sábado, 9 de octubre de 2010

Los muchachos alegres.

No, no, muchachos, no. Eso que han hecho ustedes es una barbaridad, una ofensa, un agravio, un salvajismo. Han caído en la desgracia, han acribillado al país. ¡Pero vamos! Hacer eso en esta nación de las buenas costumbres, las buenas conciencias, la familia defendida, la tradición irredenta, el aborto prohibido, los temas tabú -que afortunadamente son tabú, ¡si no, imagínense qué espanto estar escuchando que se habla de ellos en la calle, en el café, en los parques... en la sobremesa!-, la moral, la religión y la mayoría católica. Han caído ustedes de mi gracia, de la gracia de todos los mexicanos, de la gracia de Dios, que es la gracia más lamentable por perder. Nos han avergonzado a todos los mexicanos de buen decir. Y ahora, con la cabeza agachada, ya no sabemos para dónde hacernos.
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Eso de hacer una orgía es de muy mal gusto, muchachos. De muy mal gusto. No, no, entiendan. Esta nación está construida sobre parámetros morales sumamente lejamos a lo que ustedes hicieron. Nuestras leyes descansan sobre el tibio y manso lecho de la religión, la moral, la espiritualidad, la conciencia limpia, la razón pura. Los mexicanos somos, por nuestras leyes, como niños que con álbeos trajes acuden presurosos a recibir la comunión, los sacramentos, que entran y permanecen perpetuamente en unión con nuestro Padre. Si no, ¿cómo, muchachos? ¿Cómo le hacemos? ¿Para dónde vamos como nación si no es con un pastor que nos guíe por el camino del progreso sin soltar la mano divina?
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Eso de meter prostitutas a la fiesta, muchachos, no, no, no muchachos. ¡Qué escándalo! ¡Qué horror! Ustedes, casados, comprometidos, o solteros, lo que es peor, porque sin mujer en unión bendecida por la bondad de nuestro Padre, o nuestras santas leyes civiles, están llamados a la santidad y la castidad, ustedes, hombres de buena fe, ídolos de nuestra juventud, imagen de heroicidad moderna, herederos de la tradición de nuestros mártires, ¿ustedes, ejemplos de masculinidad cristiana, con prostitutas? Digo, uno entiende, debe entender, que son ustedes hombres jóvenes, vigorosos, en edad de procreación, con cuerpos atractivos, atléticos, con necesidades correspondientes a sus características, necesidades también, digo, por qué no decirlo, sex..., de la carne, necesidades de la carne, de la satisfacción de los deseos. Pero no, no muchachos, llamados a la santidad están también llamados al decoro, a no ser una veintena de bestias salvajes que se arrastran nomás por los suelos en la inmundicia del pecado y la ofensa a la moral, en los desechos corporales, entre el sudor, las secresiones, las excresiones, las delicias del... no, no, las inmundicias, las inmundicias del placer.
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Imaginen a la pobre madre que ahora tendrá que quitarle a su hijo las camisas de la selección, autografiadas, el balón, la máscara del Chicharito -que no estuvo en el festejo, pero el castigo irá parejo-, la jorobita de Cuauhtémoc. Imaginen su bolsillo, su pobre y de por sí raquítico bolsillo de madre mexicana, ahora gastando en historietas de Kalimán, de El Santo, ahora que ya no quiere para nada que su adorado engendro, criado, como lo fueron también ustedes, ingratos, en un hogar católico, normal, por un padre y una madre comprometidos con la fe, los valores, la moral y la pulcritud espiritual, con roles bien definidos, y no esos nuevos hogares que plantean los sodómicos, tan tristes, tan apocalípticos, tan condenables y detestables, que no serían hogares, sino centros de difusión de la doctrina del mal, infiernitos terrestres, proclamadores de la enseñanza satánica y expansores de la inmoralidad y la antinaturalidad, digo, porque la madre comprometida ya no querrá para nada que su adorado querubín se diga seguidor de una selección nacional de futbol a la que han carcomido los placeres y los vicios de la carne, los demonios del dinero y la concupiscencia, que no querrá en lo absoluto que siga su ejemplo, sino que forme una familia católica, fiel, feliz y difusora de no otra doctrina que la de la fe y el amor a Cristo Jesús y a la Patria mexicana.
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¡Pero qué descaro el de Carlos Salcido, hombre de familia, casado, con dos hijos, que llevó a la mentada fiestecita a un travesti! ¡Sí, sí, un travesti, muchachos, porque aunque la rubia, o el rubio, ya no sé ni qué, se hiciera llamar Yamille, estuviera de buen ver y no diera el gatazo, y uno, si la viera por la calle, hasta le chiflaba, bueno, yo no, digo, sino uno de esos léperos inmundos que por todos lados abundan, era nada más y nada menos que un hombre con pinta de mujer, un heredero del mal, un artífice de Satán y un derrochero de maldad y perdición! ¡Qué horror! ¡Qué pavor! ¡Qué circo de bestias! Lo que tiene uno que vivir para venir a ver esto.
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Y que lo hicieran cuando sus puntajes andan tan mal. Cuando su rendimiento viene de mal en peor. Sí, ya sé que dicen que ya no era la concentración, que tenían todo el derecho de salir con quien les diera la gana y andar por la vida haciendo y deshaciendo como se les antojara, al modo de sus más ocultos placeres. Pero no es justo, muchachos, que en sus ratos libres olviden que son figuras públicas, y representantes de todo nuestro pueblo. ¡Qué pensarán los alemanes, los brasileños, los españoles, tan derechitos, de sus torcidas acciones! ¡Qué horror nuestro nombre patrio regado por el suelo como prostituta ebria, y en pleno bicentenario!
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Muchachos, yo los insto, los invito, a que retomen el buen camino. El camino de la cristiandad y la moral. Siempre habrá un par de brazos abiertos para cuando así lo decidan. Pero tienen que ser ustedes, y no nuestra respetable, leal, honorable sociedad, la que los conmueva. Ustedes, poseedores del libre albedrio que Dios y las leyes les han dado, ustedes deben optar por el camino de la salvación y defender su fe y su conciencia. Si no lo hacen, estaremos ante el triste panorama de una juventud que prefiere disfrutar... digo, este, perderse, perderse en el pecado y el error, en la difamación y la ofensa, que salir avante en sus actividades y su fe, defender la legalidad y la ortodoxia a través de su ejemplo. Muy mal, muchachos, muy mal. A la próxima, mínimo, inviten.
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¡Salud!

1 comentario:

Butterflied dijo...

¡DIOS! ¡No sabes cómo me ha alegrado leer tu comentario!

Perdí toda la información que guardaba en el blog en uno de los cambios de plantilla. Todos los blogs que seguía, los enlaces que tenía (entre ellos el de este blog) y muchas más cosas que no pude recuperar al cambiar también de ordenador.

Y al haberme comentado, me has recordado esta página por la que pasaba con tanto gusto y que sin duda retomaré.

Espero que todo haya ido bien en este tiempo. Un abrazo enorme.