domingo, 31 de octubre de 2010

Réquiem por roja.

Para El Apapachoquealivia, a quien por fin hoy le hizo justicia la revolución.
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Roja agoniza. La fiel redactora, editora y hasta profesional confeccionista de este Baile, agoniza lentamente mientras esta entrada escribo desde un equipo que me ha prestado Doña Mago para anunciar a ustedes el fatal deceso, una computadora que, cabe decirlo, está bañada con agua bendita y funciona de lo lindo -no sé si por lo del agua bendita, pero el punto es que funciona bien-.
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Todo sucedió antier, cuando mientras elaboraba algunos escritos, fiel a su talacha, que siempre, debo reconocerlo, realizó con total entereza y funcionalidad, mi pie se enredó en su cable de corriente y, al momento de levantarme y sin que yo lo viera venir, la jaló con todo y cable. El tiempo se detuvo, sólo un segundo, y mi cerebro alcanzó a pensar: "por favor, que no se oiga su caída".
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Pero muy tarde. La caída de Roja se oyó, y retumbó honda, fuerte, secamente, en mi cabeza. No me repuse sino hasta tres segundos después, y me volví sólo para contemplar a mi fiel compañera de hazañas y letras tirada en el suelo, con la bandeja del CD-Room abierta, y una tarjeta de memoria a su lado, cual tripa extraída por el furor del acciente, despanzurrada. La imagen, tan desoladora como maldita, aún permanece en mi mente con terrible lucidez.
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No sé qué vino después. Sé que incorporé a mi antaño fabulosa herramienta de trabajo, la puse sobre el escritorio y, desesperado, intenté darle primeros auxilios. Ctrl+Alt+Supr no sirvió de nada. El tradicional botonazo tampoco. Le hablé bonito, le canté sus canciones favoritas, y Roja no regresó. Lo mejor que hizo por mis esperanzas fue dejarse encender y enlistarme tal cantidad de errores en su sistema que morí de tristeza nomás de ver la lista pasar frente a mis ojos. Supe que todo estaba perdido cuando le recé San Charbel -no sé si Roja sería devota, pero dicen que es un santo muy amable y servicial-, pero nada pasó. Roja en las mismas, y mi esperanza por los suelos.
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Ahora temo la ausencia de la más fiel y creyente colaboradora de este Baile. En sus teclas, desde hace dos años, la tarea se facilitó y la alegría subió de nivel. Hoy, con su pérdida, nos deja un profundo vacío, un irrecuperable duelo. De ésta, muchachos, no vamos a salir. Habrá qué ver qué hacemos, no sólo para no perder el ritmo, sino para poder salir avante y recuperar la esperanza, las energías, la decisión.
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Y que despertaba, y que estabas otra vez sanita, preguntando qué haremos hoy, para recibir exactamente la misma respuesta: ver cómo conquistar el mundo... sin salirnos de la red.
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¡Salud!

El telar de Penélope XIV.

La vida es un constante retorno. El regreso cíclico es demasiado complejo como para iniciar con el nacimiento, y es hora que los seres humanos no nos animamos a creer que termina con la muerte. Por eso nos inventamos reencarnaciones, cielos, infiernos y limbos, a los cuales va uno a parar cuando las funciones vitales ya no dan de sí, para volver a empezar. Porque el viaje nunca termina, y lo que pensamos el final, es sólo el comiezo, sólo un regreso más al inicio.
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Hoy, mi Ulises regresó a su Ítaca. El sudario, que ya tejía y destejía yo cada noche para evitar con la llegada del amanecer la imposibilidad de la concresión de su retorno, ahora no es más que un montón de hilachos dejados a su suerte junto al lecho que nos cobija. Porque hoy, además, no hace falta manto que nos cobije: recuperamos nuestros brazos, y debajo de su sombra no hay calor ni frío, no se sufre ni se pasa mal.
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Pero Mi Ojosh volverá a viajar, y seguro habrá viajes a los cuales yo no podré acompañarle. Si la vida no nos depara esa muerte ansiada que imaginamos y deseamos, tomados de la mano, desprevenidos por el sueño, lo más seguro es que uno de los dos termine su parte del camino en solitario. Y sobre cómo será, o quién lo hará, no hay noticia cierta. Sé que estaré a su lado hasta que eso suceda, y me importa poco si pasa en altamar y con la cara al cielo, o mientras bebo un café mirando a un jacarandal un domingo en la mañana. Me importa que sea a su lado, muy juntito, y que sea mi último suspiro un pedazo de su olor.
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El mar me lo ha devuelto, sano, salvo, un poquito más chino y con una cercanía mucho mayor. Hoy, sus abrazos son más sabrosos, su piel más cálida, sus besos más jugosos. Hoy lo disfruto más, será eso, porque entendí que la distancia, la ausencia, la carencia, la lejanía, no hacen sino avivar en nuestros corazones el recuerdo, la añoranza, el amor y el deseo. Tras mucho atentar contra el corazón, entendí que él y yo somos más fuertes que cualquier ancho mar, que cualquier intento de la vida, y su eterna propensión al retorno constante, cíclico, infinito, por separarnos.
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Por eso dormí nada más un par de horas, y en cuanto pude me paré como resorte, levanté a doña Mago para que me diera ride, y partimos los dos, ella con cara de susto y yo con la emoción haciendo estallar mi corazón, rumbo a la central. Ahí, verlo aparecer en el andén y correr a abrazarlo fue un mismo acto. Con su inseparable gorra negra, sus ojos muy abiertos y unos labios que gritaban bésame, enmarcando la sonrisa más grande que he visto en su rostro jamás, su acción fue también una sola: verme y fluir hacia mis brazos. Nos dimos, rodeados de la madrugada, la soledad del andén y unos cuantos mirones, los brazos y el calor que nos faltaban.
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Y sobra decir que nos amamos hasta que no nos quedaron más fuerzas físicas. Las espirituales, las amorosas, ésas están intactas, apenas disminuidas por el cansancio físico y lo agotador de la espera. Yo sufrí quince días, en la época en que las tecnologías como el celular y el messenger permiten la cercanía y la comunicación constante, y mis quince días sabiéndolo lejos fueron un infierno. Me pregunto ahora cómo habrá hecho la Penélope original para aguantar sin su Odiseo durante quince largos años. Una de dos: o el tejido nocturno e incesante del sudario le disminuía la ansiedad, o vivía permanentemente bajo el influjo de alguna sustancia alucinógena. Sólo así podría entender que no se volvió loca, o que no se suicidó.
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Una cosa es cierta hoy día: lo tengo, me tiene, y aunque sean nuestras vidas un eterno ir y venir, salir y retornar, no dejaré de amarlo en la distancia y regozijarme con él en la cercanía.
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¡Salud!

jueves, 28 de octubre de 2010

El telar de Penélope XIII.

No hay regalo más grato que el que se da de corazón. Para amar en serio, decía Teresa de Calcuta, hay que dar hasta que duela. Y Teresa no se refería, creo yo, a la última edición diamante de Mont Blanc, a un millar de rosas o a un auto nuevo –si se les cruza por ahí una Crossfox roja, con placas y tenencia a mi nombre, no sean malos y ámennos un poquito-. Se refería a entregar lo que uno es y ponerlo a entera disposición del otro.
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Eso nos ha costado un tanto a Mi Ojosh y a mí. Estábamos acostumbrados a individualizarlo todo y disfrutar más de un tiempo personal que de otorgamiento a otros. Ni sombra de ceder. ¿Ceder yo? ¡Pero cómo! ¡Qué escándalo! Porque ceder implicaba abandonarse a manos ajenas, perder la individualidad y la independencia. Ser para otros, y no para uno mismo. No, no, qué espanto. A mí mejor métanme en un cuarto oscuro con el cardenal –bueno, no, no es para tanto. Hasta sentí meyo-.
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Pero ceder se vuelve un asunto primordial cuando lo que importa es algo más que una persona. Si la pareja se pone en el lugar central, uno, como persona, se difumina, y la importancia consiste en dos esfuerzos puestos en función de una sola tarea, una sola meta, una sola satisfacción: una pareja creciente.
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Y eso de ceder se manifiesta en acuerdos. A veces cede uno, a veces el otro, y en el mejor de los casos, ambos damos nuestro brazo a torcer. Finalizando un diálogo -nunca discutimos, y eso se lo debo en toda medida al ánimo parsimonioso y calmo de Mi Ojosh, que alza la voz es nada más cuando ríe a carcajadas, o cuando llueve y grita de emoción-, viene siempre un acuerdo firmado por dos manos que se encuentran, caballerosamente, y dos labios que se abrazan, amorosamente. Nunca dejamos toma de decisiones sin acuerdo, ni diálogo sin toma de decisiones. Y otra manifestación más del ceder: todo nos lo compartimos. Ése fue un acuerdo inicial, y hoy día, quien hable con él lo sabrá todo de mí, y a mí nadie me va a venir con cuentos chinos sobre mi chino -me pregunto en este punto qué estará haciendo la humedad marítima con sus rulos, y me pongo celoso hasta del mar-.
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Mi Ojosh tiene otra peculiaridad que nos permite a ambos generar acuerdos y ceder: ha aprendido a dejar su individualidad de lado para ciertos momentos, y para otros hacerme parte de ella. Así, sabia y paulatinamente, me ha ido apropiando de todo, y me ha otorgado las llaves de su historia personal, su imaginación, su personalidad y el complejo mar de sus gustos. Todavía no aprendo a localizar a primer ojo ropa que podría quedarle, o zapatos que le gustarían, pero las llaves para hacerlo ya las tengo.
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Ésa es una responsabilidad gigantesca para una persona como yo, tan dada al control excesivo y la sobresupervisión. Pero él confía en mí, y al hacerlo me sorprende, porque es la persona que más me conoce en el mundo: o le gusta el inminente riesgo de que yo quiera decidirlo todo por él, o sabe que cuando así sea y yo me esté pasando de jarocho -?-, bastará un guiño, la menor insinuación de sus dos ojos gladiadores, para hacerme recular -?- y ponerme en calidad de gato mansito.
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Yo también le he soltado todas las llaves, pero él es mucho más respetuoso de mi intimidad que yo de la suya. Él pregunta antes de entrar; Yo entro como Juan por mi casa -¿quién era Juan, y cuál era el maldito afán de dedicarse sólo a entrar en su casa?-, muevo muebles, cambio cosas de lugar, pierdo papeles importantes, doy opiniones que no se me pidieron, no conozco límites. Y él nomás se ríe y lo vuelve a acomodar todo, explicándome porqué las cosas tienen su sitio, porque le gusta lo que le gusta, por qué no le gustaría cambiar. Y basta también la menor insinuación de mi sonrisa para que él recule y me dé gusto. Cuento de nunca acabar.
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Algo bueno he aprendido de todo esto: para amar a alguien, amar en serio, hay que dejarlo ir. Dejarlo ir diario. Comer lo que quiere, amar lo que desea, besar lo que ama. Si regresa, siempre fue de uno. Si no, nunca lo fue. Yo soy suyo, él es mío, y cedemos tanto que ya no sabemos si esto es amor o entrega, o ambas cosas.
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Pero ya amanece, y si no destejo se me ceba la sopa.
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¡Salud!

