Lee -sí, el de los mutantes e inadaptados-, sino también el de este Baile-, que estará en tres días tocando a la puerta de manera impostergable -da la casualidad que, sin importar qué pase y cuánto lo evite, uno termina cumpliendo años cada año el mismo día-, compartiendo el sentimiento -y muchas otras cosas- con mi cobija de chinos y ojos, hemos de esperar cero felicitaciones, cero abrazos y cero llamadas telefónicas de cualquier tipo -incluso rechazaré las del Niño Verde cuando llame para decirme que ellos pidieron vales de medicinas, y nos los quitaron, ellos pidieron pena de muerte, y nos la quitaron, ellos pidieron que bailara Zoila, y nos la quitaron-. No porque no creamos en la buenaventura de sus deseos y manifestaciones amorosas, sino porque esto de cumplir años se ha puesto el último período tan de mal agüero,  que preferimos no arriesgarnos a que el próximo año nos vaya aún peor.
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Hubo en este año que termina en unos días que hacer movimientos imprevistos y mal meditados. Así es de pronto la vida: le da a uno a veces la posibilidad de sentarse a cabilar los movimientos del tablero, y en la misma medida le quita otras veces toda probabilidad de investigar y elucubrar la mejor decisión. Hubo que marcar distancias y franquear bien el espacio personal -yo el mío lo rodeé de soldaditos de plomo. Han demostrado ser más eficaces y humanitarios que los del ejército calderonista-. Hubo que cerrar filas y tapiar puertas y ventanas. Hubo que derrocar privilegios y bajar guardias. Hubo que pedirle a ciertas personas, con dos o tres modos, que le bajaran el nivel de alimento lácteo graso acidificado a sus panes de maíz sin levadura rellenos de producto cárnico diverso -osea, que le bajaran la crema a sus tacos-. Y hubo también, en dos o tres casos, que voltear la cara y mandar al niño al rincón.
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Hubo en este año que guardar la calma y esperar. Y Dios sabe lo que se me complica a mí la espera. Por cada dos pasos que di, el día a día me recordó con tres traspiés que era necesario no avanzar un paso más. Lo entendí bien y bonito. Hay años punta y estrella, lanza y astillero, y años agua mansa y atardecer contemplativo. Dicho de otro modo: hay años para que nade el pato -y hasta haga gimnasia olímpica, como en los Panamericanos-, y años que ni agua beba.
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Sí, este fue un año particularmente dificil. Los planes profesionales no se concretaron, y los que no se concretarían salieron de pronto finalizados, empaquetados y listos para expotación. Lo que se creía factible y como ruta eficaz el primero de enero pasado, demostró para abril ser irrealizable, y lo que se pensaba irrealizable al dar las doce campanadas, se tornó aún más inalcanzable. Mis últimos semestres en la facultad, en ausencia de amigos y conocidos de antaño en mis clases, se tornó tan insufrible como inútil. A los que quiero mucho, los vi poco, y a los que vi mucho tuve que pedirles regresen en dos o tres décadas, cuando pueda entender su cotorreo. Tuve que ponerme en cintura y aligerar mi alimentación -que de tanto queso crema se me estaba volviendo un hábito indigesto-, y parar en seco mi propensión a los extremos. Miembros irremplazables de mi familia estuvieron fuertemente enfermos gran parte del año, y yo mismo tuve dos de las más fuertes gripas que recuerde en mi vida en estos últimos doce meses. Leí poco, y lo que leí me gustó la mitad. Vi más televisión que de costumbre, y terminé por entender todavía menos el funcionamiento de la más multimillonaria de las industrias en mi país. Cambié, forzadamente, dos veces de celular, y tres veces de mochila -o es cierto lo que mi cobija de chinos yojos dice, y tengo manitas de estómago, o en serio estos últimos 365 días se esforzaron por apestar con ganas-. Fuertes cambios económicos apretaron mi bolsillo -por no decir que me las vi negras para salir el año con mi presupuesto actual-, y eso que no fue éste un año de crisis financiera nacional. Tomé la decisión desde mitad de año de darle a mi carrera luz volviendo al periodismo, y las tres puertas que en el último semestre toqué para tales efectos se me cerraron con todo y portazo. Me decepcionaron algunos amigos -o más bien, me harté de que fueran tan decepcionantes-, mis compañeros, mis familiares, y dos o tres conocidos-. Y todo esto explicará, espero, por qué llego diciembre y yo no quise pedir en inventario alguno más que puras tarjetas de regalo -ahora mismo estoy ocupado en salir a flote a jalar aire, ya me ocuparé luego de ver qué garra, disco o gadget inútil se me antoja-.
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De todo eso no hay qué hablar mucho -mucho más-. Es mi mala suerte con los años nones. Y es que yo no sé por qué, pero diario que lo apuesto todo en años no divisibles exactamente entre un número par, terminan las cosas saliendo, como diría sabia siempre para darle a las cosas la vuelta, "de la rechifosca mosca".
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Pero como yo no he muerto, y no ha muerto tampoco mi esperanza, resulta que tras abrir la caja de pandora tengo al final de todos los males, como el último calcetín en el armario, justamente la esperanza. Fue, en medio de tanta calamidad, el año en que mis dos hermanas me hicieron tío, y ese par de gordinflonas fábricas de babas valen el esfuerzo de mantenerme a flote las últimas cincuenta y dos semanas. Fue también, pese a todo, un año de consolidación y acercamiento inigualable en mi relación. Un año en que nada caminaba, y sin embargo, en medio de la neblina y el estancamiento, sentí en todo momento a mi lado la mirada rodeada de chinos -a veces lacios, por aquello de que le da por cambiar de look como de ropa- de mi cobija sonriente. No me faltó de su parte un "ánimo" o un simple suspiro de complicidad. Su mano tomó en todo momento la mía, y su humor, su afabilidad, su compañía, su autenticidad y su cariño, me dio el único motivo para estar orgulloso de algo hecho por mí en el último tiempo. Fuera de él, y de lo que hicimos juntos -de lo pequeños que lograrmos que nos fieran los que no han volado nunca-, mejor doy media vuelta y me regreso al 2010.
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2012 tiene oportunidades de sobra para mejorar la partida. Espero agarrarme de alguna de ellas. Si bien es cierto que el mundo puede acabarse al cumplirse las profecías mayas -que ni son profecías, se les acabó la roca y ya no tuvieron espacio para agregar más días-, también lo es que no me queda más que hacer un esfuerzo por seguir cazando la pechuga hasta que se nos venga el mundo encima. Total, ya estamos aquí, ni modo de no entrarle al bailongo.
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Ya 2011. Ahí muere.
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¡Salud!

viernes, 9 de diciembre de 2011

El muñeco de cartón.

