lunes, 29 de noviembre de 2010

La Fil cansada.

Cumplí la promesa. Les dije que iría y ahí estuve. Los busqué, a todos ustedes, pero estos ojos sinaloenses de largo alcance -ay, ajá- no los vieron. Así que espero que esta ausencia suya en mí se deba únicamente a un desbarajuste -?- en nuestros tiempos de visita, y no al hecho de que definitivamente no se pararon, ni piensan pararse en sus nueve días de duración, en la Feria Internacional del Libro en Guadalajara.
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Les adelanto que, salvo las reproducciones de incunables relacionados con la historia del español, esta lengua nuestra del "'ira" y el "'iste", el pabellón del invitado oficial, Castilla y León, tiene poco que ofrecer. A comparación con años anteriores, claro, en que los honoríficos hospedados han cargado hasta con el molcajete -bueno, es un decir, porque no me imagino lo surrealista que sería un molcajete auténticamente chino-. Ahora hay algunos espectáculos ocasionales, unas cuantas fotos bonitas, una que otra degustación de vinos, una puerta luminosa, unas cuantas manchas de color, y ya. Recuerdo, diría don Celedonio, anciano personaje de este Baile acostumbrado a remembrar, aquel hermoso pabellón de Andalucía, con sus flores y sus enredaderas -y te pareces tanto amor...-, o el de Cataluña, con sus pliegotes de papelote como techo, o sus proyecciones de platillos, o el de Brasil, con su río de desechos industriales. ¡Ésos sí eran pabellones, y no remedos!
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Pero salvo eso, la Fil tiene un montón de cosas qué ofrecer. Mi Ojosh y yo nos tomamos de la manita y anduvimos de aquí para allá bobeando. Él se interesó por libros de cocina prehispánica, y yo nomás anduve viendo qué cosa no podía comprar. Toda la colección Punto de Lectura, de Alfaguara, llegó más barata que de costumbre, aunque ahora los malditos usurpadores del dinero ajeno no se preocuparon por montar un stand como el del año pasado, en que remataron todos sus saldos -no se llenó como las baratas de Zara o Liverpool, pero sí hubo harto mendigo pepenando títulos (hubimos, dijo el ciego).
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El área internacional aumentó el tamaño del centro de firmas de libros, y ahora ya hay más espacio para que más gente haga fila y reciba de su autor un garabato. Pero ni se emocionen. La dinámica sigue siendo la misma, y la gente se sigue quejando igual: ustedes anotan en un papel su nombre, y si se llena mucho el autor recibe nombre y libro, y firma con un simple "Para Fulano". Nada de "A Miguelita con amor de Pérez Reverte" o "Con todo mi cariño para Filomeno, Julio Cortázar" -?-
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Hay harto título estudiantil, como cada año, y religioso. La Suprema Corte de Justicia de la Nación, que entre Sandoval Íñiguez, Marcelo Ebrard y El Encino, anda de moda, montó su stand que reproduce la sala del Supremo Tribunal, con todo y sillitas reclinables, lo que pone bien felices a los fanáticos del paseo y el chisme jurídico. Además, en determinadas horas, un hombre de ardorosa voz, que me recuerda al Padre Rentería -"¿y tú cuándo 'ngados conociste al Padre Rentería, hijo de Margarita?", preguntará el lector implícito, y yo responderé "cállate y lee"-, güero, para más señas, relata cómo funciona la Corte y cómo se realizan las sesiones, en una salita igualita a esa, pero más nice.
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Tampoco dejen de pasar al stand del Consejo Nacional para Prevenir y Erradicar la Discriminación (Conapred), en el cual podrán ayudar a formar el follaje del Árbol del Oprobio escribiendo en una de sus hojitas quién los ha discriminado, dónde, por qué y qué harían para prevenir los actos discriminatorios en el país -yo por lo menos tengo varios amigos que podrían alguna vez ser discriminados por feos, gordos, chinos, prietos, homosexuales, mujeres, mensos y por su nombre (o varias, o todas las anteriores)-.
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No encontré ningún stand con títulos universales a bajo costo. Agradecí eso al cielo. Para mí sería terrible tener y no tener con qué. Mejor que así se quede. Compren ustedes, mucho, y súrtanse de novedades para leer todo el año que viene. Yo, por mi parte, me conformaré con husmear el Vanidades cada vez que vaya a cortarme el pelo.
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Yo no vuelvo hasta el próximo sábado, por cuestiones de agenda. Mi Ojosh, que no va si no lo llevo, no irá tampoco, así que no lo busquen para tomarse fotos, porque aparte ya vamos a empezar a cobrar cada vez que posa para las cámaras -una vez lo confundieron con el niño del Negrito Bimbo, pero él se negó a dar comentarios al respecto y salió por la puerta de atrás-. Pero ustedes sí vayan, caray. Tenemos una Feria de primer nivel, y ustedes nomás están papando moscas. En la semana estarán los homenajes a Monsiváis, Saramago y las reuniones con el Premio Fil de este año, Margo Glantz -LA premio Fil-. Yo me perdí las reuniones de las 22 academias de la lengua, pero ya ronda por los pasillos la nueva gramática y la nueva ortografía. No zeam Aszi. Shekenlo. Minnimo pa' que cepan komo ay kescribir.
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Ya les dije. Y si tienen credencial escóndanmela, pero vayan. Aykir.
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¡Salud!
Ya está aquí. No viene hasta el próximo año. Y está bien barata. Bara, bara, bara, bara. La Feria Internacional del Libro de Guadalajara los está esperando con las páginas abiertas. Cómo son gachos.

