miércoles, 27 de octubre de 2010

El telar de Penélope X.

Las parejas gay solemos estar muy solas. Nos dan la espalda los padres, los amigos de la infancia, ya no digamos la sociedad y los círculos laborales. Salvo en mi caso, o en el de Mi Ojosh, en el que el noventa por ciento de la plantilla laboral de nuestras respectivas chambas está formado por homosexuales, es difícil llegar a una empresa y decir abiertamente "soy gay", esperando un aumento, una consideración, un apapacho, bienes que normalmente son suministrados primero a hombres, heterosexuales, y con familia. Y si a todo esto le suman alegatos como el de la antinaturalidad, la moral, o la enfermedad -¡en pleno siglo XXI!-, salimos perdiendo como diez a cero.
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Por eso tenemos que formar nuestras propias familias. Pero eso no es nuevo. Tenemos siglos haciéndolo, y somos tan expertos en el arte de agruparnos con personas que nos amen y protejan, que por eso nos han denominado "comunidad", y el término nos ha agradado porque no suena tan masónico como "hermandad", ni tan católico como "asamblea". Y nosotros, cada uno, cada pareja, por ende, ha de rodearse de su propio séquito de allegados para que, en los tiempos de frío y tiniebla, cuando todo el mundo dé la espalda e intente salvar su propio pellejo y el pellejo de los suyos -como en curtiduría-, no nos falte la compañía, y nos sobren los abrazos, las risas y el crecimiento.
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Mi Ojosh y yo tenemos una familia bonita. La integran los míos, los suyos y los nuestros. Gente que estaba ahí, con él, como un regalo de la vida, antes de que yo llegara. Que lo ha visto caer y levantarse, equivocarse, reírse, llorar, hacer las tarugadas propias de la adolescencia. Yo tengo mi otro tanto, sólo que creo que yo he hecho siempre más tarugadas, porque a mí no se me da ese asunto de estar en paz y sentirme adulto. Y ya luego, juntos, ha habido un grupito de personas que se han acercado a la relación y la han apapachado.
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Así, pues, el trajo a La Eli, El Chuyote, El Amigodin, La Marce y otros más. Yo, aporté a La Zucaritas, El Gerber -ambos cupidos excelentísimos. Los voy a alquilar para cumpleaños, bodas, sorpresas y similares-, La Traviata, La Wendy, La Casicasi, La Wera, La Vero y otros más. De la familia sanguínea, con descalabros, traímos también a personas de suma importancia: el atrajo a La Carmeliux, que ahora es la tía adoptiva que mejor me escucha, y yo a La Margarita, La menor de mis hermanas, El mayor de mis hermanos y, ocasionalmente y con restricciones, a doña Mago, única mujer en proceso de canonización advitam.
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Así, pues, alrededor de nosotros se ha ido formando un ejército de lealtad, compañía y protección. Así, cuando al gente le pregunta a alguno de ellos qué onda con nosotros, el andamiaje entero se mueve para decir lo que convenga: "andan", "están enamorados", "se ven estupendo juntos", "están felices" o "no sé". Porque es otro dilema de la familia adoptiva: cuando es necesario guardar silencio, lo guardan entre todos, y entre todos el mismo silencio se complementa, se hace más estruendoso, y termina por alejar a quien alejado debe ser.
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No me atrevo todavía a afirmar que la muestra de que una pareja va viento en popa es que se rodea fácilmente de familia. Sí puedo, creo yo con pruebas irrefutables, asegurar que cuando la familia abraza a la pareja y la sostiene -soporta-, es porque sus integrantes, por separado, han dado buena espina a los amigos y hermanos. La Traviata me lo dijo cuando apenas lo conoció: "Ese Chuy es un amor". La Eli se lo dijo cuando apenas me conoció: -no sé cómo se lo dijo. Se lo preguntaré después, porque ya me llevo de piquite de hombligo con ella-. Todos se anticiparon a los meses siguientes y auguraron buen éxito, pero nos pidieron cautela, por el hecho doble de que las relaciones gay suelen ser caóticas y destructivas -y las no gay... con los tiempos que corren...-, y que habíamos sufrido descalabros amorosos en recientes fechas.
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El asunto de la familia llegó a un tono de valoración importante cuando, tirados un día en un jardín público -¿cuándo no hemos estado tirados un día en un jardín público?-, comenzamos a enlistar a cuáles de nuestros conocidos, allegados, amados y hasta odiados, recibiríamos un día en un hogar común. La premisa era muy sencilla: él, ella, se quedó sin trabajo y sin pareja. En el departamento hay un cuarto disponible. ¿A quién se alojaría por un tiempo, o el tiempo necesario? La cesión del espacio común fue una prueba de fuego que pocos pudieron pasar. Hoy, salimos con ellos, los procuramos, nos los mandamos saludar y nos mandan saludar. Esa es nuestra familia, nuestra comunidad, y estamos orgullosos de presentarla al mundo, sea o no nuclear, tenga o no hijos adoptivos -yo todavía tengo que darle chupón a El Gerger-, la ampare o no la constitución. Familia, después de todo, no es la que Dios da y las leyes avalan. Es la que tú, y nadie más que tú, decides.
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Interrumpimos esta entrada primariamente amorosa para enviar un mensaje monotemático a un señor cuya importancia no existe, que se hace apedillar Sandoval Íñiguez: si los gays destruimos familias, explíqueme por favor ¿qué estamos haciendo al convivir con nuestra gente, ser amados y distribuir amor a manos llenas? ¿Cómo se explica que, en lugar de darnos la espalda, nos apoyemos económica, fraternal, laboralmente? ¿Somos los gays destructores de familias en un argumento como de ciencia ficción, en que cada vez que dos homosexuales se toman de la mano, un papá que desayuna con sus hijos muere fulminado? Piénselo -si todavía ejecuta su cerebro labores más allá de la denostación-. Sus argumentos caaaaaaaaen, caaaaaaaaen, caaaaaaaaaaen.
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¡Salud!
¡Salud!

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