domingo, 31 de octubre de 2010

El telar de Penélope XIV.

La vida es un constante retorno. El regreso cíclico es demasiado complejo como para iniciar con el nacimiento, y es hora que los seres humanos no nos animamos a creer que termina con la muerte. Por eso nos inventamos reencarnaciones, cielos, infiernos y limbos, a los cuales va uno a parar cuando las funciones vitales ya no dan de sí, para volver a empezar. Porque el viaje nunca termina, y lo que pensamos el final, es sólo el comiezo, sólo un regreso más al inicio.
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Hoy, mi Ulises regresó a su Ítaca. El sudario, que ya tejía y destejía yo cada noche para evitar con la llegada del amanecer la imposibilidad de la concresión de su retorno, ahora no es más que un montón de hilachos dejados a su suerte junto al lecho que nos cobija. Porque hoy, además, no hace falta manto que nos cobije: recuperamos nuestros brazos, y debajo de su sombra no hay calor ni frío, no se sufre ni se pasa mal.
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Pero Mi Ojosh volverá a viajar, y seguro habrá viajes a los cuales yo no podré acompañarle. Si la vida no nos depara esa muerte ansiada que imaginamos y deseamos, tomados de la mano, desprevenidos por el sueño, lo más seguro es que uno de los dos termine su parte del camino en solitario. Y sobre cómo será, o quién lo hará, no hay noticia cierta. Sé que estaré a su lado hasta que eso suceda, y me importa poco si pasa en altamar y con la cara al cielo, o mientras bebo un café mirando a un jacarandal un domingo en la mañana. Me importa que sea a su lado, muy juntito, y que sea mi último suspiro un pedazo de su olor.
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El mar me lo ha devuelto, sano, salvo, un poquito más chino y con una cercanía mucho mayor. Hoy, sus abrazos son más sabrosos, su piel más cálida, sus besos más jugosos. Hoy lo disfruto más, será eso, porque entendí que la distancia, la ausencia, la carencia, la lejanía, no hacen sino avivar en nuestros corazones el recuerdo, la añoranza, el amor y el deseo. Tras mucho atentar contra el corazón, entendí que él y yo somos más fuertes que cualquier ancho mar, que cualquier intento de la vida, y su eterna propensión al retorno constante, cíclico, infinito, por separarnos.
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Por eso dormí nada más un par de horas, y en cuanto pude me paré como resorte, levanté a doña Mago para que me diera ride, y partimos los dos, ella con cara de susto y yo con la emoción haciendo estallar mi corazón, rumbo a la central. Ahí, verlo aparecer en el andén y correr a abrazarlo fue un mismo acto. Con su inseparable gorra negra, sus ojos muy abiertos y unos labios que gritaban bésame, enmarcando la sonrisa más grande que he visto en su rostro jamás, su acción fue también una sola: verme y fluir hacia mis brazos. Nos dimos, rodeados de la madrugada, la soledad del andén y unos cuantos mirones, los brazos y el calor que nos faltaban.
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Y sobra decir que nos amamos hasta que no nos quedaron más fuerzas físicas. Las espirituales, las amorosas, ésas están intactas, apenas disminuidas por el cansancio físico y lo agotador de la espera. Yo sufrí quince días, en la época en que las tecnologías como el celular y el messenger permiten la cercanía y la comunicación constante, y mis quince días sabiéndolo lejos fueron un infierno. Me pregunto ahora cómo habrá hecho la Penélope original para aguantar sin su Odiseo durante quince largos años. Una de dos: o el tejido nocturno e incesante del sudario le disminuía la ansiedad, o vivía permanentemente bajo el influjo de alguna sustancia alucinógena. Sólo así podría entender que no se volvió loca, o que no se suicidó.
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Una cosa es cierta hoy día: lo tengo, me tiene, y aunque sean nuestras vidas un eterno ir y venir, salir y retornar, no dejaré de amarlo en la distancia y regozijarme con él en la cercanía.
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¡Salud!

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