viernes, 26 de noviembre de 2010

La defensa de la familia

Que no le digan, que no le cuenten: la familia no es un asunto natural. No es natural porque no nació con la naturaleza, sino con la civilización y la cultura. Los seres humanos descubrimos que nos sería más fácil crecer en este mundo agreste, salvaje y sucio -lo de "sucio" lo dije porque faltaba algo para que sonara más bonito, pero ¿ya vieron qué sucia está últimamente la ciudad?-, desarrollarnos, reproducirnos y morir -todavía no pensábamos en trascendencia. Ésa fue otro invento de la civilización y la cultura-, que sería más fácil prolongar la vida y no sucumbir en las fauces de los tigres dientes de sable y los mamuts -los primeros no existían cuando llegamos a la tierra, y los segundos no comían carne. ¿Ya vieron que sí sé? Si nomás me estoy haciendo menso-, si nos agrupábamos y hacíamos concha comunal.
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Y luego surgió la idea de que la mejor forma de hacerlo sería con quienes teníamos cerca. Y cuando las cosas estuvieron mejor y la asociación de los nacidos de vientres similares funcionaba, pues le seguimos, conformando sociedades en que el incesto era regla tan común como el lazo familiar. Y luego, durante siglos, nos fuimos haciendo a la idea de que nos unían lazos más fuertes que la convivencia de los genes. Pero fue sólo eso, una idea, que con el curso de la Historia y la aparición en escena de la mercadotecnia, se hizo un nicho de mercado y ya de ahí nadie la pudo sacar.
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Es mentira que nacimos como especie formando familias, como si existiera un gen "familiar" que nos obligar a amar a nuestros padres y pelear con nuestros hermanos mayores. Nel, no, no es cierto. No les crean. Dicen eso para que todos tengamos algo qué defender, y sigamos comprando "paquetes familiares", "cereal familiar" y "ropa para toda la familia". La prueba más grande de que la familia no es natural, sino cultural, es que hay que protegerla con las leyes. Nadie crea una legislación que obligue a las mujeres a tener hijos, o a los hombres a respirar. Eso es porque aquello que no es propio de la naturaleza, pero que queremos perpetuar -el orden social, el matrimonio, la salud pública y la administración de los recursos-, debe ser sometida al rigor del reglamento.
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A los homosexuales se nos ha tachado de atacantes de la familia. Nos han dicho de todo, y en últimas fechas los argumentos y las agresiones han caído en terrenos verdaderamente surrealistas. Ahora, al parecer, todo lo que se hace es justificable si se argumenta que se hacía en "pro de la defensa de los intereses de las familias", cuando esos intereses, como la familia misma, han sido creados para orgullo y regocijo de unos cuantos. "Usé el término maicear en defensa de la familia", dice Sandoval Íñiguez, a quien el Supremo Tribunal Electoral ha pedido cuentas por su llamado a no votar por el Partido de la Revolución Democrática. "Lo que el arzobispo dijo fue en su búsqueda por defender a la familia en su apostolado", defendió al cardenal su homólogo defeño, Norberto Rivera Cabrera. "La defensa de la familia es la razón por la cual no aceptamos el aborto, la eutanasia ni los anticonceptivos", revira el Partido Acción Nacional. Y la familia, en medio, nomás los ve llover -y es que si los estúpidos volaran... pero no vuelan, ¡caen!-
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Dicen que la aprobación del matrimonio homosexual y la adopción de parejas del mismo sexo, destruye a la familia. Lo dije en mi Facebook y lo repito aquí: pareciera que están dando a entender que cada vez que una pareja de novios del mismo sexo se toma de la mano, un padre, una madre, sus hijos y su perro, que desayunan alegremente Zucaritas, caen fulminados estruendosamente. No nos pasen a fregar: los homosexuales, por nuestro alto poder adquisitivo y nuestro mucho tiempo libre, somos los tíos más consentidores, los hijos más agradecidos y los consejeros más sensibles. Claro que hay sus excepciones, y no a todos se nos facilita el asunto de las relaciones familiares, pero nunca un homosexual acabará con su familia por el simple hecho de serlo, porque una preferencia, del tipo que sea, no puede jamás ser más fuerte que una institución que, si bien antinatural, ha sido siempre fortalecida por el imperio del único sentimiento contra el cual ni Sandoval, ni Pérez Peláez, ni Hugo Valdemar, podrán luchar jamás: el amor.
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A la familia nadie ni nada la destruirá jamás. Es la base de nuestra organización social, de nuestra patria y de nuestra identidad. Ir contra ella sería practicar un harakiri -y sin derecho a réplica-. Que no les vendan el cuento: una bola de hombres y mujeres buscando protección civil y vínculo amoroso legalizado, no les va a quitar el sueño a los abuelos, las abuelas, los tíos, las tías, los hijos y las hijas, ni les va a estorbar para seguirse amando. No porque esté en tela de juicio el hecho de que seamos o no una amenaza, sino porque los homosexuales también somos, aunque nos quieran sacar de algún rincón oscuro sin origen, hijos, hermanos, primos y hasta padres.
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Que no les digan, que no les cuenten. La familia trasciende por la capacidad de amarse que tienen cada uno de sus miembros, por su generosidad, su entrega y su fidelidad hacia sí misma y sus miembros. Es menos corrupta que otras instituciones -incluidas las que pretenden decir que los homosexuales la acribillamos-, y mucho más inteligente que los políticos que dicen defenderla.
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Señor González Márquez, señor Juan Sandoval, señor Fernando Guzmán: déjense de cosas. ¡Basta, somos adultos! Asuman el hecho y extraigan de él sus propias conclusiones: han existido tíos "raros" en la historia de todas las familias, y ninguna nunca se ha muerto por eso. A las familias sí las han matado, sin embargo, la incomunicación, la infidelidad, la inmadurez y la cerrazón, y ninguno de esos males los hemos acarrreado los homosexuales -ahora me van a decir que si a Telcel se le cae la señal, es porque Mi Ojosh y yo nos plantamos semejante besote. Nomás eso me falta para agarrar mi maleta y largarme a fregar a otra parte-.
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Dejémonos de cosas. Vámonos mejor a un día de campo, pongámonos hasta las chanclas y formemos una sola hermandad. Hagamos algo inútil, pues, algo que nos coma el tiempo. Total, señores, la familia se defenderá solita.
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¡Salud!

Los gigantones.

No pude estar ahí. Mañana voy a ver si mi agenda me permite un pequeño, diminuto espacio, y me lanzaré a un encuentro que pretendería personal, pero que seguramente terminará siendo multitudinario, con los gigantes del Centro Histórico. Y llevaré a Mi Ojosh, que para eso de fantasear, cuando no anda realista, se pinta mejor que yo. Y si las cosas se prestan, desquitaremos los 75 millones de pesos que nos costó a todos traer a la compañía de teatro francés Gran de Luxe para que agarrara las calles de Guadalajara a su antojo y montara su espectáculo, basado siempre en la utilización de marionetas gigantes.
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Como aquí en México se hizo el gasto con motivo de la conmemoración de la Revolución Mexicana, toda la historia es alusiva. Hoy por la mañana me enteré del argumento, y a mi gusto por ver a esta región nopalera y provinciana revuelta por monotes brincando por todos lados, se sumó el gusto de la imaginación y el regocijo de la inventiva: la Pequeña Gigante, de nueve metros de altura, es despertada después de un terrible accidente por su perro, Xolo, un xoloizcuintle juguetón y que no canta mal las rancheras en eso del tamaño con sus casi cuatro metros de altura, y que ha estado dormido esperando poder despertar a su ama en un bloque de hielo. Ya bien despiertos los dos, parten en busca del tío de la Pequeña, que duerme en un sarcófago maya que ha sido rescatado de las entrañas de la tierra. Cerca de ellos hay también un muro gigantesco con estilo barroco y en que se encuentra plasmado un mural con todo el estilo de Diego Rivera, y la presencia gráfica de cientos de personajes de la Historia de México.
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Y ya. Es lo que sé. Se supone que la niña irá en brazos de su tío a buscar su origen, y recorrerá la ciudad en el intento por descifrar qué ha sido de ella antes del fatal golpe que la dejó inconsciente. ¿A poco no está bonito el argumento? Como ya les vi a todos los ojitos castañeantes y la cara de que se les hizo más fácil del examen de admisión a la facultad -y eso que ni fueron admitidos-, les voy a explicar según interpreté: la Pequeña Gigante somos todos, la patria, dormida después de un fatal choque que fue la Revolución. El xolo es el acompañante por excelencia de la época azteca, el brazo derecho del hombre en su camino por el inframundo, pero también por la tierra, en vida y en muerte. El tío, campesino, es el origen, la madre tierra o el punto primigenio al cual la patria busca llegar para entender de qué está hecha, qué la une a esta vida. ¡Ah! Ya vi la luz inundando sus rostros.
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Ya les dije que planeo ir. No me importa si con esto se cumple aquello de "al pueblo, pan y circo". Para celebrar la Revolución, el gobierno de Jalisco, con lo desatinado que anda últimamente patrocinando sanaciones, ritos espiritistas y clases de catecismo, pudo haber tenido otra de sus magníficas ideas y, Dios no quiera, dejar el festejo en una misa en Catedral, la exhumación del obispo Cabañas o un desfile de sombreros gigantes. Hay que reconocerlo: comparado con lo que suelen entender por "celebración", ahora sí se lucieron. Quizá todo se deba a que la idea no es de Emilio, sino del gobierno federal, que cuando no anda por las alcantarillas persiguiendo criminales organizados, suele tener ideas más acertadas, o por lo menos mas leidas y escrebeidas, que las de Emilio "La Monja" Márquez.
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Claro que hay asuntos en la trama que se le han escapado a sus redactores si lo que intentaban era una puesta en escena más realista. La niña podría ser perseguida por un cura pederasta, y el campesino podría estar formado horas enteras en Procampo esperando su raquítico subsidio. El perro podría tener cara de Elba Esther, o de Manlio Flavio Beltrones. Pero claro que nadie va a poner el dedo en la llaga, y lo que nos traen es una historia típicamente Disney, con todo y final feliz.
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No se quejen. Miren que el gobierno les está dando su espectáculo gratuito, para que ahorren y para que olviden. Olviden que la Revolución murió con el nacimiento del priísmo, y que ya nadie cree que haya algo qué celebrar además de la pérdida de nuestro sentido. Si la Pequeña Gigante encuentra su origen, no sé ustedes pero yo quiero ir con ella. Después de todo, imagino, su altura le proporcionará la capacidad de mirar más allá de nuestras cúpulas y azoteas, la capacidad que nosotros, entre Televisa, el IMSS y la Arquidiócesis, hemos ido perdiendo paulatinamente.
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¡Niña, gigantona, espérate! Aquí hay un chino y un lacio que fácilmente caben en tu regazo y quieren encontrar el origen de tanta estupidez, de tanta soledad. ¿Nos llevas? Anda. No pasa de que a dónde nos lleves, tampoco entendamos de qué estamos hechos, y nos conformemos con jugar con Xolo a la pelota -Mi Ojosh seguro preferirá un gato, pero habrá que explicarle que así es el show, y que no tenemos otros 75 millones para replantearlo-.
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¡Salud!