Oiga, señor candidato, acá entre nos, yo tampoco he leído nada en mi vida. Tengo mi cuarto lleno de esos objetos extraños, mitad ladrillos, mitad paquete de hojas recicladas, y a la fecha no sé por qué los tengo. He repasado una por una sus páginas, en muchos de los casos más de dos veces, y registrado con mi vista cada mancha negra de tinta que vuelve gris el blanco de las hojas. Y a la fecha sólo entiendo que no le he leído nada. Así que no se agobie. Seguro llegará el momento en que, tanto usted como yo, tengamos claro para qué sirve tanta palabra, tanto párrafo, tanta pasión humana.
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El lapsus brutus del candidato presidencial priísta en la pasada Feria Internacional del Libro de Guadalajara -que fue, lo habrán notado, un gran hoyo negro en este baile por primera vez en su historia, ello gracias a que ya sin credencial de prensa ya no me sabe igual, por lo que no volveré a hablarles de la FIL hasta que alguien se digne a invitarme como periodista y me salve de pagar quince módicos, justos y nutritivos pesos-, es más que un alarmante olvido. Enrique "Sololoi" Peña Nieto intentó al día siguiente disminuir el incidente con un simple: "Yo no lo veo tan grave. Para mí es un asunto intrascendente", confesó para un noticieron matutino en Radio Fórmula. Lo cierto es que esta declaración no hace otra cosa que acrecentar la imagen de miope, superficial y algo estúpido que el "asunto intrascendente" del día anterior le creó ya, irreversiblemente y sin derecho a réplica, entre todos sus posibles votantes medianamente inteligentes, leídos e informados.
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Imagino el terror que se vivió entre sus asesores personales cuando el ex rector de la Universidad de Guadalajara y actual diputado federal por el partido tricolor, José Trinidad Padilla López, siguió el protocolo propio de toda presentación de libros en la FIL y le cedió el micrófono, terminada la cantaleta metódica, pensadísima, bien planeada y hecha a la medida de "Sololoi" Peña Nieto, a quienes tendrán también la última palabra el próximo año: los lectores-votantes. "Me quiero volver chango", debieron pensar, porque supongo saben que a su candidato Mattel lo que menos se le da es hablar sin guión. La gorda, la nerd y el gay -los asesores personales son siempre tres, y siempre tienen justamente estas características-, debieron correr de un lado a otro despelucándose cual pitufos cuando llega Gargamel. Seguro su candidato ni se enteró. Suficientemente preocupado ya en cuidar la perfección de su copetazo en las imágenes de su rostro las pantallas planas, ni siquiera se dió cuenta de que lo que los filiófilos querían saber era qué lecturas han marcado su vida, no qué recuerda haber visto en los aparadores de Sanbors antes de comprar sus ejemplares quincenales de Quién y Caras.
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Denisse Dresser, junto con otro buen grupo de intelectules, dejó más que claro ya lo profundamente terrible y las más grandes repercusiones que la fallida respuesta de Peña Nieto acarrea. Se trata de un candidato hecho a la medida de ciertos intereses, intereses superiores que, de llegar a la presidencia -toco bosques enteros, no nomás madera-, gobernarán a través de él como títere o antifaz. No sólo por la vacuidad de sus respuestas, tontas y superfluas, sino también por el contenido de las mismas: "Sololoi" Peña Nieto sólo puede recordar atinadamente la Biblia como su lectura, y con ello se granjea el aplauso y reconocimiento, lo supone de improviso, de la mayoría católica, o cuando menos moralista, que integra la población de sus próximos gobernados. Hecho a la medida de intereses que no son los suyos -si por él fuera, se iba de modelo a CK y se dejaba de otras faenas inútiles-, está programado para dar de sí, justa y necesariamente, lo que le granjeará el triunfo a los titiriteros tras la máscara de Ken. Y nada más.
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Por eso a preguntas comunes, como "¿qué opina del apoyo a la tercera edad" o "¿qué opinión le merece la equidad de género?", responderá siempre con respuestas comunes. Les dirá, a ustedes y a mí, lo que queremos escuchar. Lo que él, programado de fábrica desde el Pedregal con una veintena de frases preestablecidas, cree que se requiere responder. Como el Nenuco que te dice siempre "mami" cuando lo abrazas, no más, no menos.
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Su respuesta fallida será a partir de este momento más decisiva de lo que Peña Nieto cree -iba a escribir "piensa", pero no viene al caso en el caso del niño Televisa-. Si no lo fuera, "su gente" no se habría tomado la molestia de tumbar en un par de horas cuando servidor se le apareció por la red en blogs, chats y redes sociales que trataron el tema del "asunto intrascendente". La censura no es otra cosa que una respuesta al miedo. Y, como siempre sucede con los poderes fáticos, quienes impulsan su candidatura se sienten mucho más inseguros respecto a su propio candidato -y ya vimos por qué- que los que parecen llegar a la campaña en vehículos -y motivos- propios.
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Señor Presidente -así se dirigen a él sus allegados, quienes, como él mismo, no conciben otra cosa que su presencia en Los Pinos a partir del próximo año-: Yo le repito que comparto con usted la ausencia de lecturas. Ni Fuentes, ni Vargas Llosa, ni Restrepo, ni Hernández, ni Hernández, ni Neruda, ni García Márquez, ni Krauze -que escribió La presidencia imperial, un material histórico básico que todos, absolutamente tdodos, deberíamos tener en cuenta-, ni Ibargüengoitia, ni Rulfo -en cuyo auditorio mezcló usted las cosas e intentó salir aireado-, ni Arreola, ni Del Paso, ni ninguno de los otros nombres de desconocidos que llenan mi habitación, han sido para mí lecturas. Son, eso sí, viajes y encuentros humanos con lo universal. Entiendo que usted, como yo, no haya leído nada. Lo que no entiendo es cómo nada de lo que ha encontrado en ellos lo ha dejado marcado. Eso sí, señor candidato, es un error inaceptable.
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¡Salud!

domingo, 20 de noviembre de 2011

Todos los fines felices.

Mexicanos volad presurosos,
de la pantalla plana en pos.
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La calle se llena. Son altos, bajos, afectados por la obesidad, atléticos, diabéticos (porque el mexicano no padece "diabetes", tiene "diabetis"), cariados, víctimas de una creciente ola de violencia social que los conmueve, indiferentes. Nada hay en común entre los individuos de esta raza de bronce. Nada y sólo una cosa, una divina trinidad: viven al día, tienen tarjeta de crédito, y no dudan en endeudarse para seguir viviendo al día.
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El supermercado en el que trabajo -ya lo sabrán ustedes, que se han chutado todas, todas-, vendió tan sólo en el primer día de El Buen Fin (R. "El Buen Fin", el logo de la hoja de calendario y sus colores blanco, negro y rojo, son marcas propiedad de Felipe Calderón Hinojosa. Prohibido su uso para fines distintos a los establecidos en el programa. Todos los derechos reservados), casi tres millones de pesos. Para que se den una idea de lo que eso simboliza, nuestra tienda -y suya también, si ayudan con los gastos-, vende esa clase de cantidades sólo una vez al año, el 24 de diciembre. El resto del año, incluída la temporada que todos conocemos como Julio Regalado -"este don Julio está echando la casa por la ventana, ¡está regalando todo!", dijo en el episodio pasado del mes de descuentos uno de los empacadores de la línea de cajas-, llegamos a mucho, pero no a tanto. Lo que a mí más me impresiona del asunto de El Buen Fin (R. "El Buen Fin", el logo de la hoja de calendario y sus colores blanco, negro y rojo, son marcas propiedad de Felipe Calderón Hinojosa. Prohibido su uso para fines distintos a los establecidos en el programa. Todos los derechos reservados), es que los mexicanos salieron a comprar -a La Cómer y a otros muchos lugares de la misma o peor calaña- armados no de efectivo, cash contante y sonante, lo que hablaría de que estaban empleando, invirtiendo o despilfarrando, según se vea el vaso medio lleno o medio vacío, su aguinaldo, sino de fuertes y bien blindadas tarjetas de crédito.
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Osea que el país estará endeudado con instituciones bancarias durante periodos que van desde los seis meses hasta el año y medio de duración. Eso al país le viene bien, dicen, y lo que importa no es cuánto quedaremos a deber, sino que ahora, a punto de terminar el sexenio y con don Felipe recorriendo el sur de México en gira artística -Felipito y los Best Buy Boys-, se active la economía vía hartos vouchers firmados. La iniciativa, ya lo imaginarán a estas alturas, nació en Los Pinos -en los de la presidencia, no en el albergue infantil, que de ahí habría salido algo más inteligente-, y fue aplaudida por muchos empresarios que, viendo en el seco y áspero noviembre una luz para estirar un poco la temporada navideña -que de puro diciembre les sabe corta-, ya no saben cómo van a terminar un año tan caótico -imagínense qué tan caótico no será que se casó Galilea Montijo. ¿No será que ahora sí el próximo año nos carga a todos el payaso?-
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Y Calderón, obediente de sus propias ideotas, andando en Cancún dio banderazo de salida y espaldarazo al Buen Fin (R. "El Buen Fin", el logo de la hoja de calendario y sus colores blanco, negro y rojo, son marcas propiedad de Felipe Calderón Hinojosa. Prohibido su uso para fines distintos a los establecidos en el programa. Todos los derechos reservados), adquiriendo un espejito, dos pares de listones rosas y una canastilla para su bicicleta -bueno, en el radio dijeron "aditamentos", pero esos son los que mejor se me acomoda enumerar- , y un disco de Marco Antonio Solís, "El Buki", que le pidió su esposa (me los imaginé a los dos echados en la sala el domingo en la mañana cantando "¿A dónde vamos a parar, con esta hiriente y absurda actitud?").
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Acá, las hordas de endeudados compraron pantallas planas a morir -se vendieron más que los condones, y miren que los condones se venden siempre mucho cuando hay puente-, estéreos con chicas bocinotas, aditamentos para las pantallas planas compradas a morir, y aditamentos para los estéreos con chicas bocinotas. Y ni qué decir de refrigeradores, estufas, hornos de microondas, lavadoras y calefactores que salían de la tienda como si los estuviéramos regalando. Una señora llegó al punto de preguntarme, indignada, cómo era posible que no tuviéramos más pantallas planas Bravia de Sony. "No, señora. Las que teníamos las vendimos para poder comprar más, y ésas también se vendieron. Y como de ahí no vamos a salir, mejor cerramos y nos vamos".
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La calle se llena. No hay bolsa sin mano, caja sin espalda, saldo sin monedero electrónico. En El Buen Fin (R. "El Buen Fin", el logo de la hoja de calendario y sus colores blanco, negro y rojo, son marcas propiedad de Felipe Calderón Hinojosa. Prohibido su uso para fines distintos a los establecidos en el programa. Todos los derechos reservados), la vida, el éxito, la prosperidad y la felicidad, se reducen a tu límite de crédito. Soy, luego tengo. Me endeudo, no pago. Quiero ver la cantidad de devoluciones que vendrán después de esto. Los fabricantes se relamen ahora los bigotes tanto como nuestro jefe de electrónica. Será una navidad feliz. En enero, cuando empecemos a pagar los males de El Buen Fin, la resaca nos dejará exhaustos. Por lo pronto, ¿a mí qué me importa que se caiga el país, si yo ya tengo mi pantallota?
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Jonathan Larson, en el libreto de su célebre ópera rock Rent escribió: "If you're living in America, at the end of the millenium, you're what you own". Le pediría yo hoy corregir la nota: "If you're living in America, at the end of the millenium, you are what you owe".
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¡Salud!

viernes, 11 de noviembre de 2011

A sangre helada.

