miércoles, 29 de diciembre de 2010

Mes amis.

Tenerlos sentados alrededor mío, en el final de un año trabajoso y movidón, fue como ese último trozo de Oreo casi completo que uno encuentra en el fondo del Mc Flurry ya que ha devorado casi todo el helado. Diría que fue como la cereza del pastel, pero por motivos creativos e ilustrativos ando huyendo de las imágenes hechas, y no me gustan las cerezas. Fue como el final deleitoso de algo para lo cual se ha vivido. Fue como comer un ratito en lo que yo espero que sea el cielo, o el lugar en el cual espero estar al terminar mis días.
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Todo se dio sin planearse, y eso lo hizo aún más deleitoso. Conmigo, en una fecha que hasta hace poco pasaba desapercibida para mí a pesar de ser el día en que nací, compartieron sólo personas de muy alta importancia. No. Ninguno de ellos tiene un espacio en televisión, modela en pasarelas o es un empresario exitoso -El Gerber hizo alguna vez pininos en eso del autoempleo, pero su vendimia de pays y postres generó un modesto capital que le permitió pagar algunos regalos para su madre, ir al cine y comer en restaurantes de comida rápida por algunas semanas. Luego, fiel a su modo, simplemente lo dejó pasar-. No hay entre ellos políticos famosos, escritores renombrados, científicos connotados, lingüistas premiados, ejecutivos de titular, místicos idolatrados o filántropos fotografiados. Son, para acabar pronto, simples y sencillos jóvenes de clase media, aspirando, como todo joven de clase media, a un lugar en el mundo.
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Pero son millonarios en mi corazón. De mí, lo poseen todo, a manos llenas, y he de reconocer públicamente, como ya lo hice ante cada uno de ellos, que este año mis cuentas estuvieron muy restringidas para sus movimientos, y me vi obligado a limitarlos a unos cuantos retiros y balances en todo el año. Lo padecieron todos, y todos respondieron al llamado en determinada forma. Y eso, creo yo, los hace todavía más importantes. Cayeron en cuenta que no se trataba de ellos -La Zucaritas fue conmovedora al cuestionarme varias veces si me había ocasionado algún problema su decisión inamovible de vestir sólo de verde (gracias a ella he descubierto que el verde no es sólo verde, y que existen más tonalidades del mismo color de las que yo mismo imaginaba)-. Que ninguno me había herido, molestado, entristecido, frustrado o enojado. El no verlos, no hablarles, no encontrarlos o buscarlos, fue producto solamente de una saturación de agenda con el fin de trabajar mucho, ahorrar un tanto, pagar unos cuantos gastos y terminar la carrera lo antes posible.
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Lo entendieron y, maravillosos y clarividentes como son, tendieron valla y esperaron pacientes su turno en ventanilla. Algunos reclamaron, claro está, porque no son estóicos santos, sino seres humanos. Esperaron llamadas que no llegaron, y se sintieron frustrados ante mi negativa a salir -"Bueno, ¿qué demonios quieres para que accedas a verme?", me cuestionó en alguna ocasión La Wera. "¿Quieres que salte en un pie, me tiña de morado o me haga la circunsición?" -?- No pregunten, estaba desesperada-. Me dieron opciones que no tomé, y pusieron a mis pies tiempos, agendas, movilizaciones, que rechacé, en parte por mi incapacidad para reaccionar ante el ofrecimiento ajeno, en parte porque, de plano de plano, no tenía tiempo.
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Y luego de que se quejaron, ocuparon de nuevo su sitio, mirándose unos a otros, cuestionándose entre ellos la mejor forma de encontrarme, suspirando, aguantando. Y observando. Observando mis pasos y respondiendo ante el menor llamado. De ellos, de todos ellos que estuvieron ahí, y los que lo intentaron, no tengo queja alguna. En ellos, en sus abrazos, palabras, consejos, presencias, sonrisas, historias, recuerdos, tengo mi corazón dividido en partecitas. Con ellos he compartido alegrías, tristezas, fracasos, éxitos, desolaciones, comienzos y finales. Han aplaudido mis aciertos, y sus brazos me han sostenido en mis errores. Los he visto defenderme y encararme, apoyar mis ideas o dejarme muy claras las suyas. Se han manifestado ante mis ojos, una y otra vez, como lo que son: representantes absolutos y pruebas irrefutables de la existencia de un dios.
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Por eso no pude evitar tener un nudo en la garganta al verlos llegar poco a poco y sentarse a la mesa conmigo. No pude evitar, al encontrarlos un poco más grandes, un poco más adultos, recordar que con ellos fue niño, adolescente, joven y ahora adulto. Y que con ellos, en sus juegos, bromas, chacoteos y memorias, vuelvo a ser un gordito puberto secundariano, un asustado de primer ingreso en la licenciatura, un novato en el ambiente gay, un recién salido del clóset, un anoréxico preparatoriano, un joven común. Ante sus ojos, estoy seguro, yo no soy el escritor que piensa una novela, el reportero que entrevista a Elena Poniatowska, el alumno que contesta bien todo un examen, el trabajador del que su jefe se siente orgulloso. Soy Agus, su Agus, y les basta y les sobra con eso para estar felices, para estar completos. Como a mí ellos me bastan y me quedan, así como están, sin lujos, artificios ni grados, sin autoridades, potestades o mandatos, como anillo al dedo.
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Son mis amigos, y tengo muy claro que son también mi familia -todos ellos incluso conocen a mi familia, la de sangre, y preguntan por ella, y sus miembros pregutan por ellos, y todos son al mismo tiempo otra gran familia, mi gran familia-. Su caminar ha guiado mis pasos, y en más ratos de los que yo recuerdo su presencia ha sido fundamental para el fortalecimiento de mi lugar en el mundo. Faltaron más, claro está, a los cuales no llamé por saberlos muy lejos, o muy ocupados, o porque supe que estar con los que estuvieron en esa mesa sentados los sacaría de sus casillas -a ellos especialmente pienso dedicarles un tiempo individual en el primer mes de próximo año-. Pero sé que están ahí, presentes siempre, y que no faltará una emergencia, o un cumpleaños, u otra fecha importante, para tenerlos a mi lado, para sentirlos una vez más cerca.
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Yo no sé el de ustedes, pero mi cumpleaños fue una celebración no del ego, sino de la dicha. Del honor que es tener amigos como los míos, y del orgullo que siento de poder formar parte de sus vidas. Y si se asoma el ego, es en forma de un orgullo personal: el orgullo de saber elegir a tan grandes personalidades para ir, conmigo, mano a mano, pelando la cebolla.
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¡Salud!

lunes, 27 de diciembre de 2010

2 y 3.

Se oyen muchos. Yo ya estoy comenzando a pensar que me engañaron, porque tengo la soberana impresión de que apenas ayer estaba yo partiendo la rebanada del último pastel. De los últimos pasteles, porque si bien mi onomástico no es motivo suficiente para mezclar harina, azúcar y huevos -y el ingrediente X, accidentalmente-, sí lo es el cumpleaños de este Baile que es suyo, mío, nuestro, de todos y de todas. Mexicanos, mexicanas, uruguayos, uruguayas, australianos, australianas, lianas, lianos, anas y ...
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Por eso es que, en conmemoración a este tercer aniversario de El Baile de la Coma, he decidido, en primera, agradecerles a ustedes su permanencia, y en segunda, claro está, a mi modo, hacer un balance sobre lo que ha sido, sigue siendo, y espero, seguirá siendo, este rincón donde la coma sí da ritmo, y lo baila también, y sin poderlo separar, lo ha cambiado también la vida de ésta su pluma desde que la aventura dio inicio.
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El Baile de la Coma comenzó el día de mi cumpleaños de hace tres años, el 28 de diciembre del 2007. Ni yo mismo alcancé a dilucidar en ese momento, sentado frente a otra computadora, testigo de otra realidad, viviente de otra vida, lo que cambiarían las cosas para esa computadora, esa realidad y esa vida. Ahora, en retrospectiva, me doy cuenta que los últimos tres años de mi vida han tenido un solo elemento en común: el cambio. En el 2007 era yo no solamente más joven. Mi padre no tenía todavía los visos importantes del trastorno demencial que hoy lo tiene alejado de su familia -por derecho, por dignidad y por seguridad-, yo no probaba aún las mieles del periodismo, doña Mago no era doña Mago, sino "mi mamá", y no vivía todavía ella de sus rentas -o de las rentas de sus hijos, lo que resulta todavía menos fatigoso-. Yo no tenía en mi haber más que un par de romances ligeros, sin profundidad. Yo no salía del clóset aún, y sobra decir que el que tenía la llave todavía ni sus luces -cierra los ojos, chino, no dejas dormir-.
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Hoy, a tres años, todo ha cambiado. Vivo en la misma casa, habito la misma ciudad de templos y placillas, respiro el mismo aire y me apeñuzca el mismo cielo azul. Y ya. En 2008 hubo caos, enfrentamiento -conmigo mismo, que es el más terrible-, desierto, exilio, miedo, frustración, cercanía con la muerte. Fueron y vinieron enfermedades, personas, calamidades, alegrías, lugares, viajes, llantos, desolaciones, incertidumbres. En 2009, las cosas se fueron regulando, pero yo tomé determinaciones hacia mis relaciones que obligaron a las estructuras a colapsarse, y a mí a reorganizarlas. Conseguí un trabajo que reafirmó mi pasión, y luego tuve que dejarlo porque mi vida se estaba yendo entre el estrés y los horarios. Pero la pasión quedó, como en un álbum de fotografías, esperando ser revelada de nuevo. En 2010, decidí, ante el acoso de una situación económica y estudiantil que demandaba de mí 48 horas al día, apartarme de mis vínculos con el mundo y dedicarme a trabajar. Fue necesario cortar citas, salidas y placeres. Fue una prueba de fuego para mí, para los míos, para el mío. Mi Ojosh, acostumbrado a los guamazos, aguantó con garbo y estilo mis estreses, mis enojos, mis frustraciones, mis "no" y mis ideas. Amigos, apláudanle y agradézcanle: si ustedes no me escucharon ni molesto ni iracundo, fue porque antes de hablarles, en los pocos ratos que pude hacerlo, mi cobija de chinos y ojos había recibido ya tremenda escena. ¡Ay, novio! ¿qué haría yo sin ti?
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El Baile, claro está, reflejó todo eso y un poco más. Debo admitir que este año sobre todo, ante la decisión que tomé de dejar el mundo, estuve tentado a abandonar la tarea y cerrar el changarro. Para mí resultaba tremendamente complicado terminar un día de más de 12 horas de trabajo ininterrumpido y llegar a contarles qué me pareció tal programa de televisión, qué opino de tal acontecimiento, qué me pasó al subirme al camión. Difícil y arduo. Pero lo logré. No dejé un solo mes sin una entrada, sin mover la coma y, creo yo, desmiéntanme si me equivoco, no los dejé sin comentar los acontecimientos verdaderamente relevantes de este año. Fue duro, complicado, a veces imposible, pero lo logré. Conservé el Baile activo, y ustedes con él pudieron tener información que a veces el corre-corre el pasillo, la llamada apremiada por el saldo o el mensaje en el muro del "face", no podían explayar. El Baile los mantuvo informados de todo, incluso de lo que sucedía mucho más allá de las fronteras que limitan nuestra amistad con el otro mundo, el mundo de los acontecimientos a veces insanos y surrealistas de la política, el entretenimiento y la vida en general.
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Así es que este cumpleaños 23 mío, 3 del Baile, es doble el festejo. Uno, por haber conseguido salir vivo de jornadas de trabajo maratónicas, celebración para la cual Mi Ojosh ya está horneando un pastelote, y dos, por haber conseguido que este antro de buena muerte siguiera cumpliendo la que fue inicialmente su misión: sentar a la realidad en el banquillo de los acusados, la mía, la suya, la nuestra y la de él, la de todos, y obligarla a ponerse en orden.
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A tres años, este Baile lo ha hecho más que bonito. Ha cumplido su tarea tan bien, que eso le ha merecido el calificativo de "ecléctico". Osea, que toma de todo, y todo lo deja. Es cierto. Este Baile no se queda con nada. La realidad que me sobrepasa, que me extralimita, termina siendo cosa del pasado y superada por otro acontecimiento que la iguala o la asemeja. Así es la vida. Así, creo, ustedes han podido entender que es la vida: un continuo devenir de sucesos que siempre estarán fluyendo para sorprendernos. No sé ustedes, bailadores queridos, pero yo no estoy dispuesto a perderme ese espectáculo.
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A tres años, este Baile ha tocado todos los temas, y de todos ha dejado huella. Desde el presidente Felipito Calderoncito Hinojosita, hasta el otro presidente, el "legítimo", y su achichincle converso, Juanito, todoss que oscilan ante los reflectores y las curules han pasado por aquí y han dejado su firma, a veces por su ineptitud, las más de las veces por su complejidad, otras tantas ocasiones por su triunfo y acierto. Hemos hablando de estrellas de la farándula, sus nacimientos y sus muertes. Michael Jackson, Madonna, Rebelde -con las debidas regulaciones del nivel de fama y talento-, La Oreja de Van Gogh y hasta Belinda, han desfilado por esta pasarela de crítica y opinión. Se han traído a escena estrellas del deporte como El Chicharito -a quien no dudaríamos en nombrar como el personaje del año, si no fuera por Marcelo Ebrard y el Cardenal, quienes con su lío de faldas nos merecen aplausos, vivas y óscares-. Y también a famosos de la nada, como el pulpo Paul, absoluto ganador del Mundial de Sudáfrica, o el robot director de orquesta.
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Hemos dialogado en torno al arte, los colores, el transporte, la vivienda, el matrimonio, las relaciones amorosas, las preferencias sexuales, las redes sociales, el internet, los monopolios, las marcas, los juegos de mesa, la infancia, la amistad, la enemistad, los sentimientos, y entre ellos le he dedicado párrafos enteros al amor, la frustración, el dolor, la incomprensión, la incertidumbre, el placer. Hemos hablando de la locura y la muerte. De lo corta que es la vida, y lo mucho que tenemos el deber de disfrutarla. De la comida y la bebida, el sueño, la borrachera, el trabajo, el estudio, la burocracia, la hermandad. La familia, la verdadera familia, y su defensa. El cine y sus películas, buenas y malas, los superhéroes, y los antihéroes. El idioma, con el cual he conseguido que ustedes juegen, y al cual he pretendido generar más y más amor, más y más fidelidad. Incluso les escribí alguna vez un cuento, que todo mundo pensó que era verdad, lo que me hace creer que estaba bien escrito.
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Entenderán ahora por qué le puse tanto esfuerzo este año en no cerrar el Baile. Este Baile es parte de un esfuerzo sostenido y dedicado que ustedes y yo hemos emprendido para salvar la inteligencia del ataque de la sociedad de masas, que pretende nuestra igualación y nuestra estupidez. Y hasta ahora, con brillantes resultados, lo hemos logrado. Entre todos, mediante la expresión y la sinceridad intelectual, la claridad y el razocinio, lo hemos logrado. Ustedes han compartido mi punto, o lo han refutado, y yo he agradecido a cada comentario dejado aquí, en persona, o en Facebook, puesto que el Baile logró enlazarse con la más grande comunidad en linea desde este año, y así puede ser leído, comentado y hasta dialogado entrada tras entrada por todos mis amigos adictos a la red social. Se han subido al camión del despertar que los gobiernos y élites pretenden que los jóvenes no alcancemos entre MTV, Ipods y Mc Donalds. No están cerca del 68, no lo estamos, pero nuestro despertar es otro, el del pensamiento y la verdad, el de la razón y la cordura. En el Baile, lo he encontrado yo tanto como ustedes, se ha impuesto un reducto contra la locura.
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Por eso es que estas 3 velas que oscilan sobre el pastel, y estas 23 que lo hacen sobre mi pastel -Ojosh, ya, ya, espera, no, más no, no, no quiero cuetes en él, no, espera, deja ese encendedor, suelta ese encendedor... bien, así...-, esas 23, les decía, merecen ser apagadas por todos y cada uno de ustedes. Que sea su soplo, nuestro soplo, el mismo aire que le ha dado vida a la razón y ha defendido con entereza y razón el dominio del corazón y las ideas por sobre la alienación y la frialdad. Su aire, mi aire, nuestro aire. Nuestra casa, nuestro Baile.
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¡Feliz cumpleaños tres, bailadores!
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¡Salud!