viernes, 19 de noviembre de 2010

La novela

Voy a escribir una novela. Lo decidí esta mañana mientras saboreaba unas Tartinas Tía Rosa de fresa, el sol me daba de lleno esperando cruzar la calle, una calle populosa, llena de aromas, y mi atención, bastante disminuida de por sí, intentaba concentrarse en la lectura de una entrevista hecha hace unos diez años al hoy Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa.
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Voy a escribir una novela que le narre al mundo lo que es vivir con las esperanzas siempre puestas a hasta completa. Una novela sobre lo que es ser joven, gay, lector, desordenado y periodista, en un país de adultos, homófobos, incultos, obsesivos compulsivos y asesinos de la verdad. Una novela sobre mis amigos y mi familia, sobre mi novio, mis vecinos y mis compañeros de trabajo. Una novela sobre el conductor del camión, el redactor del oficio, la vendedora de fruta, el diseñador de la caja de cereal. Una novela sobre lo vano, lo indeciso, lo imposible. Una novela verosímil sobre un gato que habita la luna, un dictador que accede a defender la democracia, una ciudad de tres habitantes. Una novela total.
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Y necesitaré para ello de un personaje. Un personaje gordo de grandes brazos, que no haga otra cosa que coser el pelo de las muñecas de una linea de ensamblaje, o ponerle las tapitas a los Frutsis de uva. Un personaje femenino, creyente y resignado, devoto y ortodoxo, que limpie los retretes de un hotel de paso. Un personaje rubicundo, acelerado y conflictivo, que dé la comunión en Catedral y dicte catecismo los domingos. Un personaje cerrado, ininteligible, con mil complejos y disyuntivas, que ningún teórico pueda desentrañar. Un personaje friolento, un personaje experto en hamburguesas, un personaje que sea carnicero por el día y activista vegetariano por las noches.
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Y al personaje le daremos, porque lo necesitará, una atmósfera y un contexto. Al arqueólogo una ciudad populosa, al millonario un sistema socialista, al demócrata una dictadura. Al viajero, un autobús sin llantas. Al cineasta un mundo sin luz. A la anciana parsimoniosa que cruza la calle, un pasamanos de papel.
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Y al personaje lo haré caer. Será mi gusto decidir si habla o no, si estudia o no, si ama o no. Crearé un personaje incapaz de decir lo que siente, infeliz en un instante de silencio incómodo, que se prolonga quinientas, ochocientas páginas. Me reiré de su ceguera, y luego lo haré devorar no por hormigas, sino por abrelatas de seiscientos kilos. O lo pondré en el centro de una audiencia tonta, sorda y ciega, declamando poesía. Manejaré el tiempo narrativo a mi antojo, para que mil escenas transcurran en tres segundos, y luego lo alentaré todo, para que la caída de una hoja se desarrolle en ocho, nueve horas de lectura.
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Pero no voy a hacer literatura. No es mi intención, y no lo será nunca. Voy a contar mil historias, y ninguna será bella. Me reiré de la estructura, la narratología y el orden. Frente al que corre construiré una pared, y bajo los pies del inválido colocaré una caminadora eléctrica. En un país de desgraciados y desposeídos, pondré una joyería, y haré correr un terremoto en un pueblo de apartamentos de mazapán.
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Y luego, cuando no haya dicho nada, haré una novela en que haya novios que se toman de la mano, amigos que se encuentran en el aeropuerto y niños que comen conchas de azúcar, sentados en un parque de abedules. Enemigos frente un tablero de ajedrez, policías corruptos en ciudades conflictivas. Un detective en una noche frente a cinco asesinatos, cada uno de ellos relacionado con un sentido diferente.
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Haré una novela que hable de cine, música, pintura y fotografía. Una novela que se centre en la mujer, en la masculinidad y un el tesoro perdido. Una novela histórica sobre una batalla memorable en un país heroico. Una novela de costumbres, con vestidos almidonados y ritos de iniciación. Una novela sobre la infancia, con cochecitos de madera y paseos junto al río. Una novela sobre la vejez, con pérdidas de memoria y asuntos escatológicos. Una novela sobre el tiempo, y otra sobre la astronomía.
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Y cuando termine mi novela, antes de esperar que el mundo entero la alabe, me sentaré en mi sillón de mimbre y abriré mis libros. Y entonces descubriré, primero angustiado, luego iracundo y al final muy triste, que no he hecho nada nuevo. Que lo que yo he hecho tras mucho elucubrar, tras mucho nadar entre tiempos, narraciones y estilos, no es, no ha sido, más que una simple, rudimentaria y pobre relectura de mi historia lectora, aderezada con mucho ego y tres tantos de ocio. Y entonces, frente a la literatura, seré un pequeño hombre, intentando cruzar una calle, mientras devora unas Tartinas bajo la luz del sol.
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¡Salud!
Faltan 9 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Nos estamos poniendo chulos. Ayquir.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Un esquimal en el reino de los Madrigal.