El telar de Penélope XII.

Viajar es una experiencia inolvidable. Nadie, ya se los he dicho repetidas veces, nomás que no me hacen caso, nadie es el mismo después de un viaje. El que asegure que después de viajar no ha cambiado, o miente o no ha viajado. Viajar restituye al hombre su naturaleza nómada, y evita el aburrimiento, aunque aumente la fatiga. Por eso, quizá, los que por motivos de trabajo o tiempo libre, emprenden viajes continuamente –supe de un hombre que terminó por hipotecar su casa no porque no podía pagarla, sino porque no la usaba, de tanto que vivía en los aeropuertos-, se arrugan más pronto y envejecen de manera prematura: viajar es vivir, y vivir en serio, pues en los tres o cuatro días que puede durar en promedio un recorrido por una zona arqueológica o una ciudad desconocida, se vive y se conoce más que en un año entero sin salir del lugar habitual de residencia.
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Mi Ojosh y yo viajamos mucho. Sacando cuenta una vez, descubrimos que en promedio cinco horas al día se nos van viajando. Este dato corresponde sólo al uso de vehículos automotores, y para nada toma en cuenta la cantidad de minutos que caminamos, ni el total de desvariaciones que nos aventamos, porque viajamos hasta sentados. En eso, quizá, está implícita nuestra capacidad de abstracción e improvisación: la mitad del tiempo del día, nuestra mente está viajando.
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El asunto de que viajemos tanto se debe a que vivimos en zonas de la ciudad alejadas de nuestros centros de trabajo y esparcimiento –me gusta la palabra esparcimiento. Suena como a un gordo echando chispas de colores mientras permanece echado a sus anchas en un sillón-. Yo, debo admitirlo, vivo alejado de eso y de todo lo demás. Doña Mago ha determinado tiempo atrás localizar su residencia en un coqueto y funcional complejo habitacional alejado de la podredumbre y el acabose sodómico de esta ciudad perdida –no son sus palabras, pero me río imaginando que las dice-. Allá, dice, porque eso sí lo dice, tiene todo: iglesia, iglesia y más iglesia -de los demás prescinde- . Para llegar a los brazos de mi amado, tengo que cruzar vías carreteras, cinturones de miseria que se vuelven verdaderos pantanos insurrectos en tiempos de lluvia, y media ciudad.
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El esfuerzo vale la pena. Nadie lo dice ya, en un tiempo moderno en que los príncipes azules montados a caballo no existen ni con los Pitufos, pero para poder disfrutar del amor en toda su amplitud heroica, hace falta surcar las distancias, y surcar las distancias implica levantarse temprano, librar camioneros dragones y hasta luchar contra peatones zombies.
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El primer viaje que Mi Ojosh y yo emprendimos, un domingo, nos llevó al parque Agua Azul. Ahí empezó la historia, y luego, tras múltiples viajes, se puso cada vez más interesante, hasta dejarnos prendidos. Luego, esa misma tarde, él me llevó a otro viaje: un viaje por las calles del centro de una ciudad que lo vio nacer, pero con la cual no comparte más gustos que la torta ahogada y su familia adoptiva. Por eso, redescubrir las calles solitarias de una ciudad caótica fue para mí como mirar un guiño de belleza en un lugar que, con el paso de los días y cada vez en mayor medida, me parece triste y lamentable.
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Y a partir de entonces, mi cobija de chinos y ojos y yo no hemos hecho otra cosa que viajar. Viajamos cuando nos tiramos a pensar en tonterías, cuando le inventamos nombres o apodos a las cosas y personas, cuando teorizamos, cuando descubrimos. Siempre descubrimos. No hay viaje sin descubrimiento. Viajamos al comer, por los mil territorios insospechados del sabor, y viajamos al amarnos, en los altibajos del sudor, la carne y la pasión –¡qué bonito me salió esto último, caray! Sor Juana estaría orgullosísima de mí-. Viajamos en camión, juntos, y ese es el viaje en camión más tranquilo que vivo, el único considerable. Por él, viajé un domingo -¿domingo?- al lugar de la ciudad que mira al valle, y conocí rincones que me eran insospechados, porque, ya les dije, viajar es descubrir. Y por mí, quizá más receptivo que yo con esos enormes ojos que todo lo ven y todo lo piensan, viajó él un sábado -¿sábado?- a las calles de mi infancia, en una colonia que no mira al valle ni al mar, pero está bien ansia.
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Viajamos luego al Distrito Federal, a la Ciudad de México, y él descubrió otra cara de su país y de su sociedad que son millones de caras, porque esa ciudad de espejos nos refleja a todos, nos expone y nos confirma. Y juntos, en un viaje que nos acercó como ninguno otro, conoció mis lugares favoritos y armó los suyos, prometiéndonos volver a esa mole de carne, piedra y acero que no es otra cosa que un rincón del paraíso.
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Quisiera sacar un estimado de los kilómetros que hemos recorrido juntos. No podría, creo. Más de la mitad de ellos, de seguro, los viajamos sin movernos de nuestros asientos. Así somos, no lo podemos evitar: cuando no vamos en carro, en camión o en tren urbano, vamos ayudados por la impresionante magia de la imaginación, que nos lleva al polo norte, a Brasil, a Nueva York, a lugares sin nombre, y luego nos trae de regreso.
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Creo que parte de la agrura en el estómago que nos da cuando nos despedimos, se debe a la insatisfacción propia del viajero que regresa a casa después de haberlo visto todo. Es la sensación de una vuelta a la normalidad que apesta, que sabe mal, que parece indeseable, innecesaria. ¿Para qué volver aquí, a mirar el valle, si lo que yo quiero es mirarte a ti? Triste dilema del viajar: ¿para qué vivir la vida, si lo que yo quiero es recorrer tu piel y fundar una ciudad entre tus cejas?
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Nadie conoce a alguien tanto como cuando viaja con él. Por eso yo decido y redecido vivir mi vida a tu lado. Pero ahora tú estás de viaje, ya amanece, y yo debo destejer la pena y la distancia.
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¡Salud!

miércoles, 27 de octubre de 2010

El telar de Penélope XI.