jueves, 23 de diciembre de 2010

Los buenos deseos.

Me pregunto cómo festejarán la Navidad los otros. Seguramente debe sonarles una ofensa que hasta los gobiernos oficiales de los países manden mensajes de navidad, participen en presentaciones de villancicos y hagan encendidos de árboles ornamentales, cuando ellos no comulgan en lo absoluto con la idea primigenia de estas temporadas: el festejo del nacimiento de Jesús de Nazareth.
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Seguramente para un maometano, no debe ser una fecha de ponche, buñuelo y posada. Debe resultar un día más, en un calendario como el de cada año. Igual para los hindús, los judíos, los budistas, y el resto de religiones que no contemplan al Cristo como algo más que un iluminado, un hombre de inteligencia adelantada a su época, y dotes humanos incontrovertibles y admirables. Para ellos, la navidad, sobre todo al ser oficializada, debe ser una amarga piedra que los señala como la diferencia, la minoría, la existencia disminuida.
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Pero eso no puede evitar que obre en la homogenización del festejo navideño el otro gran artífice de la realidad moderna: la mercadotecnia. Ella es clara: si no crees en Jesús, hay una razón de peso para festejar -y, de paso, gastar mucho en cenas, antojitos y regalos-: que este sea el único tiempo del año en que los seres humanos nos damos un chance, nos ponemos de buenas -a excepción de las rebajas. Cfr. entrada anterior-. y hacemos lo único para lo cual, estamos seguros, fuimos diseñados: ser individuos de una misma especie. Y nos abrazamos, buscamos a los seres queridos que hemos dejado relegados el resto del año, nos portamos bien, somos concientes, ecologistas, racionales, inteligentes por fin. Sociables, honorables, respetuosos, generosos. Nos portamos gentes, pues, buenas gentes.
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En ese sentido, este Baile, que es tan fiel a sus principios como al ritmo, celebra la navidad: una época de búsqueda de paz, reflexión, humanidad, honestidad, dadivosidad y amor, de unión y armonía, aunque sea sólo una vez al año. No necesariamente el natalicio de un hombre inigualable, sino una fecha de lucha por obtener lo mejor que el ser humano puede conservar con el paso de su historia: los valores universales -que no son tan univerales como parecen, pero que siempre, sin importar la latitud, nos hacen sentir bien al practicarlos y recibir sus efectos.
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Así, pues, desde este Baile parte para toda la humanidad un deseo sincero, esforzado y claro de paz, armonía, energía, felicidad y dignidad. Un deseo de luz, equilibrio y prosperidad. Que todo lo que toquen se convierta en un tesoro, y todos sus sueños encuentren lugar en el mundo real. Que sean ustedes, por sobre los problemas y las dificultades, enormemente íntegros y exitosos. Que salgan avante sus proyectos, y que sus esfuerzos, todos y cada uno de ellos, se vean recompensados. Un deseo de bien.
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Y no dejen de dar y recibir amor. Es lo más claro que tenemos: la capacidad de amar y sentirnos amados. Bésense bajo un muérdago, o rompan una copa. No importa en qué idioma, o bajo qué rito, el amor es siempre vigorizante y dignificador. Amen, mucho, y déjense amar. Son tiempos de compartir con la familia -en el sentido que ustedes quieran: mamá, papá, papás, hermanos, amigos, primos, tíos, compadres, parejas, arrejuntados-, y de valorar lo que tenemos. Tiempos de buscar un mejor mañana, y de desearlo con tantas, tantas fuerzas, que verlo cumplido sea una por fin una realidad inobjetable.
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Felices fiestas. Feliz fiesta que es la vida.
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¡Salud!

domingo, 19 de diciembre de 2010

Sobrevivir diciembre.