Mi Ojosh tiene un modo de reaccionar ante las situaciones difíciles que se le anticipan que me sorprende y resulta curioso. Va como por pasos. Primero, ante el anuncio de que se enfrentará a tal o cual cosa que le resulta particularmente complicada de llevar, dice "sí, órale", y se lanza, con esa propensión tan suya de decirme que sí a todo, en primera instancia. Ya luego, conforme pasa el tiempo, como que le va cayendo el veinte. Así, mientras se acerca la fecha del compromiso, Mi Ojosh se va poniendo cada vez más y más juguetón, y va haciendo muchas preguntas respecto a lo que vivirá. Eso no es muestra de que anda feliz necesariamente, sino de que ya le va cayendo el veinte de que le va a doler el 'ingadazo. Llegada la hora, se pone raro, le sudan las manos, hace cada vez más preguntas, pide abrazos, besos y caricias, y si no se desmaya o busca un recoveco para esconderse, se enfrenta a la situación con una sonrisa.
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Eso mismo vivió en las últimas semanas cuando le dije que estaba invitado a la comida familiar de este domingo, en la cual, de vital importancia, participarían dos seres ausentes, pero presentes en el corazón: El Mayordemishermanos, que reside -porque eso sí que es residir- en la Ciudad de los Palacios, y La Mima, segunda madre de ésta su pluma -sí, tengo dos, prueba de que sí tengo, y mucha-. Se lo dije y dijo que sí, que le daba "nervito", pero que le agradaba la idea. Pasaron los días y mi cobija de ojos y chinos se fue poniendo cada vez más insistente de mí hasta que ayer de plano me contagió y terminamos los dos raros, serios, pensativos, medio alienados.
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Pero todo salió a pedir de boca. Él llegó algo tarde a la cita, y para mitigar la espera acudió al infalible método de la rosca: entregue una rosca, y mientras el interlocutor al que se ha hecho esperar inspecciona el look superficial del postre, pida disculpas por la tardanza. Bingo. Doña Mago repitió incansable que no había problema, y todos nos fuimos a comer.
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Mi Ojosh estuvo nervioso una parte del encuentro. Lo supe porque sus pupilas iban de un lado a otro, entre conversaciones, chistes, planes y acuerdos. Entendió que la familia Madrigal Cruz es mitad silenciosos ruidosos, mitad ruidos incansables. Osea que todo el tiempo estamos hablando. El que no está hablando, está comunicando, con la mirada, con las manos, con los gestos. El que no comunica, está pensando, y si está pensando durará poco en silencio antes de expresarse. Total que en esa méndiga mesa de seis sillas apretujadas, nadie nunca se calla. Ladra el perro, suena el timbre, vibra el teléfono, termina su ciclo el microondas. Hay risas, chocar de platos, sonar de vasos, chirriar de cubiertos, distintos niveles de voces.
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Mi Ojosh iba de un lado a otro, sin atinar a quién hacer caso. Doña Mago le ofrecía refresco, El Mayordemishermanos le explicaba cómo es que mis hermanas hablan en un mismo idioma que sólo ellas comparten, y por ende, sólo ellas entienden. Yo me esforzaba por contextualizarle todas y cada una de las decenas de pláticas. Mis hermanas le decían que se sirviera más. El Nez lo olfateaba -cosa que, más que nada, lo sacaba de sus casillas-. Su gusto se esforzaba por probarlo todo, su oído por escucharlo, su cerebro por asimilarlo. La Mima se lo dijo muy clarito: "Vas a terminar por salir corriendo, buscando el silencio absoluto". No lo hizo. No corrió. Ni siquiera cuando Doña Mago rompió el veto y comenzó a hablar de su opinión sobre la homosexualidad como resultado de una carencia vital.
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La Mayordemishermanas salió al quite y la puso en paz, y yo hice lo mío. Mi Ojosh, a pesar de que su rostro demostraba unas ganas tremendas de decir lo que creía a voz en cuello, le aseguró a Doña Mago, con total educación, que no importaba que ella hablara de más. Total, es una opinión más puesta sobre la mesa. Pero le agradó que yo hablara, y que hablara por él.
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Total que en medio de una casa loca, mi enchamarrado guardó decoro y gratitud, honorabilidad y buenas maneras, y lo hizo tan bien en su primera experiencia de exposición familiar, que quedó cordialmente invitado a regresar. Además está el hecho de que la mitad de la mesa lo conoce y trata con agrado. Prueba de ello es que fue invitado a participar en el intercambio anual navideño de la familia por El Mayordemishermanos, quien luego luego lo hizo sentir en casa, incluso un poco más que los demás. No les digo quién le tocó porque sería aguadearles a todos el festejo, pero sí les adelanto que habrá un fuerte choque ideológico en eso de intercambiar.
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Salvo el mal rato con Doña Mago, todo salió a pedir de boca. Mi Ojosh me conoció un poquito más, y entendió también porque traigo siempre tanto ruido en la cabeza. Se adentró aún más en las razones de mis visiones, mis sensaciones, mis pensamientos y mis insatisfacciones. Se dio cuenta de que, muy fuerte, muy fuerte, puertas adentro sigo siendo el hermanito menor. Y lo seré, cual profecía maldita, por el resto de mis días. Y entre tanto ataque a su entendimiento, lo más increíble, terminó diciendo que quiere volver a sentarse ahí.
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Yo no sé por qué, pero le gustó. Le gustó sentirse parte de la familia más caótica, más problemática, más incostante, más dañada, más alardera y más gritona del mundo. Le gustó sentirse parte de la mejor familia que existe sobre la faz de la Tierra. Porque dirán ustedes que la suya es mejor. Pero diré yo que a la mía la defiendo con uñas y dientes, con sus frustraciones y sus quebrantos. Porque será lo rara que ustedes quieran, pero para mí seguirá siempre siendo "especial".
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No hay familia como la mía. Y con mi cobija de chinos y ojos sentado a la mesa, definitivamente no la hay.
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¡Salud!
Faltan 15 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Viene Castilla. Viene, viene, viene, quebrándose, quebrándose.

martes, 9 de noviembre de 2010

Gélidos.

