viernes, 17 de diciembre de 2010

Ponchi-visión.

En una sociedad en crisis, los primeros en experimentar las catástrofes de la decadencia, son curiosamente los grupos hacia los cuales el argot popular pide dejar primero abandonar el barco: las mujeres, los ancianos y los niños. Son también, curiosamente, los tres grupos más explotados, marginados, utilizados, abusados y hasta comercializados, legalmente, en afanes mercadológicos, e ilegalmente, en la trata de cuerpos, órganos y sexos. Para nadie es un secreto que un niño no tiene las mismas posibilidades de supervivencia en nuestro país que un adulto, y que en ellos se manifestará en una medida más desastrosa todo mal que aqueje a nuestra actualidad, desde el déficit económico hasta el asedio de la violencia y la guerra contra el narcotráfico.
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"El Ponchis" es el reflejo de este proceso maligno, y es una consecuencia de muchos de los grandes rezagos que sostiene México no solamente en su momento actual, sino a lo largo de toda su historia. Édgar Jiménez Lugo, de tan sólo catorce años de edad -¡qué no haría yo ahorita con catorce años de edad!-, fue detenido en los primeros días de diciembre en el aeropuerto de la ciudad de Cuernavaca, Morelos, mientras se preparaba para tomar un vuelo rumbo a la frontera norte, con la esperanza de cruzar acompañado de su hermana de 19 años y guarecerse en casa de su madrina, habitante de San Diego, California. ¿Los cargos? Nexos con el crimen organizado, y el asesinato de por lo menos cuatro sujetos, así como tráfico de drogas. Nacido apenas en 1996 -¡ cuando yo ya estaba en cuarto de primaria!-, Jiménez Lugo era un miembro partícipe del cártel del Pacífico, ramal del conocido hasta el 2009 como de los hermanos Beltrán Leyva, sicario, matón, soplón, traficante y guardaespaldas, su delicada anatomía y su corta edad lo protegían y hacían pasar desapercibido, por un inocente. Después de todo, ¿quién imaginaría la presencia de un adolescente en el medio del narcotráfico? ¿Quién imaginaría esa frialdad, esa naturalidad, ese enfrentamiento con la muerte y el crimen con tal desinterés, con semejante tranquilidad?
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Pero "El Ponchis" es mucho más que un simple matón. Es el resultado del rezago educativo, la falta de oportunidades, la desocupación profesional y la incapacidad de la élite mexicana para procurar entre sus jóvenes y niños igualdad de oportunidades, igualdad de derechos, justicia, seguridad, educación y sano esparcimiento. "El Ponchis" es el resultado de un gobierno y un sistema corrupto, insospechadamente corrupto, incapaz, mortalmente incapaz, de solucionar un problema que ha nacido de sí mismo: el del vandalismo y la rapiña. Es el resultado de la pobreza, la desigualdad, la injusticia y la intolerancia. El resultado del sindicalismo intolerante, el partidismo desmoralizado y la defensa siniestra de intereses particulares de unos cuantos.
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Y su existencia delata también la gran pérdida del gobierno calderonista: la pérdida de la credibilidad. Nadie considera que la guerra contra el narcotráfico se esté ganando, y que las armas sean la mejor vía para su resolución. La amenaza de la legalización se cierne sobre México como un fantasma abominable, y ni Calderón, ni el panismo, ni los timoratos políticos, aceptan otra postura que la de la lucha frontal, el combate directo, sin discresiones ni consideraciones, mientras las calles se llenan de sangre y resulta cada vez más difícil salir a la calle con tranquilidad. Con "El Ponchis", existen otros nueve mil niños por año que sucumben ante el embate del narco y se suman a sus filas. Nueve mil por año. ¿Imagina juntas a nueve mil creaturas? Ahora imagínelas juntas y sacrificando su futuro, el futuro de la nación, en aras de una vida corta y violenta, plagada de ilegalidad, corrupción, despotismo, necesidad y riqueza repentina. Ahí está, frente a usted, el futuro de la nación que ha jurado defender como su ciudadano.
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"El Ponchis" es producto de un sistema mediático que privilegia la violencia por sobre otras formas de expresión, le da brillo, luz, la dota de heroicidad y resalta su valor. Vivimos en la época de las balas, los asesinatos en vivo, la persecusión y la balacera. La crudeza atasca las pantallas, las embombacha. Los televidentes, como resultado, adquieren fiereza, frialdad, indiferencia. Es tanta la sangre, que se nos han vuelto rojas las conciencias, y somos hoy incapaces de reconocer una escena violenta cuando la vemos. "El Ponchis" degolla a cuatro, dice sentirse mal, pero asegura que es el trabajo, y no ha quedado otra que hacerlo. Valiente labor. Valiente trabajador. Valiente integrante de un negocio millonario que necesita del hambre y el miedo para posicionarse bien y bonito. Valientes todos, que no hemos podido concienzar nuestra propia realidad y marcar un alto.
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Valiente justicia mexicana, que liberará a "El Ponchis" en unos cuantos años, por cumplirse su mayoría de edad, y no garantizará su readaptación y su alejamiento del crimen. ¿Con qué ojos, señores, si no podríamos garantizarle siquiera un bachillerato, un lugar en una universidad pública, o una fuente laboral estable al salir de la carrera? ¿Con qué ojos, si el ampa estaría esperándolo para readiestrarlo y reacondicionarlo a sus intereses? ¿Con qué ojos, si al salir del reclusorio preventivo a los dieciocho años le seguirían esperando el hambre, la miseria, la desigualdad y la injusticia, el ocio y la ineptitud, que lo acercaron al crimen a los catorce?
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El asunto no está, creo yo, en la sola sorpresa de un maliente de esta edad. El asunto está en la abrumadora concientización que como sociedad, país, cultura, deberíamos hacer, y en los complejos cuestionamientos que tendríamos que plantearnos cuando la realidad nos ha superado y nos ha hecho incapaces, rotundamente incapaces, de reaccionar con prontitud ante sus manifestaciones de podredumbre y pérdida irreparable. Si el núcleo de nuestra formación está en la familia, la familia está fallando. Si está en otras instituciones, esas instituciones están fallando. Algo anda mal. Pero, ¿qué? ¿Ya nos lo vamos a empezar a preguntar, México, o seguiremos aquí sentados, maravillados ante la existencia de nueve mil niños sicarios que se suman anualmente al tren sin retorno del crimen organizado? ¿Ya nos lo vamos a empezar a preguntar, o seguiremos dándole pie al miedo, la cerrazón y la incertidumbre? ¿Ya empezamos, o prefiere usted seguir viendo a Maribel Guardia los sábados por la mañana? ¿Ya empezamos, o mejor nos sentamos a ver desmoronarse el sueño de nuestros héroes? ¿Ya empezamos, o le sirvo otro pozole de descuartizado?
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¡Salud!

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