lunes, 18 de octubre de 2010

El telar de Penélope IV.

La música es un gran misterio. Nadie sabe todavía de dónde surge, pero todo apunta a que existe en los seres humanos una capacidad natural para comunicarse a través de sonidos específicos. Y es que una canción no sólo se escucha bien, vende millones de copias alrededor del mundo o hace famoso a su artista cantor: es una obra de arte creada con la intención de comunicar un sentimiento, una idea, un ritmo o hasta una leve sensación. Así, por ejemplo, todos podemos llorar en una borrachera escuchando "Mujeres divinas", como bailar mientras reímos a carcajadas al sonido de "La calle de las sirenas", o "Un pie tras otro pie". Y con la música pasa algo que no está presente en el resto de los lenguajes: su capacidad de comunicar es universal, como universales son las pasiones, los sentimientos y el sonido.
.
Mi Ojosh antes no bailaba ni dormido. Si alguna vez soñó que se convertía en John Travolta y llenaba la pista con la magia de sus pasos, yo no lo sé porque no me lo ha platicado -además yo no me vería tan bien como Karen Lynn Gorney parado atrás de él, con mi vestido rojo y mis bucles setenteros-. Ahora, con el poder de mis pasos -porque yo, como este baile, sí bailo, y no lo hago tan mal-, él se ha convencido de que bailar es algo más que un motivo de peso para hacer el ridículo, o vencer la fobia social: es una celebración, un modo de intimar, una forma de acercar, un método para hacer el amor, un camino hacia el cortejo, la química y la puritita vida. Hemos bailado de cachetito, a media luz, o celebrado las buenas noticias con un baile ditirámbico. Le he bailado cachondón, enardiendo sus más bajos instintos, y él, debo admitirlo, me ha sonrojado más de una vez con movimientos acompasados.
.
Por eso para mí asistir a su primer baile en público fue como presenciar su nacimiento. Y lo recibí como el acto mismo lo merecía, con loas y hurras. Poco a poco, convenciéndose de que estaba en las mejores manos, rodeado por los únicos brazos que no lo pondrían en mal frente a las luces y el humo de la discoteca -era un antro, claro, pero sonó más bonito "discoteca"-, se fue soltando y a los quince minutos ya no sabía yo cómo pararlo. Ni quería. Bailaba, sobroso, suelto, decidido, a su total estilo dueño de la pista, y yo lo veía tan feliz, tan en su sitio, que lo único que deseaba era que la música se pusiera más buena y el corazón no dejara de bombear.
.
Ahora, él en mares lejanos, yo en el frío de una ciudad que se antoja cada vez más imposible, ha tenido el acierto de ir a un antro playero y repetir la experiencia. Se ha divertido mucho, y otros más, lejanos, muy lejanos, le han repetido lo que yo: que es un gran bailarín, y que las domina de todas todas. ¿Cómo no? Si hay que ver su gusto por la música, y su capacidad para repetir acentos, para saber que el ritmo ya lo trae, y muy, muy dentro.
.
La otra cosa, más allá de aquel mágico momento en que bailamos all night long, es que a estas alturas de la relación, haciendo cuentas, nos hemos dedicado mínimo una canción por semana, para un total de más de sesenta. Y las tenemos de todos los géneros: norteño, pop, instrumental y hasta boleros -que son, en esencia, materiales heterosexuales de la manifestación romántica-, y de todas las clases de voces, además de, por lo menos, tres idiomas -Mi Ojosh habla portugués, otra característica más de su persona que comprueba su proverbial inteligencia auditiva-.
.
El dedicarnos canciones no es más que un intento de decir lo que sentimos, pero más bonito. Además es una forma de hacerse completa y constantemente presente: no hay nada más memorioso que de la nada escuchar una canción en la radio, y traer a la mente al ser amado que se ha ido lejos, a escuchar el canto de las sirenas -aunque, como en La Odisea, mi cobija de chinos y ojos también se tenga que amarrar al mástil del barco para rehuir todo intento de seducción-.
.
Pero ha llegado ya el momento de destejer. El amanecer se acerca, el frio arrecia, y la soledad se sienta honda, gélida, altisonante.
.
¡Salud!

No hay comentarios: