lunes, 4 de octubre de 2010

La oficina.

Somos seis, cuando se juntan los dos turnos, en una oficinita de tres escritorios, cinco por dos, llena de papeles, ligas, plumas, billetes y contadoras. Si no hay malas relaciones entre los habitantes de esa pagoda que nos sirve de oficina, sí hay poco aire para que las ideas fluyan siquiera cadenciosas, ya no digamos corran, se eleven, crezcan –se detendrían en el ducto del aire acondicionado, que es tan grande para una oficina tan pequeña que en dos minutos que lleve prendido ya nos estamos congelando-.
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“Y que llego a la caja cinco y una doña no me quería dejar retirar”. El George, que se las da de cholo pero llega sólo a buen reguetonero. “Le hubieras dicho que se traba la caja, o algo, no sé”. El Gonza, que es el jefe, pero su función se reduce a dar la cara ante gerencia de los errores de todos y buscarle sus intríngulis al sistema para hacerlo funcionar a favor de los cajeros. Por eso se la pasa huyendo de las llamadas y los radios, cuyas frecuencias lo acechan como Tom a Jerry –sólo que Tom se llama Gabriel, y administra la tienda (ajá), y Jerry no es orejón, sino gay-. “¡Ay, yo quiero albóndigas!”, La Pau, que tiene más pelo que un Pelón Pelo Rico exprimido hasta la base. “Oye, Pau, ¿este retiro lo anotaste en la tabla?” La Yoli, embarazada gemelar de siete meses –que ella siente, por ser dos, como diez años-, y a quien todos tratamos como a nadie, porque nos imprime respeto, y porque da los mejores consejos y cuenta las mejores anécdotas-chismes de toda la tienda.
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“¿Quién dio el cierre anoooooche?” El Gonza reclama desde su escritorio. La oficina tiembla. Alguien la cajeteó, y conociendo al sistema, y al burocrático modus operandi de La Cómer, nos va a costar bien caro –con cargo a nómina, claro está-. “¿El cierre de la tienda? El cuatro –que es Gabriel, o Tom-“ “Nooo” Como El Gonza tarda en terminar su idea, nos da tiempo para revirar. “Sí, te lo juro, yo vi cuando puso el candado” “Nooo, el cierre electrónico” “Aaaah. Yo, ¿por qué?” “Miiija, no generaste la ficha” “?” “Tampoco contaste las fajillas” “?” “¿Ni rotulaste las hojas?” “?” “¿Pues qué hiciste?” “Me pinté las uñas, ¿verdad que me quedaron bien bonitas?” “Oye, Pau, ¿y sí mandaste Panamericano?” “?”
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El Oswald entra. Es el quinto elemento. ELlegó cuando Tom se hartó de que por la oficina administrativa de la tienda entraran y salieran cajeros que a lo mucho que llegaron fue a demostrar que sabían contar, y ya. Pero El Oswald, muy amigo de gerencia, entra y sale nada más. Cierra la tienda, cuenta rápido, nunca platica más que con ésta su pluma, que sí le sigue la plática curiosa. Y es que a mí me encanta la gente curiosa, porque me recuerda esa necesidad innata del hombre de saberlo todo, que es lo mismo que me gusta de Sor Juana, de , de Mi Ojosh. Por eso cuando entra todos callan, esperando quizá que diga algo, y cuando se va regresa la charla.
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“Y luego, en la caja seis, un bato me preguntó si me dejaba largas las uñas porque era joto”. El George dice que no puede contar billetes si no tiene uñas largas. A La Vero, que nunca ha pisado esa oficina ni lo hará, eso le parecería una aberración, una antinaturalidad, una ñáñara condensada. “Y que me habla ayer el pinche gordo –cuando está de buenas, La Pau convierte mágicamente al “pinche gordo” en “mi amorsh”-, y que me dice que me ama, que me pide disculpas, que soy lo mejor que le ha pasado. Aaaaah”. “¿A poco?” Eso me gusta de La Yoli. Nos hace creer que nos cree todo, pero todo lo maneja como chisme, lo que la defiende de andar tomando posturas particulares y defender a justos por pecadores.
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En la caja dos una señora ha dicho que qué suerte, que diario le toca a ella estar formada cuando llegan a retirar. Si contáramos las veces que oímos esa misma frase a la semana, y nos dieran un peso por cada una, mi quincena no llegaría tan raquítica y mi cobija de chinos y ojos y yo podríamos ir todas las noches a bailar al Veracruz –mentiras, él no baila, y a mí la salsa me gusta nada más para ponerme hombreras-. En la cuatro, el cajero tardó tanto contando los vales que se retiraron rápido y en el sistema no cuadraron, sobrando diez, con el problema doble de que si nos sobran a nosotros, le faltan al cajero, y de que hay que volvérselos a retirar al individuo. En la seis, una señorita se quejó con el gerente de que nos tardamos mucho, y ahora el teléfono suena y El Gonza lo ignora. “Gonza, contesta” “Ay, no, ¿y yo por quéééé? Que conteste Agus”. Yo estoy contando monedas. Una máquina tan vieja y tan trabada que presumimos contó las diez monedas de plata que mandaron al cadalso a Jesucristo. “Ay, anoche no podía dormir. Mis niños no me dejaron”. La Yoli se acaricia su barriga monumental. Delgada, con los meses ha pasado de parecer una hormiga que se ha comido un chícharo, a convertirse en una hormiga que se ha comido una sandía de Miércoles de Plaza, misteriosamente pesada, de a cincuenta centavos el kilo. Presumimos que está a horas de tronar, y si así sucede, en esa oficina pagoda, será el asunto tan caótico que el convulso mundo de la nota roja verá a los primeros seres humanos ahogados en líquido amniótico, a las dos primeras creaturas nacidas no acuáticamente, sino amnióticamente, y al primer grupo de cajeros generales empapados bajo techo.
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“Tenemos que hablar de eso. Yoli no tarda en irse y vamos a tener que modificar los horarios para poder cubrir su lugar”. “Pero si Yoli puede seguir magníficamente. A excepción de que se duerme contando vales, o de los dolores mínimos que le han dado, está de maravilla”. Eso lo ha dicho Tom, pero ninguno de los que estamos en la pequeña oficina de ladrillo y vidrio le hemos dado crédito. La Yoli, a ciencia cierta, está que truena. “Bueno, bueno, yo me vengo en la mañana y que Agus se venga en la noche” “No, porque el del transporte no lo lleva y necesitamos que alguien se quede hasta el cierre” “Entonces Agus se viene de intermedio, yo en la noche y Osvaldo en la mañana” “No, porque Osvaldo no puede abrir, vive bien lejos y no llega” “Bueno, entonces Agus se va a Bocato a hacer tortas, yo me vengo en la noche y tú en la mañana” “No, yo renuncio”. La Pau, que si contáramos las veces que ha dicho que renunciará, y nos dieran un peso por cada una, ganaríamos más que si contamos las veces que la gente nos sale con eso de “qué suerte, diario me toca a mí” cuando llegamos a las cajas a retirar los valores. En esa oficina no hay acuerdos, sino ocurrencias. Y la más aplaudida, gana.
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Haga patria. No se ponga de malas cuando lleguen a retirarle a su cajero. O, en defecto, lleve usted su propia caja a todas partes y déjese de cosas. Suficiente trabajo tenemos ya con parir gemelos, renunciar y rehuir gerentes, como para, encima de todo, como cerecita agria de pastel deshecho, tolerar sandeces.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Y esto lo que yo llamaría "literatura mexicana", me suenan y resuenan los chavos de la onda y hata el mismo José Emilio Pacheco "Presta".