No nos vamos a poner categóricos: está haciendo un frío como para morirse. Yo, que soy afecto a este clima y estuve todo el verano lamentándome de mi suerte, ya no hallo dónde meter la cabeza. Mis dedos están todo el tiempo en calidad de témpano, y comienzan a notarlo los cajeros en el trabajo cuando llego a retirarlos y termino botando el sistema de tanto apretar botones en el teclado sin atinarle a nada bueno. Los clientes, que están tan enchamarrados que las cajas de La Comer parecen filas de entrada a un estadio esquimal, me miran con la misma lástima con que los que comparten un mismo duelo se observan. Es el dolor de saber que el frío y el entumecimiento de miembros del otro, es también, en cierta forma, el de uno mismo.
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Así que apenas llego a casa, me escondo bajo las cobijas y hago lo imposible por desde ahí marcarle a Mi Ojosh para pasarle las novedades y recoger las suyas. Él, que también es afecto al clima del hielo y la nieve, anda todo el día en bóxers y se pasea en actitud de turista por la ciudad. Éste, dice, sí es su ambiente. Yo, en cambio, al menor vientecillo ya estoy pidiendo esquina, chocolate caliente y una frazadota.
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Pero no es sólo el frío ambiental el que me trae el alma en un hilo. Es, más bien, el otro frío, el de lo duro de los acontecimientos que últimamente nos andan rondando. Para empezar, el terrible arrastre que le pusieron al buen Barack Obama en las pasadas elecciones intermedias en su país, otorgándole los votantes una importante cantidad de lugares en las cámaras legislativas del vecino país a los republicanos, la contraparte política del negrito cucurumbé. Esto, en defintiva, viene a poner el ambiente tenso, las decisiones en entredicho y el camino de las políticas públicas propuestas por el presidente Obama en medio de dos grandes signos de interrogación. Ahora, el hombre del año 2009 va a tener que buscarle para terminar las labores de su gobierno con el mejor de los resultados, en medio de un panorama social cada vez más desolador y menos a su favor, con la agenda internacional pisándole los talones, y las promesas de campaña inundando cual tempestad indeseable el cuarto oval de la Casa Blanca.
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Y de este lado, entre fríos y ejecutados, no cantamos mal las rancheras. Felipito Calderón, hombre de raras ideas, se esfuerza cada vez más por militarizar al país y, como si eso no fuera suficiente, hacernos creer que estamos mejor ahora que lo bélico está de moda -yo ya me mandé hacer mi delantal de camuflage para fregar los pisos agusto-. La lista de muertos sube, y él no quita el dedo del renglón en torno a la posibilidad de un mando policíaco único en todo el país. Yo, al respecto, tengo poca información, y mis informantes están tan ocupados asando bombones y calentándose unos a otros -?-, que les pido no esperen que traiga yo más datos que los que mi fugaz diaria revisión de los aconteceres nacionales me permite resumir. Así, tampoco esperen mi opinión. Yo, creo, soy más de la idea de que sin policías de ningún tipo nos entenderíamos mejor, pero como el frío también me trae más menso que de costumbre, mejor no me hagan caso. Basta decirles que tengo mis dudas: si policías estatales sufren del colapso de la corrupción, la autoridad mal entendida y pésimos resultados en torno a la detención del fenómeno del crimen organizado, ¿imagínense si extendemos la problemática a todo el país, y no conforme con eso la institucionalizamos? ¡Me lleva el iceberg!
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De dar frío también la primera boda en un Mc Donalds, a realizarse en Monterrey, Nuevo León, en próximas fechas. Me pregunto cuántos años tendrán que pasar para que una boda gay se realice en un Mc Donalds. Mi Ojosh ya encargó las cajitas felices, por si Quién nos quiere comprar la exclusiva, y dejar con ello una jugosa ganancia a los bolsillos familiares.
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Y entre frío y frío, una noticia cálida. La Cámara de Diputados dijo "sí" a la posibilidad de parejas homosexuales y comcubinatos de tener acceso a los derechos de prestaciones sociales del IMSS y el ISSSTE que antes se reservaban a parejas heterosexuales, católicas y felices -era requisito al presentar el trámite sonreírle a la secretaria gordita de la ventanilla, o pelabas-. Falta ver qué desorden hace el senado con dichas nuevas regulaciones, pero por lo pronto ya se hizo ver la problemática, ya se destapó la cloaca, y ya están todos dando brincos y pelando ejotes. Ni modo, don Cardenal. Se va a tener que ir haciendo a la idea de que éste ya no es su mundo.
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¡Salud! (friolenta).
Faltan 18 días para la Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Nos estamos poniendo guapos.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Orejeras.

La nueva versión de Bolo tiene orejeras. Lo supe cuando lo vi, por montones, en Liverpool, y no pude evitar sentir emoción: el peluche que acompañó mis pasos infantiles y que me vio crecer -mi adicción al biberón fue más tempranamente superada que mi obsesión por traer al desgastado muñeco bajo el zobaco hasta que éste se llenó de pelos-, está siendo renovado por la tienda departamental más grande del país, al grado de que este año, y sin mayor aviso, le pusieron orejeras y le cambiaron el color a su gorro, que desde hace dos años ostentaba bicolor.
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La noticia le cayó bien a Mi Ojosh, que ha estado contemplando seriamente regalarme uno por año. Lastimosa pero también felizmente, este año se le adelantó La Wera, que apenas lo vio puesto como a granel por toda la tienda, corrió a adquirirme uno y me lo regaló el día de ayer, antes incluso de que nos pusiéramos al día en nuestras cosas -es cierto, lamentablemente cierto: tienen mis amigos que amenazarme con que tienen una sorpresa para mí para que yo, llevado más por la curiosidad que por el materialismo, deje de estar sacando cuentas y haciendo ensayos y corra a su encuentro-.
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Ahora, tres generaciones de Bolos velan mi sueño desde mi cabecera: la primera, que apenas y está en pie, la segunda, que me dio Mi Ojosh en un feliz momento del año pasado -todos los momentos Choito son momentos felices-, y la tercera, que este año me dio una de las mujeres de mi vida -por alguna extraña razón, me he visto siempre rodeado de mujeres fabulosas, harto generosas y harto amorosas, o por lo menos así son las que han llegado y se han quedado en mí como imán de fresita en el refrigerador-.
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Ahora me pregunto de dónde demonios salió la idea de ponerle orejeras al oso más vendido del país -no creo que Winnie Pooh haya vendido tantos en el último año, que además es mucho más jotolón que Bolo, y no es que yo tenga algo en contra de los osos jotolones, pero por obvias razones simpatizo más con lo varonil, fuerte y consistente, que con el voz de terciopelo aquél, adicto a la miel y promotor de la obesidad entre los infantes-. Y mientras pienso en causas y razones, descubro que en la publicidad de Bolo en internet, el oso de los mil años tiene un cubo rubrik en su cuarto. Si me caía bien, ya me cae mejor. Además, ahora se están vendiendo Bolos en la compra de cámaras fotográficas Samsung, y eso, por mi gusto por la fotografía -más emocional que verídico y profesional-, me cae doblemente mejor.
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Y lo de las orejeras, no sé. Con el calentamiento global, imagino que lo que menos requiere Bolo en este invierno es una protección extra contra el frío. Yo, mejor, lo vendía con un bloque de hielo, o con un iglú antideshielo. Pero así son los fabricantes de juguetes: pretenden hacernos creer que el mundo es color de rosa, que nada ha cambiado, y yo ya van varias veces que descubro que el Bolo primera generación coscorronea al de la segunda por faltarle al respeto a su mayor. No, las cosas ya no son como las pintan.
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La llegada del Bolo con orejeras -rojas, por cierto, lo cual es harto pasional y harto estético-, me ha dejado, empero, sin regalos posibles para esta Navidad. Mi Ojosh, que vio en el regalo de La Wera una caída de sus planes -cosa que no me preocupa, porque él está planeando cosas todo el tiempo, hasta cuando no está planeando cosas-, ahora está pensando qué más regalarme. Sus opciones son pocas. Ya le dije que lo quiero a él, también con orejeras, pero está tan metido en sus planes que no me escucha. Viniendo de él, como sea, que tiene tan buen gusto y me conoce como nadie, lo que me dé, lo sé, me gustará, y cuando lo tenga en las manos diré "es el mejor regalo que me han dado, y ni siquiera sabía que lo quería".
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Todo mundo debería tener un Bolo. Deberían vender Bolos, sin embargo, en traje veraniego, en uniforme de Napoleón, con cola de diablo, con bigote de Dalí, sin oreja de Van Gogh, con mp3 integrado, montado en un pastor alemán, con celular, un Bolo narco, con su cuerno de chivo, sus pulseras de oro, su avioneta y sus lentes oscuros, o Bolos Tamagotchi, para alimentar, limpiar, cuidar, y, cuando se pongan muy roñosos, resetear. Los tres Bolos de mi cabecera son sencillos, pero magníficos. Con ellos, como con todo, llevo a mi niñez muy a flor de piel. Ahora, creo, será cuestión de ver el próximo año qué artefacto le agregan al muñeco, llegar con ojos de Gato de Shrek a pedírselo a Mi Ojosh, y ver cómo, acelerado y comploteador, corre a comprármelo antes de que alguien se le adelante. No lo conoceré. No lo conoceré.
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Me falta contarles la que me pasó cuando llegué al trabajo con el Bolo con orejeras en mano y una señora que trabaja en el departamento de pescados se me acercó y me pidió tocarlo. Se lo cedí, conciente de que, como ya dije, un Bolo nos mejoraría a todos el mal día. Y que lo agarra, y que lo abraza, y que, toda emocionada, me dice la desdichada: ¿Es el de la Coca Cola, edá?" ¡Sonamos!
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¡Salud!