Se acerca la entrada número 500 de este Baile, y con ello las fiestas decembrinas. Si se han fijado, mi participación en este bailongo se ha puesto cada día más activa, y ello se debe a que yo los abandono nada más en el tiempo de clases, acercándome con el poco tiempo libre que tengo a este rincón de buen ritmo para comentar los acontecimientos de mi vida, de la suya, y de la de todos, que me sobrepasan, que me sobresaltan, las ideas que me agobian y las que me dan felicidad. Lo sublime y lo grotesco. El amor y la guerra. Pero nada más, porque el tiempo es poco, y la chamba mucha. Por eso, más que por los regalos y el frío, valoro las vacaciones. Por el exceso de tiempo para hacer, soberana y decididamente, nada más y solamente lo que me da la gana.
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Pero con la cercanía de las fechas decembrinas aumenta el estrés en la calle y la gente se va poniendo un poco cada vez más loca. La realidad también. Surgen niños homocididas -de la nada, sí, sí, de la nada, producto de errores que no existen, que no tenemos por qué ver, sí, sí-, hombres semidesnudos le bailan al papa -me imaginé a don Bene siguiendo el ritmo con sus manitas: "mesa que más aplauda, mesa que más aplauda le mando le mando le mando al monito"-, los diputados interponen demandas contra el secretario de gobierno por financiar cursos de curación de la homosexualidad -Mi Ojos y yo ahí la llevamos con las nuestras. Ya cada día nos besamos con más ganas-, y la aparecen por todas partes automóviles con cuernos y naríz de reno. Surreal.
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Yo por eso, atendiendo a que si aumenta el estrés en las compras aumenta el estrés en mi trabajo, por ser mi trabajo un lugar de compras -ya lo dijo El Gonza, inmortal jefe mío: "prepárense para los cientos de descarriados que llegan el pleno 24 a comprar lo de la cena, el arbolito, el nacimiento, los juguetes y hasta la sala nueva para que todo luzca"-, pues ya no sé si salir de mi casa, ir directo al trabajo o mejor aventarme sin arnés del último piso de la torre del ISSSTE zapopan -snif, snif, aquí, el chocolate parado ése es el edificio más altito que tenemos-.
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Por eso, y porque sé que ustedes también ya empezaron con la histeria de los intercambios, las posadas, el aumento de kilos y los antojitos repentinos -yo traje el de buñuelos dos días, y si no me encuentro ayer en la tienda de la esquina unos buenos y baratos, seguramente hubiera terminado por matar a alguien entre el alboroto de alguna rebaja-, les voy a dar tres breves consejos para que estas fiestas suyas, mías, nuestras y de todos, pasen con saldo blanco y les llegue un enero muy prometedor.
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1. Compren por internet. Internet es la única tienda en que no hay asaltos, no se satura el estacionamiento y no hay demostradoras forzándonos a probar-comprar. No hay niños chillones, señoras empujonas -el Baile ha resultado la teoría de por qué utilizan las mujeres bolsos tan grandes: son para aplastarte mejor-, vendedoras solícitas ni representantes de perfumes rociándote en la cara la última fragancia de Noir Chardon -no existe, ni lo busquen. Es que sonó francés-. "¿Me permite, joven? Es Noir Chardon Eau de Toilet" "Señorita, no, soy alérgico a los perfumes" "Pero éste es fino" "Sí, dispensará, pero mi piel no reconoce otra cosa que la Flor de Naranjo de Sanborns". Ahí nada más buscan el artículo, se hacen de una buena tarjeta de crédito o débito, y voilá, en menos de lo que tardan ustedes en decir "la boca me sabe a Frutsi de uva", ya tienen regalo para el abuelito, la prima, la novia, la novia de la prima, la mamá y el sobrinito de tres años que, aunque no entiende qué 'ingados es la navidad, pide, pide y pide.
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2. Compren ya. Antes del 20, ustedes pueden encontrar todavía un ánimo sereno, parsimonioso y delicado en las tiendas. Todavía hay surtido, o los vendedores se toman la molestia de ir a la bodega por la blusita, la bufandita, la cajita de chocolatitos, la muñequita, la barbicita, el maxtilcito, el jueguito de mesita, el mantelito, el florerito, el alhajerito, el librito, el vibradorcito -ca' quién-. Pero nomás se acerca el 24, y se acabó te quería. Vuelan las pancartas, se desnudan los maniquíes -¿o es maniquís?-, se deshojan los libros y desaparecen los juegos de mesa. Ya nadie sabe nada, y el gerente, amabilísimo señor los once meses restantes del año, es estos días una piltrafa, una estatua de sal de lamentable estado mirando al infinito, o encerrado en su oficina. Ya nadie se pela. Ya nadie se quiere. La amistad, en la navidad moderna, termina a la hora en que inicia la venta noctura, y comienza cuando el último cliente sale de la tienda.
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3. No compren. Regale amor, compañía, cercanía, afecto, o algo hecho por usted. Es grande la cantidad de amigos que regalan chocolates, dulces, galletas y pasteles hechos por ellos, y grande la cantidad que los desprecia. Yo no. Si me quieren mandar chocolates, pasteles, dulces y similares, hechos por ustedes, son bien recibidos. Nada más fruit cakes no. Ya les he dicho antes que es de pésimo gusto regalar un ladrillo bañado de menjurges y disfrazado de alimento con nueces y cerezas. No sean. Mejor no me regalen nada, y así estamos en paz.
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Un consejo más, que no me pidieron pero que yo les quiero dar: protéjanse del frío. Como despierta las conciencias, anda más gente por ahí planeando como arrebatar el último suéter talla M, o sustraer la última cartera Dona Karan -¿sí es así, o me regreso?- de la mesa de . El otro día en el trabajo una señora se puso mal cuando se dio cuenta que de la banda de la caja alguien la había quitado el último pavo de menos de seis kilos. La navidad también es así: despierta lo peor de nosotros, y nos pone bien salvajes. Yo, por eso, mejor regalo afecto, y dejo que los demás me regalen lo que les da la gana. Y si no me gusta lo recibido, ¡viva la honorable institución del roperazo!
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¡Salud!

viernes, 17 de diciembre de 2010

Ponchi-visión.