Nos vamos a poner chiqueones. Para chiquear a un Choito no existen instrucciones. Es necesaria una ración de tres sacos de amor, cuatro de entendimiento, ocho de empatía y como tres toneladas de inteligencia. A los Choito se les conquista con detalles, sorpresas y algunas dosis de alimento. Las palabras son importantes, importantísimas. Decirles lo que esperan escuchas, pero ante todo decirles la verdad, es el primer paso para un chiqueo completo y funcional. Por eso hoy, como en la distancia hace mucha falta el chiqueo, voy a chiquear a Mi Ojosh. Apunten bien.
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Para chiquearte, voy a bajar las estrellas y la luna. La luna te gusta mucho. Te gusta también ver el cielo estrellado y pensar lo chiquitos que somos. Las estrellas y galaxias son tus chinos, que se extienden por millones en formas insospechadas, cubriendo todo el Universo. En tus pupilas brillan dos soles incandescentes. Y así, cuando tengas de cerca a Júpiter y a Saturno, podrás jugar con sus satélites, hacer de sus anillos un hula-hula, o divertirte escarbando en los cráteres de la Luna. Me dirás que el conejo de la luna es Conegers, y que llegó ahí por intercesión angelical, y sólo tú y yo entenderemos esa broma. Tus estrellas, de picos geométricos, se pondrán a tu disposición para que con ellas peines y des forma a tus chinos arrebolados. Tu Universo será tu cuarto de juegos, y yo seré feliz al verte reír.
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Para chiquearte, voy a construir una casa con muebles minimalistas y la llenaré de cosas nuestras. Tendrás una cocina grande, de acero inoxidable, con toda esa gama de muebles y artefactos que por ahora sólo tú sabes usar, pero que con el tiempo, cuando haya más y más chiqueos, tú me enseñarás a prender, apagar, moler, picar, sacudir y sofreír. Leudar. Y así, una mañana de domingo, te sorprenderé con un desayuno en la cama que será otro chiqueo: los chilaquiles medio duritos, con trocitos de pollo o sólo crema, harta crema. Crema sacada de una vaca que también tendrás para verla comer, pero que no olerá, porque también, para chiquearte, voy a regalarte un mundo en el que sólo existan olores agradables, olores que te matan: el café, la manzana y la canela, la vainilla, el curri, la albahaca, el cilantro, las carnitas.
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En nuestra habitación, para chiquearte, pondré un candelabro que nos alumbre, y unas cortinas muy gruesas para cuando dormir sea una obligación. Habrá un edredón azul, grueso, y un buró para ponerlo todo. Una pantalla gigante para -no- ver las películas que nos seguimos debiendo, y un espejo también muy grande para que, mínimo, alcances a verte en todo tu esplendor. Y luego habrá un guardaropa digno de tu afición por los pantalones, los tenis y las playeras. Y, para chiquearte también, haré que Ozono, Vans y Puma diseñen para ti con grises, negros, blancos y tintos, cuadros, rayas y agujetas. Junto a la cama, habrá un balcón, y bajo él te llevaré, para chiquearte, serenata. Te cantaré las que te gustan, y las que te hacen llorar de la emoción. En el pasamanos, para chiquearte pondré girasoles y alcatraces, que, para chiquearte, haré regar con agua de vida. Desde el balcón, muy grande, podrás ver un atardecer que, para chiquearte, pintaré diario en tu propio cielo azul.
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Cerca de la casa, pondré un bosque frío y nublado, y más lejos, por allá, como el antojo que se esconde en la alacena para ser consumido sólo una vez al año o cuando hay visitas, habrá una playa para ti, para dos. Y junto al bosque, para consentirte, una ciudad, grande, poblada, llena de diversiones y secretos maravillosos, plagada de historia hasta por debajo de las piedras. Y cada día libre, mientras caminemos por su centro, su zona rosa y su zona artística, te explicaré la historia de sus museos, galerías, prados y palacios. Te esconderás en sus alcázares, y te maravillarás de las sorpresas que, como toda real ciudad, te tenga preparadas. Para consentirte vivirán todos nuestros amigos en un gran complejo habitacional, y para consentirte irás en tu Crossfox, casa por casa, de tarde en tarde, armando la charla y el café.
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Para consentirte, construiré una jaba de vinos y tú me enseñarás a catarlos. Me guiarás en torno a sus sabores, y, también para consentirte, venceré mi alergia a la más antigua de las bebidas alcohólicas y podré beberla contigo. Para consentirte, me pondré borrachito y reiré, y, para consentirte, grabaré mi risa alcoholizada y podrás reproducirla cuantas veces quieras para seguirte riendo de mí.
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Para consentirte, haré traer café de altura, y pondré una plantación junto a la casa. Al despertar, olerás la hierba, la tierra mojada, el sol que despierta a las criaturas. Para consentirte, te haré bajar un sol entero que no calentará sino iluminará. Será tu sol, y con él podras subir y viajar como en un globo aerostático, y para consentirte, tu sol te llevará hasta Río, y le chocarás la mano al Cristo del Corcobado. Para consentirte, haré que tu sol te lleve al carnaval, a las pagodas, a los restaurantes y a las costas. Para consentirte, te regalaré Hipanema, y cuando estés cansado de las playas, te haré bailar la zamba, para consentirte, en las calles de la capital.
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Para consentirte te llevaré a probar comida en cada fonda de cada ciudad del mundo. Para consentirte, reiré contigo cuando no podamos pronunciar los nombres de platillos igual de exóticos en la Patagonia como en Rusia. Y probaré contigo, para consentirte, mil tortas de mil sabores en mil naciones diferentes. Y cuando terminemos, para consentirte, haré que recuerdes todas y puedas diferenciarlas, y prepararlas una, y otra, y otra vez, para volver a viajar.
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Para consentirte, crearé leyes que nos protejan y sociedades que nos dejen tomarnos de la mano y besarnos en las calles. Le bajaré el volumen a los altos jerarcas de la Iglesia Católica, y haré feliz a los tuyos con mil deseos cumplidos, para que nunca más tengas que preocuparte por lo que le falta a tus amigos, a tu familia, a tu ciudad.
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Para consentirte, me pondré el traje de baño que tú quieras, y bailaré lo que tú digas. Para consentirte, me vestiré de oso polar en navidad, y usaré bufanda y gorro bicolor. Para consentirte, hablaré chiqueado, te daré un masaje, y me bañaré contigo. Para consentirte, me pondré un moño de regalo y llegaré a ti con dos camiones de besos interminables, que podrás usar cuando quieras mientras yo no esté. Porque cuando esté, para consentirte, seré para ti sólo besos, sólo abrazos, sólo piel.
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Para consentirte, compraré los juguetes que siempre quisiste, y hare que Matel, Hasbro y hasta los artesanos mexicanos, fabriquen juguetes a tu placer. Tendrás un Hot Wheels de tu tamaño, un Tundercat de copiloto, y un Munra personal para "partirle el hocico a patadas". Para consentirte, te daré una sala de cine, un expendio de postres, un Boca 21, una tortería Las Famosas y un Burger King. Para consentirte, construiré una alberca de pelotas del tamaño de un estadio, y quitaré el futbol de la tele los domingos. Para consentirte, haré que en tu celular tengas los números de Shakira, Julieta Venegas y Eva Amaral, y para consentirte pondré Telcel a tu disposición y podrás hablar con ellas como viejas amigas, traerlas a la casa, invitarlas a jugar con tus planetas, tus estrellas y tus soles.
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Para consentirte, curaré las heridas del pasado y acolcharé el futuro. Para consentirte, haré que nada te hiera, nada te duela, nada te atormente.
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Para consentirte, estaré yo, y para consentirme, que estés tú será suficiente.
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Para consentirte, destejeré, porque ya llega el amanecer que para ti también he pintado.
¡Salud!

El telar de Penélope X.