Truman Capote se describió a sí mismo en cuatro palabras escabrosas: "soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio". Y para enunciar las cuatro tenía motivos de sobra: murió de una sobredosis de sicofármacos combinados fatalmente con alcohol; fue uno de los primeros intelectuales abiertamente homosexuales de la historia estadounidense cuyas maneras y manías no sólo no le ocasionaron el repudio popular, sino que lo hicieron famoso; y generó, a través de su célebre novela A sangre fría, un género a medio paso entre la literatura y el periodismo que se convirtió en la piedra fundacional del llamado new journalism, sin el cual sería prácticamente imposible leer un reportaje en un periódico moderno.
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Convivió con los más famosos artistas de su país a mediados del siglo XX, y más concretamente con la más alta esfera de intelectuales neoyorkinos, a quienes aprendió a conocer hasta en sus más escabrosos secretos, excelente observador como era de la realidad a la que siempre asistió como en función de estreno. Su amaneramiento, su fina voz y sus estrafalarios gustos en el vestir, le dieron pase directo al mundo de los cocktails, las reuniones de gala y las más exclusivas vidas privadas. El encanto se rompió cuando Capote, observador pero hablador, amenazó con publicar secretos y entredichos en un material bibiográfico que nunca vio la luz. Rechazo y finalmente incomprendido, se retiró a vivir en la mucho menos voluptuosa ciudad de Los Ángeles, hasta que en 1984, en medio de fuertes crisis depresivas, los mismos excesos que disfrutó toda su vida y que lo hicieron miembro activo de fiestas y reuniones, le quitaron la vida un mes antes de juntar los 60 años.
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Pero yo no vine aquí para hablar de Truman Capote (cuyo apellido hispano lo adoptó de su padrastro, un cubano llamado Joe García Capote). De él encontrarán cientos de biografías y videos en Youtube, hasta cortos de su breve actuación cinematográfica en la cinta de poca monta Murder by death (1975). Incluso tendrán muy a la mano la nada despreciable actuación ganadora del Óscar de Philip Seymour Hoffman en la cinta del  2005, Capote, que retrata de un modo interesante los claroscuros del ser humano que revolucionó para siempre la historia del periodismo universal. Yo vine aquí para hablarles del más famoso de sus proyectos, A sangre fría, y en ello me he de quedar aunque me cueste la vida -digo, si vamos a empezar con el asunto de lo policíaco, hay que corresponder, ¿no?-.
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Primero empezaré por hablar del new journalism -¡ots!, ¿en qué quedamos, pues?- Con A sangre fría, Capote inauguró una nueva forma de hacer periodismo. O de hacer literatura. Si lo que se requiere para que la noticia funcione como tal es la objetividad, que en la medida de lo posible la alejará de opiniones, filtros ideológicos o comentarios que podrían ensuciar al hecho duro, pensó Capote, ¿por qué no ejecutar creación literaria en torno a los hechos objetivados? Lo que logra es entonces un género híbrido entre lo literario y sus requisitos básicos -narrador, personaje, sucesión de acontecimientos, espacio y tiempo, etc.-, y el periodismo informativo y sus ídems -objetividad, corrección, sencillez, precisión, concisión, síntesis, etc.-. Truman Capote hermanó de una vez por todas ambas actividades humanas, hasta entonces sólo medianamente vinculadas, incapaz de acceder a la compleja la realidad sólo a través de una de ellas, y con ello logró no solamente que los fanáticos del periodismo y la literatura se acercaran por completo y de una vez por todas a ambos productos del lenguaje, sino que los periodistas y los literatos encontraran en la actividad contraria una nueva fuente de recursos estilísticos e inspiracionales.
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Pero para llegar a eso, Capote tuvo que sufrir las de Caín -nadie nos asegura que Caín sufrió, pero ahí estamos todos jurando que sí como manada. ¿Qué tal si la muerte del hermano en realidad le trajo paz y prosperidad? Si Freud proponía matar a la madre...-. Primero se enfrentó a un acontecimiento que, por su rareza y complejidad, desató controversia en el ambiente policíaco de la época: una familia de cuatro miembros, mamá, papá, hijo e hija, los Clutter, agricultores queridos y admirados por su comunidad, en Holcomb, Kansas, fueron amordazados, torturados y asesinados por un par de ladrones de poca monta, que a cambio de las vidas de los cuatro obtuvieron cincuenta dólares y un radio de pilas portátil. Luego, atraído por la complejidad del caso -los asaltantes no dejaron huella alguna, y la comunidad entera se espantó por la posibilidad de que el asesino pudiera ser un vecino más de su pacífico pueblo-, Capote se introdujo paulatina e inteligentemente en la vida de los pobladores de Holcomb.
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En ese momento, su interés por el hecho dejó de ser sólo periodístico. Sin enarbolar una causa específica, lo que habla de su inteligencia y profesionalismo, es decir, sin hacer labor policíaca o ministerial en favor de la búsqueda, captura y procesamiento de los culpables, manteniendo siempre en claro su postura como profesional de la información, el escritor se adentró en las consecuencias sicológicas, anímicas y sentimentales de los asesinatos para la comunidad.
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Con la ayuda de su amiga Harper Lee, quien ya antes de la publicación de A sangre fría había ganado el Pullitzer en la categoría de ficción por su novela -también convertida en popular cinta- Matar un ruiseñor (1960), Capote se convirtió en parte de la comunidad de Holcomb. Ganó la confianza de sus vecinos, y extrajo de esa confianza la verdad. Entonces, teniendo claro el perfil sicológico de todo el pueblo antes y después de la matanza, concibió la idea de convertirlos en un personaje literario. Su obsesión por el caso fue tal, que durante los diez años que siguieron a los asesinatos hasta la captura y aplicación de pena de muerte para los dos asesinos, Perry Smith -con quien se dice que Capote sostuvo una relación sentimental más allá de su profesión- y Richard Hickock, Capote no escribió ni concibió ningún otro artículo interesante. Cuando los criminales fueron juzgados y condenados, Truman Capote tenía en sus manos un conjunto de perfiles humanos tan valioso que hacerlo sólo un reportaje sería limitarlo en exceso. El resultado podría estar sólo en la literatura: escribir una novela. Pues una vez que están claros los personajes y sus semblanzas, sus miedos, indecisiones, decisiones y complejos, lo demás es pan comido.
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El resultado es una novela que sobrepasa las expectativas del lector periodístico y del literario. La construcción de los personajes es exacta y sublime. Dirá el experto que qué chiste, que Capote no hizo más que calcar a un grupo de seres humanos sobre el papel. Pero esa simple calca requiere de una capacidad de observación y deducción, empatía y carisma literario, que no cualquiera posee. Lo que Truman Capote vierte en la novela es un documento que imagina poco y reproduce lo demás. Las pocas dosis de literatura que pone en el escrito, no son ni siquiera interesante. El verdadero "gancho" está en la asistencia del lector no sólo a un cuádruple crimen, sino en su asiento en primera fila para el espectáculo de la vida humana. Los hechos narrados no buscan un culpable. Ni siquiera pretenden el enjuiciamiento de los hechos. La novela de Capote pretende exponer al hombre y la complejidad de su alma, dejarlo descubierto frente a sí mismo y ennumerar sus pasiones y controversias, sus enfermedades y dolencias. No llama a la excusa: provoca a la reflexión. Y la catarsis resulta inminente: finalmente todos tenemos algo de Holly Cuttler, de Perry, de Hickock, hasta del detective Dewey, y el encuentro del hombre con el otro que protagoniza las páginas de la llamada novela de no ficción sensibiliza, enseña, hermana y sublima.
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Quizá yo no hubiera titulado A sangre fría la obra final. Supongo que Capote se enfrentó al dilema de cómo titular un trabajo de diez años, cómo resumir en un par de palabras un proceso que cambió su historia personal y la de su profesión. La respuesta estuvo en el llamado a la vocación de la sangre, la nota roja y el enfrentamiento audaz y despiadado con la verdad. Para mí, A sangre fría no es nada de eso -la violencia del asesinato múltiple apenas y se describe-. Yo la hubiera llamado "Desnudamente humana", o algo por el estilo -siempre he sido pésimo para los títulos. Se solicita titulador con experiencia-. Pero lo hecho, hecho está, y lo cierto es que hoy la expresión A sangre fría remite no sólo a una expresión preestablecida del periodismo amarillista, sino a toda una revolución de las artes y ciencias de la palabra orquestada por la pluma y la sensibilidad del más grande escritor neorlandés.
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La invitación es inútil. Tienen que leer A sangre fría. Si no lo hacen, se estarán perdiendo de un profundo retrato del humano ante la enfermedad mental y la decadencia moral. De una velada crítica hacia una sociedad que genera criminales en la exclusión y la desigualdad, y luego pretende convertirlos o satanizarlos para hacer un circo que los comercialice. Tan actual como enchínamelapiel.
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¡Salud!

La paradoja Blake.


