miércoles, 20 de octubre de 2010

El telar de Penélope VI.

No hay hombre más vivo, que el que tiene presente su infancia. Para mí no ha pasado. Si bien ya no hago rabietas cuando tengo hambre –a veces dejo de pensar y mi socialización se ve reducida a un nivel animal, ¿pero a quién no le pasa lo mismo cuando le rugen las tripas?-, si ya no busco coleccionar Hot Wheels ni tengo como mi máximo ídolo al Chavo del 8 –nunca lo tuve, no se espanten-, sí me doy el lujo de mantener la frescura y la candidez en ciertos actos de mi vida que hablan justamente de mi niño perdido.
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Por eso, río a la menor provocación, me asombro ante las sorpresas diarias de la vida, y no temo preguntar cuando una duda invade mi razón. Me gustan los Froot Loops más que el Splenda. Si algo me parece injusto, lo digo, a mi manera. Puedo imaginar todos los mundos posibles en una tarde de lluvia. Aún le temo a la oscuridad. Puedo pasar horas enteras haciendo dibujos sobre un papel si me dejan de ocioso. Si alguien me da un avioncito de papel, no dudo en arrojarlo. La capacidad destructiva de mis manos no tiene límites –“manitas de estómago”, me dice La Margarita, todavía la mayor de mis hermanas, una poderosa y sensualota financiera-. No me gusta la sopa de fideos, y si no me gusta no me la como. Grito cuando hablo. Me gusta colorear. Si me dieran un cheque por cien mil dólares, seguramente, y para quitarme la espinita, compraría un Max Steel.
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Pero todas estas características de mi más íntimo ser, no son más que poderosos y bien afianzados puentes con mi niño interior. Debo admitir que, cuando me pongo a platicar con él, lo encuentro más caótico que un cuadro de Picasso, y más travieso que Daniel Mitchell. También está herido, ¿qué niño interior no lo está?, pero me sorprende su entera capacidad de reír a carcajadas de sus propias dolencias. Parece, si la visión no me falla, que está más dado a mantener el buen humor que a verse acongojado por los problemas diarios. Por eso es fuerte, más que llorón o melancólico, y tremendamente terco.
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Mi Ojosh no sólo mantiene un fuerte vínculo con su niño interior: él es a veces, si se da el lujo de vez en cuando, su propio niño interior. Así, pues, cuando yo ando infantil, he encontrado a mi mejor compañero de juego. Podríamos jugar al timbra y corre, pero como todavía conservamos el pudor –aburriiiiido- propio de la adultez, nos limitamos a imaginar. Si mi capacidad de construcción es asombrosa, la de mi guapo me ha dejado pasmado. Yo empiezo a tripear y, si él anda de ánimo y me sigue el paso, cosa que pasa en el noventa y nueve por ciento de los casos –tiene que andar muy dormido, o muy angustiado, casi al borde del colapso nervioso, para que no se dé el lujo de imaginar conmigo-, no hay poder, humano, divino o eclesiástico –ése menos que nada- que lo detenga. Así, pues, entre los dos hemos construido tantos castillos en el aire que ya forman a estas alturas una ciudad, tantas conjeturas, tantas imágenes, tantas parodias, que comienzo a pensar que su natural calma para hacer las cosas, y nada más que eso, lo hizo retardarse para llegar a mi vida. Resulta que yo lo estuve esperando en un parque durante doce años, tirado sobre una colina de césped listo para rodar, o encontrar forma a las nubes, o perseguir hormigas, o imaginar el interior de los nidos de los pájaros –que ya vienen con cocina integral incluida-, y éste andaba, casi con la misma altura que tiene ahorita, y eso sí, con los mismos chinos y los mismos ojos jupiterianos, haciendo lo mismo en otro parque lejano. Me cae que si me lo hubiera encontrado, lo hubiera traído a jalones, agarrado de la mano, como lo suelo apurar siempre que baja el paso mientras andamos por la calle.
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Es tanto su vínculo con su niñez, que yo he tenido que recobrar el mío más de la cuenta. Hoy, gracias a él, río con más facilidad, imagino con más facilidad, juego con más facilidad. Él también ha podido bajarle a la rigidez de las formas, y reír a carcajadas hasta de sus propios traspiés. Ése, lo admito, ha sido un gran triunfo de Agustincito, y hemos tenido que recuperar el camino perdido durante los últimos cuatro años de su vida, ya les contaré por qué –o no, mejor no, que para eso hará falta un TVyNovelas, muchas ganas de fregar, y mucho tiempo libre-. El punto es que hoy, hemos encontrado a nuestro compañero de juegos favorito, hemos batido la comida, hemos sacado la mano por la ventanilla del camión, hemos brincado sobre la cama –en las acepciones sexual y no sexual de la expresión-, nos hemos reído de los mayores, hemos tomado Coca en la noche, hemos desayunado dulces y nos hemos ido a dormir sin hacer la tarea. Nos hemos revolcado en la hierba –de nuevo la doble acepción del término-, nos hemos columpiado por horas hasta dejarnos marcadas las nalgas con las franjas de fierro del asiento infernal, hemos corrido bajo la lluvia y brincado en los charcos, hemos comido con las manos sucias y nos hemos llenado el estómago con chucherías. E insisto: si pudiera retroceder los años e irlo a buscar, con gusto tocaría hasta la puerta de su casa y preguntaría: “Doña Hilda, ya sé que a usted no le gusta que me junte con su hijo porque luego lo corrompo, dice, pero, ¿lo deja salir a jugar?”
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A eso súmenle que crecimos en la misma ciudad del país, vimos los mismos programas de televisión –a excepción de Dragon Ball, que sigue siendo un gran y temible bache en mi cultura general-, comimos las mismas cosas y fuimos a los mismos lugares. Tenemos, en fin, la misma cultura infantil, motivada por las mismas cosas, los mismos objetos, las mismas experiencias. Ello nos lleva a identificarnos mucho, y muy bien, a tener chistes locales localísimos y a disfrutar de las mismas cosas simples de la vida con el mismo antojo infantil, ese antojo de ojos grandes y manos pegajosas que se lo come todo, lo asimila todo, lo comprende sin tapujos. Porque no es cierto que los niños no entienden nada. Yo, creo firmemente, los niños saben más que los papás, y tienen una capacidad de adaptación a la realidad que ya quisiéramos muchos adultos.
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Por eso, abrazo y amo que mi relación, adulta, justa, fuerte y comprometida, responsable, como toda relación de adultos que se precie de serlo, sea también la relación de dos niños felices con serlo, contentos con correr bajo la lluvia lo mismo que pagar un alquiler, compartir el pan o mantenerse fieles. Ésa es una de las claves de la felicidad en la pareja, me parece: que sean, muy en el fondo, dos niños que se encuentran y comparten, con todo lo que la experiencia les permite como adultos, la felicidad de los años de inocencia.
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Pero ya viene el amanecer, y aunque me guste más que la noche, es momento de destejer.
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¡Salud!

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