domingo, 24 de octubre de 2010

El telar de Penélope IX.

Nos gusta agua. Lo admitimos. Hemos de asegurarlo. Lo defenderemos según haya que hacerlo: no hay mejor forma de pasar la tarde que estar apelmazados escuchando la lluvia golpear contra el cristal. Es un asunto de suma importancia. El agua atrae la vida, y sin la vida no hay forma de amarse y entregarse. Dos corazones que se escuchan mutuamente palpitar en el silencio de la noche, no laterían sin esas tres cuartas partes de agua que los consisten, y esas tres cuartas partes no serían un décimo siquiera sin la presencia irremplazable de la lluvia.
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La primera vez que el agua nos agarró desprevenidos, no cayó del cielo. Cayó de mis ojos, que, temerosos, le entregaron mi historia personal al único ser sobre la tierra que ha sabido entenderla, se ha arremangado después de escucharla con atención, y se ha puesto a trabajar en ella con el mismo interés que yo debería tenerle. Le ha quitado tornillos, le ha acomodado tuercas, y con apoyo, dedicación, y un poquito de aceite 3 en 1, la ha hecho brillar. Hoy, territorios insólitos como el de mi padre y su demencia, mi madre y su intolerancia y mis hermanos y sus traumas, serían para mí difíciles de retomar sin sus palabras de aliento, sus consejos, su compañía y su forma tan peculiar de hacerme no olvidar que existen, ojo, buen punto, sino tomarlos de la mejor manera.
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Luego, el agua nos tomó por sorpresa en el pasto mojado de un parque que nos empapó la ropa. Él tuvo entonces su primer muestra de amor hacia mí: venció dos mil tapujos y autocensuras, y se animó a sentarse en el pasto húmedo, contradiciendo así toda una vida de resquemor hacia sensaciones, olores y percepciones como la de sus pantalones manchados de cesped. Yo, al ver que lo hacía, y sabiendo lo que para él significaba algo así, lo amé el doble, y lo seguí amando después.
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Luego, la mejor agua llegó escuchando llover el uno sobre el otro, en la intimidad de un cuarto de hotel. Ése es un buen recuerdo. Jamás la lluvia me dio miedo, al contrario. Pero por primera vez en mi vida, escucharla mientras sus cálidos brazos me arropaban completo, me hizo sentir una doble serie de asuntos sobre la piel: primero, el miedo intenso, hondo, al saberme solo en el mundo, a expensas de mil y un catástrofes, mil y un elementos naturales, mil y un salvajismos. El segundo, sentirme protegenido, cobijado, fortalecido y resguardado como jamás, ni en el vientre materno siquiera, lo estuve antes. Ésta es la vida, pensé. Ardua, calamitosa, difícil, trabajosa, inhóspita, inverosímil a veces. Éste es mi refugio, agregué enseguida. Y si esto no me falta, ¿quién contra mí?
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Y finalmente, nos tocó mojarnos. Fue un antojo, como los que nos agarran caminando por el centro a las seis de la tarde, cuando ya lo hemos visto todo y lo único que queda de la tarde son nuestras palabras flotando por doquier. Así, sencillos y prácticos: se nos ocurrió que teníamos un antojo como de empaparnos bajo la lluvia. Y lo logramos, sin pedirlo. Nos agarró desprevenidos y cuando terminó, seguíamos brincando en los charcos, abrazándonos so pretexto público -porque en lo privado no hay pretextos para nada, están de más- de cubrirnos uno a otro de la lluvia. Cuando terminó también seguíamos riendo, y hoy, a meses de distancia, pienso que algo debe tener ese chino de ojos grandes para hacer de cada instante algo nuevo y sorprendente -se me hace que trabaja en Kodak, y no me lo quiere decir-.
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La otra lluvia grata fue la de la regadera, la primera vez que, para decirlo sin alterar vanas conciencias, nos dimos higiene personal. Si no lo han hecho, no sé qué están esperando: nada hay como acto más amoroso que procurar, con sus manos y un jabón, la higiene del otro. Es como traerlo a la vida, y darle lo mejor, todo en un mismo acto. Además, para los que gustan del control y son celosos hasta de su sombra, bañar a su pareja tiene un plus: pueden saber a qué huele al salir de casa por la mañana, y a qué debería oler al llegar a casa por la noche. Pero esta fue una anotación al margen que no contará sino para aconsejarles lo que para mí ha significado un momento deslumbrante: agarren la esponjita, y tállenla en la piel de su pareja. Además, conocerán rincones insospechados y terminarán por amarlo más. Yo, al menos, así lo viví.
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Pero ahora, sin lluvia, amanece. Y hay que destejer, mientras la única agua que está en mi mente, es la que circunda a Mi Ojosh e mpide su retorno. El agua es así, dual, múltiple incluso: crea y destruye. Aleja y atrae. Agua, ya, no seas gacha, por los buenos momentos, traelo a casa de una vez y te prometo bailar con él, otra vez, bajo el candor de tus gotas vespertinas.
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¡Salud!

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