Más de una cosa resulta paradójica en torno a la muerte del hasta hace unos minutos secretario de gobernación del presidente Felipe Calderón Hinojosa. Supongo que a ninguna persona, medianamente enterada, le pasarán por alto estas mismas encrucijadas de la realidad. Paralelismos fatales que resultan también misteriosos, que desatan cuestionamientos hasta de los menos avezados. La propuesta no busca resolver las paradojas, sino ennumerarlas, con la absoluta convicción de que muy probablemente  no haya respuesta para entredichos que la vida misma genera, sin poner mientes en lo que a nosotros, los seres humanos, nos vaya a parecer.
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José Francisco Blake Mora es el segundo secretario de gobernación del presidente Calderón que fallece en un accidente aéreo. En 2008, justamente en los primeros días del mes de noviembre de aquel año, Juan Camilo Mouriño, el entonces funcionario al mando de la Secretaría de Gobernación, murió al desplomarse el avión en que viajaba mientras sobrevolaba la capital del país. A Blake y a Mouriño no los une sólo el puesto que desempeñaban al momento de su deceso, ni las condiciones del mismo. Ambos eran también panistas, y ambos tuvieron que defender, en momentos que se tornaban cada vez más dramáticos, la figura de su jefe en un puesto que, ya se ha dicho antes en este mismo espacio, le ha quedado grande.
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En todos esos sentidos, la paradoja se extralimita. El conjunto de similitudes entre ambas muertes y personajes raya en lo increíble. Cuando Mouriño murió, la opinión pública desató mil y un teorías en torno a la causa del accidente. Se habló de un atentado, de cierta premeditación, y "Felipito" Calderón avivó la llama cuando, en las exequias del secretario, prometió a los presentes, entre quienes estaban la viuda del secretario y sus tres huérfanos, que no cedería ante ninguna presión. Los enterados no pudieron más que guardar para sí sus conclusiones cuando, tras muchos meses de calma y olvido aparente, la Procuraduría General de la República puso a la luz los resultados de las indagatorias y peritajes realizados en torno al accidente del secretario, determinando una falla mecánica en la avioneta como la causante del siniestro.
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Con Blake habrá que ver. Lo cierto es que Calderón se queda una vez más sin una columna estratégica al interior de su gobierno, ya de por sí debilitado por la creciente ola de críticas y sobresaltos que en gran medida ha ocasionado su política pública en torno a temas como la seguridad, las garantías individuales, la política exterior, los derechos humanos y la lucha contra el llamado "crimen organizado". La potencia del panismo, también disminuida con respecto a hace once años cuando tomó por primera vez la presidencia mexicana, sufre igualmente un revés de trascendencia. La clase política espera ahora para ver a quién elegirá Felipe Calderón como sucesor del secretario fallecido hoy. Se requiere una figura imponente, transparente y decidida, que otorgue una potencia nunca vista al gabinete, y con ello al gobierno, del presidente constitucional. El 2012 está cada vez más cerca, con todo y sus elecciones federales, y al principal panista del país, el propio presidente, le urge fortalecer la imagen de su administración para otorgarle un voto de confianza a su partido con rumbo a los  próximos comicios. Porque él debe entender que un gobierno panista fuerte y decidido, pero también transparente y abierto, generará un voto generoso de parte de los electores el próximo año.
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Suena duro, pero el accidente de Blake abre una oportunidad para reivindicar el trabajo calderonista. Los meses se agotan y la última docena de meses será crucial para determinar si los votantes se inclinan o no por darle seis años más al PAN en el principal puesto público del país. Independientemente de los resultados que arroje el peritaje en torno al accidente de Blake Mora, Calderón puede elegir entre darle paso a la tragedia o llamar al trabajo consistente y el replanteamiento de las políticas públicas desde el interior de su gabinete. Seguramente tirará a lo primero. Porque la muerte de Mouriño en 2008 no lo hizo reflexionar, en apariencia, ni siquiera sobre la seguridad al interior de su propia administración. Blake tripulaba una avioneta de finales de los ochenta, con más de un millar de horas de vuelo en su haber, e iba acompañado de otros importantes miembros del gabinete. Como Mouriño, hace tres años. Las paradojas no se resuelven, pero en algunos casos sí pueden prevenirse.
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¡Salud!

jueves, 10 de noviembre de 2011

Sobre la decepción.

Qué cosa más difícil de mantener es la credibilidad. Uno no vive para ella, pero cuando se entera de que a ojos de otro la ha perdido, el sentimiento resultante no es nada grato. Tarda uno, sobre todo si frente al que hemos perdido credibilidad es un ser cercano, muy querido, en entender que nada es para siempre, y no puede uno ser siempre justo, siempre magnánimo, siempre perfecto, sin afectar a las otras dos terceras partes de la misma ecuación. Lo que surge cuando se pierde la credibilidad, del lado del que ve morir una idea, es la siempre eterna decepción.
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Vengo a esta idea porque esta semana alguien se dijo decepcionado por mí, y dos personas me recordaron la pérdida de su credibilidad frente a mis ojos. Con ambas cosas, claro está, me toca trabajar a mí. En el siglo XXI, que entre otras cosas nos ha dejado dos gobiernos panistas, el bótox y a Facebook -que ahora, ni por darle poquito crédito a mi fidelidad para con su marca, nomás no se digna en enlazar mis publicaciones de este Baile con mi muro-, los sicólogos y pedagogos creen fielmente en el concepto de "inteligencia emocional", un caldo altamente protéico vendido en lata que no es otra cosa que una simple y aguada sopa de fideos: la capacidad -y su obligación inherente- de hacerte responsable de tus emociones. Si a las madres del siglo XX las decepcionábamos, a las del siglo XXI habrá que decirles: "madre, la decepción es un sentimiento que ha nacido de ti, ha crecido en ti y en ti debe tener cauce y fluir. Yo no te debo nada".
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Por eso es que a quienes me han decepcionado se los digo sólo de pasada. La pérdida de mi credibilidad para con ellos redunda sólo en un sentimiento, tan espontáneo como fugaz, de que nada es lo que parece, y las cosas buenas, cuando realmente lo son, sobresalen por su propio encanto, sin necesidad de carnavalizaciones ni faramallas. Y sobresalen con el tiempo. Nadie puede hablar del pan hasta que han pasado dos horas y huele fresco sobre la mesa, después de otras dos horas de reunión de ingredientes, preparación, cocción y enfriamiento. Nadie puede hablar de la excelencia hasta que el tiempo le da el crédito y le cede la palabra.
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Y yo asumo por completo el peso de mi decepción, y hago con ella mi propio balance personal. Sin que nadie se entere, sin que nadie más ponga la vista en ese asunto. Y para quienes han perdido mi credibilidad, tengo sólo una sonrisa y un claro "a otro perro con ese hueso. Yo no te compro más ese cuentito". Porque uno se entera de cosas, y la experiencia le demuestra, una y otra vez, que esas cosas están en lo cierto, y que al final el gran error que se ha cometido ha sido poner a otros en un lugar que, per sé, no les corresponde, siendo no actores fijos sino simples seres humanos. (Sé que este párrafo lo habrán entendido en partes. Está bien. Quisiera yo quemar dos o tres nombres, pero atendiendo a mi ética de periodista en receso -snif, snif-, prefiero dejar que cada quien se entienda con sus cuentas).
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Y respecto a la decepción de otros, y a la posible pérdida de mi credibilidad para con ellos, mi más sincero deseo de que esa herida pronto sane. Entendamos que cuando la credibilidad se pierde, pocas cosas la reparan. En mi caso, severo juez de cuanto acontece a mi alrededor, recuperar el crédito es casi imposible. Entiendo que todos fallamos, y que debe existir siempre la posibilidad de una segunda enmienda. Pero de que tras la segunda oportunidad se recupere la credibilidad perdida, mejor no hablar. Yo, que otorgo a todos crédito sin compromisos, lo atesoro en demasía cuando alguien lo tira por la borda y desperdicia. Y repito la idea: sé que a los demás que yo no les crea el cuento les viene guango, pero a mí, que escribo desde H buscando siempre ser claro y dadivoso, me basta con que lo sepan.
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Mi cobija de chinos y ojos, que últimamente ha dado en raparse convirtiéndose así en noventa por ciento ojos y diez por ciento imaginación, me saca de balance con éste último comentario, respecto a la credibilidad, su muerte y el consecuente asunto del pedestal vacío: "Cada quien" -siempre él tan generoso con sus opiniones...-. Pero tiene razón. Su capacidad de observación lo hace también sintetizar con la facilidad de un programa logarítmico: cada quien. Cada quien sabrá cómo se entiende, consigo mismo y con los demás, y cada quien sabrá también qué lugar otorga a otros en su corazón y cómo los etiqueta -si es que los etiqueta-. Y cuando el crédito haya muerto, cada quien sabrá también cómo barre los añicos que ha dejado el pedestal caído, y qué artefacto del olvido y el saneamiento pone en su lugar.
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Bien dicho, Ojosh. Cada quien.
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¡Salud!

jueves, 20 de octubre de 2011

Sobre los Panamericanos.