La FIL que se nos viene.

Tienen que ir. Este año, de plano, tienen que ir. Aprovechen que no voy a estar yo ahí todos los días, recorriendo sus pasillos, oliendo sus páginas y sus tintas, deleitándome en sus conferencias, esforzándome por hacer preguntas inteligentes para elaborar artículos idiotas. No, ya lo dije, y con el dolor de mi corazón se los confirmo mientras ustedes quitan esa cara de albañil que compró la concha y le dicen que se acabó la Pepsi: este año, y para romper la rachita de tres consecutivos, no voy a cubrir la Feria Internacional del Libro en Guadalajara como periodista.
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Caigan truenos y centellas. Lluevan meteoritos. Elba Esther Gordillo se ponga guapa. No voy, no voy y no voy. La razón es igual de simple que dolorosa: este año, por afanes meramente profesionales, he tenido que dejar el periodismo de ladito -no en el sentido sexual del término-, y mis horarios laborales como cajero general no me permiten más que un día de descanso a la semana que, sin duda, destinaré a la Feria. Punto, fin. Dejen el trauma de lado y supérenlo. Es en mi vida un momento de stand by -no, no viene Los Ángeles otra vez, pero se me quedó lo pochito del año pasado-, y la FIL también sufrirá la pausa.
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He de vivirla, pues, como cualquier otro habitante de esta ciudad de cúpulas y camioneros: iré un sólo día, compraré dos o tres libritos, medio entraré a alguna conferencia si el tiempo me da lugar, y me tomaré la foto con algún escritor famoso desprevenido -mi experiencia me indica que vendrán Paty Chapoy, Ponchito y Brozo, que ya parecen Corín Tellado de lo mucho que publican-. Haré que Fernanda Familiar o Carmen Aristegui, o las dos, le autografíen su boina a Mi Ojosh -"¿y mi boina por qué, uleras?", preguntará el dueño de mis quincenas, que a estas horas no está haciendo otra cosa que servir cafés-, y compartiré con él medio bagette del nabo. Y ya. Luego me iré a mi casa, me tumbaré en mi camota de mil colores -no es una cama gay, aclaro-, y me tragaré media pizza de microondas y me zamparé medio bote de refresco, haciendo lo posible por desengentarme.
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Pero como sé que ustedes no son como el tapatío regular -sentí ñáñaras pensando en el tapatío regular-, y sí apagarán la tele para dejar de ver a Lagritaca y a Costel haciendo estupidez y media, y se lanzarán a la Expo a llenarse de letras, libros y kilómetros caminados, les voy a pasar una síntesis veloz, como ya es costumbre año con año en este Baile, de lo que van a poder ir a ver en al FIL si se animan, se ponen las pilas, y les entran ganas de dejarse seducir por los libros y su tropical encanto.
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Para empezar, dejamos atrás el spanglish y le damos con todo al español con nuestro invitado de honor 2010. Castilla y León, región de España que vio nacer al idioma que usted, yo, él, aquél, fulano, sutano y perengano hablamos, pisa la FIL en esta ocasión para darle a la más grande fiesta de las letras en nuestra lengua , un poco de historia, un mucho de tradición, yo otro tanto de literatura.
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La región invitada de honor va a traer harto vino, y lo va a degustar en una vinoteca que, nos tienen prometido, estará en su pabellón. Académicos de la lengua darán conferencias y charlas sobre nuestro idioma, plantearán sus orígenes y, quizá lo más importante como hablantes actuales, analizarán sus posibilidades, sus limitaciones y sus pasos rumbo al entorno cambiante de los años venideros. Habrá un encuentro de estudiantes de Salamanca, la universidad más antigua del mundo, y una plática sobre Miguel Delibes -ya iba a poner "con", y que me voy fijando que el académico de la lengua murió en marzo pasado-, que para que ustedes se vayan enterando, fue uno de los más aferrados defensores modernos del español.
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Habrá encuentros sobre gastronomía y literatura -porque los castillanos, así como escriben bonito, cocinan y producen unos quesos y unos vinos que se les van a caer a ustedes los dientes de tan fino bocado-, y presentaciones de libros, lecturas de poesía, remembranzas del camino de Santiago, la peregrinación católica más famosa del mundo hispano, y bien mucha -?- fiesta.
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En cuanto a lo de diario, ya se lo saben de memoria, pero de todas formas les antojo el menú: habrá presentaciones de libros, mesas redondas, encuentros y congresos, premios, FIL niños, muestras de danza, exposiciones de arte del país invitado de honor, un pabellón que, espero, estará bien 'ingón, y mucha, mucha gente. ¡Qué bueno que para eso también sepamos reunirnos! Miren que el boleto de entrada, que además ya se está vendiendo en preventa al módico precio de 10 pesos, sale mucho más barato que el del Estadio Chivas.
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Este Baile les pasa sus favoritos: no falten a la conferencia "Lo que dicen las palabras", con el siempre simpático y correcto Alex Grijelmo, al homenaje a Tomás Eloy Martínez, premio Rulfo que tuvo este año el mal tino de abadonar el barco a medio viaje, a la entrega del premio Fil de Literatura en Lenguas Romances -que este año es para Margo Glantz, ya antes Premio Sor Juana, dedicada investigadora y novelista sobre asuntos de género-, a la entrega del Premio La Catrina al caricaturista El Fisgón, al homenaje a José Lezama Lima, gran literato cubano, y, si gozan del cine, a la charla El Placer de la Lectura con Guillermo Arriaga, guionista favorito -mejor guionista que escritor- de Iñárritu -¿es Iñárritu o Iñarritu?- hasta recientes filmes.
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Si tienen abuelitos, o son ustedes ídems, no dejen de ir a las actividades que, por primera vez en su historia, la FIL organiza para nuestras cabecitas canas, desde presentaciones de libros hasta talleres -es como FIL niños, pero para más grandecitos-. Y si las muertes de tantas mentes deslumbrantes los cimbraron este año lamentable, tampoco falten a los homenajes que a Carlos Monsiváis y a José Saramago harán los más supremos dueños del planeta: los lectores, y en los cuales figurarán nombresotes como los de Sergio Pitol, Braulio Peralta y Pilar del Río, traductora y esposa del ídolo de las letras portuguesas.
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Y si andan ustedes muy ortodoxos -Doña Mago sí va-, no falten a la reunión de las 22 academias de la lengua española que en el marco de la FIL presentarán su gramática renovada -dónde, espero, se incluyan términos como "cuchiplanchar" y "colofox"-, su ortografía y sus diccionarios panhispánico de dudas y de mexicanismos y americanismos. Históóóórico, señores, históóóórico.
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Para los fanseses de Aristóteles Sandoval, ¿qué creen? Ta ta ta ta chaaaan. Pues sí. El ajonjolí de todos los moles, el Peña Nieto provinciano de pacotilla, estará en la FIL en una charla sobre la alternancia política en Guadalajara, en la cual, bravos, loas y aplausos, andará también rondando el inigualable José María Muriá, historiador de estas tierras de torta ahogada y Macrobús.
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Y como ya sé de qué pie cojean -con "e" intermedia, ¿eh? Tampoco se me alebresten-, y que por más que se las den de eruditos y cultos son harto faranduleros y su placer culposo es tomar la Tv Notas en la antesala del doctor y chutarse dos o tres chismes -cuando no se la esconden en el bolsillo y se la llevan a casa para espiarla antes de dormir-, sé que les caerá bien saber que vienen El Hijo del Santo, Mara Patricia Castañeda, Cuauhtémoc Cárdenas, Consuelo Duval, Guadalupe Loaeza y Martha Carrillo.
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Nos vamos a enfilar todos, y pobrecito el que se quede rezagado. Ya les dije que hasta yo, que este año me veo obligado a bajarle al fanatismo y darle sólo un espacio a la FIL en su semana, me voy a desprender de mi mundo de números y cuentas, voy a tomar de la mano a mi cobija de chinos y ojos, y lo voy a retacar de letras hasta que ya no quiera sopa -?- Hagan ustedes lo mismo. Vayan. Acompañados, solos, una dos, siete veces. Del 27 de noviembre al 5 de diciembre tienen ustedes su cita anual con los libros. No los vayan a dejar plantados. Miren que con lo mal que anduvo la economía, andan medio sensibles y llorones. ¡Vamos! ¿Qué nos cuesta? Yo les doy para el camión -de redilas-.
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¡Salud!
Faltan 25 días para la Feria Internacional del Libro en Guadalajara. Castilla y León, invitado de honor 2010. Ayquir.