En una sociedad en crisis, los primeros en experimentar las catástrofes de la decadencia, son curiosamente los grupos hacia los cuales el argot popular pide dejar primero abandonar el barco: las mujeres, los ancianos y los niños. Son también, curiosamente, los tres grupos más explotados, marginados, utilizados, abusados y hasta comercializados, legalmente, en afanes mercadológicos, e ilegalmente, en la trata de cuerpos, órganos y sexos. Para nadie es un secreto que un niño no tiene las mismas posibilidades de supervivencia en nuestro país que un adulto, y que en ellos se manifestará en una medida más desastrosa todo mal que aqueje a nuestra actualidad, desde el déficit económico hasta el asedio de la violencia y la guerra contra el narcotráfico.
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"El Ponchis" es el reflejo de este proceso maligno, y es una consecuencia de muchos de los grandes rezagos que sostiene México no solamente en su momento actual, sino a lo largo de toda su historia. Édgar Jiménez Lugo, de tan sólo catorce años de edad -¡qué no haría yo ahorita con catorce años de edad!-, fue detenido en los primeros días de diciembre en el aeropuerto de la ciudad de Cuernavaca, Morelos, mientras se preparaba para tomar un vuelo rumbo a la frontera norte, con la esperanza de cruzar acompañado de su hermana de 19 años y guarecerse en casa de su madrina, habitante de San Diego, California. ¿Los cargos? Nexos con el crimen organizado, y el asesinato de por lo menos cuatro sujetos, así como tráfico de drogas. Nacido apenas en 1996 -¡ cuando yo ya estaba en cuarto de primaria!-, Jiménez Lugo era un miembro partícipe del cártel del Pacífico, ramal del conocido hasta el 2009 como de los hermanos Beltrán Leyva, sicario, matón, soplón, traficante y guardaespaldas, su delicada anatomía y su corta edad lo protegían y hacían pasar desapercibido, por un inocente. Después de todo, ¿quién imaginaría la presencia de un adolescente en el medio del narcotráfico? ¿Quién imaginaría esa frialdad, esa naturalidad, ese enfrentamiento con la muerte y el crimen con tal desinterés, con semejante tranquilidad?
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Pero "El Ponchis" es mucho más que un simple matón. Es el resultado del rezago educativo, la falta de oportunidades, la desocupación profesional y la incapacidad de la élite mexicana para procurar entre sus jóvenes y niños igualdad de oportunidades, igualdad de derechos, justicia, seguridad, educación y sano esparcimiento. "El Ponchis" es el resultado de un gobierno y un sistema corrupto, insospechadamente corrupto, incapaz, mortalmente incapaz, de solucionar un problema que ha nacido de sí mismo: el del vandalismo y la rapiña. Es el resultado de la pobreza, la desigualdad, la injusticia y la intolerancia. El resultado del sindicalismo intolerante, el partidismo desmoralizado y la defensa siniestra de intereses particulares de unos cuantos.
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Y su existencia delata también la gran pérdida del gobierno calderonista: la pérdida de la credibilidad. Nadie considera que la guerra contra el narcotráfico se esté ganando, y que las armas sean la mejor vía para su resolución. La amenaza de la legalización se cierne sobre México como un fantasma abominable, y ni Calderón, ni el panismo, ni los timoratos políticos, aceptan otra postura que la de la lucha frontal, el combate directo, sin discresiones ni consideraciones, mientras las calles se llenan de sangre y resulta cada vez más difícil salir a la calle con tranquilidad. Con "El Ponchis", existen otros nueve mil niños por año que sucumben ante el embate del narco y se suman a sus filas. Nueve mil por año. ¿Imagina juntas a nueve mil creaturas? Ahora imagínelas juntas y sacrificando su futuro, el futuro de la nación, en aras de una vida corta y violenta, plagada de ilegalidad, corrupción, despotismo, necesidad y riqueza repentina. Ahí está, frente a usted, el futuro de la nación que ha jurado defender como su ciudadano.
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"El Ponchis" es producto de un sistema mediático que privilegia la violencia por sobre otras formas de expresión, le da brillo, luz, la dota de heroicidad y resalta su valor. Vivimos en la época de las balas, los asesinatos en vivo, la persecusión y la balacera. La crudeza atasca las pantallas, las embombacha. Los televidentes, como resultado, adquieren fiereza, frialdad, indiferencia. Es tanta la sangre, que se nos han vuelto rojas las conciencias, y somos hoy incapaces de reconocer una escena violenta cuando la vemos. "El Ponchis" degolla a cuatro, dice sentirse mal, pero asegura que es el trabajo, y no ha quedado otra que hacerlo. Valiente labor. Valiente trabajador. Valiente integrante de un negocio millonario que necesita del hambre y el miedo para posicionarse bien y bonito. Valientes todos, que no hemos podido concienzar nuestra propia realidad y marcar un alto.
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Valiente justicia mexicana, que liberará a "El Ponchis" en unos cuantos años, por cumplirse su mayoría de edad, y no garantizará su readaptación y su alejamiento del crimen. ¿Con qué ojos, señores, si no podríamos garantizarle siquiera un bachillerato, un lugar en una universidad pública, o una fuente laboral estable al salir de la carrera? ¿Con qué ojos, si el ampa estaría esperándolo para readiestrarlo y reacondicionarlo a sus intereses? ¿Con qué ojos, si al salir del reclusorio preventivo a los dieciocho años le seguirían esperando el hambre, la miseria, la desigualdad y la injusticia, el ocio y la ineptitud, que lo acercaron al crimen a los catorce?
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El asunto no está, creo yo, en la sola sorpresa de un maliente de esta edad. El asunto está en la abrumadora concientización que como sociedad, país, cultura, deberíamos hacer, y en los complejos cuestionamientos que tendríamos que plantearnos cuando la realidad nos ha superado y nos ha hecho incapaces, rotundamente incapaces, de reaccionar con prontitud ante sus manifestaciones de podredumbre y pérdida irreparable. Si el núcleo de nuestra formación está en la familia, la familia está fallando. Si está en otras instituciones, esas instituciones están fallando. Algo anda mal. Pero, ¿qué? ¿Ya nos lo vamos a empezar a preguntar, México, o seguiremos aquí sentados, maravillados ante la existencia de nueve mil niños sicarios que se suman anualmente al tren sin retorno del crimen organizado? ¿Ya nos lo vamos a empezar a preguntar, o seguiremos dándole pie al miedo, la cerrazón y la incertidumbre? ¿Ya empezamos, o prefiere usted seguir viendo a Maribel Guardia los sábados por la mañana? ¿Ya empezamos, o mejor nos sentamos a ver desmoronarse el sueño de nuestros héroes? ¿Ya empezamos, o le sirvo otro pozole de descuartizado?
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¡Salud!

jueves, 16 de diciembre de 2010

Deasegún.