Medio México se me va a ir encima con esta entrada. 's igual. Estoy acostumbrado ya a que últimamente los comentarios que hago hasta en la calle sean marcados como "sangrones", "insufribles", "amargados" y "criticones". Es lo malo de buscarle siempre el punto intermedio a las cosas: termina uno por no ceder. Ahora que los XVI Juegos Panamericanos se desarrollan en Guadalajara -se cumplió la profecía, ¿ven como el apocalipsis sí viene? Si los mayas tenían razón cuando tallaron en tablaroca a Vázquez Raña-, voy a exponerles a ustedes, clara y concisamente, por qué a mí no me acaba de convencer todavía el dichoso evento. Y la otra mitad de México que no se me vendrá encima, Dios, que no sea indiferente a mi descuartizamiento.
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"Atraen turismo y con ello mucho capital circula, los negocios crecen, las familias reciben más dinero". Sí y no. Yo no dudo que los gringos, panameños, canadienses, puertoriqueños y brasileños traigan bajo sus cintas de karate hartos dólares para comprar espejitos mexicanos. No lo dudo, y aparte en la práctica lo he visto -iba  poner "lo he sentido", pero luego ustedes son rete mal pensados-, pues en la oficina La Chío, La Pau, El Gonza y ésta su servilleta -?- no se dan abasto para contar moneda, retirar billetes y volver a contar moneda, con el fuerte aumento que ha habido de clientes pagando en dólares. Pero la otra mitad del sol nos dice que de esos millones que circularán por los negocios tapatíos durante las tres semanas que dure el macroevento vigoréxico, poco o nada llegará a los bolsillos del trabajor de a pie. Estos eventos generan ganancias para los dueños de los grandes negocios, las cadenas multinacionales y los empresarios que, a tiempo ycon maña, lograron colarse en listas de patrocinadores, constructores, impulsores y similares -deberían de hacer su sindicato. Así por lo menos el gobernador en turno estaría obligado a firmarles siempre sus contratos-. El negocio será para Cómex, que pintó la Villa, para Bonafont, que ha llenado de sus aguas color durazno la ciudad, para Telcel, que ya vende celulares panamericanos con rooming incluído. Y para el resto de los que pusieron en sus etiquetas aquella famosa frase de "la baba oficial de los Juegos Panamericanos" -y no dudo que la vendan-. Y nada más. Yo, dólares más, dólares menos, seguiré ganando los mismos tres pinches pesos con Panamericanos, sin Panamericanos o a pesar de los Panamericanos. A la señora que tenía un changarrito de dulces y cigarros en Base Aérea, y al señor que lustraba calzado en Catedral, no les va a tocar nada porque, encima de todo, les pidieron "amablemente a macanazos" que se retiraran de la zona porque "afeaban el empedrado rústico". Ni a usted, ni a mí. Porque los cubanos no van a venir a comer gorditas todos los días, ni a comprar muebles rústicos o bisutería. El dinero se quedará en pocas manos, y esas manos lo usarán para construir casas en Miami que ni usted ni yo veremos. Y fin del tema.
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"Promueven el deporte". Nain. Los mexicanos tienen viendo y viviendo inauguraciones de Juegos Olímpicos desde que hay televisión en sus casas, y los índices de obesidad han aumentado considerablemente conforme más lucidoras se ponen las mismas. Es decir: el índice de villas olímpicas y similares que se construyen en el mundo conforme pasan los años es directamente proporcional a la cantidad de grasa corporal que en promedio el hombre va sumando a sus caderas -si no, pregúntenle a Fernando Platas, o a Soraya Jiménez, que casi no entraban en el retacado evento inaugural del pasado sábado porque ocupaban -tanto literal como tapatíamente- dos espacios, y era Chente Fernández o eran ellos... ¿y ni modo de sacar a Chente? De nada sirve que Felipito Calderón se suba a la bici y se baje de ella a zapotazos, su amado pueblo sigue engordando a velocidades alarmantes. Para el 2015, si bien nos va, cuando en Toronto estén prendiendo su respectiva antorcha, nosotros seremos un país en el que ocho de cada diez mexicanos vivirán con más de diez kilo de sobrepeso. Las instalaciones deportivas que tanto promueven en la radio como "nuestras", terminarán como toda obra gubernamental generada "en pos del bien público", pero financiada a través tremendos negocios de particulares: abandonada, derruida y llena de niños pobres buscando baño -los mismos que, ya dijo "El Pachicles" Andrade Garín con el buen tono y particular humanismo que lo caracteriza al dar declaraciones, jamás estarán invitados a hacer uso de las mismas (¿imagínenselos disfrutando de la misma alberca en la que nadó Fernanda González, y que además pagó con harto esfuerzo un banco escocés? ¡Horror de horrores! ¡Water emergency!)- Porque el resto de ex panamericanistas que seguirá agrandando sus lonjas, ni de chiste hará uso de ellas, a menos que sea para seguir agrandando sus lonjas desde las gradas.
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"Ponen el nombre de Jalisco muy en alto". Sí y no. Porque los panorámicos con el escudo del cuasigobierno de "La Monja" González Márquez vaya que lo han levantado. El resto del nombre de nuestro estado se olvidará cuando en unos años no sepamos ni cómo estuvo la inauguración de los Juegos Panamericanos en Toronto, ni ellos tampoco se acuerden de nosotros. Cuando a los atletas se les pase la cruda tequilera y dejen estos páramos de agave y tezontle para volar a sus montañas de nieve y coníferas.
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"Son tus juegos". Nain otra vez. Yo no los apoyé. A mí nadie me preguntó. De la noche a la mañana ya estaban bien puestos "La Monja" y sus secuaces, y hasta habían apalabrado unos terrenitos por el parque Morelos para hacer unos pequeños y modestos edificios departamentales de 400 millones de pesos. Nomás. Y luego vinieron a poner carriles preferenciales y exclusivos, y a llevar por toda la ciudad calcomanías, folletos y peluches -Huichi no representa a los huicholes. Con ese nombre, representa a las prostitutas del parque Morelos que, a fuerza de más "haga el favor de retirarse", fueron sacadas de su tradicional y antiquísimo lugar de trabajo, sin más solución, propuesta o ayuda que un "en serio, haga el favor de retirarse"-. A llenar nuestros oídos, nuestros ojos y nuestros corazones de lo que han dado en llamar, ¡oh, franca tempestad!, "espíritu panamericano", y que no es otra cosa que un montón de colores puestos sin ton ni son puestos unos sobre otros para dar la sensación de que nos están invadiendo los deporteístas. Pero no son míos. Yo no los pedí, y si me preguntaran, yo le hubiera dado el dinero a las sexoservidoras del Morelos para comprarse unas casitas o unos buenos moteles pa' administrar su negocito.
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"Traen un mensaje de unión y amor fraterno entre los pueblos de la tierra". Díganselo al atleta que gestionó con el gobierno de su respectivo país durante los últimos cuatro años un modesto apoyo económico para poder pagar avión y sobreequipaje, y que llegando aquí perdió frente al atleta del país vecino no sólo dinero y medallas, sino toda la honra. ¿Cuál hermandad de los pueblos? Los ilustrados franceses y los socialistas proclamaron algo similar, y ya sabemos todos como terminaron ambos casos. Esa hipotética idea funcionaría en una ciudad que no esconde a sus trabajadoras sexuales, sus desposeídos y sus homosexuales-ojo, no esconder no es igual a promover o incentivar, es dignificar tan sólo un poco-. Funcionaría en un país dónde el 60% de la población no diga en una encuesta nacional sobre discriminación que jamás viviría junto a un homosexual o una lesbiana. Funcionaría en un país dónde, en pleno siglo XXI, todavía a las mujeres se les cambia por vacas o gallinas -literal-. Funcionaría en un país dónde el respeto a la vida humana no termina dónde comienza el fuero, el narcotráfico y la ley de Herodes. También aquí, para no amargarme más, fin del tema.
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"Pero el evento inaugural estuvo muy bonito". Éste argumento es mi favorito. Llega cuando ya no lograron convencerme con todo lo anterior. Y a esto tengo que decir, definitivamente, sí. Lució, mucho, e hizo lucir uno de los estadios más hermosos que he visto en mi vida -y que, hasta dónde sabemos, no nos costó tanto a todos como otras cosas más feas que construyen a diario-. Pero lo bonito sale caro, y yo no veo por qué agradecer al gobierno estatal y federal que usen nuestro dinero en hacer algo bonito, pero caro, cuando tantas cosas poco estéticas, pero útiles y bien invertidas, podrían hacerse hoy día en todo el territorio nacional -Telcel-. También aquí. Fin del tema.
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Yo, sentado en mi sillón con medio kilo de garnachas, hago labor deportista y preparo mi cuerpo para la digestión. El resto de tapatíos y mexicanos orgullosos que celebren. Yo sigo esperando justicia para las prostis del Morelos, los changoleones de Chapultepec y los jotitos del Arizonas -a ellos no les cerraron, ¿y luego a dónde irían los atletas a bailar WMCY?
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¡Salud!

martes, 4 de octubre de 2011

Día cero. Año dos.

