viernes, 1 de octubre de 2010

Primer día.

Tu voz hace un imperio en el espacio
Y esa mano que se levanta en ti como si fuera a colgar soles en el aire
Y ese mirar que escribe mundos en el infinito
Y esa cabeza que se dobla para escuchar un murmullo en la eternidad
Y ese pie que es la fiesta de los caminos encadenados
Y esos párpados donde vienen a vararse las centellas del éter
Y ese beso que hincha la proa de tus labios
Y esa sonrisa como un estandarte al frente de tu vida
Y ese secreto que dirige las mareas de tu pecho
Si tú murieras
Las estrellas a pesar de su lámpara encendida
Perderían el camino
¿Qué sería del universo?
(Altazor, Vicente Huidobro)
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Le he dado el mejor año de mi vida, y es hora que no me arrepiento. Con él salí del clóset, pero también salí a las posibilidades infinitas del amor, la fiesta, la paz y el regocijo. En un año diametralmente menos convulso que los tres anteriores, por ejemplo, me he sentido más acompañado, más cuidado, más protegido, más soportado. Más reafirmado. No porque antes de él no supiera a ciencia cierta -¿qué ciencia es realmente cierta? Dilemas del habla común- quién soy, a dónde voy, por dónde ando, “cómo ahí qué”, sino porque ahora que está él, sus ojos, dos enormes espejos cafés como el otoño, me permiten reflejarme de una manera fantástica. Entonces entiendo que no es que el amor no existiera, sino que yo andaba perdido buscándolo en los basurales. Él también lo buscaba. La cosa está en que nos encontramos buscándolo en el mismo basural, y en una última observación aceptamos que ya lo teníamos entre las manos.
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No es garantía de nada, lo sé, pero mi familia –ya les he dicho yo que familia no es la que la naturaleza da, sino la que uno elige-, lo aceptó de inmediato, lo arropó y lo relacionó conmigo mejor que a Evita y Juan Domingo, o a Maradona y la mano de Dios. La opinión pública, conformada por críticos aferrados y punzantes, ortodoxos y radicales, como El Gerber –que ayer cumplió 21 años, y es hora que no se repone del golpe-, La Traviata –que desde que vio a Mi Ojosh dijo “ése es, no lo dejes ir”-, La Zucaritas –que ahora, con lo poco que nos vemos, es un recuerdo delgado y peludo en mi memoria-, y La Wendy –que está medio cíclica con eso de los galanes y es hora que no sale del Génesis, eligiendo puro nombre bíblico de primera generación-. Otra cosa similar hicieron mis hermanos, los de sangre, que se limitaron a confirmar que no fuera mi elegido un cholo, un gañán con arete en el glande o un tatuado que anduviera en moto –no es que el mayor de mis hermanos, la mayor de mis hermanas, o La Buba, tengan algo contra la gente tatuada que anda en moto, pero temen por mi seguridad en un vehículo de dos ruedas-.
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Ahora, superados los primeros doce meses, tenemos una relación más seria, más específica, pero también más digna. Hemos construido lo que nos prometimos en un primer momento: un rincón en mitad del cielo, con vista a la ciudad nocturna, una buena hamaca, dos cocas Light y una cobija azul por si el abrazo no es suficiente para mitigar el río en las alturas. ¡El abrazo! ¡Qué abrazos! Nadie abraza jamás como abraza Mi Ojosh, terror de los baristas y maravilla de los guapos. Con ese par de brazos, yo en su lugar ya habría conquistado el mundo, o mínimo puesto de buenas a todos los desposeídos –aclaración al margen: no sería para nada de mi gusto que a mi cobija de chinos y ojos le diera por abrazar a cuanto changoleón se encontrara por la calle. Hablo en sentido figurado para describir la maravilla de sus brazos. Fin de la acotación-.
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Ahora también tenemos más confianza, más comunicación, más conocimiento, más deseo. Y ahora también he logrado fabricar teorías sobre el amor y la relación de pareja que sólo una como la que tengo con Mi Ojosh me pudo inspirar: una relación amorosa funciona cuando hay dos corazones inequívocamente unidos a dos almas, dos cuerpos, dos mentes y dos manos. También puede haber dos bocas, y el asunto se pone más delicatessen, pero si se besan con los ojos, con las manos, con las almas, dejamos de un lado la humedad, y nos vamos poniendo más eternos.
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También tenemos más acuerdos. Como ya nos dimos cuenta que dentro de las similitudes que nos hermanan tenemos diferencias que podrían separarnos, las derrocamos por bárbaras y tendemos sobre ellas puentes de civilización. A toda desavenencia, vendrá siempre un acuerdo que, en esencia, será un punto medio acordado para futuros desencuentros. Así no gana nadie, pero triunfa la relación, que, finalmente, es nuestro principal ardid.
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Súmenle el lamentable hecho de que mantener una relación homosexual en esta sociedad nuestra tan horrorosa, tan inequitativa, tan grosera, es ya de por sí una hazaña, y si el pastel sobrevive y se infla, estarán ante una verdadera proeza. Lo nuestro, como en un primer momento él adoptó la expresión, ha leudado como pan caliente. Nos han perseguido los policías, nos ha instigado la moral cristiana, nos han mirado feo el intolerante y el ignorante –que casi siempre son la misma persona-. Y he aquí que estamos los dos ante una relación que a veces nos sorprende de tan firme, de tan clara, de tan equilibrada. No estamos diciendo que durará para siempre, pero sí hablamos de que se ha puesto bonito, bonito, como una rosa recién despierta, y que tanto abono le seguimos poniendo día con día, que nada nos indica que vaya a cerrarse en próximas fechas. Dentro la estructura, hemos formalizado una serie de órganos y ritos que no sólo la mantienen viva, sino que la hacen autosustentable.
