lunes, 27 de diciembre de 2010

2 y 3.

Se oyen muchos. Yo ya estoy comenzando a pensar que me engañaron, porque tengo la soberana impresión de que apenas ayer estaba yo partiendo la rebanada del último pastel. De los últimos pasteles, porque si bien mi onomástico no es motivo suficiente para mezclar harina, azúcar y huevos -y el ingrediente X, accidentalmente-, sí lo es el cumpleaños de este Baile que es suyo, mío, nuestro, de todos y de todas. Mexicanos, mexicanas, uruguayos, uruguayas, australianos, australianas, lianas, lianos, anas y ...
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Por eso es que, en conmemoración a este tercer aniversario de El Baile de la Coma, he decidido, en primera, agradecerles a ustedes su permanencia, y en segunda, claro está, a mi modo, hacer un balance sobre lo que ha sido, sigue siendo, y espero, seguirá siendo, este rincón donde la coma sí da ritmo, y lo baila también, y sin poderlo separar, lo ha cambiado también la vida de ésta su pluma desde que la aventura dio inicio.
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El Baile de la Coma comenzó el día de mi cumpleaños de hace tres años, el 28 de diciembre del 2007. Ni yo mismo alcancé a dilucidar en ese momento, sentado frente a otra computadora, testigo de otra realidad, viviente de otra vida, lo que cambiarían las cosas para esa computadora, esa realidad y esa vida. Ahora, en retrospectiva, me doy cuenta que los últimos tres años de mi vida han tenido un solo elemento en común: el cambio. En el 2007 era yo no solamente más joven. Mi padre no tenía todavía los visos importantes del trastorno demencial que hoy lo tiene alejado de su familia -por derecho, por dignidad y por seguridad-, yo no probaba aún las mieles del periodismo, doña Mago no era doña Mago, sino "mi mamá", y no vivía todavía ella de sus rentas -o de las rentas de sus hijos, lo que resulta todavía menos fatigoso-. Yo no tenía en mi haber más que un par de romances ligeros, sin profundidad. Yo no salía del clóset aún, y sobra decir que el que tenía la llave todavía ni sus luces -cierra los ojos, chino, no dejas dormir-.
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Hoy, a tres años, todo ha cambiado. Vivo en la misma casa, habito la misma ciudad de templos y placillas, respiro el mismo aire y me apeñuzca el mismo cielo azul. Y ya. En 2008 hubo caos, enfrentamiento -conmigo mismo, que es el más terrible-, desierto, exilio, miedo, frustración, cercanía con la muerte. Fueron y vinieron enfermedades, personas, calamidades, alegrías, lugares, viajes, llantos, desolaciones, incertidumbres. En 2009, las cosas se fueron regulando, pero yo tomé determinaciones hacia mis relaciones que obligaron a las estructuras a colapsarse, y a mí a reorganizarlas. Conseguí un trabajo que reafirmó mi pasión, y luego tuve que dejarlo porque mi vida se estaba yendo entre el estrés y los horarios. Pero la pasión quedó, como en un álbum de fotografías, esperando ser revelada de nuevo. En 2010, decidí, ante el acoso de una situación económica y estudiantil que demandaba de mí 48 horas al día, apartarme de mis vínculos con el mundo y dedicarme a trabajar. Fue necesario cortar citas, salidas y placeres. Fue una prueba de fuego para mí, para los míos, para el mío. Mi Ojosh, acostumbrado a los guamazos, aguantó con garbo y estilo mis estreses, mis enojos, mis frustraciones, mis "no" y mis ideas. Amigos, apláudanle y agradézcanle: si ustedes no me escucharon ni molesto ni iracundo, fue porque antes de hablarles, en los pocos ratos que pude hacerlo, mi cobija de chinos y ojos había recibido ya tremenda escena. ¡Ay, novio! ¿qué haría yo sin ti?
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El Baile, claro está, reflejó todo eso y un poco más. Debo admitir que este año sobre todo, ante la decisión que tomé de dejar el mundo, estuve tentado a abandonar la tarea y cerrar el changarro. Para mí resultaba tremendamente complicado terminar un día de más de 12 horas de trabajo ininterrumpido y llegar a contarles qué me pareció tal programa de televisión, qué opino de tal acontecimiento, qué me pasó al subirme al camión. Difícil y arduo. Pero lo logré. No dejé un solo mes sin una entrada, sin mover la coma y, creo yo, desmiéntanme si me equivoco, no los dejé sin comentar los acontecimientos verdaderamente relevantes de este año. Fue duro, complicado, a veces imposible, pero lo logré. Conservé el Baile activo, y ustedes con él pudieron tener información que a veces el corre-corre el pasillo, la llamada apremiada por el saldo o el mensaje en el muro del "face", no podían explayar. El Baile los mantuvo informados de todo, incluso de lo que sucedía mucho más allá de las fronteras que limitan nuestra amistad con el otro mundo, el mundo de los acontecimientos a veces insanos y surrealistas de la política, el entretenimiento y la vida en general.