La imagen del día: un cuarteto de malabaristas circenses semidesnudos se contorsiona frente a un emocionado Benedicto XVI, que aplaude sin cesar el equilibrio y la capacidad atlética de los jóvenes artistas. Yo le iba cambiando a la televisión en búsqueda de algo rescatable, cuando la repentina imagen de un grupo de cuerpos masculinos bien torneados frente a la figura blanca y encorvada del sumo pontífice me hizo volver al canal en que se proyectaba. Ya en el contexto, la imagen tomó un valor distinto, pero no dejó de ser igualmente impactante. Se trataba de una pastoral para artistas de circo, y en el cierre de los trabajos, en la audiencia papal, los contorsionistas de Moscú decidieron representar ante el papa sus actos de equilibrio.
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Pero conocer la razón de semejante extrañeza no disminuyó en lo absoluto el impacto. La Sala Paulo VI, en que se realizó el evento, está acostumbrada a recibir hombres en traje, altos mandatarios, líderes económicos y sociales del mundo entero, con corbata, camisa y pantalón. Y de las mujeres, ya no digamos: velo, vestido, media y manga larga. Nada de topless. Nada de cuerpos torneados y aceitados al descubierto. Los artistas ésos, los cuatro, salieron a mostrar sus capacidades en paños menores, ¡y el papa todavía les aplaude!
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O las cosas se están relajando, o la aparición de semejante espectáculo en la curia romana corresponde a esa noción valorativa con que últimamente ha estado actuando el gobierno del sucedor del muy popular Juan Pablo II: sí pero no, sí se permite tal o cual cosa, pero según el contexto.
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El caso más reciente es el del uso del condón. Ya sabrán ustedes a estas alturas que Benedicto XVI dijo que su uso sería "aceptable" en tanto "busque la protección y la seguridad humana". Pero, claro está, sólo será aceptable en las relaciones sostenidas con hombres y mujeres de la vida galante. Osea, sí, pero no: sí hay que ponerse el sombrerito, pero nomás si uno está pecando en serio. Si se está en casa, con la pareja formal, o en la calle, en un cuentro casual, o teme el inminente embarazo que no detendrán los métodos "naturales" de prevención, lo mejor es abstenerse -la Iglesia desestima la pastilla del día siguiente, pero ve con buenos ojos que la mujer se mida la densidad del moco vaginal, viva estresada contando días y esté atenta al mínimo cambio hormonal para, entonces sí, ponerle duro y sabroso Jorge al niño-.
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Sí, pero no. Sí se puede andar desnudo por el Vaticano, pero hay que ser artista circense, e invitado por el papa. Sí se puede interceder en los asuntos del Estado, señalar y acusar a otros, sin fundamentos, pero sólo si es en la legítima defensa de la familia. Sí se puede quemar brujas y torturar librepensadores, pero sólo si es en la protección de la fe y la difusión del mensaje de Cristo. Sí se pueden encubrir pederastas, monjas abusivas, relaciones con el narcotráfico, pero sólo si es en la defensa de los intereses supremos de la comunidad en Cristo.
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La última es la desaparición definitiva y progresiva de la presencia de Marcial Maciel a lo largo y ancho de toda la Legión. ¿O qué otra cosa es la prohibición de que se le nombre, se le rememore, se le celebre y se le represente? Ahora, inspirados en la moda pottermaniaca, seguramente harán que todos nos refiramos a su oscura figura como "quien-tu-sabes" o "quien-no-debe-ser-nombrado". Mediante la imposibilidad de sus seguidores de tenerlo presente y difundirlo, la Iglesia pretende taparle el ojo al macho y fingir que ahí nada pasó. No hubo abusos, encubrimientos -incluso por parte del mismo Ratzinger, como señala Carmen Aristegui en Maciel, su más reciente trabajo bibliográfico-, silencios forzosos ni alejamientos sustanciosos de la doctrina cristiana, moral y humana. No hubo, ni siquiera, un Padre Maciel (¡shhh, que no digan su nombre!), ¿para qué preocuparnos entonces por procurar la debida justicia? Mejor esa energía la invertimos en buscar más patrocinadores y nos quitamos de pendientes.
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Sí se puede nombrar a Maciel, dice la Santa Sede, pero sólo como "el padre Maciel", y jamás como "nuestro padre" o "nuestro fundador" (quien-tú-sabes). Sí, pero no. Sí se puede que evitemos la verdad, pero sólo si es en defensa de nuestros propios intereses. Lo he dicho ya antes, lo repito hoy: si Cristo viviera, se debatiría seriamente si morir por fundar una Iglesia, o mejor dejarlo así.
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¡Salud!

martes, 14 de diciembre de 2010

El tiempo congelado.

No sé si ustedes lo han notado, pero el año se ha estado poniendo flojo. Es cierto, sí, me acuso, que yo leo cada vez menos el periódico, o quizá en una propoción menor a la cantidad de lectura que ejecutaba cuando andaba de lleno en eso de periodismo. Sí, pero también es cierto que los diarios cada vez tienen que esforzarse más por tener noticias interesantes. Hoy, las editoriales se reducen estrictamente a los mismos disparates: el conflicto entre el -seudo- gobernador de Jalisco, Emilio "La Monja" González Márquez y los Hospitales Civiles de Guadalajara o la Universidad de ídem, el mesianismo mediático de Enrique Peña Nieto, los asuntos municipales en materia de seguridad y presupuesto, y el lío entre el Congreso del Estado, que ya no es mayoritariamente panista, y el -seudo- gobernador del Estado, que es panista hasta en la sopa -?-
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Fuera de eso, el ámbito nacional está todavía más pobre. Calderón, un presidente que gozaba de mi agrado y ahora goza de mi miedo, sigue encerrado en su cuartel jugando con su Risk, mientras la sociedad mexicana ve acumularse por arte de magia el número de muertos, desaparecidos, adoloridos, litros de sangre y exhumaciones. El ámbito federal entristece con noticias que no salen del mismo asunto gore de todos los días, mientras lo que en verdad a todos nos preocupa es cómo va el campo, si vamos a tener aumento de tortilla en enero o si nos las van a clavar duro, directo y sin lubricante, con el costo de los servicios básicos para el próximo año. Y de eso, entre balas y cañones -iba a escribir bañas y canoles, ¡ay, dislexia!-, no salimos los pobres, timoratos y sonsos mexicanos.
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Creo que el recuento de este año le va a costar mucho tiempo al Baile. No porque faltaran acontecimientos, sino porque todos se reducen a una estela tan leve, tan superficial, que lo que nos va a faltar es espacio para no repetir la misma cantaleta: que si el narco, que si el presupuesto, que si los derechos humanos.
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Por eso, y en atención a la tranquilidad y el tiempo de todos ustedes, este año el Baile no hará sino un breve memorándum, a modo de deseos, de lo que esperamos que, porque pasó este año, no se repita el siguiente. Unos cinco, o seis puntos, para acabar pronto e irnos a partir el pavo -doña Mago insiste: ella lo que quiere es desmenuzar el bacalao-. ¿Les parece, les agrada, les anima, los conforta, los conforma? Y si no, qué pena, que para eso, para hacer lo que le viene a uno en gana, tiene uno un blog -que no es un blog, kimosabi, que es un Baile, Baaaaile-.
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Pero eso lo haremos en los próximos días. Por lo pronto, va la atenta invitación a que lo que iban a gastar en periódicos lo inviertan en sus regalos de intercambio -ya, no sean ojetes, dejen la manía por los calcetines y las bufandas. De todos modos, con el calentamiento global como está, cuando llegue enero ni los vamos a usar-, o en una buena cobija -Germán Dehesa, inmortal a quien se extraña, hacía para estas fechas la "Operación Cobija", con el muy loable logro de llevar a todos los abandonados y desposeídos una cobija regalada por el populacho aplaudidor. Yo quisiera que se juntara un buen equipo de este año en adelante encargado de continuar la nobilísima labor de don Germán-.
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Porque si lo van a invertir en tintas, mejor que sea en las de un libro. Se me vienen a la cabeza títulos buenísimos que podrían ustedes leer en la comodidad de sus camas y changarros para ahora que está la temporada en todo su esplendor, y que tendrán como fin último el de quitarles lo Grinch y ponerlos bien fiesteros: Cuento de navidad, de Charles Dickens, sería un buen comienzo. Léanlo despacio, y si se les hace muy ñoño, váyanse al extremo y busquen la versión de Disney, protagonizada por el inmortal tío Mc Pato -¿lo de Mc sería por Mc Donalds? Con eso de los Mc Tríos del día en 37 pesos se han de estar haciendo millonarios-.
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Yo, mientras tanto, me refugio en mi camota hasta que llega la hora de salir a cumplir las obligaciones que me permiten luego refugiarme en mi camota -es ese asunto de la ideología cristiana de que la recompensa placentera debe venir tras el esfuerzo duradero, ¿qué quieren que yo haga, si así me tocó pensar?- Ustedes, que sí pueden, quédense en la camota todo el día, y vean la vida pasar. Es invierno, total, ni los periódicos trabajan.
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¡Salud!

lunes, 13 de diciembre de 2010

Comer, rezar, amar.