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Pero a un año hay también duras decepciones. Nos ha decepcionado esta ciudad, que cada vez es menos nuestra patria y más un estorbo lastimero, nos han decepcionado nuestros padres, y nuestras familias han tenido que redefinirse, en ocasiones con llanto de por medio. Nos hemos tenido que quitar la piel, y luego cicatrizar a fuerza de empujones y pujidos. Las dolencias de lo que nos rodea, nos ha obligado a reforzar la relación y alejarla del resto de las cosas del mundo. Por eso nos han culpado de alejados, enajenados, antisociales, ególatras y petulantes. Es cierto. Nos hemos visto forzados a crear el búnker y cerrar las puertas para que el centro, el punto y la palanca, seamos sólo él y yo, con unas ganas terribles de no fallar.
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Y de todo ese enfrentamiento, de las palabras altisonantes, las groserías, los desdenes y los reclamos, hemos saliendo siendo más nosotros mismos. Hoy me reconozco más que antes en él, y él lo hace en mí. Nuestra relación ha sido nuestro personal: ha redefinido nuestro valor como individuos, lo ha limpiado, le ha dado más brillo. Ahora mis defectos son cada vez más sólo elementos dificultuosos de mi carácter, y gracias a mi visión él también a apreciado más su terquedad, su lentitud, su sangre liviana, y ha aprendido a defenderla. Yo no lo quiero diferente, lo quiero nada más más claro en mi cabeza y en mi espíritu. Quiero entenderlo cada día más, y que entenderlo me haga amarlo y admirarlo, más de lo que ya lo hago.
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Entre graduaciones y cambios de trabajo, hemos reforzado el valor de la pareja y nos hemos comprobado una y otra vez que estar solos ya no es una opción. Yo no me hago ya sin él, él no se hace más sin mí. Juntos, con nuestros mundos, nuestras geografías, nuestras fallas, nos hemos tomado de la mano para crear algo nuevo que nos salve de este mundo cada vez más convulso, más ininteligible. Y nos ha funcionado, al grado de que ya no hay para mí dulces tan evocadores del apetito como sus besos, sus palabras, sus caricias. De su mundo, que era otro, aprendí que a veces todo va mejor si va despacio, si se piensa, si se contempla, si se reflexiona, si se ofrece. Aprendí a tolerar, a escuchar, a cocinar un poco más. Pero aprendí también que nunca somos los hombres lo suficientemente distintos para no encontrarnos en las diferencias. En el fondo, está la igualdad, y la igualdad sumada a la diferencia constituye la complementariedad, que, dígalo la doctrina que lo diga, sí existe entre sexos iguales.
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Hoy Afrodita se me aparece y me otorga tres deseos. Uno es valor. Se requiere valor para amarse en estos días. Corren malos tiempos para los que se aman, para los soñadores. Es necesario todo un ejército de fuerzas básicas para encarar a los separatistas, a los infieles, a los intrigosos, a los estúpidos, a los irrespetuosos, a los controladores, a los ociosos, para que, al final de la guerra, sólo quedemos dos en un abrazo. Otro sería deseo. Que nunca nos falten las ganas, las necesidades, las satisfacciones, los detalles, los impulsos. Que la relación siga latiendo con sístoles de entrega y diástoles de gratitud. Que yo siga sintiendo mariposas cada vez que pienso en él, y él siga vibrando cada vez que mi piel roza la suya. El último será la salud. Que no me fallen las piernas para correr con él, que no le fallen los brazos para cargarme en la tempestad. Que mi corazón siga llevando sangre a mi cerebro para poder pensar en él. Que sus pulmones lo sigan oxigenando para que no me falte su calor. Que no nos fallen las manos para seguir llevando el pan a la mesa. Lo demás, la sociedad perfecta, el acompañamiento de la familia, el carro, las mascota y la sirvienta, pueden faltar, y nada.
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Sólo me queda para Mi Ojosh un tremendo gracias. A él y a la vida, que lo puso en el mismo basural, buscando exactamente lo mismo que yo: un territorio para construir entre dos castillos de sol, mares de nubes y ritos de amor. A pan, y a cebolla.
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¡Salud!
PD: Ahora un girasol ilumina mi día. ¡Qué cosa más bonita es un girasol! ¡Qué cosa más perfecta es sentirse amado! Ruedan sus pétalos ámbar en mi corazón.

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Agus, a mí no me consta que Tu Ojosh sea todo eso que dices, pero eso no importa, porque lo evidente, lo irrefutable, innegable y maravilloso, es que ambos están enamorados.

Alejandro Bercini dijo...

Pues felicidades a los dos, en horabuena por encontrarse en aquel basural.

Amén por tus palabras, que bien que te quedo el penúltimo párrafo (sin contar el PD obviamente)

Felicidades por atreverse a amar en tiempos de la tempestad, en plena Inquisición del Siglo XXI con nuetras eminencia (nótese el sarcasmo) del Carndela Sandoval "El gran imbécil" Iñiguez, incitando a los feligreses a ir contra el matrimonio gay, la concepción in vitro, el condón, el aborto, la eutanasia, etc. So pena de irse derechito al infierno.

Da gusto leerte feliz, mi estimado compañero blogueril, y en verdad deseo te sea perpetua la dicha e innagotable la felicidad.

Salud! un abrazo!