lunes, 13 de diciembre de 2010

Comer, rezar, amar.

Tenía yo ya varios meses sin hacerle un favor a mi placer estético, así que hoy tomé mis chivas y a Mi Ojosh, y me lancé a un complejo cinematográfico a hacerle un favor al séptimo arte y hacerme yo un favor con él. Como la apuesta en cartelera se reduce a unas cuantas cintas, no tuve mucho de dónde elegir. Mi otra opción era la más reciente carta bajo de la manga del mago inglés con complejo de Cristo, Harry Potter, pero resultó que Mi Ojosh, que es cinéfilo pero olvidadizo -osea, olvida el gusto y a punto de entrar en la sala se acuerda que se le antojaron unas palomitas y luego ya no recuerda a qué iba, y mejor se regresa a su casa-, no ha visto las seis cintas anteriores, y como me imaginé que iba a vivírmela las tres horas que dura entre "¿y ése quién es?", "¿ése es el malo?", "¿por qué salen chispas de las baritas?", decidí evitarme la fatiga y me planté en Comer, rezar, amar, la última cinta del director Ryan Murphy, a quien ustedes (no) ubican por su más grande éxito, la serie de televisión con afanes musicales Glee -otro gran pendiente entre mis pendientes de este año. Si alguien la tiene, rólela y ya nos quitamos el pendiente de la cabeza-.
.
Me decidí -nos decidimos, kimosabi, que no ibas solo- por Comer, rezar, amar, porque el asunto era prometedor. En el reparto: Julia Roberts con Javier Bardem. En el argumento: una gringa histérica y desencantada de la vida decide irse por el mundo a encontrar la razón de su existencia a través de las tres actividades que dan lugar al título. En la historia detrás del argumento: un best seller autobiográfico con mucho de búsqueda y otro poco de desilusión hacia la postura ligera y superficial de muchos libros de autoayuda.
.
Ya se los dije, pero como seguro se quedaron pensando en por qué no elegí a ir a Harry Potter y no me están poniendo atención, va de nuevo: Liz Gilbert es una periodista de viajes norteamericana que se da cuenta, así de pronto como balde de agua fría en pijamada, que no es feliz en su matrimonio. Y la cosa se pone peor cuando truena su matrimonio y descubre que no es feliz en una nueva relación, lo que la lleva a sospechar, inteligente ella, que no se trata de los demás, sino de sí misma. Así que decide romper por completo con el modo gringo de solucionar los conflictos personales, deja a Freud recostado en el sillón y al Prozac escondido en el neceser, y se lanza a la ardua, compleja, emocionante pero satisfactoria tarea de encontrarse a sí misma y su felicidad comiendo, rezando y amando, en un viaje tripartito que la llevará respectivamente a Italia -si no, iría a México, pero como aquí tenemos narco y allá nada más tienen mafia, y la mafia es más romántica, pues mejor cambia el pozole por la pasta-, India y Bután.
.
Y ahí sí, mija, órale, güerita, éntrele a lo bueno. Descubra que vivir es algo más que leer libros de superación y llorar a moco tendido cuando uno descubre que lo ha hecho mal todo. "No existen los errores", dice mi terapeuta, "sólo hay ensayos". Pero no ahonda ella en lo doloros que es ensayar fallidamente. Y Liz lo descubrirá hasta toparse con Felipe, un latinoamericano que la hará tratabillar en el asunto del amor, y la pondrá a prueba para saber si aprendió la lección, o mejor se regresa a pedir fettuccini alfredo y repite el curso.
.
Ya sabrán a estas alturas que la cinta es altamente recomendable. Tiene los toques de la comedia romántica gringa clásica, pero ese dejo de reflexión chic flick que les encanta a los estadounidenses y a las señoras copetonas mexicanas -adoradas prechiosísimas-, pero no por ello deja de ser un filme con un buen guión -se nota que está basado en un libro-, un argumento inteligente y un excelente, maravilloso, desarrollo actorial. Después de todo, uno sabe la aparición de Roberts y Bardem en la cartelera son garantía de un buen rato frente al proyector.
.
Vayan con poca hambre y muchas ganas de quererse a sí mismos. La película no es terapia, pero es terapéutica, y si uno anda medio extraviado en este Valle de Lágrimas -A. C.-, seguramente terminará por hacer caso de dos o tres o cuatro o cinco consejos que alguna voz en off lanza en algún punto de la cinta. Digo, después de todo, ¿qué esperaban de una cinta con unas tremendas ganas de superarse a sí misma?
.

Yo sí creo, a lo mejor porque nací y he crecido en un país de obesos y tragones, que comer y amar son dos modos fabulosos de contactar con lo que somos, y con lo que otros son. Pero, sobre todo, con lo que podemos ser. En la mesa se reviven y reafirman todos nuestros males -las divisiones, los contrapuntos, los modales, los roles-, y nuestros bienes -la amistad, la generosidad, los valores universales-. En la cama, se desnudan las pasiones y se intercambian las intimidades. Lo de rezar lo dejo de tarea. Resultaría obvio en primera base que no hay contacto más íntimo con Dios que a través de la oración, pero yo no estaría tan seguro de la infabilidad de esa afirmación después de todo: un buen vino, un buen estofado y los brazos del ser amado, tienen mucho más de paraíso y sublimación espiritual que el frío reclinatorio o el tapete de yoga. Yo, por eso, me compro mi pollo rostizado y me tapo con mi cobija de chinos y ojos a tragármelo completo.

.

¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Yo, discrepo. Mi Absoluto cineasta novio me arrastró -casi literalmente, porque él invitó, aunque con sus piuntos acumulados de la membresía cineciudad- y sigo sin entender por qué, a ver esa pseudo obra de arte; su criterio falló esta vez.
Pasé la mayor parte del tiempo viendo el perfil de mi Absoluto -hasta que salió Javier Bardem, ¡qué bien sale de brasileño!-. Yo creo que es una típica película para niñas -o doñas- pero aburrida, porque además es larguísima. Y en cuanto a Glee, es una telenovela con musicales, no creo que valga la pena que la veas, pero igual sácate la espinita.