viernes, 19 de noviembre de 2010

La novela

Voy a escribir una novela. Lo decidí esta mañana mientras saboreaba unas Tartinas Tía Rosa de fresa, el sol me daba de lleno esperando cruzar la calle, una calle populosa, llena de aromas, y mi atención, bastante disminuida de por sí, intentaba concentrarse en la lectura de una entrevista hecha hace unos diez años al hoy Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa.
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Voy a escribir una novela que le narre al mundo lo que es vivir con las esperanzas siempre puestas a hasta completa. Una novela sobre lo que es ser joven, gay, lector, desordenado y periodista, en un país de adultos, homófobos, incultos, obsesivos compulsivos y asesinos de la verdad. Una novela sobre mis amigos y mi familia, sobre mi novio, mis vecinos y mis compañeros de trabajo. Una novela sobre el conductor del camión, el redactor del oficio, la vendedora de fruta, el diseñador de la caja de cereal. Una novela sobre lo vano, lo indeciso, lo imposible. Una novela verosímil sobre un gato que habita la luna, un dictador que accede a defender la democracia, una ciudad de tres habitantes. Una novela total.
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Y necesitaré para ello de un personaje. Un personaje gordo de grandes brazos, que no haga otra cosa que coser el pelo de las muñecas de una linea de ensamblaje, o ponerle las tapitas a los Frutsis de uva. Un personaje femenino, creyente y resignado, devoto y ortodoxo, que limpie los retretes de un hotel de paso. Un personaje rubicundo, acelerado y conflictivo, que dé la comunión en Catedral y dicte catecismo los domingos. Un personaje cerrado, ininteligible, con mil complejos y disyuntivas, que ningún teórico pueda desentrañar. Un personaje friolento, un personaje experto en hamburguesas, un personaje que sea carnicero por el día y activista vegetariano por las noches.
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Y al personaje le daremos, porque lo necesitará, una atmósfera y un contexto. Al arqueólogo una ciudad populosa, al millonario un sistema socialista, al demócrata una dictadura. Al viajero, un autobús sin llantas. Al cineasta un mundo sin luz. A la anciana parsimoniosa que cruza la calle, un pasamanos de papel.
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Y al personaje lo haré caer. Será mi gusto decidir si habla o no, si estudia o no, si ama o no. Crearé un personaje incapaz de decir lo que siente, infeliz en un instante de silencio incómodo, que se prolonga quinientas, ochocientas páginas. Me reiré de su ceguera, y luego lo haré devorar no por hormigas, sino por abrelatas de seiscientos kilos. O lo pondré en el centro de una audiencia tonta, sorda y ciega, declamando poesía. Manejaré el tiempo narrativo a mi antojo, para que mil escenas transcurran en tres segundos, y luego lo alentaré todo, para que la caída de una hoja se desarrolle en ocho, nueve horas de lectura.
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Pero no voy a hacer literatura. No es mi intención, y no lo será nunca. Voy a contar mil historias, y ninguna será bella. Me reiré de la estructura, la narratología y el orden. Frente al que corre construiré una pared, y bajo los pies del inválido colocaré una caminadora eléctrica. En un país de desgraciados y desposeídos, pondré una joyería, y haré correr un terremoto en un pueblo de apartamentos de mazapán.
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Y luego, cuando no haya dicho nada, haré una novela en que haya novios que se toman de la mano, amigos que se encuentran en el aeropuerto y niños que comen conchas de azúcar, sentados en un parque de abedules. Enemigos frente un tablero de ajedrez, policías corruptos en ciudades conflictivas. Un detective en una noche frente a cinco asesinatos, cada uno de ellos relacionado con un sentido diferente.
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Haré una novela que hable de cine, música, pintura y fotografía. Una novela que se centre en la mujer, en la masculinidad y un el tesoro perdido. Una novela histórica sobre una batalla memorable en un país heroico. Una novela de costumbres, con vestidos almidonados y ritos de iniciación. Una novela sobre la infancia, con cochecitos de madera y paseos junto al río. Una novela sobre la vejez, con pérdidas de memoria y asuntos escatológicos. Una novela sobre el tiempo, y otra sobre la astronomía.
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Y cuando termine mi novela, antes de esperar que el mundo entero la alabe, me sentaré en mi sillón de mimbre y abriré mis libros. Y entonces descubriré, primero angustiado, luego iracundo y al final muy triste, que no he hecho nada nuevo. Que lo que yo he hecho tras mucho elucubrar, tras mucho nadar entre tiempos, narraciones y estilos, no es, no ha sido, más que una simple, rudimentaria y pobre relectura de mi historia lectora, aderezada con mucho ego y tres tantos de ocio. Y entonces, frente a la literatura, seré un pequeño hombre, intentando cruzar una calle, mientras devora unas Tartinas bajo la luz del sol.
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¡Salud!
Faltan 9 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Nos estamos poniendo chulos. Ayquir.

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

"No hay nada nuevo bajo el sol", nadie nunca ha escrito o hecho algo nuevo.