jueves, 28 de octubre de 2010

El telar de Penélope XIII.

No hay regalo más grato que el que se da de corazón. Para amar en serio, decía Teresa de Calcuta, hay que dar hasta que duela. Y Teresa no se refería, creo yo, a la última edición diamante de Mont Blanc, a un millar de rosas o a un auto nuevo –si se les cruza por ahí una Crossfox roja, con placas y tenencia a mi nombre, no sean malos y ámennos un poquito-. Se refería a entregar lo que uno es y ponerlo a entera disposición del otro.
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Eso nos ha costado un tanto a Mi Ojosh y a mí. Estábamos acostumbrados a individualizarlo todo y disfrutar más de un tiempo personal que de otorgamiento a otros. Ni sombra de ceder. ¿Ceder yo? ¡Pero cómo! ¡Qué escándalo! Porque ceder implicaba abandonarse a manos ajenas, perder la individualidad y la independencia. Ser para otros, y no para uno mismo. No, no, qué espanto. A mí mejor métanme en un cuarto oscuro con el cardenal –bueno, no, no es para tanto. Hasta sentí meyo-.
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Pero ceder se vuelve un asunto primordial cuando lo que importa es algo más que una persona. Si la pareja se pone en el lugar central, uno, como persona, se difumina, y la importancia consiste en dos esfuerzos puestos en función de una sola tarea, una sola meta, una sola satisfacción: una pareja creciente.
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Y eso de ceder se manifiesta en acuerdos. A veces cede uno, a veces el otro, y en el mejor de los casos, ambos damos nuestro brazo a torcer. Finalizando un diálogo -nunca discutimos, y eso se lo debo en toda medida al ánimo parsimonioso y calmo de Mi Ojosh, que alza la voz es nada más cuando ríe a carcajadas, o cuando llueve y grita de emoción-, viene siempre un acuerdo firmado por dos manos que se encuentran, caballerosamente, y dos labios que se abrazan, amorosamente. Nunca dejamos toma de decisiones sin acuerdo, ni diálogo sin toma de decisiones. Y otra manifestación más del ceder: todo nos lo compartimos. Ése fue un acuerdo inicial, y hoy día, quien hable con él lo sabrá todo de mí, y a mí nadie me va a venir con cuentos chinos sobre mi chino -me pregunto en este punto qué estará haciendo la humedad marítima con sus rulos, y me pongo celoso hasta del mar-.
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Mi Ojosh tiene otra peculiaridad que nos permite a ambos generar acuerdos y ceder: ha aprendido a dejar su individualidad de lado para ciertos momentos, y para otros hacerme parte de ella. Así, sabia y paulatinamente, me ha ido apropiando de todo, y me ha otorgado las llaves de su historia personal, su imaginación, su personalidad y el complejo mar de sus gustos. Todavía no aprendo a localizar a primer ojo ropa que podría quedarle, o zapatos que le gustarían, pero las llaves para hacerlo ya las tengo.
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Ésa es una responsabilidad gigantesca para una persona como yo, tan dada al control excesivo y la sobresupervisión. Pero él confía en mí, y al hacerlo me sorprende, porque es la persona que más me conoce en el mundo: o le gusta el inminente riesgo de que yo quiera decidirlo todo por él, o sabe que cuando así sea y yo me esté pasando de jarocho -?-, bastará un guiño, la menor insinuación de sus dos ojos gladiadores, para hacerme recular -?- y ponerme en calidad de gato mansito.
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Yo también le he soltado todas las llaves, pero él es mucho más respetuoso de mi intimidad que yo de la suya. Él pregunta antes de entrar; Yo entro como Juan por mi casa -¿quién era Juan, y cuál era el maldito afán de dedicarse sólo a entrar en su casa?-, muevo muebles, cambio cosas de lugar, pierdo papeles importantes, doy opiniones que no se me pidieron, no conozco límites. Y él nomás se ríe y lo vuelve a acomodar todo, explicándome porqué las cosas tienen su sitio, porque le gusta lo que le gusta, por qué no le gustaría cambiar. Y basta también la menor insinuación de mi sonrisa para que él recule y me dé gusto. Cuento de nunca acabar.
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Algo bueno he aprendido de todo esto: para amar a alguien, amar en serio, hay que dejarlo ir. Dejarlo ir diario. Comer lo que quiere, amar lo que desea, besar lo que ama. Si regresa, siempre fue de uno. Si no, nunca lo fue. Yo soy suyo, él es mío, y cedemos tanto que ya no sabemos si esto es amor o entrega, o ambas cosas.
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Pero ya amanece, y si no destejo se me ceba la sopa.
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¡Salud!

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