sábado, 16 de octubre de 2010

El telar de Penélope II.

Comer es un acto casi sacramental. Las culturas alrededor del mundo lo han entendido tan bien, que han hecho del proceso de "captación" de los alimentos una intracultura, dotándolo de su propio protocolo, su importancia y su mobiliario. Así, pues, alrededor de la mesa se han tomado acuerdos y cerrado tratos, declarado guerras y asesinado hombres de Estado. La comida ha jugado un papel sustancial para la construcción de las sociedades, envenada o nutritiva. Durante cierta etapa de la historia, incluso, existió un grupo de hombres cuya función era probar los platillos que habría de degustar el jerarca, con la absoluta intención de prevenir cualquier intento de envenenamiento. Platón permitió que su maestro Sócrates planteara las cuestiones del lenguaje y el ser durante una comilona, en el diálogo de El Banquete, y con ello la raíz de toda su filosofía. Diógenes, otro célebre filósofo, dejó clara su opinión sobre la política al defecar en su plato durante un banquete ofrecido en su honor por un connotado hombre público de la época.
.
Sin la comida, además, los seres humanos moriríamos. Nuestro cerebro no piensa sin azúcar. Nuestras células no viven sin hidratos de carbono. Nuestros huesos no se mantienen fuertes y estables sin el calcio y el zinc. Y no sólo eso. Si la bebida, planteada en el telar anterior, nos mantiene a flote y nos es indispensable, en el comer se encuentran mezclados aún más significados y símbolos que en el beber. Así, pues, para ciertas culturas antiguas, rituales como la antropofagia tenían un valor más que alimentario: la apropiación y asimilación de la carne del enemigo era el medio más adecuado para poseer sus diferentes fuerzas y habilidades.
.
Yo, a Mi Ojosh, no me lo como. A veces, cuando la cosa se pone muy apasionada, le clavo el diente. Me lo como con la mirada, con las manos, con los besos, pero no a mordidas porque, además de gore, la escena sería desoladora. ¿Qué quedaría al final, saciado mi apetito? Nada. Ni su pelo de abigarrados cabellos de garabato. Así que, por temor a ya no verlo, y nada más que por eso, no lo pongo en una tortilla, o en medio de un pan baguette, y me lo como a mordidas. Pero sí como con él, y comer con él es un satisfactorio doble, quizá triple: uno por saciar mi apetito, dos por ver que él sacia el suyo, tres por compartir lo poco o mucho que alcanza a estar sobre la mesa, o sobre el piso, o sobre el mantel, o sobre lo que sea que nos sirva de base para colocar los alimentos, que las mejores comilonas que nos hemos dado han ocurrido, dos o tres de la madrugada, muertos de risa sobre el largo mantel del piso.
.
Hemos compartido auténticos banquetes, con salsas de muchos tipos, platillos de mar y tierra, cocinados por nosotros y comprados en las ventanillas de un fast-food restaurant. Platos picantes, dulces, salados, calientes y fríos. Nos hemos llenado las narices de helado, los labios de catsup, la ropa de refresco, la piel de chocolate -el mejor chocolate que he comido en mi vida, tuvo como plato la redondez de sus labios-. Hemos fundido el queso, derretido la mantequilla, dorado el arroz, inflado el puré. Sobre la mesa hemos pactado, y bajo la mesa hemos reafirmado el pacto. A inicios del camino, fundamentamos la relación en una doble, culinaria y animosa regla: a pan y a cebolla. A abundancia y carestía. A exceso y a carencia.
.
Y hacia las cosas que él cocina, tengo yo un gusto especial, pues amo su toque y amo que entienda que a mí, más que en la cama o en los satisfactores económicos, se me conquista por el estómago. Claro que a eso habría que sumarle que, como buen cocinero que es, es un excelente amante, pero eso sería meternos en asuntos picantes y agridulces que seguramente a ustedes les parecerán de muy mal gusto.
.
Sépase nada más que por él le perdí el miedo a la berenjena, y el mal gusto a las especias. Ríe a carcajadas cuando le insisto que la comida indú es altamente perfumada, pero ríe aún más cuando me ofrece de algo, yo digo "no", y termino robando la mitad de su plato entre probadas. Él disfruta enormemente viéndome comer. Dice, el muy hedonista, que ver que me alimento constituye para él un placer supremo relacionado con la tranquilidad y el bienestar: con el nutrimento entrando en mi cuerpo, prolongo yo la vida, y con la vida mi estadía a su lado. No lo culpo. A mí me pasa igual cuando él tiene un antojo y logramos pagarlo y satisfacerlo. El solo rostro.
.
Otro asunto relacionado con la comida es la forma en que vemos el mundo. A decir de La Nancy, hay una relación directra entre cómo comemos y cómo vivimos. De ser esta teoría cierta, Mi Ojosh ve la vida con absoluta calma y dedicación. Se toma tanto tiempo en la degustación de los diferentes ingredientes que integran un platillo, y ya no digamos en su preparación, que todo eso me lleva a pensar que, si por él fuera, tomaría una fotografía de cada instante de la vida para vivirlo despacio, con la conciencia tranquila, sin prisas y sin adelantos de ninguna especie. Yo, en cambio, como tan de prisa que, en lugar de participar de la vida, parece que me dedico a nomás verla pasar.
.
Otro asunto de la cocina es la relación entre sus elementos y el placer sensorial. Verlo trabajar en la cocina me pone de buenas, y me alborota las más bajas pasiones: su concentración, su tono, los movimientos de sus manos coordinados y firmes, ligeros pero consistentes, me hacen recordar la concentración que pone en sus caricias, en sus palabras, en sus besos, y a mitad del hervor de una papa yo ya alcancé mi punto de ebullición y estoy como ajonjolí en charco de aceite. Y cuando trabajamos juntos, el asunto se pone mejor. Si bien a mí se me destinan labores menudas, como picar la cebolla o cuidar la sopa, sentir que trabajo de su mano y que luego degustaremos lo que juntos preparamos, sin contar las veces que, mientras menea el cazo y voltea los filetes, lo abrazo por la espalda y le saturo el cuello a besos, me hace enormemente feliz. En la cocina, como en la vida, se pone de manifiesto la capacidad de dos personas para hacer equipo, y luego disfrutar juntos, a media luz, del esfuerzo y de las ganas que en la misma meta invirtieron.
.
Tenemos todavía pendiente nuestra receta ideal. Sabemos que llevaría fresa, queso, mango, algo de aguacate y pechuga de pollo, sin olvidar el arroz, la salsa soya y el chipotle, el tamarindo y hasta un poco de café. Algún día, de todo esto, saldrá no sólo un buen platillo, identitario, folklórico, pero nuestro, sólo nuestro, sino también, por qué no, toda una carta qué degustar en los días que nos queden por vivir.
.
Nota picarona y cachondona: pocas cosas hay mejor para hacer sobre la cama que comer tras haber hecho el amor. El alimento fortalece, reconstituye y cierra el pacto, el pacto que dos, y nada más que dos, han armado ingrediente tras ingrediente para hacerse la vida mejor, tan sólo un poco mejor. ¡Ah, miren, como nos la mejoran también los pequeños antojos que nos hacen felices!
.
Ahora, basta. Se acerca el amanecer, y ha llegado el momento de destejer.
.
¡Salud!

No hay comentarios: