martes, 19 de octubre de 2010

El telar de Penélope V.

Darnos de alta como número frecuente Telcel es la declaración de amor formalizado del siglo XXI. Ya atrás quedaron las flores, la serenata, el poema y la canción. Ya nadie muere de amor. Gracias a la llegada de las nuevas tecnologías, las muestras tradicionales de afecto y las formas comunes de cortejo, las que compartieron nuestros padres, y los padres de nuestros padres, se han visto remplazadas por otra serie de formas novedosas que, si bien no dejan de tener cierto romance en su motivación, han dejado de lado prácticamente todo contacto físico entre los manifestantes. Ahora, que el locutor de cierto programa de radio te marque para decirte que Jonatán te ama, o que algo como "Aa LluUCzioO d MmiIraFflOreS, T Amo, CosilixX, Nunk CaMmbIeSs" aparezca en el cintinto de cierto programa de televisión, vía mensaje de texto, son formas máximas de demostración afecta y socialización de la pareja, claro, ante un grupo poblacional que comparte dichos foros de expresión -la plaza pública y la calle empedrada, lugar de comunión de las formas tradicionales de comunicación amorosa, han quedado poco a poco abandonados. Lo nuestro, lo generacional, es la plataforma SMS-.
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Pero no necesariamente esto es malo. Ilustrativo, sí, de lo poco dadas que somos las nuevas generaciones a mantener contactos más allá del monitor, las teclas y las abreviaturas. Hasta tenemos amigos en Facebook que en la vida hemos visto, y ponemos "Me gusta" en cosas o asuntos que ni siquiera hemos vivido, pero que nos reportan algo, una sensación, un deseo, una necesidad de pertenencia. Platicamos más por celular, o por webcam, que lo que nuestros padres lo hicieron colgados al teléfono fijo de sus casas, o al público de la esquina, y nos decimos más por mensajes de texto que lo que ellos se dijeron por telegramas. Pero hablamos, platicamos, intercambiamos amor y fortalecemos relaciones, por poco que pueda parecerle así a nuestras generaciones precedentes.
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Mi Ojosh me dio de alta como su número gratis Telcel a la semana de andar. Cuando se lo dije a El Gerber, muy dado a escapar de toda clase de compromiso y liación sentimental, sufrió una parálisis facial del susto que le duró como dos semanas -creo que todavía la trae... no, esperen... él es así de inexpresivo-. Yo no había caído en la cuenta de lo significativo que era dicho acto de entrega virtual en el mundo actual de los amantes -que todavía, aunque no quieran, siguen volando en nubes de color y pintando corazoncitos, aunque sean pixeleados-, hasta que una sola frase, dentro de su histeria de amigo indispensable, me llevó a la realidad: "Eso es como darte el anillo, pedir tu mano y hacerte el amor, todo en la misma noche".
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Yo lo agregué como mi número gratis unos días después, lo que en lenguaje actual sería como aceptar la propuesta y acceder al compromiso -sólo que doña Mago no dio dote. Y creo que no lo hará. A lo mucho ofrecerá parte de su colección de rosarios, y algunas de las reliquias que tiene, como el Santo Vello del Santísimo Dedo Izquierdo del Beatísimo e Ilustrísimo Abad de Chachacha-. Lo hice después porque no tenía idea, ajeno como soy siempre al mundo y sus avances, de que existía la posibilidad de hablar los primeros cinco minutos sin ningún costo, y además mensajearse bien y sabroso.
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Y un año después, le hemos invertido como veinte pesos por quincena a conversaciones que a veces, nos agarran de madrugada riendo y resolviendo el mundo entre expresiones, alusiones, frases y comentarios ilustrados. O mensajéandonos a mitad del trabajo, de la clase, siendo regañados por profesores que no entienden, ni entenderán jamás, lo que alivia el día sentirnos a una tecla de distancia. O dándonos los buenos días a horas de separación, las buenas noches, las buenas horas, localizándonos, intercambiando visiones, compartiendo vivencias. Yo, criticaba durante a esos que no dejaban el teléfono. Hoy, no sé cómo existen relaciones en las uqe no se comunica todo, en las que no se sabe qué come, qué piensa, qué vive el número gratis. ¡Incluso no entiendo a los que no son número gratis! ¡Qué escándalo! ¡Qué liviandad! ¡Qué falta de compromiso!
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No he sacado la cuenta de los mensajes y llamadas que nos hemos dado. Sobre con decir que, en lo que llevo con mi cobija de chinos y ojos, ya me he gastado dos celulares de puro teclear y teclear, y él un número similar. Es el inconveniente de trabajar los dos, estudiar los dos, estar ocupados los dos. El inconveniente pero la garantía más grata: al final del día, cuando pesen las horas y el estrés se vaya acumulando, evitando el divino descanso, sonará su voz al otro lado de la línea, y todo tendrá un sentido, todo será resuelto con sólo cinco palabras terapéuticas: "¿Cómo estuvo tu día, guapo?"
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Pero ya amanece. Y ha llegado el momento de destejer. Pronto habrá mensajes, y será necesario tener las dos manos libres para contestarlos y evitar preocupaciones y el mismo ritual magnífico: al primer mensaje, su reenvío; al segundo, un signo de interrogación; al tercero, si no hay respuesta, una llamada pronta y expedita. ¿Qué quieren? No preocuparnos sería un irregularidad.
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¡Salud!

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