jueves, 28 de octubre de 2010

El telar de Penélope XII.

Viajar es una experiencia inolvidable. Nadie, ya se los he dicho repetidas veces, nomás que no me hacen caso, nadie es el mismo después de un viaje. El que asegure que después de viajar no ha cambiado, o miente o no ha viajado. Viajar restituye al hombre su naturaleza nómada, y evita el aburrimiento, aunque aumente la fatiga. Por eso, quizá, los que por motivos de trabajo o tiempo libre, emprenden viajes continuamente –supe de un hombre que terminó por hipotecar su casa no porque no podía pagarla, sino porque no la usaba, de tanto que vivía en los aeropuertos-, se arrugan más pronto y envejecen de manera prematura: viajar es vivir, y vivir en serio, pues en los tres o cuatro días que puede durar en promedio un recorrido por una zona arqueológica o una ciudad desconocida, se vive y se conoce más que en un año entero sin salir del lugar habitual de residencia.
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Mi Ojosh y yo viajamos mucho. Sacando cuenta una vez, descubrimos que en promedio cinco horas al día se nos van viajando. Este dato corresponde sólo al uso de vehículos automotores, y para nada toma en cuenta la cantidad de minutos que caminamos, ni el total de desvariaciones que nos aventamos, porque viajamos hasta sentados. En eso, quizá, está implícita nuestra capacidad de abstracción e improvisación: la mitad del tiempo del día, nuestra mente está viajando.
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El asunto de que viajemos tanto se debe a que vivimos en zonas de la ciudad alejadas de nuestros centros de trabajo y esparcimiento –me gusta la palabra esparcimiento. Suena como a un gordo echando chispas de colores mientras permanece echado a sus anchas en un sillón-. Yo, debo admitirlo, vivo alejado de eso y de todo lo demás. Doña Mago ha determinado tiempo atrás localizar su residencia en un coqueto y funcional complejo habitacional alejado de la podredumbre y el acabose sodómico de esta ciudad perdida –no son sus palabras, pero me río imaginando que las dice-. Allá, dice, porque eso sí lo dice, tiene todo: iglesia, iglesia y más iglesia -de los demás prescinde- . Para llegar a los brazos de mi amado, tengo que cruzar vías carreteras, cinturones de miseria que se vuelven verdaderos pantanos insurrectos en tiempos de lluvia, y media ciudad.
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El esfuerzo vale la pena. Nadie lo dice ya, en un tiempo moderno en que los príncipes azules montados a caballo no existen ni con los Pitufos, pero para poder disfrutar del amor en toda su amplitud heroica, hace falta surcar las distancias, y surcar las distancias implica levantarse temprano, librar camioneros dragones y hasta luchar contra peatones zombies.
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El primer viaje que Mi Ojosh y yo emprendimos, un domingo, nos llevó al parque Agua Azul. Ahí empezó la historia, y luego, tras múltiples viajes, se puso cada vez más interesante, hasta dejarnos prendidos. Luego, esa misma tarde, él me llevó a otro viaje: un viaje por las calles del centro de una ciudad que lo vio nacer, pero con la cual no comparte más gustos que la torta ahogada y su familia adoptiva. Por eso, redescubrir las calles solitarias de una ciudad caótica fue para mí como mirar un guiño de belleza en un lugar que, con el paso de los días y cada vez en mayor medida, me parece triste y lamentable.
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Y a partir de entonces, mi cobija de chinos y ojos y yo no hemos hecho otra cosa que viajar. Viajamos cuando nos tiramos a pensar en tonterías, cuando le inventamos nombres o apodos a las cosas y personas, cuando teorizamos, cuando descubrimos. Siempre descubrimos. No hay viaje sin descubrimiento. Viajamos al comer, por los mil territorios insospechados del sabor, y viajamos al amarnos, en los altibajos del sudor, la carne y la pasión –¡qué bonito me salió esto último, caray! Sor Juana estaría orgullosísima de mí-. Viajamos en camión, juntos, y ese es el viaje en camión más tranquilo que vivo, el único considerable. Por él, viajé un domingo -¿domingo?- al lugar de la ciudad que mira al valle, y conocí rincones que me eran insospechados, porque, ya les dije, viajar es descubrir. Y por mí, quizá más receptivo que yo con esos enormes ojos que todo lo ven y todo lo piensan, viajó él un sábado -¿sábado?- a las calles de mi infancia, en una colonia que no mira al valle ni al mar, pero está bien ansia.
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Viajamos luego al Distrito Federal, a la Ciudad de México, y él descubrió otra cara de su país y de su sociedad que son millones de caras, porque esa ciudad de espejos nos refleja a todos, nos expone y nos confirma. Y juntos, en un viaje que nos acercó como ninguno otro, conoció mis lugares favoritos y armó los suyos, prometiéndonos volver a esa mole de carne, piedra y acero que no es otra cosa que un rincón del paraíso.
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Quisiera sacar un estimado de los kilómetros que hemos recorrido juntos. No podría, creo. Más de la mitad de ellos, de seguro, los viajamos sin movernos de nuestros asientos. Así somos, no lo podemos evitar: cuando no vamos en carro, en camión o en tren urbano, vamos ayudados por la impresionante magia de la imaginación, que nos lleva al polo norte, a Brasil, a Nueva York, a lugares sin nombre, y luego nos trae de regreso.
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Creo que parte de la agrura en el estómago que nos da cuando nos despedimos, se debe a la insatisfacción propia del viajero que regresa a casa después de haberlo visto todo. Es la sensación de una vuelta a la normalidad que apesta, que sabe mal, que parece indeseable, innecesaria. ¿Para qué volver aquí, a mirar el valle, si lo que yo quiero es mirarte a ti? Triste dilema del viajar: ¿para qué vivir la vida, si lo que yo quiero es recorrer tu piel y fundar una ciudad entre tus cejas?
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Nadie conoce a alguien tanto como cuando viaja con él. Por eso yo decido y redecido vivir mi vida a tu lado. Pero ahora tú estás de viaje, ya amanece, y yo debo destejer la pena y la distancia.
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¡Salud!

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