miércoles, 29 de diciembre de 2010

Mes amis.

Tenerlos sentados alrededor mío, en el final de un año trabajoso y movidón, fue como ese último trozo de Oreo casi completo que uno encuentra en el fondo del Mc Flurry ya que ha devorado casi todo el helado. Diría que fue como la cereza del pastel, pero por motivos creativos e ilustrativos ando huyendo de las imágenes hechas, y no me gustan las cerezas. Fue como el final deleitoso de algo para lo cual se ha vivido. Fue como comer un ratito en lo que yo espero que sea el cielo, o el lugar en el cual espero estar al terminar mis días.
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Todo se dio sin planearse, y eso lo hizo aún más deleitoso. Conmigo, en una fecha que hasta hace poco pasaba desapercibida para mí a pesar de ser el día en que nací, compartieron sólo personas de muy alta importancia. No. Ninguno de ellos tiene un espacio en televisión, modela en pasarelas o es un empresario exitoso -El Gerber hizo alguna vez pininos en eso del autoempleo, pero su vendimia de pays y postres generó un modesto capital que le permitió pagar algunos regalos para su madre, ir al cine y comer en restaurantes de comida rápida por algunas semanas. Luego, fiel a su modo, simplemente lo dejó pasar-. No hay entre ellos políticos famosos, escritores renombrados, científicos connotados, lingüistas premiados, ejecutivos de titular, místicos idolatrados o filántropos fotografiados. Son, para acabar pronto, simples y sencillos jóvenes de clase media, aspirando, como todo joven de clase media, a un lugar en el mundo.
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Pero son millonarios en mi corazón. De mí, lo poseen todo, a manos llenas, y he de reconocer públicamente, como ya lo hice ante cada uno de ellos, que este año mis cuentas estuvieron muy restringidas para sus movimientos, y me vi obligado a limitarlos a unos cuantos retiros y balances en todo el año. Lo padecieron todos, y todos respondieron al llamado en determinada forma. Y eso, creo yo, los hace todavía más importantes. Cayeron en cuenta que no se trataba de ellos -La Zucaritas fue conmovedora al cuestionarme varias veces si me había ocasionado algún problema su decisión inamovible de vestir sólo de verde (gracias a ella he descubierto que el verde no es sólo verde, y que existen más tonalidades del mismo color de las que yo mismo imaginaba)-. Que ninguno me había herido, molestado, entristecido, frustrado o enojado. El no verlos, no hablarles, no encontrarlos o buscarlos, fue producto solamente de una saturación de agenda con el fin de trabajar mucho, ahorrar un tanto, pagar unos cuantos gastos y terminar la carrera lo antes posible.
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Lo entendieron y, maravillosos y clarividentes como son, tendieron valla y esperaron pacientes su turno en ventanilla. Algunos reclamaron, claro está, porque no son estóicos santos, sino seres humanos. Esperaron llamadas que no llegaron, y se sintieron frustrados ante mi negativa a salir -"Bueno, ¿qué demonios quieres para que accedas a verme?", me cuestionó en alguna ocasión La Wera. "¿Quieres que salte en un pie, me tiña de morado o me haga la circunsición?" -?- No pregunten, estaba desesperada-. Me dieron opciones que no tomé, y pusieron a mis pies tiempos, agendas, movilizaciones, que rechacé, en parte por mi incapacidad para reaccionar ante el ofrecimiento ajeno, en parte porque, de plano de plano, no tenía tiempo.
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Y luego de que se quejaron, ocuparon de nuevo su sitio, mirándose unos a otros, cuestionándose entre ellos la mejor forma de encontrarme, suspirando, aguantando. Y observando. Observando mis pasos y respondiendo ante el menor llamado. De ellos, de todos ellos que estuvieron ahí, y los que lo intentaron, no tengo queja alguna. En ellos, en sus abrazos, palabras, consejos, presencias, sonrisas, historias, recuerdos, tengo mi corazón dividido en partecitas. Con ellos he compartido alegrías, tristezas, fracasos, éxitos, desolaciones, comienzos y finales. Han aplaudido mis aciertos, y sus brazos me han sostenido en mis errores. Los he visto defenderme y encararme, apoyar mis ideas o dejarme muy claras las suyas. Se han manifestado ante mis ojos, una y otra vez, como lo que son: representantes absolutos y pruebas irrefutables de la existencia de un dios.
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Por eso no pude evitar tener un nudo en la garganta al verlos llegar poco a poco y sentarse a la mesa conmigo. No pude evitar, al encontrarlos un poco más grandes, un poco más adultos, recordar que con ellos fue niño, adolescente, joven y ahora adulto. Y que con ellos, en sus juegos, bromas, chacoteos y memorias, vuelvo a ser un gordito puberto secundariano, un asustado de primer ingreso en la licenciatura, un novato en el ambiente gay, un recién salido del clóset, un anoréxico preparatoriano, un joven común. Ante sus ojos, estoy seguro, yo no soy el escritor que piensa una novela, el reportero que entrevista a Elena Poniatowska, el alumno que contesta bien todo un examen, el trabajador del que su jefe se siente orgulloso. Soy Agus, su Agus, y les basta y les sobra con eso para estar felices, para estar completos. Como a mí ellos me bastan y me quedan, así como están, sin lujos, artificios ni grados, sin autoridades, potestades o mandatos, como anillo al dedo.
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Son mis amigos, y tengo muy claro que son también mi familia -todos ellos incluso conocen a mi familia, la de sangre, y preguntan por ella, y sus miembros pregutan por ellos, y todos son al mismo tiempo otra gran familia, mi gran familia-. Su caminar ha guiado mis pasos, y en más ratos de los que yo recuerdo su presencia ha sido fundamental para el fortalecimiento de mi lugar en el mundo. Faltaron más, claro está, a los cuales no llamé por saberlos muy lejos, o muy ocupados, o porque supe que estar con los que estuvieron en esa mesa sentados los sacaría de sus casillas -a ellos especialmente pienso dedicarles un tiempo individual en el primer mes de próximo año-. Pero sé que están ahí, presentes siempre, y que no faltará una emergencia, o un cumpleaños, u otra fecha importante, para tenerlos a mi lado, para sentirlos una vez más cerca.
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Yo no sé el de ustedes, pero mi cumpleaños fue una celebración no del ego, sino de la dicha. Del honor que es tener amigos como los míos, y del orgullo que siento de poder formar parte de sus vidas. Y si se asoma el ego, es en forma de un orgullo personal: el orgullo de saber elegir a tan grandes personalidades para ir, conmigo, mano a mano, pelando la cebolla.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

No hay más que decir ¡muchas felicidades! Fue un gusto estar ayer contigo y con todos tus amigos que solamente nos conocíamos por este Baile.
Más celebraciones de esas.