lunes, 1 de noviembre de 2010

Ni justos ni pecadores.

Dicen los empresarios que la negativa de los alcaldes de la Zona Metropolitana de Guadalajara para aprovar el proyecto de transporte público Macrobús en una segunda, tercera y hasta cuarta línea -y las que le sigan-, responde a fines "electoreros". Y pueden tener razón: en una época en que las competiciones responden al acelere del resto de las actividades humanas, sus participantes son también más salvajes, más ciegos, más "electoreros". No importa cómo se gane, mientras se gane. Si la mayoría desaprueba un proyecto que bien podría ser benéfico, o una opción más que viable, importará más el apoyo que la mayoría me dé ahora -y, con un buen acto de nemotecnia vía campaña publicitaria, al 2012-, que el colapsamiento de la movilidad urbana -los ciudadanos nos movemos, pero no somos expertos en movilidad. Nuestra experiencia no es más que un saber empírico que en nada puede ayudar al establecimiento de una red verdaderamente eficaz del servicio público de transporte-.
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Dice el gobierno del Estado que la negativa de los alcaldes de la Zona Metropolitana de Guadalajara para aprovar el proyecto Macrobús desviará recursos que hubieran resultado elementales -y al parecer, insustituibles e irrepetibles- para el establecimiento de todo un programa de movilidad. Y puede que tengan razón. Los 580 millones de pesos que el gobierno federal ya no otorgará a un programa de transporte urbano, se pueden perder, y no habrá colecta popular que los junte -vamos, ni redondeando en las cajas de Soriana van a salir tantos pesotes-. Nos vamos a colapsar, argumenta el Ejecutivo, y puede que tenga razón. en una ciudad en la que a diario salen a las calles más autos nuevos que niños nacen -un niño por cada cuatro autos, dice la estadística oficial-. Y habrá que sumarle a su asustado argumento una verdad irrefutable: nos estamos volviendo cada vez más sedentarios, y le hemos agarrado tirria a la bicicleta y la caminata, que podrían alivianar en mucho el asunto de la movilización citadita.
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Dice la ciudadanía que el Macrobús no le gustó, y que, como a Doña Naborita, lo lógico después de decir "nomegusta, nomegusta, nomegusta", es pedir un cambio inmediato del servicio mal otorgado. Y puede que tenga razón. La primera línea se impuso desde Palacio de Gobierno, y se esperó que sus terminales de diseño vanguardista -parecen naves espaciales a punto de despegar... o en su defecto, antros de mediana categoría-, sus unidades nuevecitas, y su recorrido único y rápido, gustaran a todos por igual, hubiera carnaval, festejo, loas y vivas para Emilio, gran pensador mexicano, y todo su séquito de asalariados. Pero no. No pegó. Más que eso: hizo sentir a los tapatíos tomados por el pelo, tratados de mensotes y obligados a moverse como vacas en redil. Nada de lo que el gobierno del Estado planeó para su aceptación funcionó, y ni con el uso de la fuerza pudieron detener las manifestaciones públicas del rechazo al proyecto y su eventual expansión. Nadie creyó las supuestas encuestas pegadas en el Tren Eléctrico, asegurando su total respaldo ciudadano, ni en el discurso repetitivo de nuestro -seudo-gobernador del Estado argumentando una, y otra, y otra, y otra vez, que el Macrobús era la onda. Mi Ojosh, que viaja en él, dice que es en resumidas cuentas malo, y que cuando hay horas pico, pasa de malo a pior -él no dice así, porque es muy correcto al hablar, eso lo digo yo-. Eso mismo lo repiten miles de usuarios, y su eventual desarrollo hacia Zapopan y Tlaquepaque, ocasionó el repudio anticipado de zapopanos, tlaquepalquenses y caxcanes.
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Dicen los alcaldes en cuestión que ellos no han hecho más que responder al llamado ciudadano. Y puede que tengan razón. La negativa hacia el Macrobús es evidente, y no hay que ser un agudo observador de la cotidianeidad para saber que al BRT nadie lo quiere, y que el rechazo a su ineficacia va lamentable y fatalmente vinculado con el rechazo a la actitud avasalladora, mutilante y castrante que ha caracterizado a un gobierno del Estado que impone, se hace el sordo, el ciego y el mudo -a conveniencia-, y obliga al transporte según intereses que han demostrado ser más cercanos al amiguismo, la falta de transparencia y la defensa de los bolsillos de unos cuantos hombres importantes, que a la ciudadanía y sus necesidades. El rechazo al Macrobús no es entonces sólo el rechazo hacia un sistema de movilidad que ha fracasado en su primer round: es más bien el total repudio a un gobierno estatal ineficiente, babosón y alelado, que pega sin ver y todavía se defiende arguyendo "intereses superiores". ¡Bah, pamplinas!
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Dicen los transportistas que no se pude confiar en el gobierno del Estado, y en que sus intenciones sean favorecedoras. Y tienen razón. El gobierno estatal les ha temido y, como padre asustado ante la conducta irreverente de su hijo adolescente, ha terminado por chiquearlos, convirtiéndolos en verdaderos apoderados de la movilidad urbana, ya no en concesionarios sino en propietarios, dueños y señores de nuestros kilómetros y nuestros destinos, pero también es cierto que los administradores de toda la hacienda no han sabido tomar el sartén por el mango y hacer gobierno no sólo con eficacia, sino además con transparencia, organización y responsabilidad, sin contratos cedidos ni concesiones fantasmas. Hoy, ya nadie confía en los gobernantes, ni en sus políticas, ni en sus intentos. Hoy ya nadie da voto de confianza, y nadie está dispuesto a esperar resultados. Hoy, o las cosas funcionan desde antes de hacerse, o no dejamos que se hagan.
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El problema de la movilidad nos compete a todos. A ti, que tomas el camión, a ti, que tomas el tren, y a ti que prendes tu auto y te despreocupas de los que andan a pie. Nos corresponde a quienes vivimos en Guadalajara, y a quienes nomás la visitamos. Nos toca a empresarios, gobernantes, alcaldes, transportistas y ciudadanos. Porque no dejamos de movernos, y como andantes tenemos todos el derecho a exigir medios de transporte rápidos, eficaces, económicos y seguros, pero también adquirimos una inminente responsabilidad, la de hacer que esos medios sean posibles, y no sólo un sueño que rechazamos también, cabe decirlo, por nuestro triste miedo al cambio y la renovación. "¿Para qué, si así estoy bien?", se pregunta la señora que toma el camión en la esquina de su casa, el de la ruta que pasa cada quince minutos, ignorando que, con un poquito de incomodidad, podrá tomar uno que pasará dos cuadras después, pero cada tres o cuatro minutos, y la dejará en tiempo récord en su destino. Piensen, tapatíos, es cuestión de arriesgar.
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¡Salud!

