domingo, 17 de octubre de 2010

El telar de Penélope III.

No hace falta ser un connotado doctor para saber que, sin el lenguaje, los seres humanos no seríamos seres humanos. Nuestra capacidad, podría decirse innata, para articular sonidos de manera repetitiva y transmitir así ideas, pensamientos, sentimientos o simples expresiones, nos separa un buen trecho del resto de los seres vivos que pueblan la Tierra. Si bien otras especies como los delfines, los chimpancés o las abejas, han demostrado en diversos estudios su posesión de un lenguaje específico, y con ello también una determinada lengua animal, ninguno de estos constructos aparenta ser tan complejo, elaborado y diverso que el elaborado por el hombre durante más de diez mil años de existencia en el planeta.
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Si en el marco de una especie y una cultura, el lenguaje y la convivencia dan lugar forzosamente al desarrollo de una lengua determinada, porque no se puede vivir sin comunicar, en una pareja, que es una cultura en sí, con sus propios rituales, sus propios momentos históricos y su propio folklore, habrá también términos y formas de comunicar que compartirán por lo menos los dos integrantes de la pareja, y que preferentemente sólo ellos entenderán. Este idioma común será una suerte de código secreto que formalizará, unirá, intimará y vinculará aún más que la relación sexual, los actos heróicos o las buenas acciones.
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Mi Ojosh y yo, ya lo imaginarán a estas alturas de la entrada, tenemos nuestra propia lengua. Plagada de expresiones que a los más heterodoxos los harían reír, y a los más ortodoxos molestarían, nuestro idioma está más allá de toda posible vinculación con otras formas de expresar. Y es que está formado no sólo por palabras: tenemos movimientos, guiños, gestos, tonos de voz y hasta ritmos, y la relación entre unos y otros dará lugar a significados distintos, como en toda lengua los elementos de su sistema se combinarán de manera diferente para generar un significado distinto, siempre con la lógica y el apego a la estructura, mismo que permite la comunicación.
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Así, pues, hemos adaptado expresiones que dicen nuestros padres, nuestros amigos, nosotros mismos, y les hemos agregrado letras, apocopado, extendido, armado y desarmado conforme el azar, los errores al hablar, y a veces las puras ganas, nos han dictado. Tanto hemos jugado con las formas diferentes de comunicar, que nuestro idioma ha llegado a no ser comprendido por otros, que lo tachan de cursi, abigarrado, imposible. Y no dudo que lo sea. Tanto a mi cobija de chinos y ojos como a mí, nos molestaría y preocuparía tremendamente que otros llegaran a poder comunicarse con nosotros en nuestra lengua común. Es sólo nuestra, y no esperamos que otros accedan al significado de términos como "tba", "todos de todos", "ventas", "Ojosh", "guapíshimo", "Paquita", "querubín", "chagusitos", "see" o "huevo como mango". No es que seamos egoístas, recelosos, inhospitalarios. Es que somos únicos, y nos gusta ser así.
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Y nuestros modos de comunicar nos gustan tanto que los producimos y reproducimos a la menor provocación. A veces, rodeados de gente, nos pasa que una sola mirada, acompañada de una sonrisa, basta para saber qué está intetando decir el otro. A eso habría que sumarle que ambos somos sumamente sensibles al ánimo ajeno. Él puede saber qué estoy sintiendo con sólo estar a mi lado, y yo puedo saberlo también incluso con sólo imaginar su reacción ante una situación determinada. Y aún hay más: comunicamos con abrazos, besos -"beso nervioso", "beso babeado"-, sonrisas y olores, porque él sabe reconocer el mío y yo sé reconocer el suyo en la cercanía, en la proximidad, y su aroma me tranquiliza, y mi aroma lo tranquiliza.
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Comunicar es también sentirse vivo. Y cuando lo que comunicamos nos da vida, nos sacude y nos confirma un lugar en el mundo, y encima nos hace sentir felices, estamos ante un verdadero acto del lenguaje, una verdadera realización del idioma, cuyo mensaje más grande de transmisión es el amor mismo, desnudo, fraterno, entregado y sin medidas. Yo, con Mi Ojosh, me comunico también en la distancia, y ésa, sin duda, es la prueba más grande de que nuestro idioma, más allá de las expresiones que compartimos, los abrazos que aprendemos, los besos que nos damos y nos vuelven locos, nuestro idioma común es el amor.
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Pero ha llegado el amanecer, y es momento de destejer.
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¡Salud!

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