jueves, 23 de diciembre de 2010

Los buenos deseos.

Me pregunto cómo festejarán la Navidad los otros. Seguramente debe sonarles una ofensa que hasta los gobiernos oficiales de los países manden mensajes de navidad, participen en presentaciones de villancicos y hagan encendidos de árboles ornamentales, cuando ellos no comulgan en lo absoluto con la idea primigenia de estas temporadas: el festejo del nacimiento de Jesús de Nazareth.
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Seguramente para un maometano, no debe ser una fecha de ponche, buñuelo y posada. Debe resultar un día más, en un calendario como el de cada año. Igual para los hindús, los judíos, los budistas, y el resto de religiones que no contemplan al Cristo como algo más que un iluminado, un hombre de inteligencia adelantada a su época, y dotes humanos incontrovertibles y admirables. Para ellos, la navidad, sobre todo al ser oficializada, debe ser una amarga piedra que los señala como la diferencia, la minoría, la existencia disminuida.
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Pero eso no puede evitar que obre en la homogenización del festejo navideño el otro gran artífice de la realidad moderna: la mercadotecnia. Ella es clara: si no crees en Jesús, hay una razón de peso para festejar -y, de paso, gastar mucho en cenas, antojitos y regalos-: que este sea el único tiempo del año en que los seres humanos nos damos un chance, nos ponemos de buenas -a excepción de las rebajas. Cfr. entrada anterior-. y hacemos lo único para lo cual, estamos seguros, fuimos diseñados: ser individuos de una misma especie. Y nos abrazamos, buscamos a los seres queridos que hemos dejado relegados el resto del año, nos portamos bien, somos concientes, ecologistas, racionales, inteligentes por fin. Sociables, honorables, respetuosos, generosos. Nos portamos gentes, pues, buenas gentes.
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En ese sentido, este Baile, que es tan fiel a sus principios como al ritmo, celebra la navidad: una época de búsqueda de paz, reflexión, humanidad, honestidad, dadivosidad y amor, de unión y armonía, aunque sea sólo una vez al año. No necesariamente el natalicio de un hombre inigualable, sino una fecha de lucha por obtener lo mejor que el ser humano puede conservar con el paso de su historia: los valores universales -que no son tan univerales como parecen, pero que siempre, sin importar la latitud, nos hacen sentir bien al practicarlos y recibir sus efectos.
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Así, pues, desde este Baile parte para toda la humanidad un deseo sincero, esforzado y claro de paz, armonía, energía, felicidad y dignidad. Un deseo de luz, equilibrio y prosperidad. Que todo lo que toquen se convierta en un tesoro, y todos sus sueños encuentren lugar en el mundo real. Que sean ustedes, por sobre los problemas y las dificultades, enormemente íntegros y exitosos. Que salgan avante sus proyectos, y que sus esfuerzos, todos y cada uno de ellos, se vean recompensados. Un deseo de bien.
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Y no dejen de dar y recibir amor. Es lo más claro que tenemos: la capacidad de amar y sentirnos amados. Bésense bajo un muérdago, o rompan una copa. No importa en qué idioma, o bajo qué rito, el amor es siempre vigorizante y dignificador. Amen, mucho, y déjense amar. Son tiempos de compartir con la familia -en el sentido que ustedes quieran: mamá, papá, papás, hermanos, amigos, primos, tíos, compadres, parejas, arrejuntados-, y de valorar lo que tenemos. Tiempos de buscar un mejor mañana, y de desearlo con tantas, tantas fuerzas, que verlo cumplido sea una por fin una realidad inobjetable.
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Felices fiestas. Feliz fiesta que es la vida.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Hay una persona muy cercana a mí que ni siquiera forma parte oficialmente de la iglesia -no está bautizada- y disfruta de estas fiestas como nunca he visto a nadie, le emociona regalar y recibir obsequios, cenar con la familia y dice "feliz navidad" fiel a los convecionalismos de la época pero con una honestidad profunda e innegable. ¿Milagro?