Cinco calaveritas de azúcar.

Ha de ser bien feo estar muerto. Mi padre, siempre dado a mejorar las cosas cuando mal andaban, aseguraba lo contrario: debe estar bueno el asunto... por algo no ha regresado nadie de allá. Yo más bien creo que eso sucede porque no los dejan salir, pero mejor no contradigo la palabra de los ancianos y me quedo tomándome mi Nesquik. Doña Mago, en cambio, habla de la muerte con la dicha, dice, que le atraerá "encontrarme por fin cara a cara con mi padre Dios" -claro que no parece preguntarse si Dios la quiere ver a ella cara a cara-. Por sí o por no, a los mexicanos nos es dado celebrar estas fechas con la alegría y la devoción que le ponemos a todo lo que hacemos -cuando lo hacemos-. Y aunque la muerte nos siga tomando desprevenidos, y hasta nos haga llorar, el dos de noviembre hacemos una tregua, la abrazamos, le cantamos, le ofrecemos comida y hasta le dedicamos poemas. Yo, que soy muy malo para la poesía, prefiero dedicarles una entrada a todos aquellos que han pasado a mejor vida este último año, o, para no extenderme demasiado, a los más destacables. Venga, pues, su calaverita, en memoria de los caídos.
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El Macrobús. Ese será tema de otra entrada, pero su línea dos ya fue sepultada por los alcaldes de los municipios de la Zona Metropolitana de Guadalajara. Ante el fracaso del primer corredor del Bus Rapid Transit -autobús de tránsito rápido, para quienes apenas superaron el español-, la ciudadanía se lanzó en contra de la posibilidad de que se hiciera un segundo intento, y desde Palacio de Gobierno tuvieron que ver cómo los jefes en mando de las entidades municipales que forman la mancha urbana que es ya esta terrible ciudad decían "no", se cruzaban los brazos y, como Comala en Pedro Páramo ante la indiferencia del cacique, todos los interesados se iban muriendo de hambre. El rechazo respondió, dicen, a la voz ciudadana que en fugaces encuestas aplicadas en los principales cruces viales de la ciudad manifestó tu total rechazo a que varias avenidas sufrieran la imposición del armatoste de la Calzada. Ni modo, Emilio. Ni modo, señores empresarios. Van a tener que pensar en un proyecto que gane electores, gane voces a favor, y sobre todo, gane ciudadanos.
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Manuel Espino. Su fugaz intento por lanzarse a la candidatura para la presidencia de la república por su partido, Acción Nacional, quedó en un intento, un susto tremendo de sus compañeros, y una expulsión del grupo político. Señor Espino, a mí y a todos los agregados culturales de este Baile nos sorprende su inocencia: ¿apoco creía usted que ser el "oficial" rumbo al 2012 iba a ser tan fácil como abrir una barra de pan Bimbo -dice Doña Mago que en sus tiempos era harto complicado, porque el empaque era de celofán, y que era común que, después de luchar con uñas y dientes para la apertura del mentado producto alimenticio, en sucesión de escenas tipo Mortal Kombat, uno terminara por abrir una bolsa que contenía adentro nada más que migajotas-? ¿Apoco creía usted que con decir "yo voy" iban los demás a quedarse sentados viendo cómo contestaba el teléfono con llamada exclusiva desde Los Pinos? ¿De veras lo creyó o lo suyo fue solamente un suicidio político? ¡Nah! Nos está usted cuenteando. Porque si no, vaya, señor Espino, lo creía más entrenadito.
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La lucha contra el narco. Ésa murió mucho tiempo atrás. Nació muerta, y el develamiento de su total fracaso horrorizó a sus partidarios y a sus opositores por igual. Ahora, desde Los Pinos no sólo se intenta fortalecer la idea de su éxito, sino vender su perpetuación. Felipe Calderón intenta, con spots bastante, bastante mamucos como el del regimiento que camina por las calles de un pobladito tipo Tangamandapio mientras todos sus pobladores, la tortillera, el vendedor de globos, y hasta el cura pederasta, les aplauden, hacernos creer a todos que va bien, va bien, y va a estar mejor, y con eso comete un doble y gravísimo error: tomarnos por mensoides, y demostrar que lo somos. Esa guerra está perdida, y la legalización de la marihuana en California, así como la creciente aceptación de la idea de que ciertos estupefacientes se comercialicen legalmente en distintos estados de la Unión Americana, no hace más que evidenciar la carencia de una política pública eficaz en torno al problema, pues las actuales, lejos de frenarlo, lo han entregado al populacho aplaudidor hasta cansarlo -es como cuando la mala se convierte en el papel más explotado por la producción de una telenovela, y termina por cansar a todos-. Va mal, va mal, y va a estar pior.
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Los partidos Socialdemócrata y Convergencia en Jalisco. Su rotundo fracaso en las pasadas elecciones los dirigieron derecho al altar de muertos, y sin coplas para cantarles en memoria. Su caso es tristísimo, pero producto del desarrollo natural de toda democracia madura: llega un punto en el que todo lo que le estorbe, será eliminado. El pensamiento de los jaliscienses no empatizó nunca con las revolucionarias pero mal expuestas ideas del Socialdemócrata, que tapizó los camiones públicos con slogans que erizaron la piel de los pobladores de una ciudad acostumbrados a que les hablen en diminutivo, y con escalas. La natural seriedad de estos pobladores jamás vio con buenos ojos aquello de "Naranjanaranja", con lo mal que les caen los festejitos. Su lucha por los votos terminó en un triste final, y un llamado a futuros actores políticos a la mesura y el recato -ya los vamos perdiendo, tarde, lentamente, pero ya vamos-.
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El Jefe Diego. Si usted lo ha visto, repórtelo. Es hora que no sabemos nada de él, y como que a los medios les dio cus-cus investigarle. No vaya a ser que en una de ésas nos topemos con algo grande, y para qué quieren. Depsués de todo, en este país de ejecutados y desaparecidos, ya nada se puede saber, es mejor que ya nada se sepa. ¿Qué desayunó usted hoy? Sabe. ¿Compró su lotería del bicentenario? Sabe. ¿Le gusta el arroz con popote? Sabe. Así está mejor. En la isla de la ignorancia se desconoce la preocupación, y si a eso le agregamos una barra de novelas de seis horas diarias, ¡aguuuuusto!
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¡Salud!