Las parejas gay solemos estar muy solas. Nos dan la espalda los padres, los amigos de la infancia, ya no digamos la sociedad y los círculos laborales. Salvo en mi caso, o en el de Mi Ojosh, en el que el noventa por ciento de la plantilla laboral de nuestras respectivas chambas está formado por homosexuales, es difícil llegar a una empresa y decir abiertamente "soy gay", esperando un aumento, una consideración, un apapacho, bienes que normalmente son suministrados primero a hombres, heterosexuales, y con familia. Y si a todo esto le suman alegatos como el de la antinaturalidad, la moral, o la enfermedad -¡en pleno siglo XXI!-, salimos perdiendo como diez a cero.
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Por eso tenemos que formar nuestras propias familias. Pero eso no es nuevo. Tenemos siglos haciéndolo, y somos tan expertos en el arte de agruparnos con personas que nos amen y protejan, que por eso nos han denominado "comunidad", y el término nos ha agradado porque no suena tan masónico como "hermandad", ni tan católico como "asamblea". Y nosotros, cada uno, cada pareja, por ende, ha de rodearse de su propio séquito de allegados para que, en los tiempos de frío y tiniebla, cuando todo el mundo dé la espalda e intente salvar su propio pellejo y el pellejo de los suyos -como en curtiduría-, no nos falte la compañía, y nos sobren los abrazos, las risas y el crecimiento.
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Mi Ojosh y yo tenemos una familia bonita. La integran los míos, los suyos y los nuestros. Gente que estaba ahí, con él, como un regalo de la vida, antes de que yo llegara. Que lo ha visto caer y levantarse, equivocarse, reírse, llorar, hacer las tarugadas propias de la adolescencia. Yo tengo mi otro tanto, sólo que creo que yo he hecho siempre más tarugadas, porque a mí no se me da ese asunto de estar en paz y sentirme adulto. Y ya luego, juntos, ha habido un grupito de personas que se han acercado a la relación y la han apapachado.
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Así, pues, el trajo a La Eli, El Chuyote, El Amigodin, La Marce y otros más. Yo, aporté a La Zucaritas, El Gerber -ambos cupidos excelentísimos. Los voy a alquilar para cumpleaños, bodas, sorpresas y similares-, La Traviata, La Wendy, La Casicasi, La Wera, La Vero y otros más. De la familia sanguínea, con descalabros, traímos también a personas de suma importancia: el atrajo a La Carmeliux, que ahora es la tía adoptiva que mejor me escucha, y yo a La Margarita, La menor de mis hermanas, El mayor de mis hermanos y, ocasionalmente y con restricciones, a doña Mago, única mujer en proceso de canonización advitam.
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Así, pues, alrededor de nosotros se ha ido formando un ejército de lealtad, compañía y protección. Así, cuando al gente le pregunta a alguno de ellos qué onda con nosotros, el andamiaje entero se mueve para decir lo que convenga: "andan", "están enamorados", "se ven estupendo juntos", "están felices" o "no sé". Porque es otro dilema de la familia adoptiva: cuando es necesario guardar silencio, lo guardan entre todos, y entre todos el mismo silencio se complementa, se hace más estruendoso, y termina por alejar a quien alejado debe ser.
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No me atrevo todavía a afirmar que la muestra de que una pareja va viento en popa es que se rodea fácilmente de familia. Sí puedo, creo yo con pruebas irrefutables, asegurar que cuando la familia abraza a la pareja y la sostiene -soporta-, es porque sus integrantes, por separado, han dado buena espina a los amigos y hermanos. La Traviata me lo dijo cuando apenas lo conoció: "Ese Chuy es un amor". La Eli se lo dijo cuando apenas me conoció: -no sé cómo se lo dijo. Se lo preguntaré después, porque ya me llevo de piquite de hombligo con ella-. Todos se anticiparon a los meses siguientes y auguraron buen éxito, pero nos pidieron cautela, por el hecho doble de que las relaciones gay suelen ser caóticas y destructivas -y las no gay... con los tiempos que corren...-, y que habíamos sufrido descalabros amorosos en recientes fechas.
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El asunto de la familia llegó a un tono de valoración importante cuando, tirados un día en un jardín público -¿cuándo no hemos estado tirados un día en un jardín público?-, comenzamos a enlistar a cuáles de nuestros conocidos, allegados, amados y hasta odiados, recibiríamos un día en un hogar común. La premisa era muy sencilla: él, ella, se quedó sin trabajo y sin pareja. En el departamento hay un cuarto disponible. ¿A quién se alojaría por un tiempo, o el tiempo necesario? La cesión del espacio común fue una prueba de fuego que pocos pudieron pasar. Hoy, salimos con ellos, los procuramos, nos los mandamos saludar y nos mandan saludar. Esa es nuestra familia, nuestra comunidad, y estamos orgullosos de presentarla al mundo, sea o no nuclear, tenga o no hijos adoptivos -yo todavía tengo que darle chupón a El Gerger-, la ampare o no la constitución. Familia, después de todo, no es la que Dios da y las leyes avalan. Es la que tú, y nadie más que tú, decides.
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Interrumpimos esta entrada primariamente amorosa para enviar un mensaje monotemático a un señor cuya importancia no existe, que se hace apedillar Sandoval Íñiguez: si los gays destruimos familias, explíqueme por favor ¿qué estamos haciendo al convivir con nuestra gente, ser amados y distribuir amor a manos llenas? ¿Cómo se explica que, en lugar de darnos la espalda, nos apoyemos económica, fraternal, laboralmente? ¿Somos los gays destructores de familias en un argumento como de ciencia ficción, en que cada vez que dos homosexuales se toman de la mano, un papá que desayuna con sus hijos muere fulminado? Piénselo -si todavía ejecuta su cerebro labores más allá de la denostación-. Sus argumentos caaaaaaaaen, caaaaaaaaen, caaaaaaaaaaen.
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¡Salud!
¡Salud!

domingo, 24 de octubre de 2010

El telar de Penélope IX.

Nos gusta agua. Lo admitimos. Hemos de asegurarlo. Lo defenderemos según haya que hacerlo: no hay mejor forma de pasar la tarde que estar apelmazados escuchando la lluvia golpear contra el cristal. Es un asunto de suma importancia. El agua atrae la vida, y sin la vida no hay forma de amarse y entregarse. Dos corazones que se escuchan mutuamente palpitar en el silencio de la noche, no laterían sin esas tres cuartas partes de agua que los consisten, y esas tres cuartas partes no serían un décimo siquiera sin la presencia irremplazable de la lluvia.
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La primera vez que el agua nos agarró desprevenidos, no cayó del cielo. Cayó de mis ojos, que, temerosos, le entregaron mi historia personal al único ser sobre la tierra que ha sabido entenderla, se ha arremangado después de escucharla con atención, y se ha puesto a trabajar en ella con el mismo interés que yo debería tenerle. Le ha quitado tornillos, le ha acomodado tuercas, y con apoyo, dedicación, y un poquito de aceite 3 en 1, la ha hecho brillar. Hoy, territorios insólitos como el de mi padre y su demencia, mi madre y su intolerancia y mis hermanos y sus traumas, serían para mí difíciles de retomar sin sus palabras de aliento, sus consejos, su compañía y su forma tan peculiar de hacerme no olvidar que existen, ojo, buen punto, sino tomarlos de la mejor manera.
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Luego, el agua nos tomó por sorpresa en el pasto mojado de un parque que nos empapó la ropa. Él tuvo entonces su primer muestra de amor hacia mí: venció dos mil tapujos y autocensuras, y se animó a sentarse en el pasto húmedo, contradiciendo así toda una vida de resquemor hacia sensaciones, olores y percepciones como la de sus pantalones manchados de cesped. Yo, al ver que lo hacía, y sabiendo lo que para él significaba algo así, lo amé el doble, y lo seguí amando después.
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Luego, la mejor agua llegó escuchando llover el uno sobre el otro, en la intimidad de un cuarto de hotel. Ése es un buen recuerdo. Jamás la lluvia me dio miedo, al contrario. Pero por primera vez en mi vida, escucharla mientras sus cálidos brazos me arropaban completo, me hizo sentir una doble serie de asuntos sobre la piel: primero, el miedo intenso, hondo, al saberme solo en el mundo, a expensas de mil y un catástrofes, mil y un elementos naturales, mil y un salvajismos. El segundo, sentirme protegenido, cobijado, fortalecido y resguardado como jamás, ni en el vientre materno siquiera, lo estuve antes. Ésta es la vida, pensé. Ardua, calamitosa, difícil, trabajosa, inhóspita, inverosímil a veces. Éste es mi refugio, agregué enseguida. Y si esto no me falta, ¿quién contra mí?
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Y finalmente, nos tocó mojarnos. Fue un antojo, como los que nos agarran caminando por el centro a las seis de la tarde, cuando ya lo hemos visto todo y lo único que queda de la tarde son nuestras palabras flotando por doquier. Así, sencillos y prácticos: se nos ocurrió que teníamos un antojo como de empaparnos bajo la lluvia. Y lo logramos, sin pedirlo. Nos agarró desprevenidos y cuando terminó, seguíamos brincando en los charcos, abrazándonos so pretexto público -porque en lo privado no hay pretextos para nada, están de más- de cubrirnos uno a otro de la lluvia. Cuando terminó también seguíamos riendo, y hoy, a meses de distancia, pienso que algo debe tener ese chino de ojos grandes para hacer de cada instante algo nuevo y sorprendente -se me hace que trabaja en Kodak, y no me lo quiere decir-.
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La otra lluvia grata fue la de la regadera, la primera vez que, para decirlo sin alterar vanas conciencias, nos dimos higiene personal. Si no lo han hecho, no sé qué están esperando: nada hay como acto más amoroso que procurar, con sus manos y un jabón, la higiene del otro. Es como traerlo a la vida, y darle lo mejor, todo en un mismo acto. Además, para los que gustan del control y son celosos hasta de su sombra, bañar a su pareja tiene un plus: pueden saber a qué huele al salir de casa por la mañana, y a qué debería oler al llegar a casa por la noche. Pero esta fue una anotación al margen que no contará sino para aconsejarles lo que para mí ha significado un momento deslumbrante: agarren la esponjita, y tállenla en la piel de su pareja. Además, conocerán rincones insospechados y terminarán por amarlo más. Yo, al menos, así lo viví.
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Pero ahora, sin lluvia, amanece. Y hay que destejer, mientras la única agua que está en mi mente, es la que circunda a Mi Ojosh e mpide su retorno. El agua es así, dual, múltiple incluso: crea y destruye. Aleja y atrae. Agua, ya, no seas gacha, por los buenos momentos, traelo a casa de una vez y te prometo bailar con él, otra vez, bajo el candor de tus gotas vespertinas.
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¡Salud!

El telar de Penélope VIII.