Sólo tú me puedes enseñar
a volar cometas por el cielo.
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 El tiempo vuela y uno no se da ni cuenta. Parece que fue ayer cuando me preguntaste, temeroso como siempre de arriesgarte a quemarropa: "¿Qué dirías si te pidiera que fueras mi novio?" La pregunta, inocente y sutil, fue entendida por mí como una declaración. No me equivocaba. Tus ojos, cobijados por ese álamo en un parque al centro de la ciudad, me dejaron ver, dos inmensas ventanas a través de las cuales desde entonces y cada vez con mayor precisión puedo entenderte  y adivinarte todo, desde un plan laboral hasta un pensamiento pecaminoso, me dejaron ver, decía, tus ojos, que tu pregunta, hecha como apenas una posibilidad, como si en serio sólo te interesara conocer mi opinión, iba más en serio que una inocente encuesta. Contesté cantándote una canción, y desde entonces tomamos nuestras manos y nos atrevimos, porque ese es el verbo que mejor nos queda, nos atrevimos a zurcar el infinito.
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Tú has sido para mí escuela, escucha, compañía, fortaleza y descanso. Mis horas de estrés ven su punto final cuando tu llamada, respondiendo por lo general a un mensaje de auxilio, o una extraña premonición, o tu presencia, todavía más liberadora, llega para colmarlo todo con un "Hey, guapo" que me sabe a gloria. Has sido pañuelo en horas nebulosas, camarada en tiempos de farra, espía de mis sentimientos y adivino de mis deseos. Me has mirado fijo a los ojos y me has dicho, según la ocasión, tanto "no estoy de acuerdo" como "órale, vamos". Has abierto tu corazón, paulatina y dadivosamente, y cada uno de mis actos te han acercado un poco a mí. Has comprendido mi locura, mi genio y mi impaciencia, y has aprendido a regocijarte cuando grito, a buscarme el lado cuando volteo la cara, y a convencerme de lo que nunca, ni mis más sabios consejeros, han logrado hacerme entrar en razón.
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Y hoy, 730 días después, tenemos el privilegio de ser una pareja ejemplar. Nunca nos lo propusimos, pero hoy se detienen a preguntar por "nosotros", y nuestra gente nos ubica como un todo de dos partes genuinas. Hoy, entre propios y extraños, poseemos credibilidad, ganada a pie juntillas sólo haciendo lo que mejor nos sale: amarnos pura, sincera y profundamente. Y como nunca nos lo planteamos, nos extraña cada vez que alguien se sorprende al caer en cuenta del tiempo que tenemos juntos y pregunta: "¿Cómo le hacen?", o todavía más impresionante, más achinamelapiel, "¿cómo le hago para conseguir una relación así?" Nos sobrecoge y nos espanta ser un parámetro, porque consideramos que eso es sólo una consecuencia añadida a lo que sí decidimos, a lo que sí trabajamos día con día, nuestro amor. Y ante cada pregunta inquisidora, respondemos siempre alzando hombros. "No sé. Sólo hemos hecho acuerdos". Nuestros detractores se han hecho atrás poco a poco, sordos tú y yo ante sus discursos, y hemos impuesto el respeto.
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Hoy tenemos un lenguaje, y nuestra lengua es viva, plena y diversa. Tiene espacio para las miradas, para acomodarlo todo en una sonrisa, en un gesto, en una mueca. Y sucede que, conforme pasan los meses y los años, hablando nuestra lengua cada vez mejor. Por eso cada vez preguntas menos "¿pero cómo, Bolito? Es que no me queda claro", y yo te exijo mucho menos que seas explícito, que puntualices y desgloces cada idea. En esa lengua decimos "te amo" y también, por breves momentos, "¡cómo me desesperas!" En esa lengua criticamos, dudamos y enjuiciamos, y hacemos del mundo un papalote. Hoy me sé de memoria tus reacciones, y te ríes nervioso cuando adivino lo que harás antes de tiempo. Y río, nervioso, cuando haces lo propio conmigo, porque nuestra lengua, telequinética en veces, no admite comparación.
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Y lo que más me sorprende, hasta ahora que lo pienso, es que lo hemos hecho todo a contracorriente. Te sentaste a mi lado mirando al horizonte, tomaste mi mano y dijiste "bueno, Oso, comencemos". Beso a beso, abrazo por abrazo, enojo por enojo, sonrisa por sonrisa, hemos construido una relación-atalaya dentro de la cual sorteamos batallas y destronamos conceptos.  Con no otra cosa que nuestro amor, le hemos dicho a todos los que no creían que esto fuera factible, sincero y duradero, "guarden silencio. Hombres trabajando". Yo te doy respeto, fortaleza, fidelidad y dignidad, y tú devuelves a mí esos bienes y otros más. Hemos unificado criterios, y cuando no nos ha sido posible llegar a un punto en común, hemos acordado y sellado piel con piel la eterna paz.
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Dicen que el amor químico termina, y que por eso las relaciones humanas duran tan poco. Y no lo dudo, porque tú y yo hemos visto antes esa chispa primera extinguirse con anterioridad. Pero en nuestra atalaya los ciclos funcionan, y la constante dadivosidad, entrega y permanencia rinden los frutos del amor constante, ese amor que no es ceguera ni apasionado arrebato, sino una permanente decisión. Yo decido amarte, a ti y sólo a ti, y hacer de tu vida conmigo el mejor lugar posible. Y tú decides lo mismo, día con día, instante tras instante, y en ese decidir se nos va la tarde a besos.
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Admito hoy que no eres perfecto, y que tu imperfección me encanta. Soy fanático de tus excesos: de las dos veces que te tienes que lavar la boca después de comer chocolate, o de tus compras furtivas de ropa. Adoro que ante la presión externa te agarre alguna idea, y actúes en consecuencia para luego que pasó la marea alta sentarte a pensar. Amo que al estresarte te rasques la cara, o jales con desesperación el rulo frontal que se forma sobre y entre tus cejas. Incluso, conforme pasan los años, voy pasando de la aceptación al encanto respecto a tu propensión a ser lento al decidir y actuar.
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Te amo chiqueón, aflojonado, hambriento -aunques medio cierres los ojos y digas "lo que tú quieras, guapo, pero ya"-, indeciso y frenético. Incluso te amo cuando una carga extra de azúcar en tu cena te impide dormir y pides, nomás para que yo tampoco duerma, que te cuenta una historia nueva, diferente y graciosa. Amo tu encanto por las cosas raras y diversas, por las películas con final triste o dramático, tu radicalismo al pensar y hablar de temas difíciles y escandalosos -entre más, mejor-, y la convicción con la que luchas cada día por una sociedad más humana, incluyente y diversa, o por lo menos justa. Amo tu sentido de justicia, responsabilidad y honradez. Admiro cada instante de tu personalidad: cuando eres jefe y llevas y traes empleaditos por todos lados; cuando eres novio y siembras regalos sorpresa en mi mochila; cuando eres hijo y consuelas a tu madre, la misma madre que una y otra vez, sistemática y desconsoladoramente te ha rechazado no en función de lo que eres sino de una mínima parte de lo que prefieres; cuando eres sobrino y le sigues el juego a La Carmen; cuando eres amigo y te tomas la tarde libre para pasear por el centro con uno o dos amigos y hacerles la vida más suave, como sólo tú sabes; cuando eres amigo de mis amigos y te acercas a ellos con el cuidado y la responsabilidad que habla de que sabes que son parte importante de mi vida; cuando eres cuñado y felicitas y agradeces a mis hermanas por hacerte tío; incluso cuando eres yerno, yerno incómodo, y respetas, amarrándote la lengua, la peculiar ortodoxia de la autora de mis días -autora intelectual, porque tú eres más autor que ella en otras cosas-.
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 Amo lo que hemos construido en dos años, y que lo hemos hecho no gracias a muchas cosas, sino a pesar de. Yo no sé si un día esta ciudad inhumana e intolerante nos comprenderá, si aprenderá que el amor, sin apalabrar el sexo, es un bien necesario y estimulable, si creerá en nosotros. Lo que sé es que te tengo y me tienes, que estos dos años han sido una fiesta constante y que si otra vez me preguntaras bajo el álamo "¿qué dirías si te pidiera que fueras mi novio?", volvería sin dudas por respuesta a cantarte la misma canción. Hoy, como hace dos años, a pan y cebolla y a pie juntillas. Gracias, esquimal. Ahora sigamos girando.
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¡Salud!

martes, 13 de septiembre de 2011

Balada para Evelyn.

