miércoles, 3 de noviembre de 2010

Orejeras.

La nueva versión de Bolo tiene orejeras. Lo supe cuando lo vi, por montones, en Liverpool, y no pude evitar sentir emoción: el peluche que acompañó mis pasos infantiles y que me vio crecer -mi adicción al biberón fue más tempranamente superada que mi obsesión por traer al desgastado muñeco bajo el zobaco hasta que éste se llenó de pelos-, está siendo renovado por la tienda departamental más grande del país, al grado de que este año, y sin mayor aviso, le pusieron orejeras y le cambiaron el color a su gorro, que desde hace dos años ostentaba bicolor.
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La noticia le cayó bien a Mi Ojosh, que ha estado contemplando seriamente regalarme uno por año. Lastimosa pero también felizmente, este año se le adelantó La Wera, que apenas lo vio puesto como a granel por toda la tienda, corrió a adquirirme uno y me lo regaló el día de ayer, antes incluso de que nos pusiéramos al día en nuestras cosas -es cierto, lamentablemente cierto: tienen mis amigos que amenazarme con que tienen una sorpresa para mí para que yo, llevado más por la curiosidad que por el materialismo, deje de estar sacando cuentas y haciendo ensayos y corra a su encuentro-.
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Ahora, tres generaciones de Bolos velan mi sueño desde mi cabecera: la primera, que apenas y está en pie, la segunda, que me dio Mi Ojosh en un feliz momento del año pasado -todos los momentos Choito son momentos felices-, y la tercera, que este año me dio una de las mujeres de mi vida -por alguna extraña razón, me he visto siempre rodeado de mujeres fabulosas, harto generosas y harto amorosas, o por lo menos así son las que han llegado y se han quedado en mí como imán de fresita en el refrigerador-.
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Ahora me pregunto de dónde demonios salió la idea de ponerle orejeras al oso más vendido del país -no creo que Winnie Pooh haya vendido tantos en el último año, que además es mucho más jotolón que Bolo, y no es que yo tenga algo en contra de los osos jotolones, pero por obvias razones simpatizo más con lo varonil, fuerte y consistente, que con el voz de terciopelo aquél, adicto a la miel y promotor de la obesidad entre los infantes-. Y mientras pienso en causas y razones, descubro que en la publicidad de Bolo en internet, el oso de los mil años tiene un cubo rubrik en su cuarto. Si me caía bien, ya me cae mejor. Además, ahora se están vendiendo Bolos en la compra de cámaras fotográficas Samsung, y eso, por mi gusto por la fotografía -más emocional que verídico y profesional-, me cae doblemente mejor.
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Y lo de las orejeras, no sé. Con el calentamiento global, imagino que lo que menos requiere Bolo en este invierno es una protección extra contra el frío. Yo, mejor, lo vendía con un bloque de hielo, o con un iglú antideshielo. Pero así son los fabricantes de juguetes: pretenden hacernos creer que el mundo es color de rosa, que nada ha cambiado, y yo ya van varias veces que descubro que el Bolo primera generación coscorronea al de la segunda por faltarle al respeto a su mayor. No, las cosas ya no son como las pintan.
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La llegada del Bolo con orejeras -rojas, por cierto, lo cual es harto pasional y harto estético-, me ha dejado, empero, sin regalos posibles para esta Navidad. Mi Ojosh, que vio en el regalo de La Wera una caída de sus planes -cosa que no me preocupa, porque él está planeando cosas todo el tiempo, hasta cuando no está planeando cosas-, ahora está pensando qué más regalarme. Sus opciones son pocas. Ya le dije que lo quiero a él, también con orejeras, pero está tan metido en sus planes que no me escucha. Viniendo de él, como sea, que tiene tan buen gusto y me conoce como nadie, lo que me dé, lo sé, me gustará, y cuando lo tenga en las manos diré "es el mejor regalo que me han dado, y ni siquiera sabía que lo quería".
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Todo mundo debería tener un Bolo. Deberían vender Bolos, sin embargo, en traje veraniego, en uniforme de Napoleón, con cola de diablo, con bigote de Dalí, sin oreja de Van Gogh, con mp3 integrado, montado en un pastor alemán, con celular, un Bolo narco, con su cuerno de chivo, sus pulseras de oro, su avioneta y sus lentes oscuros, o Bolos Tamagotchi, para alimentar, limpiar, cuidar, y, cuando se pongan muy roñosos, resetear. Los tres Bolos de mi cabecera son sencillos, pero magníficos. Con ellos, como con todo, llevo a mi niñez muy a flor de piel. Ahora, creo, será cuestión de ver el próximo año qué artefacto le agregan al muñeco, llegar con ojos de Gato de Shrek a pedírselo a Mi Ojosh, y ver cómo, acelerado y comploteador, corre a comprármelo antes de que alguien se le adelante. No lo conoceré. No lo conoceré.
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Me falta contarles la que me pasó cuando llegué al trabajo con el Bolo con orejeras en mano y una señora que trabaja en el departamento de pescados se me acercó y me pidió tocarlo. Se lo cedí, conciente de que, como ya dije, un Bolo nos mejoraría a todos el mal día. Y que lo agarra, y que lo abraza, y que, toda emocionada, me dice la desdichada: ¿Es el de la Coca Cola, edá?" ¡Sonamos!
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¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

A mí me acaban de presentar a un simpático conejito proveniente de Zara; yo, como lo subestimo por ser un juguete en apariencia infantil y cursi, le dirigí un cortés y adulto "Hola", no lo abracé, no le hablé como si tuviera retraso mental, ni lo acaricié. Yo creo que lo hice sentir bien, debe estar harto de todas esas cosas.

Merit dijo...

Bueno y ahora ya viste cómo vienen las dos versiones de Bolo en el 2011, te puede comprar una cada quien. Uno viene sobre una patineta y el otro lleva una mochila con un osito pardo, un teddy bear, a la espalda. Muy bellos los dos. Por cierto me encantó tu forma de redactar, excelente a excepción del último párrafo. Saludos