Toda institución que se precie de ser seria, formal, comprometida y humana, posee valores. No hay la que no. Las que operan con fines de lucro y las que trabajan por caridad; las que pertenecen al Estado y las que emanan del pueblo; las que se originan tras conflictos con instituciones presedentes y las que aparecen en escena obligadas por la evolución de los pueblos. Sin valores, nada germina, nada crece, nada prospera. El Tec de Monterrey, connotada institución educativa de nivel superior en nuestro país, intentó formar jóvenes emprendedores y líderes en sus primeros años, capaces de dirigir y crear empresas, generar empleos y ganar mucho dinero tomando decisiones difíciles. La universidad privada más cara del país olvidó incluir materias de valores en la práctica profesional. El resultado fue caótico, pues liderazgo sin valores decayó en la formación de ogros -"¡He creador un mounstruo, y está vivo!", gritó Rangel Softman, el rector general del Tec de Monterrey, ante la primera generación de líderes emprendedores, al puro estilo del doctor Frankenstein en la célebre novela de Mary W. Shelley-.
Y eso pasó porque los matemáticos del Tec olvidaron incluir en su fórmula la ecuación secreta: un mundo sin valores, está condenado a ser devorado por las hormigas del olvido y la depravación.
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Mi Ojosh es un hombre lleno de valores. Reconoce la mitad de los que tiene, lo cual le proporciona un valor agregado: la humildad. Pero, entre otras cosas, mi cobija de chinos y ojos es afecto a la lealtad, la justicia, la sinceridad, la sencillez y la limpieza. Además, es educado, empático, generoso y fiel. Ya sé, ya sé, van a decirq ue así lo digo porque, como diría doña Mago, -que en estos momentos está visitando la Ciudad de los Palacios vía invitación del mayor de mis hermanos, y según las últimas noticias se ha sorprendido al descubrir lo mucho que ha cambiado la ciudad desde la última vez que la vio, pues ya no hay chinampas en un lago florido... ni hay lago florido... ni hay flores- lo veo con ojos de amor, y sí, tendrán razón, ¿con qué otros ojos he de verlo? Pero yo no intento venderles nada -la última vez que lo hice, fueron las palomitas sabor cochinita pibil, y nadie me las compró-. Lo digo porque lo creo, y lo creo porque yo no ando para desperdiciar mi tiempo, y si no encontrara valores en el hombre que amo, ni lo amaría ni sería mi hombre.
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También es responsable, perseverante y crítico. Dura, terriblemente crítico. Incluso puede juzgar más fríamente que yo, pero prefiere no hacerlo, quizá conocedor de que los juicios son del diablo -él no cree en el diablo, pero así se dice, pues-. Creció en un barrio bajo -el asunto de las clases será tema de otro telar-, y no se avergüenza de su pasado. Más allá: prefiere asumirlo y procurarse un futuro más digno. Aspira a algo mejor, pero no cree tenerlo todavía como para perder suelo.
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Es ardiente y apasionado, pero también sabe dormirse en sus laureles -y lo hace más a menudo de lo que mi ánimo, dado a andar de prisa, suele tolerar-. Es paciente, magnífico con los que lo apoyan, y terrible con los que le dan la espalda. Nada trata más duro que a una traición, una injusticia, un abuso. Si puede ser el ánimo más calmado y franco que existe, puede ser también un hielo cuando se trata de ser cortés, por lo menos cortés y educado, con quienes no le caen. Pero ese es otro buen dato de Mi Ojosh: para no caerle, o caerle mal, que viene siendo lo mismo, pero no es igual -?-, hay que, de plano, ser bien gacho. De ahí se desprende que yo le conozca sólo dos enemigos permanentes: los fanáticos religiosos y los malandrines.
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Claro está que yo comparto con él esos y otros valores. Pero también está claro que hay valores que yo considero destacables, como la espiritualidad, que él prefiere no compartir. Sin embargo, su buen humor le permite la broma, y la broma la tolerancia y el respeto. Es respetuoso a morir. Nunca le he visto una mueca hacia quien es civilizado, pero sí puede ser bastante frío cuando la gente se porta gacha con él, y su frialdad, que ni te mire -y miren que eso está difícil en una persona que es 90% ojos-, es ya un duro desdén. Nunca será grosero contigo, pero si deja de verte, o peor aún, te mira receloso, ya lo perdiste.
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Tampoco comparto su propensión a recelar de los demás. Para acceder a él hay que ganarse su confianza, y eso no es difícil, aunque sí fácil de perder e imposible de recuperar. Eso lo valoro mucho, y lo he aprendido de él: la gente no es toda buena, y la apertura de mano que tú le ofrezcas tendrá que ganársela. Así se evita uno muchos descalabros, y mucha pérdida de tiempo. Así se va ahorrando uno espacio en el corazón.
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No podría decir cuáles de todos los valores que enlisté son los más característicos de la relación, o los que nos han llevado a mantenerla firme, viva y creciente como está. Sé que son muchos, y la combinación de los suyos y los míos -yo, por ejemplo, lo he enseñado a ser paciente y tolerante, a respirar antes de decidir y dar siempre un poco más de lo que los otros esperan, un valor agregado como factor sorpresa-. Y sé también que los mantendremos firmes, ondeando en lo alto, orgullosos de a dónde nos han llevado, y esperanzados de que habrán de depararnos, esos mismos valores y muchos más que mutuamente habremos, con esfuerzo y disposición, de adquirir y conservar, muchas más sonrisas en el futuro prometedor.
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Ahora, sin embargo, llega el amanecer y destejer será la cura para alivinar la ausencia.
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¡Salud!

jueves, 21 de octubre de 2010

El telar de Penélope VII.

El estado natural del hombre es el frío. Esto, claro está, no es cierto. Nuestros tejidos, órganos y sistemas, están adaptados a la templanza, tanto que la concentración grasa obedece, según expertos, a una necesidad por conservar el calor y la energía corporal. Salvo la respiración y la sudoración, no hay un sistema de refrigeración del cuerpo humano, y sus temperaturas nunca llegarán a las que, ambientalmente, nos son más cómodas, como los 18° centígrados, so-so.
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Pero a mí me gusta el frío, y me gusta pensar que las cosas funcionan mejor cuando hace frío. Ya les he dicho yo anteriormente que mis meses favoritos del año son los últimos tres, cuando salir a la calle constituye una proeza debido a las bajas temperaturas, y uno anda buscando como desesperado un espacio cálido en el cual mitigar la frialdad del día –una vez divisé a un señor acercándose paulatinamente a una rosticería mientras esperaba el camión. En la toma dos, estaba el pobre hombre con media cabeza metida en un pollo-. Pero salvo las dolencias y carencias mínimas propias del frío, el frío es mejor: la gente sale más guapa en las fotos, la ropa de invierno es mucho más cachonda que la veraniega, y con los días fríos llegan también unas ganas de apapacharse que no se quitan ni con tres kilos de calentones.
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Ahí entra Mi Ojosh. Él tiene el abrazo más cálido y sustancioso que se ha visto sobre la faz de la Tierra. Es tibio como un platón de sopa, y sabroso como un bombón asado. Y lo mejor de todo: solamente es mío, y sólo yo tengo el gusto de recibirlo con la animosidad, la energía y la potencia que su abrazo significa para mí. No sé si tengan ustedes quién los abrace así, pero puedo jurarles, sin el menor temor a equivocarme, que abrazos como el de mi guapo no los hay. Por algo este Baile, que es tan dado a apodar para evitar que la identidad de terceros, al ser revelada, ocasione descalabros, lo ha apodado mi cobija de chinos y ojos. No hay abrazo como él, y no hay frasada más cálida y consistente que la que constituye su calor y su cercanía.
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Además, con el frío viene la celebración de nuestro aniversario, y tan cómodos nos sentimos con dicho clima que ya estamos procurándonos una residencia totalmente amueblada en una alta sierra, o en un paraje nebuloso. Contrario a nuestro ánimo, claro, siempre encendido y rubicundo.
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Y además, está el hecho de que el calor nos pone mal. Muy mal. Nos desacomoda las ideas y hasta nos impide expresarnos con calma. El menor desajuste nos hace mal, y para tomar decisiones acertadas tenemos que estar durmiendo cada doce horas.
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Si por nosotros fuéramos, viviríamos en un iglú. Por eso, él me dice Bolo, en atención al oso polar fabricado por Liverpool en afanes mercadológicos, claro, pero que yo llevo como mi tesoro infantil más preciado, y yo lo llamo "mi esquimalito", además de su amor por el frío, porque me es absolutamente sencillo imaginarlo enchamarrado, con pico en una mano y salmón recién pescado en la otra, reservado y silencioso. Tampoco me es difícil imaginar que tiene, como los verdaderos esquimales, treinta formas distintas de llamar al hielo. Después de todo, si tiene como tres millones quinientas mil para llamarme al amor, ¿qué no hará con el hielo?
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Además, el frío nos permite pasar más noches amarrados el uno con el otro, y más días calentándonos con la mirada. Y en esta ciudad de gente fea, tosca, dada a la lejanía y la reserva, el calor y la necesidad de proporcionárnoslo que nace con el frío ambiental, nos mantiene permanentemente al tanto el uno del otro, apapachándonos el alma, arropándonos la piel, haciéndonos tamalito el corazón.
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Pero el frío del amanecer se acerca, y será el momento de destejer.
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¡Salud!

miércoles, 20 de octubre de 2010

El telar de Penélope VI.