Yo dudo que una joven de su edad sepa qué significa "acendrado". Con ese pensamiento, mi "acendrado pesimismo" recibió el mensaje que la cadete Evelyn Zárate se aventó el día de hoy, durante el acto conmemorativo de la Batalla de Chapultepec, en que, dice la tradición, los seis niños más famosos de la Historia del país perdieron al vida, dicen también, defendiendo a la nación -no, el Niño Artillero no, porque ese nomás fue uno-. Evelyn no habló: vomitó. Mientras escuchaba a Jorge Fernández asegurar que el discurso de Evelyn era el mejor que él había escuchado en años, sólo pensé: "Que sea menos. Ha de ser un buen elogio a la campaña armamentista de Calderón, y nada más". Pero me equivoqué. Resultó aún peor que eso.
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Acendrado, dijo Evelyn. Tuve que venir directo al diccionario. Yo, que nunca lo abro ni cuando tengo dudas, me vi tan carcomido en la zozobra -¿sabrá Evelyn lo que es zozobra?-, que en cuanto llegué a casa prendí a H -que está recién reparada de un mal de ojo que tuvo, así que anda trabajando como secretaria después del regaño del lunes-, y busqué en diversos diccionarios en internet, incluido el de la RAE. Se me hace que ni los que estaban ahí esta mañana entendieron una palabra de lo que Evelyn, con voz como de La Tigresa cantando "La Martina", se sacó de la manga. Si no, no le hubieran aplaudido. Sus asesores para el acto declamatorio, si es que los tuvo, le jugaron una mala broma. O bien, porque en esa clase de eventos todo puede pasar, estoy pensando que quizá se consiguieron a la cadete más gritona de la clase, le pusieron ese sombrerito de agente Dodó, la subieron al escenario y desde abajo le dijeron: "Ahí'stá el presidente, 'mija. Uste' nomás pare el pescuezo y grite esto como cuando la ponen en el campo militar del colegio a llamar p'al desayuno". O claro, la eligieron por ser mujer, en una época en la que llamamos "equidad" a poner una falda entre un grupo de pantalones, y cederle la palabra.
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El discurso -?- de Evelyn -no, no puedo llamarle así. A partir de ahora me referiré a su entramado de palabras como "la sangría", y ello nada más porque decir "el vomitivo", título que en justicia le corresponde, se lee bastante "gascho"-, la sangría de Evelin, decía, no me representa a mí ni representa a los de mi generación.  No representa, creo yo, el pensamiento de cualquier mexicano sensato. Es más, ni siquiera creo, por las sospechas que ya ennumeré, que represente su pensamiento -suyo de sí-. Si sí, qué pena. Si no, qué pena igual, porque a la que le tocó pagar los platos rotos y subir al pódium para sacar la navaja y cortarse las venas fue a ella, y no al idiota de Melquíades que en la última prueba Enlace que aplicaron en el plantel militar salió con resultados tan detestables que Moscote, el perro del cuartel, ya no le dirije la palabra porque siente su animalidad herida.
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Su sangría representa al Ejército, y si el Jefe Supremo de las fuerzas armadas es el Presidente en persona, ¿adivine usted a quién termina en realidad representando? Es un discurso que, como se le ha hecho costumbre a Calderón, busca reforzar su imagen y justificar el teñido rojo, cada vez más carmesí, que han agarrado las calles a lo largo y ancho del territorio nacional -el globito de Telcel debería pintarse rojo, para estar ad hoc-. Es un discurso que aplaude desde la silla misma la sordera yel sonido del "tambor batiente" con el que, ya decía Calderón, nos vamos a tener que acostumbrar a seguir viviendo, al menos por el resto del sexenio -¡chin! Tan bonita que sonaba la Zandunga con los Fox-.
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Su sangría la utiliza a ella como guiñol -y bastante bocón-, convirtiéndola en uno de los niños gritones de la Lotería Nacional -aaah, ahora entendí por qué el sombrerito ése-. Guiñol en el teatro mal montado de un gobierno que se resiste a cambiar de estrategia por medio a admitir el fracaso. Guiñol gritón de un gobierno sordo cuya propia voz, de tan elevado volumen, le impide escuchar el llamado de la sociedad, el reclamo público, la insistencia comunitaria. Guiñol apoltronado, impuesto, patético. El muñeco que pretende hacerle creer a un público espectador bastante sorprendido que detrás de esa joven gritona hay toda una generación de jóvenes reclamando la necesidad urgente de un presidente como Calderón para la Historia de un país como México. No hay tal. Guiñol, como siempre pasa con los jóvenes, de intereses superiores que necesitan de voces diferentes para hacerse oír, porque las suyas, de tan usadas, ya no atraen ni las miradas de sus propios correligionarios.
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Evelyn, mi buena Eve. ¿En verdad crees que la culpa de que estemos mal es de los que se niegan a que la violencia y la mano dura tome acción sobre las calles, los hogares, los trabajos y las vidas? ¿De veras crees que estamos mejor que hace cinco años? ¿Tus padres, por ejemplo, pueden irse hoy de viaje vacacional más seguido que antes de Calderón? ¿Tú misma, si caminas por la calle, te sientes hoy más segura que cuando empezó el sexenio que hoy alabas? ¿Puedes ir a una fiesta y regresar de madrugada a tu casa sin llevar el corazón en un hilo? Wow. Dime en qué país vives, porque en el mío las cosas no se han puesto últimamente tan agradables como en el tuyo.
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Y no es pesimismo. Mucho menos es eso otro que has dicho, armando una oración que, si en verdad te educaste en escuelas nacionales, dejaría sorprendida a la propia teacher "Dalai-Mamas" Gordillo: "el real desencanto que está en su miopía, en su desaliento, (...) una conmoción antinacionalista empeñada en transformar el denuedo en fracaso".  Yo amo a mi país, con todo y sus fracasos. Amo su Historia y sus tradiciones, hasta sus complejos y rezagos. Su diversidad, su colorido, su idiosincrasia. Se me pone la piel chinita cada vez que veo al águila y la serpiente ondear, y se me hace agua la boca cuando digo "Chapultepec". Pero eso no tiene nada qué ver con lo que dicta la realidad. La violencia ha crecido no sólo porque exista el crimen organizado o se le enfrente. La sociedad en sí se ha "violentizado" -oh, si ella dijo "acendrado" yo puedo decir "violentizado", y hasta riman-. Mira alrededor. Hoy más gente se enciende con mayor facilidad, y la vida humana ha perdido tanto su valor, que hoy terminar con una es tan insignificante como traer otra al mundo. Ya nada conmociona, nada sacude, nada paraliza. Niños quemados en una guardería, adultos que sufren la misma suerte en un casino, inconsistencias legales que se multiplican por doquier, resultan al término del año en noticias que se escriben en los diarios, se comentan en los cafés, se almacenan en los anaqueles de los sanitarios, y ahí se quedan.
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Yo no sé a ti, mi Eve, pero a mí sí me preocupa la consistencia que están tomando las cosas. Si no fuera homosexual, me la pensaría dos veces antes de traer hijos al mundo en estas condiciones. Y tres veces antes de darles como nacionalidad la que yo llevo. Porque no me gusta la violencia, y porque no me gusta el miedo que genera su presencia en cada rincón de esta Patria mía. Es cierto que, como dices, hay un gran número de mexicanos saliendo cada día a las calles a ganarse la vida con honestidad. Pero también es cierto que, y eso no lo dijiste porque no te alcanzó el grito -ni el rol del discurso, que sólo buscaba aplaudir y no cuestionar a la mano que te da de comer-, los jóvenes de hoy sentimos miedo, y el miedo está presente al elegir una carrera, al planear un matrimonio, al pensar un embarazo, al salir de noche. "Las cosas están feas", nos decimos, y si bien la Ipad, el Twitter y el Facebook nos mantienen ocupados, no dejamos de pensar que sí, es cierto, las cosas están feas. No dejamos de sentir el miedo.
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Lo de que seamos o no la generación de la crisis, eso te lo dejo a tu criterio Eve -el tuyo, ¿eh? No el del mal argumentador que te escribió esa sangría-. Yo creo que, si es que somos en verdad una generación, cosa que dudo por las incontables barreras que entre nosotros se abren en términos de igualdad social, cultural, económica, sexual y educacional, somos una generación de muchas cosas. Y la crisis es una de ellas. Porque la vivimos, la sufrimos y la llevamos a cuestas. No la única, cierto, pero sí una de ellas. Y grave. Porque nuestros padres no la conocieron cuando tenían nuestra edad, y si la sufrieron, la sufrieron cuando ya no dependían de sus padres. Ya que tenían formado cierto criterio, cierto camino andado. No en una edad en la que esperas lo mejor de la vida, y la vida te lo suele dar.
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Ahora, Eve, y aquí sentados, dime una cosa. ¿Dónde compraste tu sombrerito? Es que de todo lo que soltaste esta mañana, tu sombrero fue lo más generoso, sincero y real que pudiste entregarnos. Es un sombrero de a mentis, porque los militares ya ni se visten así. Ah, mira, de a mentiritas, como tu discurso.
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Me faltó decir el significado de acendrado. Acendrado es puro, sin mancha. "Acendrado pesimismo" sería un pesimismo sin mancha. A ver, Evelyn, ¿no que el pesimismo no está "chido"? ¿Tons' en qué quedamos, pues?
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¡Salud!

El efecto Gaga.

Dicen que el leve y fugaz aleteo de una mariposa puede provocar un tsunami entero en un sistema que tiende al caos. Es decir, cuando las cosas se han puesto feas, basta un cambio mínimo en las condiciones de dicho sistema para generar el advenimiento de catástrofes terribles. A esa teoría de los estudiosos del caos se le llama "efecto mariposa". Y sus aplicaciones son tantas, y tan diversas, que yo sigo pensando que el efecto mariposa es el causante de que a uno se le caiga la bola de helado del cono que compró con lo último que le quedaba de la quincena, o que un robo perfecto se vea fustrado en el último segundo.
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A Lady Gaga la han comparado con todo lo posible. La joven estadounidense ha pasado de ser una burda imitación de Madonna a una genio imcomprendida. Sus coreografías, sus saltos y sus arrebatos al vestir, peinar y comportarse en los videos de sus canciones, y más recientemente de sus letras, han generado reacciones diversas, reacciones que tienden una larga línea entre el rechazo y la censura hasta el fanatismo más controversial. Niños y niñas que apenas han aprendido a caminar suben videos en Youtube emulando sus pasos, homosexuales y travestidos -que no es lo mismo, pero es igual- adaptan sus letras, museos de cera de todo el mundo toman su figura y la reproducen, casas de subasta buscan desesperadamente el último vestido que lució la cantante en su última aparición en público: un fajo de estrellas de mar, un leotardo de caracoles; el más célebre, sin duda, un strappless de bistecks.
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Y a Lady Gaga la controversia le sienta bien. Que la comparen con Madonna, por ejemplo, pone en sus manos la oportunidad de marcar un profundo respeto hacia una mujer que, de tan reinventada, se ha vuelto insulperable. "Creo que lo que las dos compartimos es que no tenemos miedo", se atrevió a señalar acerca de la llamada Reina del Pop la joven recién aparecida en los medios de comunicación de todo el mundo. Madonna, por su parte, desconoció su grandeza y sólo ha hecho referencia en alguna ocasión a la evidente, dicen, obsesión que tiene la intérprete de "Born this way" por su genio y figura, por su majestad. Cosa que al ego de la Ciccone le viene como cosquillitas en los pies.
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Que las asociaciones de padres de familia de todo el orbe la comparen con Satán, o que líderes de opinón rechacen sus desplantes, le genera todavía más admiración entre los jóvenes. Porque los Beatles, Elvis o Michael Jackson hubieran tenido, en sus respectivas cumbres, mucha menos gloria de haber sido aceptados por los padres de familia y los líderes de opinión. A los jóvenes, eso está claro, lo que nos gusta es llevar la contraria.
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Yo creo que Lady Gaga es genial. Y que su genialidad proviene de una regla básica en todas las industrias que viven de la imagen, incluidos la moda y el arte: de vez en cuando, resulta provechoso reinventar lo clásicos. Es decir, es genial, pero no es única. Sus sostenes y corpiños los portó Madonna hace un par de décadas. Sus atentados constantes a la institución católica los fabricó Madonna hace un par de décadas. Sus apariciones sorprendentes en premios y conciertos las maquinó Madonna hace un par de décadas. Pero Lady Gaga no copia fielmente el original. En eso estribaría la razón de su genialidad: tomar los clásicos no para hacer un pastiche, sino para quitarles un poco el polvo y darles una merecida relectura.
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Por supuesto que Gaga no está sola. Sus ideas son también producto de todo un equipo de creativos que la asesora. Una marca. Pero eso tampoco es nuevo. Madonna quizá tuvo en sus inicios dos o tres iniciativas, pero todo un equipo de visionarios a su alrededor fue capaz de tomar las ideas de la italo-americana y hacer con ellas una marca. Si hoy Madonna es absolutamente capaz de reinventarse sola, es igualmente porque tiene atrás de ella a un grupo de reinventarios que le van siguiendo la jugada. Madonna trajo al pop el pop mismo, y Lady Gaga ha recordado esos primeros momentos gloriosos de un género hoy día tan desprestigiado, tan caído en la pena ajena.
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La comparación con otras figuras de su época es absurda. Gaga y Perry, por ejemplo, poseen fanáticos diferentes, formas de hacer suyo el escenario diferentes, incluso acentos y formas de vestir por completo disímiles. Sus talentos son equiparables, pero en focalizaciones diversas: Gaga es buena atrayendo las miradas, cantando irreverencias, produciendo apariciones que son verdaderas joyas surrealistas. Perry, por su parte, es buena riéndose de su trabajo y de las formalidades que implica el mundo de los estereotipos. Gaga es seria al cantar "levanta tus pezuñas, bebé, porque naciste así". Perry ríe mientras besa chicas y juzga la experiencia con un "y me gustó". Hasta su matrimonio, con el desarrapado Russell Brand, es un atentado a los convencionalismos y las líneas ortodoxas. Y ambas, con temor a generar en sus respectivos fanáticos odio y hackeo de este sitio tan neutral, son geniales, pero ninguna de ellas original. Y, finalmente, como  Christina Aguilera y Britney Spears en su respectivo tiempo de duelo a muerte, lo que ambas quieren es vender, y la guerra en la que sus fanáticos las embarquen no tiene perdedora.
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La apuesta de Gaga es a la reacción violenta y la generación de miradas. Y su apuesta gana, en un mundo ansioso de imágenes cada vez más sugerentes, más atractivas, más imágenes en sí. Haga usted la prueba. Googlee "Lady Gaga" y dé click en imágenes. Mire la página con cientos de fotos abierta frente a usted por un segundo y luego voltee hacia la pared más cercana. Intente no volver a mirar. Las preguntas en su cabeza le impedirán permanecer sin regresar el ojo a Google: "¿Es eso en realidad lo que creo que es?" "¿Vi mal o ella en realidad tenía eso en la cabeza?" "¿Es la misma persona acaso?" Gaga, como la popular marca de papas fritas mexicanas, genera adicción y es imposible mirar solo una.
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Yo no dudo que lo suyo sea pasajero. Michael Jackson lo fue, y hoy existe gracias a la leyenda y el mito, con tintes trágicos, que sus publicistas y sus propios actos lograron fabricar. Pero lo mismo sucede con el resto de las marcas que la industria del oropel y el engaño colorido ha logrado formular. Madonna, que es un caso aparte, ha tenido tantas reinvenciones en su carrera que hoy ya no es un reflejo de lo que fue, sino otra cara de la misma moneda. Otra marca, o submarca, englobada en la misma Reina del Pop.
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Así que si me preguntan si la genialidad de Gaga llegará muy lejos, temo decir que sí. Aunque todo depende de la forma en que ella y sus asesores logran conducir la marca. Hoy, en el tiempo del caos, ya logró generar con sus vestidos con clembuterol y sus peinados vivientes, un efecto mariposa.
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¡Salud!