Tenía yo ya varios meses sin hacerle un favor a mi placer estético, así que hoy tomé mis chivas y a Mi Ojosh, y me lancé a un complejo cinematográfico a hacerle un favor al séptimo arte y hacerme yo un favor con él. Como la apuesta en cartelera se reduce a unas cuantas cintas, no tuve mucho de dónde elegir. Mi otra opción era la más reciente carta bajo de la manga del mago inglés con complejo de Cristo, Harry Potter, pero resultó que Mi Ojosh, que es cinéfilo pero olvidadizo -osea, olvida el gusto y a punto de entrar en la sala se acuerda que se le antojaron unas palomitas y luego ya no recuerda a qué iba, y mejor se regresa a su casa-, no ha visto las seis cintas anteriores, y como me imaginé que iba a vivírmela las tres horas que dura entre "¿y ése quién es?", "¿ése es el malo?", "¿por qué salen chispas de las baritas?", decidí evitarme la fatiga y me planté en Comer, rezar, amar, la última cinta del director Ryan Murphy, a quien ustedes (no) ubican por su más grande éxito, la serie de televisión con afanes musicales Glee -otro gran pendiente entre mis pendientes de este año. Si alguien la tiene, rólela y ya nos quitamos el pendiente de la cabeza-.
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Me decidí -nos decidimos, kimosabi, que no ibas solo- por Comer, rezar, amar, porque el asunto era prometedor. En el reparto: Julia Roberts con Javier Bardem. En el argumento: una gringa histérica y desencantada de la vida decide irse por el mundo a encontrar la razón de su existencia a través de las tres actividades que dan lugar al título. En la historia detrás del argumento: un best seller autobiográfico con mucho de búsqueda y otro poco de desilusión hacia la postura ligera y superficial de muchos libros de autoayuda.
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Ya se los dije, pero como seguro se quedaron pensando en por qué no elegí a ir a Harry Potter y no me están poniendo atención, va de nuevo: Liz Gilbert es una periodista de viajes norteamericana que se da cuenta, así de pronto como balde de agua fría en pijamada, que no es feliz en su matrimonio. Y la cosa se pone peor cuando truena su matrimonio y descubre que no es feliz en una nueva relación, lo que la lleva a sospechar, inteligente ella, que no se trata de los demás, sino de sí misma. Así que decide romper por completo con el modo gringo de solucionar los conflictos personales, deja a Freud recostado en el sillón y al Prozac escondido en el neceser, y se lanza a la ardua, compleja, emocionante pero satisfactoria tarea de encontrarse a sí misma y su felicidad comiendo, rezando y amando, en un viaje tripartito que la llevará respectivamente a Italia -si no, iría a México, pero como aquí tenemos narco y allá nada más tienen mafia, y la mafia es más romántica, pues mejor cambia el pozole por la pasta-, India y Bután.
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Y ahí sí, mija, órale, güerita, éntrele a lo bueno. Descubra que vivir es algo más que leer libros de superación y llorar a moco tendido cuando uno descubre que lo ha hecho mal todo. "No existen los errores", dice mi terapeuta, "sólo hay ensayos". Pero no ahonda ella en lo doloros que es ensayar fallidamente. Y Liz lo descubrirá hasta toparse con Felipe, un latinoamericano que la hará tratabillar en el asunto del amor, y la pondrá a prueba para saber si aprendió la lección, o mejor se regresa a pedir fettuccini alfredo y repite el curso.
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Ya sabrán a estas alturas que la cinta es altamente recomendable. Tiene los toques de la comedia romántica gringa clásica, pero ese dejo de reflexión chic flick que les encanta a los estadounidenses y a las señoras copetonas mexicanas -adoradas prechiosísimas-, pero no por ello deja de ser un filme con un buen guión -se nota que está basado en un libro-, un argumento inteligente y un excelente, maravilloso, desarrollo actorial. Después de todo, uno sabe la aparición de Roberts y Bardem en la cartelera son garantía de un buen rato frente al proyector.
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Vayan con poca hambre y muchas ganas de quererse a sí mismos. La película no es terapia, pero es terapéutica, y si uno anda medio extraviado en este Valle de Lágrimas -A. C.-, seguramente terminará por hacer caso de dos o tres o cuatro o cinco consejos que alguna voz en off lanza en algún punto de la cinta. Digo, después de todo, ¿qué esperaban de una cinta con unas tremendas ganas de superarse a sí misma?
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Yo sí creo, a lo mejor porque nací y he crecido en un país de obesos y tragones, que comer y amar son dos modos fabulosos de contactar con lo que somos, y con lo que otros son. Pero, sobre todo, con lo que podemos ser. En la mesa se reviven y reafirman todos nuestros males -las divisiones, los contrapuntos, los modales, los roles-, y nuestros bienes -la amistad, la generosidad, los valores universales-. En la cama, se desnudan las pasiones y se intercambian las intimidades. Lo de rezar lo dejo de tarea. Resultaría obvio en primera base que no hay contacto más íntimo con Dios que a través de la oración, pero yo no estaría tan seguro de la infabilidad de esa afirmación después de todo: un buen vino, un buen estofado y los brazos del ser amado, tienen mucho más de paraíso y sublimación espiritual que el frío reclinatorio o el tapete de yoga. Yo, por eso, me compro mi pollo rostizado y me tapo con mi cobija de chinos y ojos a tragármelo completo.

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¡Salud!

Lo indescifrable.

