lunes, 1 de noviembre de 2010

Ni justos ni pecadores.

Dicen los empresarios que la negativa de los alcaldes de la Zona Metropolitana de Guadalajara para aprovar el proyecto de transporte público Macrobús en una segunda, tercera y hasta cuarta línea -y las que le sigan-, responde a fines "electoreros". Y pueden tener razón: en una época en que las competiciones responden al acelere del resto de las actividades humanas, sus participantes son también más salvajes, más ciegos, más "electoreros". No importa cómo se gane, mientras se gane. Si la mayoría desaprueba un proyecto que bien podría ser benéfico, o una opción más que viable, importará más el apoyo que la mayoría me dé ahora -y, con un buen acto de nemotecnia vía campaña publicitaria, al 2012-, que el colapsamiento de la movilidad urbana -los ciudadanos nos movemos, pero no somos expertos en movilidad. Nuestra experiencia no es más que un saber empírico que en nada puede ayudar al establecimiento de una red verdaderamente eficaz del servicio público de transporte-.
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Dice el gobierno del Estado que la negativa de los alcaldes de la Zona Metropolitana de Guadalajara para aprovar el proyecto Macrobús desviará recursos que hubieran resultado elementales -y al parecer, insustituibles e irrepetibles- para el establecimiento de todo un programa de movilidad. Y puede que tengan razón. Los 580 millones de pesos que el gobierno federal ya no otorgará a un programa de transporte urbano, se pueden perder, y no habrá colecta popular que los junte -vamos, ni redondeando en las cajas de Soriana van a salir tantos pesotes-. Nos vamos a colapsar, argumenta el Ejecutivo, y puede que tenga razón. en una ciudad en la que a diario salen a las calles más autos nuevos que niños nacen -un niño por cada cuatro autos, dice la estadística oficial-. Y habrá que sumarle a su asustado argumento una verdad irrefutable: nos estamos volviendo cada vez más sedentarios, y le hemos agarrado tirria a la bicicleta y la caminata, que podrían alivianar en mucho el asunto de la movilización citadita.
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Dice la ciudadanía que el Macrobús no le gustó, y que, como a Doña Naborita, lo lógico después de decir "nomegusta, nomegusta, nomegusta", es pedir un cambio inmediato del servicio mal otorgado. Y puede que tenga razón. La primera línea se impuso desde Palacio de Gobierno, y se esperó que sus terminales de diseño vanguardista -parecen naves espaciales a punto de despegar... o en su defecto, antros de mediana categoría-, sus unidades nuevecitas, y su recorrido único y rápido, gustaran a todos por igual, hubiera carnaval, festejo, loas y vivas para Emilio, gran pensador mexicano, y todo su séquito de asalariados. Pero no. No pegó. Más que eso: hizo sentir a los tapatíos tomados por el pelo, tratados de mensotes y obligados a moverse como vacas en redil. Nada de lo que el gobierno del Estado planeó para su aceptación funcionó, y ni con el uso de la fuerza pudieron detener las manifestaciones públicas del rechazo al proyecto y su eventual expansión. Nadie creyó las supuestas encuestas pegadas en el Tren Eléctrico, asegurando su total respaldo ciudadano, ni en el discurso repetitivo de nuestro -seudo-gobernador del Estado argumentando una, y otra, y otra, y otra vez, que el Macrobús era la onda. Mi Ojosh, que viaja en él, dice que es en resumidas cuentas malo, y que cuando hay horas pico, pasa de malo a pior -él no dice así, porque es muy correcto al hablar, eso lo digo yo-. Eso mismo lo repiten miles de usuarios, y su eventual desarrollo hacia Zapopan y Tlaquepaque, ocasionó el repudio anticipado de zapopanos, tlaquepalquenses y caxcanes.
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Dicen los alcaldes en cuestión que ellos no han hecho más que responder al llamado ciudadano. Y puede que tengan razón. La negativa hacia el Macrobús es evidente, y no hay que ser un agudo observador de la cotidianeidad para saber que al BRT nadie lo quiere, y que el rechazo a su ineficacia va lamentable y fatalmente vinculado con el rechazo a la actitud avasalladora, mutilante y castrante que ha caracterizado a un gobierno del Estado que impone, se hace el sordo, el ciego y el mudo -a conveniencia-, y obliga al transporte según intereses que han demostrado ser más cercanos al amiguismo, la falta de transparencia y la defensa de los bolsillos de unos cuantos hombres importantes, que a la ciudadanía y sus necesidades. El rechazo al Macrobús no es entonces sólo el rechazo hacia un sistema de movilidad que ha fracasado en su primer round: es más bien el total repudio a un gobierno estatal ineficiente, babosón y alelado, que pega sin ver y todavía se defiende arguyendo "intereses superiores". ¡Bah, pamplinas!
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Dicen los transportistas que no se pude confiar en el gobierno del Estado, y en que sus intenciones sean favorecedoras. Y tienen razón. El gobierno estatal les ha temido y, como padre asustado ante la conducta irreverente de su hijo adolescente, ha terminado por chiquearlos, convirtiéndolos en verdaderos apoderados de la movilidad urbana, ya no en concesionarios sino en propietarios, dueños y señores de nuestros kilómetros y nuestros destinos, pero también es cierto que los administradores de toda la hacienda no han sabido tomar el sartén por el mango y hacer gobierno no sólo con eficacia, sino además con transparencia, organización y responsabilidad, sin contratos cedidos ni concesiones fantasmas. Hoy, ya nadie confía en los gobernantes, ni en sus políticas, ni en sus intentos. Hoy ya nadie da voto de confianza, y nadie está dispuesto a esperar resultados. Hoy, o las cosas funcionan desde antes de hacerse, o no dejamos que se hagan.
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El problema de la movilidad nos compete a todos. A ti, que tomas el camión, a ti, que tomas el tren, y a ti que prendes tu auto y te despreocupas de los que andan a pie. Nos corresponde a quienes vivimos en Guadalajara, y a quienes nomás la visitamos. Nos toca a empresarios, gobernantes, alcaldes, transportistas y ciudadanos. Porque no dejamos de movernos, y como andantes tenemos todos el derecho a exigir medios de transporte rápidos, eficaces, económicos y seguros, pero también adquirimos una inminente responsabilidad, la de hacer que esos medios sean posibles, y no sólo un sueño que rechazamos también, cabe decirlo, por nuestro triste miedo al cambio y la renovación. "¿Para qué, si así estoy bien?", se pregunta la señora que toma el camión en la esquina de su casa, el de la ruta que pasa cada quince minutos, ignorando que, con un poquito de incomodidad, podrá tomar uno que pasará dos cuadras después, pero cada tres o cuatro minutos, y la dejará en tiempo récord en su destino. Piensen, tapatíos, es cuestión de arriesgar.
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¡Salud!

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