viernes, 26 de noviembre de 2010

Los gigantones.

No pude estar ahí. Mañana voy a ver si mi agenda me permite un pequeño, diminuto espacio, y me lanzaré a un encuentro que pretendería personal, pero que seguramente terminará siendo multitudinario, con los gigantes del Centro Histórico. Y llevaré a Mi Ojosh, que para eso de fantasear, cuando no anda realista, se pinta mejor que yo. Y si las cosas se prestan, desquitaremos los 75 millones de pesos que nos costó a todos traer a la compañía de teatro francés Gran de Luxe para que agarrara las calles de Guadalajara a su antojo y montara su espectáculo, basado siempre en la utilización de marionetas gigantes.
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Como aquí en México se hizo el gasto con motivo de la conmemoración de la Revolución Mexicana, toda la historia es alusiva. Hoy por la mañana me enteré del argumento, y a mi gusto por ver a esta región nopalera y provinciana revuelta por monotes brincando por todos lados, se sumó el gusto de la imaginación y el regocijo de la inventiva: la Pequeña Gigante, de nueve metros de altura, es despertada después de un terrible accidente por su perro, Xolo, un xoloizcuintle juguetón y que no canta mal las rancheras en eso del tamaño con sus casi cuatro metros de altura, y que ha estado dormido esperando poder despertar a su ama en un bloque de hielo. Ya bien despiertos los dos, parten en busca del tío de la Pequeña, que duerme en un sarcófago maya que ha sido rescatado de las entrañas de la tierra. Cerca de ellos hay también un muro gigantesco con estilo barroco y en que se encuentra plasmado un mural con todo el estilo de Diego Rivera, y la presencia gráfica de cientos de personajes de la Historia de México.
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Y ya. Es lo que sé. Se supone que la niña irá en brazos de su tío a buscar su origen, y recorrerá la ciudad en el intento por descifrar qué ha sido de ella antes del fatal golpe que la dejó inconsciente. ¿A poco no está bonito el argumento? Como ya les vi a todos los ojitos castañeantes y la cara de que se les hizo más fácil del examen de admisión a la facultad -y eso que ni fueron admitidos-, les voy a explicar según interpreté: la Pequeña Gigante somos todos, la patria, dormida después de un fatal choque que fue la Revolución. El xolo es el acompañante por excelencia de la época azteca, el brazo derecho del hombre en su camino por el inframundo, pero también por la tierra, en vida y en muerte. El tío, campesino, es el origen, la madre tierra o el punto primigenio al cual la patria busca llegar para entender de qué está hecha, qué la une a esta vida. ¡Ah! Ya vi la luz inundando sus rostros.
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Ya les dije que planeo ir. No me importa si con esto se cumple aquello de "al pueblo, pan y circo". Para celebrar la Revolución, el gobierno de Jalisco, con lo desatinado que anda últimamente patrocinando sanaciones, ritos espiritistas y clases de catecismo, pudo haber tenido otra de sus magníficas ideas y, Dios no quiera, dejar el festejo en una misa en Catedral, la exhumación del obispo Cabañas o un desfile de sombreros gigantes. Hay que reconocerlo: comparado con lo que suelen entender por "celebración", ahora sí se lucieron. Quizá todo se deba a que la idea no es de Emilio, sino del gobierno federal, que cuando no anda por las alcantarillas persiguiendo criminales organizados, suele tener ideas más acertadas, o por lo menos mas leidas y escrebeidas, que las de Emilio "La Monja" Márquez.
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Claro que hay asuntos en la trama que se le han escapado a sus redactores si lo que intentaban era una puesta en escena más realista. La niña podría ser perseguida por un cura pederasta, y el campesino podría estar formado horas enteras en Procampo esperando su raquítico subsidio. El perro podría tener cara de Elba Esther, o de Manlio Flavio Beltrones. Pero claro que nadie va a poner el dedo en la llaga, y lo que nos traen es una historia típicamente Disney, con todo y final feliz.
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No se quejen. Miren que el gobierno les está dando su espectáculo gratuito, para que ahorren y para que olviden. Olviden que la Revolución murió con el nacimiento del priísmo, y que ya nadie cree que haya algo qué celebrar además de la pérdida de nuestro sentido. Si la Pequeña Gigante encuentra su origen, no sé ustedes pero yo quiero ir con ella. Después de todo, imagino, su altura le proporcionará la capacidad de mirar más allá de nuestras cúpulas y azoteas, la capacidad que nosotros, entre Televisa, el IMSS y la Arquidiócesis, hemos ido perdiendo paulatinamente.
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¡Niña, gigantona, espérate! Aquí hay un chino y un lacio que fácilmente caben en tu regazo y quieren encontrar el origen de tanta estupidez, de tanta soledad. ¿Nos llevas? Anda. No pasa de que a dónde nos lleves, tampoco entendamos de qué estamos hechos, y nos conformemos con jugar con Xolo a la pelota -Mi Ojosh seguro preferirá un gato, pero habrá que explicarle que así es el show, y que no tenemos otros 75 millones para replantearlo-.
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¡Salud!

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