No hay hombre más vivo, que el que tiene presente su infancia. Para mí no ha pasado. Si bien ya no hago rabietas cuando tengo hambre –a veces dejo de pensar y mi socialización se ve reducida a un nivel animal, ¿pero a quién no le pasa lo mismo cuando le rugen las tripas?-, si ya no busco coleccionar Hot Wheels ni tengo como mi máximo ídolo al Chavo del 8 –nunca lo tuve, no se espanten-, sí me doy el lujo de mantener la frescura y la candidez en ciertos actos de mi vida que hablan justamente de mi niño perdido.
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Por eso, río a la menor provocación, me asombro ante las sorpresas diarias de la vida, y no temo preguntar cuando una duda invade mi razón. Me gustan los Froot Loops más que el Splenda. Si algo me parece injusto, lo digo, a mi manera. Puedo imaginar todos los mundos posibles en una tarde de lluvia. Aún le temo a la oscuridad. Puedo pasar horas enteras haciendo dibujos sobre un papel si me dejan de ocioso. Si alguien me da un avioncito de papel, no dudo en arrojarlo. La capacidad destructiva de mis manos no tiene límites –“manitas de estómago”, me dice La Margarita, todavía la mayor de mis hermanas, una poderosa y sensualota financiera-. No me gusta la sopa de fideos, y si no me gusta no me la como. Grito cuando hablo. Me gusta colorear. Si me dieran un cheque por cien mil dólares, seguramente, y para quitarme la espinita, compraría un Max Steel.
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Pero todas estas características de mi más íntimo ser, no son más que poderosos y bien afianzados puentes con mi niño interior. Debo admitir que, cuando me pongo a platicar con él, lo encuentro más caótico que un cuadro de Picasso, y más travieso que Daniel Mitchell. También está herido, ¿qué niño interior no lo está?, pero me sorprende su entera capacidad de reír a carcajadas de sus propias dolencias. Parece, si la visión no me falla, que está más dado a mantener el buen humor que a verse acongojado por los problemas diarios. Por eso es fuerte, más que llorón o melancólico, y tremendamente terco.
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Mi Ojosh no sólo mantiene un fuerte vínculo con su niño interior: él es a veces, si se da el lujo de vez en cuando, su propio niño interior. Así, pues, cuando yo ando infantil, he encontrado a mi mejor compañero de juego. Podríamos jugar al timbra y corre, pero como todavía conservamos el pudor –aburriiiiido- propio de la adultez, nos limitamos a imaginar. Si mi capacidad de construcción es asombrosa, la de mi guapo me ha dejado pasmado. Yo empiezo a tripear y, si él anda de ánimo y me sigue el paso, cosa que pasa en el noventa y nueve por ciento de los casos –tiene que andar muy dormido, o muy angustiado, casi al borde del colapso nervioso, para que no se dé el lujo de imaginar conmigo-, no hay poder, humano, divino o eclesiástico –ése menos que nada- que lo detenga. Así, pues, entre los dos hemos construido tantos castillos en el aire que ya forman a estas alturas una ciudad, tantas conjeturas, tantas imágenes, tantas parodias, que comienzo a pensar que su natural calma para hacer las cosas, y nada más que eso, lo hizo retardarse para llegar a mi vida. Resulta que yo lo estuve esperando en un parque durante doce años, tirado sobre una colina de césped listo para rodar, o encontrar forma a las nubes, o perseguir hormigas, o imaginar el interior de los nidos de los pájaros –que ya vienen con cocina integral incluida-, y éste andaba, casi con la misma altura que tiene ahorita, y eso sí, con los mismos chinos y los mismos ojos jupiterianos, haciendo lo mismo en otro parque lejano. Me cae que si me lo hubiera encontrado, lo hubiera traído a jalones, agarrado de la mano, como lo suelo apurar siempre que baja el paso mientras andamos por la calle.
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Es tanto su vínculo con su niñez, que yo he tenido que recobrar el mío más de la cuenta. Hoy, gracias a él, río con más facilidad, imagino con más facilidad, juego con más facilidad. Él también ha podido bajarle a la rigidez de las formas, y reír a carcajadas hasta de sus propios traspiés. Ése, lo admito, ha sido un gran triunfo de Agustincito, y hemos tenido que recuperar el camino perdido durante los últimos cuatro años de su vida, ya les contaré por qué –o no, mejor no, que para eso hará falta un TVyNovelas, muchas ganas de fregar, y mucho tiempo libre-. El punto es que hoy, hemos encontrado a nuestro compañero de juegos favorito, hemos batido la comida, hemos sacado la mano por la ventanilla del camión, hemos brincado sobre la cama –en las acepciones sexual y no sexual de la expresión-, nos hemos reído de los mayores, hemos tomado Coca en la noche, hemos desayunado dulces y nos hemos ido a dormir sin hacer la tarea. Nos hemos revolcado en la hierba –de nuevo la doble acepción del término-, nos hemos columpiado por horas hasta dejarnos marcadas las nalgas con las franjas de fierro del asiento infernal, hemos corrido bajo la lluvia y brincado en los charcos, hemos comido con las manos sucias y nos hemos llenado el estómago con chucherías. E insisto: si pudiera retroceder los años e irlo a buscar, con gusto tocaría hasta la puerta de su casa y preguntaría: “Doña Hilda, ya sé que a usted no le gusta que me junte con su hijo porque luego lo corrompo, dice, pero, ¿lo deja salir a jugar?”
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A eso súmenle que crecimos en la misma ciudad del país, vimos los mismos programas de televisión –a excepción de Dragon Ball, que sigue siendo un gran y temible bache en mi cultura general-, comimos las mismas cosas y fuimos a los mismos lugares. Tenemos, en fin, la misma cultura infantil, motivada por las mismas cosas, los mismos objetos, las mismas experiencias. Ello nos lleva a identificarnos mucho, y muy bien, a tener chistes locales localísimos y a disfrutar de las mismas cosas simples de la vida con el mismo antojo infantil, ese antojo de ojos grandes y manos pegajosas que se lo come todo, lo asimila todo, lo comprende sin tapujos. Porque no es cierto que los niños no entienden nada. Yo, creo firmemente, los niños saben más que los papás, y tienen una capacidad de adaptación a la realidad que ya quisiéramos muchos adultos.
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Por eso, abrazo y amo que mi relación, adulta, justa, fuerte y comprometida, responsable, como toda relación de adultos que se precie de serlo, sea también la relación de dos niños felices con serlo, contentos con correr bajo la lluvia lo mismo que pagar un alquiler, compartir el pan o mantenerse fieles. Ésa es una de las claves de la felicidad en la pareja, me parece: que sean, muy en el fondo, dos niños que se encuentran y comparten, con todo lo que la experiencia les permite como adultos, la felicidad de los años de inocencia.
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Pero ya viene el amanecer, y aunque me guste más que la noche, es momento de destejer.
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¡Salud!

martes, 19 de octubre de 2010

El telar de Penélope V.