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Así es que este cumpleaños 23 mío, 3 del Baile, es doble el festejo. Uno, por haber conseguido salir vivo de jornadas de trabajo maratónicas, celebración para la cual Mi Ojosh ya está horneando un pastelote, y dos, por haber conseguido que este antro de buena muerte siguiera cumpliendo la que fue inicialmente su misión: sentar a la realidad en el banquillo de los acusados, la mía, la suya, la nuestra y la de él, la de todos, y obligarla a ponerse en orden.
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A tres años, este Baile lo ha hecho más que bonito. Ha cumplido su tarea tan bien, que eso le ha merecido el calificativo de "ecléctico". Osea, que toma de todo, y todo lo deja. Es cierto. Este Baile no se queda con nada. La realidad que me sobrepasa, que me extralimita, termina siendo cosa del pasado y superada por otro acontecimiento que la iguala o la asemeja. Así es la vida. Así, creo, ustedes han podido entender que es la vida: un continuo devenir de sucesos que siempre estarán fluyendo para sorprendernos. No sé ustedes, bailadores queridos, pero yo no estoy dispuesto a perderme ese espectáculo.
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A tres años, este Baile ha tocado todos los temas, y de todos ha dejado huella. Desde el presidente Felipito Calderoncito Hinojosita, hasta el otro presidente, el "legítimo", y su achichincle converso, Juanito, todoss que oscilan ante los reflectores y las curules han pasado por aquí y han dejado su firma, a veces por su ineptitud, las más de las veces por su complejidad, otras tantas ocasiones por su triunfo y acierto. Hemos hablando de estrellas de la farándula, sus nacimientos y sus muertes. Michael Jackson, Madonna, Rebelde -con las debidas regulaciones del nivel de fama y talento-, La Oreja de Van Gogh y hasta Belinda, han desfilado por esta pasarela de crítica y opinión. Se han traído a escena estrellas del deporte como El Chicharito -a quien no dudaríamos en nombrar como el personaje del año, si no fuera por Marcelo Ebrard y el Cardenal, quienes con su lío de faldas nos merecen aplausos, vivas y óscares-. Y también a famosos de la nada, como el pulpo Paul, absoluto ganador del Mundial de Sudáfrica, o el robot director de orquesta.
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Hemos dialogado en torno al arte, los colores, el transporte, la vivienda, el matrimonio, las relaciones amorosas, las preferencias sexuales, las redes sociales, el internet, los monopolios, las marcas, los juegos de mesa, la infancia, la amistad, la enemistad, los sentimientos, y entre ellos le he dedicado párrafos enteros al amor, la frustración, el dolor, la incomprensión, la incertidumbre, el placer. Hemos hablando de la locura y la muerte. De lo corta que es la vida, y lo mucho que tenemos el deber de disfrutarla. De la comida y la bebida, el sueño, la borrachera, el trabajo, el estudio, la burocracia, la hermandad. La familia, la verdadera familia, y su defensa. El cine y sus películas, buenas y malas, los superhéroes, y los antihéroes. El idioma, con el cual he conseguido que ustedes juegen, y al cual he pretendido generar más y más amor, más y más fidelidad. Incluso les escribí alguna vez un cuento, que todo mundo pensó que era verdad, lo que me hace creer que estaba bien escrito.
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Entenderán ahora por qué le puse tanto esfuerzo este año en no cerrar el Baile. Este Baile es parte de un esfuerzo sostenido y dedicado que ustedes y yo hemos emprendido para salvar la inteligencia del ataque de la sociedad de masas, que pretende nuestra igualación y nuestra estupidez. Y hasta ahora, con brillantes resultados, lo hemos logrado. Entre todos, mediante la expresión y la sinceridad intelectual, la claridad y el razocinio, lo hemos logrado. Ustedes han compartido mi punto, o lo han refutado, y yo he agradecido a cada comentario dejado aquí, en persona, o en Facebook, puesto que el Baile logró enlazarse con la más grande comunidad en linea desde este año, y así puede ser leído, comentado y hasta dialogado entrada tras entrada por todos mis amigos adictos a la red social. Se han subido al camión del despertar que los gobiernos y élites pretenden que los jóvenes no alcancemos entre MTV, Ipods y Mc Donalds. No están cerca del 68, no lo estamos, pero nuestro despertar es otro, el del pensamiento y la verdad, el de la razón y la cordura. En el Baile, lo he encontrado yo tanto como ustedes, se ha impuesto un reducto contra la locura.
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Por eso es que estas 3 velas que oscilan sobre el pastel, y estas 23 que lo hacen sobre mi pastel -Ojosh, ya, ya, espera, no, más no, no, no quiero cuetes en él, no, espera, deja ese encendedor, suelta ese encendedor... bien, así...-, esas 23, les decía, merecen ser apagadas por todos y cada uno de ustedes. Que sea su soplo, nuestro soplo, el mismo aire que le ha dado vida a la razón y ha defendido con entereza y razón el dominio del corazón y las ideas por sobre la alienación y la frialdad. Su aire, mi aire, nuestro aire. Nuestra casa, nuestro Baile.
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¡Feliz cumpleaños tres, bailadores!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Esta es una felicitación para el Baile acompañada de gratitud, me uno a las celebraciones y le soplo a las velitas contigo, pero invita al festejo, pues.