jueves, 16 de diciembre de 2010

Deasegún.

La imagen del día: un cuarteto de malabaristas circenses semidesnudos se contorsiona frente a un emocionado Benedicto XVI, que aplaude sin cesar el equilibrio y la capacidad atlética de los jóvenes artistas. Yo le iba cambiando a la televisión en búsqueda de algo rescatable, cuando la repentina imagen de un grupo de cuerpos masculinos bien torneados frente a la figura blanca y encorvada del sumo pontífice me hizo volver al canal en que se proyectaba. Ya en el contexto, la imagen tomó un valor distinto, pero no dejó de ser igualmente impactante. Se trataba de una pastoral para artistas de circo, y en el cierre de los trabajos, en la audiencia papal, los contorsionistas de Moscú decidieron representar ante el papa sus actos de equilibrio.
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Pero conocer la razón de semejante extrañeza no disminuyó en lo absoluto el impacto. La Sala Paulo VI, en que se realizó el evento, está acostumbrada a recibir hombres en traje, altos mandatarios, líderes económicos y sociales del mundo entero, con corbata, camisa y pantalón. Y de las mujeres, ya no digamos: velo, vestido, media y manga larga. Nada de topless. Nada de cuerpos torneados y aceitados al descubierto. Los artistas ésos, los cuatro, salieron a mostrar sus capacidades en paños menores, ¡y el papa todavía les aplaude!
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O las cosas se están relajando, o la aparición de semejante espectáculo en la curia romana corresponde a esa noción valorativa con que últimamente ha estado actuando el gobierno del sucedor del muy popular Juan Pablo II: sí pero no, sí se permite tal o cual cosa, pero según el contexto.
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El caso más reciente es el del uso del condón. Ya sabrán ustedes a estas alturas que Benedicto XVI dijo que su uso sería "aceptable" en tanto "busque la protección y la seguridad humana". Pero, claro está, sólo será aceptable en las relaciones sostenidas con hombres y mujeres de la vida galante. Osea, sí, pero no: sí hay que ponerse el sombrerito, pero nomás si uno está pecando en serio. Si se está en casa, con la pareja formal, o en la calle, en un cuentro casual, o teme el inminente embarazo que no detendrán los métodos "naturales" de prevención, lo mejor es abstenerse -la Iglesia desestima la pastilla del día siguiente, pero ve con buenos ojos que la mujer se mida la densidad del moco vaginal, viva estresada contando días y esté atenta al mínimo cambio hormonal para, entonces sí, ponerle duro y sabroso Jorge al niño-.
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Sí, pero no. Sí se puede andar desnudo por el Vaticano, pero hay que ser artista circense, e invitado por el papa. Sí se puede interceder en los asuntos del Estado, señalar y acusar a otros, sin fundamentos, pero sólo si es en la legítima defensa de la familia. Sí se puede quemar brujas y torturar librepensadores, pero sólo si es en la protección de la fe y la difusión del mensaje de Cristo. Sí se pueden encubrir pederastas, monjas abusivas, relaciones con el narcotráfico, pero sólo si es en la defensa de los intereses supremos de la comunidad en Cristo.
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La última es la desaparición definitiva y progresiva de la presencia de Marcial Maciel a lo largo y ancho de toda la Legión. ¿O qué otra cosa es la prohibición de que se le nombre, se le rememore, se le celebre y se le represente? Ahora, inspirados en la moda pottermaniaca, seguramente harán que todos nos refiramos a su oscura figura como "quien-tu-sabes" o "quien-no-debe-ser-nombrado". Mediante la imposibilidad de sus seguidores de tenerlo presente y difundirlo, la Iglesia pretende taparle el ojo al macho y fingir que ahí nada pasó. No hubo abusos, encubrimientos -incluso por parte del mismo Ratzinger, como señala Carmen Aristegui en Maciel, su más reciente trabajo bibliográfico-, silencios forzosos ni alejamientos sustanciosos de la doctrina cristiana, moral y humana. No hubo, ni siquiera, un Padre Maciel (¡shhh, que no digan su nombre!), ¿para qué preocuparnos entonces por procurar la debida justicia? Mejor esa energía la invertimos en buscar más patrocinadores y nos quitamos de pendientes.
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Sí se puede nombrar a Maciel, dice la Santa Sede, pero sólo como "el padre Maciel", y jamás como "nuestro padre" o "nuestro fundador" (quien-tú-sabes). Sí, pero no. Sí se puede que evitemos la verdad, pero sólo si es en defensa de nuestros propios intereses. Lo he dicho ya antes, lo repito hoy: si Cristo viviera, se debatiría seriamente si morir por fundar una Iglesia, o mejor dejarlo así.
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¡Salud!

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