Darnos de alta como número frecuente Telcel es la declaración de amor formalizado del siglo XXI. Ya atrás quedaron las flores, la serenata, el poema y la canción. Ya nadie muere de amor. Gracias a la llegada de las nuevas tecnologías, las muestras tradicionales de afecto y las formas comunes de cortejo, las que compartieron nuestros padres, y los padres de nuestros padres, se han visto remplazadas por otra serie de formas novedosas que, si bien no dejan de tener cierto romance en su motivación, han dejado de lado prácticamente todo contacto físico entre los manifestantes. Ahora, que el locutor de cierto programa de radio te marque para decirte que Jonatán te ama, o que algo como "Aa LluUCzioO d MmiIraFflOreS, T Amo, CosilixX, Nunk CaMmbIeSs" aparezca en el cintinto de cierto programa de televisión, vía mensaje de texto, son formas máximas de demostración afecta y socialización de la pareja, claro, ante un grupo poblacional que comparte dichos foros de expresión -la plaza pública y la calle empedrada, lugar de comunión de las formas tradicionales de comunicación amorosa, han quedado poco a poco abandonados. Lo nuestro, lo generacional, es la plataforma SMS-.
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Pero no necesariamente esto es malo. Ilustrativo, sí, de lo poco dadas que somos las nuevas generaciones a mantener contactos más allá del monitor, las teclas y las abreviaturas. Hasta tenemos amigos en Facebook que en la vida hemos visto, y ponemos "Me gusta" en cosas o asuntos que ni siquiera hemos vivido, pero que nos reportan algo, una sensación, un deseo, una necesidad de pertenencia. Platicamos más por celular, o por webcam, que lo que nuestros padres lo hicieron colgados al teléfono fijo de sus casas, o al público de la esquina, y nos decimos más por mensajes de texto que lo que ellos se dijeron por telegramas. Pero hablamos, platicamos, intercambiamos amor y fortalecemos relaciones, por poco que pueda parecerle así a nuestras generaciones precedentes.
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Mi Ojosh me dio de alta como su número gratis Telcel a la semana de andar. Cuando se lo dije a El Gerber, muy dado a escapar de toda clase de compromiso y liación sentimental, sufrió una parálisis facial del susto que le duró como dos semanas -creo que todavía la trae... no, esperen... él es así de inexpresivo-. Yo no había caído en la cuenta de lo significativo que era dicho acto de entrega virtual en el mundo actual de los amantes -que todavía, aunque no quieran, siguen volando en nubes de color y pintando corazoncitos, aunque sean pixeleados-, hasta que una sola frase, dentro de su histeria de amigo indispensable, me llevó a la realidad: "Eso es como darte el anillo, pedir tu mano y hacerte el amor, todo en la misma noche".
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Yo lo agregué como mi número gratis unos días después, lo que en lenguaje actual sería como aceptar la propuesta y acceder al compromiso -sólo que doña Mago no dio dote. Y creo que no lo hará. A lo mucho ofrecerá parte de su colección de rosarios, y algunas de las reliquias que tiene, como el Santo Vello del Santísimo Dedo Izquierdo del Beatísimo e Ilustrísimo Abad de Chachacha-. Lo hice después porque no tenía idea, ajeno como soy siempre al mundo y sus avances, de que existía la posibilidad de hablar los primeros cinco minutos sin ningún costo, y además mensajearse bien y sabroso.
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Y un año después, le hemos invertido como veinte pesos por quincena a conversaciones que a veces, nos agarran de madrugada riendo y resolviendo el mundo entre expresiones, alusiones, frases y comentarios ilustrados. O mensajéandonos a mitad del trabajo, de la clase, siendo regañados por profesores que no entienden, ni entenderán jamás, lo que alivia el día sentirnos a una tecla de distancia. O dándonos los buenos días a horas de separación, las buenas noches, las buenas horas, localizándonos, intercambiando visiones, compartiendo vivencias. Yo, criticaba durante a esos que no dejaban el teléfono. Hoy, no sé cómo existen relaciones en las uqe no se comunica todo, en las que no se sabe qué come, qué piensa, qué vive el número gratis. ¡Incluso no entiendo a los que no son número gratis! ¡Qué escándalo! ¡Qué liviandad! ¡Qué falta de compromiso!
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No he sacado la cuenta de los mensajes y llamadas que nos hemos dado. Sobre con decir que, en lo que llevo con mi cobija de chinos y ojos, ya me he gastado dos celulares de puro teclear y teclear, y él un número similar. Es el inconveniente de trabajar los dos, estudiar los dos, estar ocupados los dos. El inconveniente pero la garantía más grata: al final del día, cuando pesen las horas y el estrés se vaya acumulando, evitando el divino descanso, sonará su voz al otro lado de la línea, y todo tendrá un sentido, todo será resuelto con sólo cinco palabras terapéuticas: "¿Cómo estuvo tu día, guapo?"
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Pero ya amanece. Y ha llegado el momento de destejer. Pronto habrá mensajes, y será necesario tener las dos manos libres para contestarlos y evitar preocupaciones y el mismo ritual magnífico: al primer mensaje, su reenvío; al segundo, un signo de interrogación; al tercero, si no hay respuesta, una llamada pronta y expedita. ¿Qué quieren? No preocuparnos sería un irregularidad.
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¡Salud!

lunes, 18 de octubre de 2010

El telar de Penélope IV.

La música es un gran misterio. Nadie sabe todavía de dónde surge, pero todo apunta a que existe en los seres humanos una capacidad natural para comunicarse a través de sonidos específicos. Y es que una canción no sólo se escucha bien, vende millones de copias alrededor del mundo o hace famoso a su artista cantor: es una obra de arte creada con la intención de comunicar un sentimiento, una idea, un ritmo o hasta una leve sensación. Así, por ejemplo, todos podemos llorar en una borrachera escuchando "Mujeres divinas", como bailar mientras reímos a carcajadas al sonido de "La calle de las sirenas", o "Un pie tras otro pie". Y con la música pasa algo que no está presente en el resto de los lenguajes: su capacidad de comunicar es universal, como universales son las pasiones, los sentimientos y el sonido.
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Mi Ojosh antes no bailaba ni dormido. Si alguna vez soñó que se convertía en John Travolta y llenaba la pista con la magia de sus pasos, yo no lo sé porque no me lo ha platicado -además yo no me vería tan bien como Karen Lynn Gorney parado atrás de él, con mi vestido rojo y mis bucles setenteros-. Ahora, con el poder de mis pasos -porque yo, como este baile, sí bailo, y no lo hago tan mal-, él se ha convencido de que bailar es algo más que un motivo de peso para hacer el ridículo, o vencer la fobia social: es una celebración, un modo de intimar, una forma de acercar, un método para hacer el amor, un camino hacia el cortejo, la química y la puritita vida. Hemos bailado de cachetito, a media luz, o celebrado las buenas noticias con un baile ditirámbico. Le he bailado cachondón, enardiendo sus más bajos instintos, y él, debo admitirlo, me ha sonrojado más de una vez con movimientos acompasados.
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Por eso para mí asistir a su primer baile en público fue como presenciar su nacimiento. Y lo recibí como el acto mismo lo merecía, con loas y hurras. Poco a poco, convenciéndose de que estaba en las mejores manos, rodeado por los únicos brazos que no lo pondrían en mal frente a las luces y el humo de la discoteca -era un antro, claro, pero sonó más bonito "discoteca"-, se fue soltando y a los quince minutos ya no sabía yo cómo pararlo. Ni quería. Bailaba, sobroso, suelto, decidido, a su total estilo dueño de la pista, y yo lo veía tan feliz, tan en su sitio, que lo único que deseaba era que la música se pusiera más buena y el corazón no dejara de bombear.
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Ahora, él en mares lejanos, yo en el frío de una ciudad que se antoja cada vez más imposible, ha tenido el acierto de ir a un antro playero y repetir la experiencia. Se ha divertido mucho, y otros más, lejanos, muy lejanos, le han repetido lo que yo: que es un gran bailarín, y que las domina de todas todas. ¿Cómo no? Si hay que ver su gusto por la música, y su capacidad para repetir acentos, para saber que el ritmo ya lo trae, y muy, muy dentro.
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La otra cosa, más allá de aquel mágico momento en que bailamos all night long, es que a estas alturas de la relación, haciendo cuentas, nos hemos dedicado mínimo una canción por semana, para un total de más de sesenta. Y las tenemos de todos los géneros: norteño, pop, instrumental y hasta boleros -que son, en esencia, materiales heterosexuales de la manifestación romántica-, y de todas las clases de voces, además de, por lo menos, tres idiomas -Mi Ojosh habla portugués, otra característica más de su persona que comprueba su proverbial inteligencia auditiva-.
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El dedicarnos canciones no es más que un intento de decir lo que sentimos, pero más bonito. Además es una forma de hacerse completa y constantemente presente: no hay nada más memorioso que de la nada escuchar una canción en la radio, y traer a la mente al ser amado que se ha ido lejos, a escuchar el canto de las sirenas -aunque, como en La Odisea, mi cobija de chinos y ojos también se tenga que amarrar al mástil del barco para rehuir todo intento de seducción-.
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Pero ha llegado ya el momento de destejer. El amanecer se acerca, el frio arrecia, y la soledad se sienta honda, gélida, altisonante.
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¡Salud!

domingo, 17 de octubre de 2010

El telar de Penélope III.

No hace falta ser un connotado doctor para saber que, sin el lenguaje, los seres humanos no seríamos seres humanos. Nuestra capacidad, podría decirse innata, para articular sonidos de manera repetitiva y transmitir así ideas, pensamientos, sentimientos o simples expresiones, nos separa un buen trecho del resto de los seres vivos que pueblan la Tierra. Si bien otras especies como los delfines, los chimpancés o las abejas, han demostrado en diversos estudios su posesión de un lenguaje específico, y con ello también una determinada lengua animal, ninguno de estos constructos aparenta ser tan complejo, elaborado y diverso que el elaborado por el hombre durante más de diez mil años de existencia en el planeta.
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Si en el marco de una especie y una cultura, el lenguaje y la convivencia dan lugar forzosamente al desarrollo de una lengua determinada, porque no se puede vivir sin comunicar, en una pareja, que es una cultura en sí, con sus propios rituales, sus propios momentos históricos y su propio folklore, habrá también términos y formas de comunicar que compartirán por lo menos los dos integrantes de la pareja, y que preferentemente sólo ellos entenderán. Este idioma común será una suerte de código secreto que formalizará, unirá, intimará y vinculará aún más que la relación sexual, los actos heróicos o las buenas acciones.
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Mi Ojosh y yo, ya lo imaginarán a estas alturas de la entrada, tenemos nuestra propia lengua. Plagada de expresiones que a los más heterodoxos los harían reír, y a los más ortodoxos molestarían, nuestro idioma está más allá de toda posible vinculación con otras formas de expresar. Y es que está formado no sólo por palabras: tenemos movimientos, guiños, gestos, tonos de voz y hasta ritmos, y la relación entre unos y otros dará lugar a significados distintos, como en toda lengua los elementos de su sistema se combinarán de manera diferente para generar un significado distinto, siempre con la lógica y el apego a la estructura, mismo que permite la comunicación.
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Así, pues, hemos adaptado expresiones que dicen nuestros padres, nuestros amigos, nosotros mismos, y les hemos agregrado letras, apocopado, extendido, armado y desarmado conforme el azar, los errores al hablar, y a veces las puras ganas, nos han dictado. Tanto hemos jugado con las formas diferentes de comunicar, que nuestro idioma ha llegado a no ser comprendido por otros, que lo tachan de cursi, abigarrado, imposible. Y no dudo que lo sea. Tanto a mi cobija de chinos y ojos como a mí, nos molestaría y preocuparía tremendamente que otros llegaran a poder comunicarse con nosotros en nuestra lengua común. Es sólo nuestra, y no esperamos que otros accedan al significado de términos como "tba", "todos de todos", "ventas", "Ojosh", "guapíshimo", "Paquita", "querubín", "chagusitos", "see" o "huevo como mango". No es que seamos egoístas, recelosos, inhospitalarios. Es que somos únicos, y nos gusta ser así.
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Y nuestros modos de comunicar nos gustan tanto que los producimos y reproducimos a la menor provocación. A veces, rodeados de gente, nos pasa que una sola mirada, acompañada de una sonrisa, basta para saber qué está intetando decir el otro. A eso habría que sumarle que ambos somos sumamente sensibles al ánimo ajeno. Él puede saber qué estoy sintiendo con sólo estar a mi lado, y yo puedo saberlo también incluso con sólo imaginar su reacción ante una situación determinada. Y aún hay más: comunicamos con abrazos, besos -"beso nervioso", "beso babeado"-, sonrisas y olores, porque él sabe reconocer el mío y yo sé reconocer el suyo en la cercanía, en la proximidad, y su aroma me tranquiliza, y mi aroma lo tranquiliza.
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Comunicar es también sentirse vivo. Y cuando lo que comunicamos nos da vida, nos sacude y nos confirma un lugar en el mundo, y encima nos hace sentir felices, estamos ante un verdadero acto del lenguaje, una verdadera realización del idioma, cuyo mensaje más grande de transmisión es el amor mismo, desnudo, fraterno, entregado y sin medidas. Yo, con Mi Ojosh, me comunico también en la distancia, y ésa, sin duda, es la prueba más grande de que nuestro idioma, más allá de las expresiones que compartimos, los abrazos que aprendemos, los besos que nos damos y nos vuelven locos, nuestro idioma común es el amor.
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Pero ha llegado el amanecer, y es momento de destejer.
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¡Salud!

