lunes, 13 de diciembre de 2010

Lo indescifrable.

Apuesto a que si Dios escogiera una especialidad médica, rehuiría la siquiatría.
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En esta vida hay cosas que no pueden explicarse. Les da uno vueltas, mil vueltas, y les mira por mil caras distintas, intentando abandonarse en el fenómeno, estar en él, considerarlo en todos sus vértices y facetas. Pero lo que uno intenta topa con pared. Nada, absolutamente nada, se obtiene de meditar sobre el inmenso e inasible mar de lo indescifrable.
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A esa conclusión he llegado yo hoy cuando, después de un debate sucedido en casa en las últimas semanas, me he enterado que doña Mago, a quien admiro por su decisión y su coraje, ha tenido que enfrentar a una amiga suya de reciente adquisición para pedirle una prudente distancia, luego de que se ha enterado que ésta padece un severo trastorno de la personalidad que le impide evitar la mentira. Y doña Mago, amante de lo bueno, se ha sentido no sólo traicionada, sino imposibilitada para entablar un vínculo más allá del humano con dicha persona.
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A mí, ya lo sabrán, todo el asunto de los problemas de la mente y sus implicaciones individuales, sociales, familiares y sanitarias, me pone siempre los nervios de punta. Me remonta a mi padre, es cierto según lo asegura Mi Ojosh, que se maneja la problemática al derecho y al revés. Pero también es cierto que, además de darme en el punto de lo familiar, de lo directamente sentimental, me da en el punto de lo humano, que es todavía más doloroso, más insufrible, más imposible de entender.
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Me duele la persona enferma, pero me duele aún más la terrible incomprensión y el dudoso manejo que de su enfermedad pueda dar su familia, su sociedad. El trastorno siquiátrico hospitaliza, es cierto, pero no causa necesariamente el dolor físico y la imposibilidad de movimiento que otro tipo de padecimientos. Uno parece estar tratando con un ser humano "normal" -ahora dudo ya, tristes veintidos años (próxima salida a los veintitrés, prepare su cuota), de los criterios de normalidad-, que hila una conversación de manera sorprendente, y luego enterarse, casi siempre a través de terceros, que esa "normalidad" no es otra cosa que una actuación social, porque dentro, tan dentro que la ciencia no puede acceder todavía a la fría bóveda del intelecto, la mente esconde oscuros secretos de anormalidad profunda.
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El enfermo es entonces víctima de un doble, triple padecimiento: el de su enfermedad en sí, y el de la sociedad que lo estigmatiza y la familia que pretende hacer de él, ante la ausencia de dolor, un ente con vida normal, evitando la dura faena de cuidar y velar por su integridad, su salud y su bienestar, con las respectivas limitantes que el padecimiento implique. El enfermo sufre por la imposibilidad de acceder a vínculos sociales duraderos, y sufre aún más cuando sus familiares son incapaces de proveer amor, comprensión y acompañamiento necesarios para que la imposibilidad de lo social no carcoma la integridad del familiar enfermo.
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Dura, triste realidad la de la mente enferma. Uno mira al que padece, y se pregunta si no estamos todos un poco locos. Es ésta la era de la depresión, el alzhaimer, la paranoia y la obsesión-compulsión. De ellos, en mayor o menor medida, nadie se salva. Todos los padecemos, todos los vivimos, todos hemos visto a seres queridos tener que entrar en tratamiento por alguna de estas causas, o las hemos vivido en carne propia. Tan mal estamos, que el concepto de "locura" ha tenido que diversificarse hasta el extremo de su erradicación: mal de muchos, consuelo de todos. A la generalización de la locura, ha precedido, por un afán meramente tranquilizador, la desaparición de la misma. Si todos estamos locos, ¿qué sentido tiene etiquetarnos?
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Claro que habrá que aceptar que hay de trastornos a trastornos. Unos limitan más que otros, otros apartan de manera definitiva, otros impiden, casi todos impiden. Los más, detienen, frustran, causan pequeños estragos, como una gripa estacional. Pero todos, sin lugar a dudas, nos ponen en el límite entre lo que podemos y lo que no, lo que somos y lo que no, lo que aceptamos y lo que no. Ahí juega un cruel papel de verdugo el estigma: posicionados en ella, la enfermedad mental nos obliga a desconocerla, nos hace odiarla, y odiar un poco, tan sólo un poco, al que la padece. Es el reflejo natural ante lo extraño, ante lo indescifrable: el reflejo natural del miedo, de la desazón, de la incertidumbre que se esconde tras frases cotidianas, comunes, corrientes: "pero si se veía tan bien", "pero si era tan bueno", "claro, si era un genio".
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Y al final, quedamos infinitamente solos. Llego a esa conclusión mientras Mi Ojosh me consuela al otro lado de la línea, y manda conmigo todos los buenos deseos para la ex amiga enferma de mi madre y los suyos. Los deseos de fortaleza, integridad, luz. Al final quedamos nosotros y nuestra mente, solos en un mundo que exige ser comprendido, aún en su complejidad más insufrible. Y de nosotros depende, enfermos o no, la disección de la verdad. Ardua tarea. Dudoso proceder de sus practicantes. Y es que al final, sin aspavientos, ¿no es la locura parte integral de nuestra mente? ¿No está hecha también ésta de un tanto de irracionalidad enferma? Indescifrable. Indescifrable sin duda.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Aún más indescifrable el deseo de algunos por pretender no estar en razón, tal vez estar loco y no ser consciente de ello -requisito para la declaración clínica-, signifique ser un poco menos infelices. O, por lo menos, no ser conscientes de la infelicidad crónica generalizada.