sábado, 10 de septiembre de 2011

Rafael.

Vamos a intimar, Rafa, porque yo quiero que mientras crezcas tengas en mí a un confidente. Porque los tiempos más duros no son al nacer, cuando basta llorar para obtenerlo todo. Lo verdaderamente difícil vendrá después, mi Rafa querido, y quizá ni yo esté entonces para pasarte un poco de experiencia. Y si lo estoy, si llegas a tu primera caída, tu primera enfermedad, tu primer amor kindergardiano, tu primera espinilla, tu primer tardeada, tu primer contacto en Facebook, y yo estoy ahí para que me lo confieses todo, tendrás en mí a un seguro par de oídos, un corazón abierto y franco que te ama, y un intelecto dispuesto a regalarte todo.
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Vamos empezando con los secretos. Los secretos, mi Rafa, son cosas que uno guarda y que con el paso del tiempo le van estorbando. Tu abuela, Doña Mago, esa mujer con cabello de cerillito usado que tan sexy se ve a su sesenta y pico -y con lo duro que le ha llovido en la vida, cariño-, sabe perfectamente lo castrantes que pueden llegar a resultar los secretos. Guardó varios durante muchos años -no sé yo dónde, imagina tú, en sus caderas supongo-, y luego le pesaron tanto que terminó por explotar. Y le costó volver a tomar el camino, a reconsiderar la vida como una opción viable. Por eso no hay que guardarlos, y si la gente te los da tómalos, ponlos en el lugar que merezcan en tu memoria, y luego, de lo posible, olvídalos.
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Y como a mí me das mucha confianza, te otorgaré los que tengo para ti. Tienes un par de padres maravillosos. Te generaron con mucho amor y te trajeron al mundo con doble júbilo. Fuiste producto de la espera, la paciencia, el respeto, la comprensión y la pasión. Tus padres duraron cuatro largos años de novios. Sí, cuatro. Cuando tengas capacidad de leer esto, y a como van las cosas, seguramente para ti durar cuatro años al lado de una persona resultará un hecho insólito. Su relación se coció a fuego lento y luego, cuando se casaron, todavía esperaron dos años más para tenerte. Eso explica por qué se entienden tanto, y también por qué se han tomado tanto tiempo para ti.
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Hay otro par de secretos respecto a ellos: les gusta comer. Y eso es algo que no es un secreto en realidad. Con el pretexto de que no les alcanza el tiempo durante su trabajo para ir hasta su casa a cocinar, por ejemplo, son fanáticos de probar restaurantes y platillos nuevos. Si existe un par de personas que puedan aconsejarte sin problemas de una buena fonda, bistro, buffet o biscotería en cualquier parte de la ciudad, esos dos seres son tu padre y tu madre. En la comida, como debe de ser, ven un placer que se disfruta como han disfrutado su relación: lento, con generosidad, en la certeza absoluta de que no hay momento más grato en la vida que el que se está viviendo en el momento mismo. Y con la comida han construído también una historia, un recopilado de anécdotas. Otro secreto, al respecto: a tu madre le gusta comer especialmente la comida del plato de tu padre. Doña Mago lo reprueba. Yo mismo cada que puedo le tiro carrilla al respecto. Pero ella, gracias al Cielo, no se da por enterada. En el robo de comida concensuado, imagino, tu padre le cede pedazo a pedazo su corazón a tu madre, y tu madre lo prueba sabor por sabor.
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Por eso no me extraña que te guste tanto comer. Entendiste pronto cómo funcionaba el asunto de la leche materna, y sin pudor te prendiste a tu madre como lo harás, espero, a tu primer plato de cereal, tu primer par de hot cakes, tu primera hamburguesa de Mc Donalds, tu primer carne asada, tu primer quesadilla, tu primer chorizo, tu primer Alka-Seltzer. Lloras cuando a tus padres se les ocurre retirarte el alimento para tomarte un par de fotos, y te parece absurdo, así me lo dice tu llanto, que Doña Mago pueda pensar en bañarte cuando existe algo todavía más edonista que el agua: el alimento. Sólo espero que la naturaleza te haya dotado de un estómago de campeonato. Vive los sabores y descubre el mundo a través de ellos. Vendrán muchos que te dirán que comer puede ser perjudicial para tu salud. Te tengo otro secreto, mi Rafa querido: casi todas las cosas que hacemos en el día pueden resultar perjudiciales para la salud. La clave está en el exceso. Cuando comas, bebas, hagas ejercicio, leas o te informes en demasía, todo eso que hagas desbordadamente perderá el gusto y se acabará la gloria. La clave del placer está en el saber medirse.
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Un secreto más: naciste en el seno de una familia plagada de diferencias. Tu madre y tu tía, respectivamente La Menordemishermanas y La Mayordemishermanas, han sostenido duelos a muerte que nos han dejado a todos en vilo. Tu tío, El Mayordemishermanos, también se ha puesto dos o tres buenos agarrones con este tío tuyo que te escribe. Doña Mago le ha declarado fuego frontal a todos, y luego ha tenido que pedir discultas en dos o tres ocasiones. Este es otro secreto: lo maravilloso del amor que sostiene el círculo familiar dónde has sido engendrado es que surge, se fortalece, se diversifica y germina muy por encima de esas diferencias. Esto que va no es un secreto: en la vida, en tu vida, entenderás que las diferencias, pese a lo que te quieran hacer creer quizá los mismos que te nieguen el placer en todas las áreas posibles de tu vida como ellos se los han negado a sí mismos, son la gasolina de la existencia. Somos porque hemos dejado de no ser, y si no existiese la diferencia entre el ser y el no ser, estaríamos fritos todos.
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Un secreto último, definitivo: has sido esperado con ansias, y alrededor tuyo hay un muy cerrado círculo de personas que te aman aún cuando sólo existías en nuestros pensamientos. Ese círculo, mi Rafa de sueño largo, se irá haciendo más grande con el tiempo. Y con el tiempo también aprenderás a discernir, y tomarás tus propias decisiones respecto a quién deseas mantener al lado tuyo. Lo bonito de todo este show, Rafa mío, está en que mientras decidas caminarás, y mientras estés caminando tienes la mitad del camino ganado. La vida es decidir, y te deseo a ti toda la capacidad posible para tomar tus propias decisiones, y el irrestricto entendimiento en quienes estén junto a ti de acatar y defender lo que elijas para ti.
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Ánimo, sobrino mío. La cosa es un ratito, pero por suerte apenas va comenzando.
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¡Salud!