Apuesto a que si Dios escogiera una especialidad médica, rehuiría la siquiatría.
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En esta vida hay cosas que no pueden explicarse. Les da uno vueltas, mil vueltas, y les mira por mil caras distintas, intentando abandonarse en el fenómeno, estar en él, considerarlo en todos sus vértices y facetas. Pero lo que uno intenta topa con pared. Nada, absolutamente nada, se obtiene de meditar sobre el inmenso e inasible mar de lo indescifrable.
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A esa conclusión he llegado yo hoy cuando, después de un debate sucedido en casa en las últimas semanas, me he enterado que doña Mago, a quien admiro por su decisión y su coraje, ha tenido que enfrentar a una amiga suya de reciente adquisición para pedirle una prudente distancia, luego de que se ha enterado que ésta padece un severo trastorno de la personalidad que le impide evitar la mentira. Y doña Mago, amante de lo bueno, se ha sentido no sólo traicionada, sino imposibilitada para entablar un vínculo más allá del humano con dicha persona.
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A mí, ya lo sabrán, todo el asunto de los problemas de la mente y sus implicaciones individuales, sociales, familiares y sanitarias, me pone siempre los nervios de punta. Me remonta a mi padre, es cierto según lo asegura Mi Ojosh, que se maneja la problemática al derecho y al revés. Pero también es cierto que, además de darme en el punto de lo familiar, de lo directamente sentimental, me da en el punto de lo humano, que es todavía más doloroso, más insufrible, más imposible de entender.
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Me duele la persona enferma, pero me duele aún más la terrible incomprensión y el dudoso manejo que de su enfermedad pueda dar su familia, su sociedad. El trastorno siquiátrico hospitaliza, es cierto, pero no causa necesariamente el dolor físico y la imposibilidad de movimiento que otro tipo de padecimientos. Uno parece estar tratando con un ser humano "normal" -ahora dudo ya, tristes veintidos años (próxima salida a los veintitrés, prepare su cuota), de los criterios de normalidad-, que hila una conversación de manera sorprendente, y luego enterarse, casi siempre a través de terceros, que esa "normalidad" no es otra cosa que una actuación social, porque dentro, tan dentro que la ciencia no puede acceder todavía a la fría bóveda del intelecto, la mente esconde oscuros secretos de anormalidad profunda.
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El enfermo es entonces víctima de un doble, triple padecimiento: el de su enfermedad en sí, y el de la sociedad que lo estigmatiza y la familia que pretende hacer de él, ante la ausencia de dolor, un ente con vida normal, evitando la dura faena de cuidar y velar por su integridad, su salud y su bienestar, con las respectivas limitantes que el padecimiento implique. El enfermo sufre por la imposibilidad de acceder a vínculos sociales duraderos, y sufre aún más cuando sus familiares son incapaces de proveer amor, comprensión y acompañamiento necesarios para que la imposibilidad de lo social no carcoma la integridad del familiar enfermo.
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Dura, triste realidad la de la mente enferma. Uno mira al que padece, y se pregunta si no estamos todos un poco locos. Es ésta la era de la depresión, el alzhaimer, la paranoia y la obsesión-compulsión. De ellos, en mayor o menor medida, nadie se salva. Todos los padecemos, todos los vivimos, todos hemos visto a seres queridos tener que entrar en tratamiento por alguna de estas causas, o las hemos vivido en carne propia. Tan mal estamos, que el concepto de "locura" ha tenido que diversificarse hasta el extremo de su erradicación: mal de muchos, consuelo de todos. A la generalización de la locura, ha precedido, por un afán meramente tranquilizador, la desaparición de la misma. Si todos estamos locos, ¿qué sentido tiene etiquetarnos?
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Claro que habrá que aceptar que hay de trastornos a trastornos. Unos limitan más que otros, otros apartan de manera definitiva, otros impiden, casi todos impiden. Los más, detienen, frustran, causan pequeños estragos, como una gripa estacional. Pero todos, sin lugar a dudas, nos ponen en el límite entre lo que podemos y lo que no, lo que somos y lo que no, lo que aceptamos y lo que no. Ahí juega un cruel papel de verdugo el estigma: posicionados en ella, la enfermedad mental nos obliga a desconocerla, nos hace odiarla, y odiar un poco, tan sólo un poco, al que la padece. Es el reflejo natural ante lo extraño, ante lo indescifrable: el reflejo natural del miedo, de la desazón, de la incertidumbre que se esconde tras frases cotidianas, comunes, corrientes: "pero si se veía tan bien", "pero si era tan bueno", "claro, si era un genio".
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Y al final, quedamos infinitamente solos. Llego a esa conclusión mientras Mi Ojosh me consuela al otro lado de la línea, y manda conmigo todos los buenos deseos para la ex amiga enferma de mi madre y los suyos. Los deseos de fortaleza, integridad, luz. Al final quedamos nosotros y nuestra mente, solos en un mundo que exige ser comprendido, aún en su complejidad más insufrible. Y de nosotros depende, enfermos o no, la disección de la verdad. Ardua tarea. Dudoso proceder de sus practicantes. Y es que al final, sin aspavientos, ¿no es la locura parte integral de nuestra mente? ¿No está hecha también ésta de un tanto de irracionalidad enferma? Indescifrable. Indescifrable sin duda.
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¡Salud!

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Sobre el Sida.

El Sida es una enfermedad severa, dura, lamentable. Es una especie de suicidio en que el sistema inmunológico del hombre se rebela contra sí mismo, lo acaba, lo aniquila, le niega la unión consigo mismo que sistemáticamente le ha permitido vivir. Por eso, de inicio, es una enfermedad aberrante: con ella corriendo por sus venas, el hombre se convierte en su primer y último verdugo.
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Por eso es que hoy, en el Día Internacional de la Lucha contra el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida, este Baile se une a las campañas internacionales de cuidado y tratamiento, pero sobre todo de prevención, porque se trata de una enfermedad que, en la mayoría de los casos, podría no existir si los poseedores y los contrayentes elevaran sus cuidados. Es una enfermedad de responsabilidad social, y a eso también se suma este Baile, a la responsabilidad que todos tenemos para con nosotros mismos, y para con los demás.
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Pero también nos sumamos por otra razón. La razón importante, trascendente, aún más dolorosa y deleznable, de la discriminación. Porque pese a la información, la difusión de la verdad y el paso de los años, las personas infectadas con VIH y enfermas de Sida, siguen sufriendo alrededor del mundo del rechazo criminal y el apartamiento detestable que sólo debería ocasionar una nula información sobre la epidemia y sus trastornos.
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Y nos sumamos también, como entidad de opinión pública, en una voz de rechazo únanime en contra de quienes, por desinterés o por negación a la verdad, se cierran a toda posibilidad de información sobre el tema, y siguen pensando que "el Sida es cosa de homosexuales", "a mí no me va a dar" y que se transmite si se besa, se abraza o se utilizan los cubiertos o la misma alberca que una persona infectada. Tener la información, y no acceder a ella, es como tener los lentes en la mano y no desear ponérselos. Es negarse a vivir. Es cerrarle la puerta al único medio liberador, eficientemente liberador, de las conciencias: la verdad.
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Este Baile envía un profundo y sentido abrazo a los enfermos y sus familias, con una fuerte dosis de alivio del dolor. A los científicos y especialistas que, día con día y durante años, han dedicado sus esfuerzos y sus vidas al mejoramiento de la calidad de vida de los enfermos e infectados, mejorando notablemente las posibilidades y las esperanzas de quienes hoy padecen la enfermedad. A los profesores de escuela, los padres de familia y los tutores, que durante la etapa básica de educación han enseñado, guiado o demostrado a sus pupilos que la peor de las enfermedades no es la pérdida del sistema inmunológico, sino la discriminación. Un abrazo sentido, cálido, fraterno, a la enfermera, al doctor y al guía espiritual, que con afanes meramente humanistas y de amor a sus profesiones, han mejorado la vida de los enfermos, y han eficientado su estadía en esta vida.
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Pero sobre todo un abrazo gigantesco a ti, a ti y a ti también, que no discriminas, que no apartas, que te cuidas y cuidas a tu pareja. Un abrazo de fortaleza a ti, que dominas tus impulsos y eres fiel a tu pareja. Un abrazo a ti, que repartes un condón y enseñas cómo usarlo. Un abrazo a ti, que lo usas, y nos cuidas a todos. Un abrazo a ti, que nos das a todos la esperanza de un mundo mejor.
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¡Salud!