jueves, 21 de octubre de 2010

El telar de Penélope VII.

El estado natural del hombre es el frío. Esto, claro está, no es cierto. Nuestros tejidos, órganos y sistemas, están adaptados a la templanza, tanto que la concentración grasa obedece, según expertos, a una necesidad por conservar el calor y la energía corporal. Salvo la respiración y la sudoración, no hay un sistema de refrigeración del cuerpo humano, y sus temperaturas nunca llegarán a las que, ambientalmente, nos son más cómodas, como los 18° centígrados, so-so.
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Pero a mí me gusta el frío, y me gusta pensar que las cosas funcionan mejor cuando hace frío. Ya les he dicho yo anteriormente que mis meses favoritos del año son los últimos tres, cuando salir a la calle constituye una proeza debido a las bajas temperaturas, y uno anda buscando como desesperado un espacio cálido en el cual mitigar la frialdad del día –una vez divisé a un señor acercándose paulatinamente a una rosticería mientras esperaba el camión. En la toma dos, estaba el pobre hombre con media cabeza metida en un pollo-. Pero salvo las dolencias y carencias mínimas propias del frío, el frío es mejor: la gente sale más guapa en las fotos, la ropa de invierno es mucho más cachonda que la veraniega, y con los días fríos llegan también unas ganas de apapacharse que no se quitan ni con tres kilos de calentones.
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Ahí entra Mi Ojosh. Él tiene el abrazo más cálido y sustancioso que se ha visto sobre la faz de la Tierra. Es tibio como un platón de sopa, y sabroso como un bombón asado. Y lo mejor de todo: solamente es mío, y sólo yo tengo el gusto de recibirlo con la animosidad, la energía y la potencia que su abrazo significa para mí. No sé si tengan ustedes quién los abrace así, pero puedo jurarles, sin el menor temor a equivocarme, que abrazos como el de mi guapo no los hay. Por algo este Baile, que es tan dado a apodar para evitar que la identidad de terceros, al ser revelada, ocasione descalabros, lo ha apodado mi cobija de chinos y ojos. No hay abrazo como él, y no hay frasada más cálida y consistente que la que constituye su calor y su cercanía.
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Además, con el frío viene la celebración de nuestro aniversario, y tan cómodos nos sentimos con dicho clima que ya estamos procurándonos una residencia totalmente amueblada en una alta sierra, o en un paraje nebuloso. Contrario a nuestro ánimo, claro, siempre encendido y rubicundo.
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Y además, está el hecho de que el calor nos pone mal. Muy mal. Nos desacomoda las ideas y hasta nos impide expresarnos con calma. El menor desajuste nos hace mal, y para tomar decisiones acertadas tenemos que estar durmiendo cada doce horas.
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Si por nosotros fuéramos, viviríamos en un iglú. Por eso, él me dice Bolo, en atención al oso polar fabricado por Liverpool en afanes mercadológicos, claro, pero que yo llevo como mi tesoro infantil más preciado, y yo lo llamo "mi esquimalito", además de su amor por el frío, porque me es absolutamente sencillo imaginarlo enchamarrado, con pico en una mano y salmón recién pescado en la otra, reservado y silencioso. Tampoco me es difícil imaginar que tiene, como los verdaderos esquimales, treinta formas distintas de llamar al hielo. Después de todo, si tiene como tres millones quinientas mil para llamarme al amor, ¿qué no hará con el hielo?
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Además, el frío nos permite pasar más noches amarrados el uno con el otro, y más días calentándonos con la mirada. Y en esta ciudad de gente fea, tosca, dada a la lejanía y la reserva, el calor y la necesidad de proporcionárnoslo que nace con el frío ambiental, nos mantiene permanentemente al tanto el uno del otro, apapachándonos el alma, arropándonos la piel, haciéndonos tamalito el corazón.
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Pero el frío del amanecer se acerca, y será el momento de destejer.
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¡Salud!

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