sábado, 16 de octubre de 2010

El telar de Penélope II.

Comer es un acto casi sacramental. Las culturas alrededor del mundo lo han entendido tan bien, que han hecho del proceso de "captación" de los alimentos una intracultura, dotándolo de su propio protocolo, su importancia y su mobiliario. Así, pues, alrededor de la mesa se han tomado acuerdos y cerrado tratos, declarado guerras y asesinado hombres de Estado. La comida ha jugado un papel sustancial para la construcción de las sociedades, envenada o nutritiva. Durante cierta etapa de la historia, incluso, existió un grupo de hombres cuya función era probar los platillos que habría de degustar el jerarca, con la absoluta intención de prevenir cualquier intento de envenenamiento. Platón permitió que su maestro Sócrates planteara las cuestiones del lenguaje y el ser durante una comilona, en el diálogo de El Banquete, y con ello la raíz de toda su filosofía. Diógenes, otro célebre filósofo, dejó clara su opinión sobre la política al defecar en su plato durante un banquete ofrecido en su honor por un connotado hombre público de la época.
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Sin la comida, además, los seres humanos moriríamos. Nuestro cerebro no piensa sin azúcar. Nuestras células no viven sin hidratos de carbono. Nuestros huesos no se mantienen fuertes y estables sin el calcio y el zinc. Y no sólo eso. Si la bebida, planteada en el telar anterior, nos mantiene a flote y nos es indispensable, en el comer se encuentran mezclados aún más significados y símbolos que en el beber. Así, pues, para ciertas culturas antiguas, rituales como la antropofagia tenían un valor más que alimentario: la apropiación y asimilación de la carne del enemigo era el medio más adecuado para poseer sus diferentes fuerzas y habilidades.
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Yo, a Mi Ojosh, no me lo como. A veces, cuando la cosa se pone muy apasionada, le clavo el diente. Me lo como con la mirada, con las manos, con los besos, pero no a mordidas porque, además de gore, la escena sería desoladora. ¿Qué quedaría al final, saciado mi apetito? Nada. Ni su pelo de abigarrados cabellos de garabato. Así que, por temor a ya no verlo, y nada más que por eso, no lo pongo en una tortilla, o en medio de un pan baguette, y me lo como a mordidas. Pero sí como con él, y comer con él es un satisfactorio doble, quizá triple: uno por saciar mi apetito, dos por ver que él sacia el suyo, tres por compartir lo poco o mucho que alcanza a estar sobre la mesa, o sobre el piso, o sobre el mantel, o sobre lo que sea que nos sirva de base para colocar los alimentos, que las mejores comilonas que nos hemos dado han ocurrido, dos o tres de la madrugada, muertos de risa sobre el largo mantel del piso.
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Hemos compartido auténticos banquetes, con salsas de muchos tipos, platillos de mar y tierra, cocinados por nosotros y comprados en las ventanillas de un fast-food restaurant. Platos picantes, dulces, salados, calientes y fríos. Nos hemos llenado las narices de helado, los labios de catsup, la ropa de refresco, la piel de chocolate -el mejor chocolate que he comido en mi vida, tuvo como plato la redondez de sus labios-. Hemos fundido el queso, derretido la mantequilla, dorado el arroz, inflado el puré. Sobre la mesa hemos pactado, y bajo la mesa hemos reafirmado el pacto. A inicios del camino, fundamentamos la relación en una doble, culinaria y animosa regla: a pan y a cebolla. A abundancia y carestía. A exceso y a carencia.
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Y hacia las cosas que él cocina, tengo yo un gusto especial, pues amo su toque y amo que entienda que a mí, más que en la cama o en los satisfactores económicos, se me conquista por el estómago. Claro que a eso habría que sumarle que, como buen cocinero que es, es un excelente amante, pero eso sería meternos en asuntos picantes y agridulces que seguramente a ustedes les parecerán de muy mal gusto.
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Sépase nada más que por él le perdí el miedo a la berenjena, y el mal gusto a las especias. Ríe a carcajadas cuando le insisto que la comida indú es altamente perfumada, pero ríe aún más cuando me ofrece de algo, yo digo "no", y termino robando la mitad de su plato entre probadas. Él disfruta enormemente viéndome comer. Dice, el muy hedonista, que ver que me alimento constituye para él un placer supremo relacionado con la tranquilidad y el bienestar: con el nutrimento entrando en mi cuerpo, prolongo yo la vida, y con la vida mi estadía a su lado. No lo culpo. A mí me pasa igual cuando él tiene un antojo y logramos pagarlo y satisfacerlo. El solo rostro.
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Otro asunto relacionado con la comida es la forma en que vemos el mundo. A decir de La Nancy, hay una relación directra entre cómo comemos y cómo vivimos. De ser esta teoría cierta, Mi Ojosh ve la vida con absoluta calma y dedicación. Se toma tanto tiempo en la degustación de los diferentes ingredientes que integran un platillo, y ya no digamos en su preparación, que todo eso me lleva a pensar que, si por él fuera, tomaría una fotografía de cada instante de la vida para vivirlo despacio, con la conciencia tranquila, sin prisas y sin adelantos de ninguna especie. Yo, en cambio, como tan de prisa que, en lugar de participar de la vida, parece que me dedico a nomás verla pasar.
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Otro asunto de la cocina es la relación entre sus elementos y el placer sensorial. Verlo trabajar en la cocina me pone de buenas, y me alborota las más bajas pasiones: su concentración, su tono, los movimientos de sus manos coordinados y firmes, ligeros pero consistentes, me hacen recordar la concentración que pone en sus caricias, en sus palabras, en sus besos, y a mitad del hervor de una papa yo ya alcancé mi punto de ebullición y estoy como ajonjolí en charco de aceite. Y cuando trabajamos juntos, el asunto se pone mejor. Si bien a mí se me destinan labores menudas, como picar la cebolla o cuidar la sopa, sentir que trabajo de su mano y que luego degustaremos lo que juntos preparamos, sin contar las veces que, mientras menea el cazo y voltea los filetes, lo abrazo por la espalda y le saturo el cuello a besos, me hace enormemente feliz. En la cocina, como en la vida, se pone de manifiesto la capacidad de dos personas para hacer equipo, y luego disfrutar juntos, a media luz, del esfuerzo y de las ganas que en la misma meta invirtieron.
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Tenemos todavía pendiente nuestra receta ideal. Sabemos que llevaría fresa, queso, mango, algo de aguacate y pechuga de pollo, sin olvidar el arroz, la salsa soya y el chipotle, el tamarindo y hasta un poco de café. Algún día, de todo esto, saldrá no sólo un buen platillo, identitario, folklórico, pero nuestro, sólo nuestro, sino también, por qué no, toda una carta qué degustar en los días que nos queden por vivir.
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Nota picarona y cachondona: pocas cosas hay mejor para hacer sobre la cama que comer tras haber hecho el amor. El alimento fortalece, reconstituye y cierra el pacto, el pacto que dos, y nada más que dos, han armado ingrediente tras ingrediente para hacerse la vida mejor, tan sólo un poco mejor. ¡Ah, miren, como nos la mejoran también los pequeños antojos que nos hacen felices!
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Ahora, basta. Se acerca el amanecer, y ha llegado el momento de destejer.
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¡Salud!