viernes, 24 de septiembre de 2010

A una oreja.

Para La Carmeliux, tía adoptiva, cuya prevención, por esta vez, no la salvó del enemigo.
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Les sorprendería la forma en que Mi Ojosh y yo nos comunicamos todo. Mi cobija de chinos tiene tal facilidad para pasarme los datos más minuciosos de su día con día, que yo he aprendido poco a poco a seguirle el paso y comunicarle hasta el grosor de la uña del dedo derecho que me desenterré esta mañana. El asunto llega a extremos tan escatológicos y demenciales, que mi digestión no termina sino hasta que le platico que fui al baño, y otras minuciosidades que una pareja decente no tendría porqué charlar, pero que nosotros, gustosos de la indecencia, la inmoral, las bajas pasiones y el hedonismo, compartimos como el pan, la quincena y los transvales -¿no les había contado que compartimos el pan, la quincena y los transvales? También se sorprenderían de lo bien que compartimos todo-.
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Así, pues, algo que le pasa a Mi Ojosh, que vive en un rincón de la ciudad, ya les dije antes, propenso a asaltos, violaciones, vejaciones y desfalcos, por no decir muy apartado, me llega a mí como noticia fresca casi ipso facto, por lo que puedo asegurar que casi me entero yo a la misma velocidad que se entera él -bendito número gratis Telcel que nos permite comunicarlo todo-. Así, pues, me entero si pisó un chicle, si vio rascarse a un perro, o si se le ocurrió una fascinante idea para sacarme la cerilla sin rebanarme el tímpano -yo soy Agustín, y soy propenso a picarme dolorosamente la oreja con cuanta cosa meto en ella con afanes meramente curativos-, al momento, oportuna y verazmente -Fuerza Informativa Azteca, con sus reporteros con chalecos de leñador, sus helicópteros y sus noticieros con pantallas planas, se quedaría boquiabierto de nuestra capacidad para transmitirnos las noticias de forma certera y expedita-.
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Así, pues, me vine enterando el pasado jueves que a La Carmeliux, tía sanguínea de Mi Ojosh y adoptiva mía, portentosa mujer de cabellera de fuego, apasionada de la vida y de la fiesta, y cuya risa, me parece, es sonora y fuerte cual contingente de carnaval, se le había metido una cucaracha en la oreja durante el sueño, ocasionándole no sólo la pérdida del ídem, sino un mal rato que acabó en el hospital con la extracción, por patita por patita, del intrometido bicho.
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Mi cobija de chinos y ojos me lo comunicó de forma tan ligera que yo pensé que bromeaba. Es cosa natural que Mi Ojosh bromee. Por algo es mi compañero de andanzas: comparte conmigo esa sana propensión a tomarle a las cosas del día su lado más jocoso y extraerle el chiste a fuerza de golpes y jalones. Dicha capacidad redunda en el hecho de que la gente nos vea y nos vea riendo. Pero como entre broma y broma me deja ver algo de verdad, lo interrogué ampliamente hasta que, harto de decir te amos y recibir pero cómos, me explicó punto por punto cómo estuvo que a La Carmeliux decidió invadirla un bicho que, si hemos de ser francos, suele estar más comodo en las alacenas, las alcantarillas y las cajas de cartón.
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Al respecto tengo varias teorías. La Carmeliux me confesó alguna vez que a su vida llega mucho bicho. Ése es un mal común de nuestros tiempos. Las mujeres se quejan, por lo general, de que a su vida llega puro bicho, tepocata, malandro y cosa rastrera. Quedan andando por las calles puros remedos de hombre que apenas y saben declamar, apenas y saben masajear, apenas y saben ser humanos. Los pocos que valen la pena, me dicen mis informantas, o son gays o están en los altares -y así de yeso, pues ni tonta que se anime-. La cucaracha en su oreja fue uno más que buscó lugar y, como vil 'nche bicho rastrero demoniaco, fue expulsado a pedazos porque lo único que logró, entre empujes y contorsiones, fue jeringar y jeringar.
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Mi otro teoría es que La Carmeliux debe tener cerilla dulce. Yo no voy a probarle nada, así que la teoría se reducirá a una mera hipótesis y ahí la dejaremos. Pero el punto es que algo debió notar la cucaracha que la atrajo al interior de su oreja. Eso o su capacidad de percepción, su inteligencia, su buen oído y su fuerte personalidad. Como sea, La Carmeliux hizo bien con lo que hizo: tomó al bicho usurpador de cualidades y lo puso de patitas en la calle. Cosa que no venga a mejorar las cosas que ya están, dice doña Mago, mejor que pase de largo.
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La Carmeliux fue de urgencia al hospital, y como es enfermera y sabe todas todas cómo se las gastan en los ires y venires las instituciones de salud, se encargó de llegar directo con el especialista y declarar, a voz en cuello, palabras más, palabras menos, "cabrones, traigo un 'nche bicho atorado en el oído. O me lo sacan o yo misma agarro el bisturí y lo trueno a 'ngadazos". Los médicos, que suelen ser personas bastante lentas para pensar, seguramente la miraron sorprendidos, ofrecieron el bisturí y si no hubiera sido por un taimado anestesiólogo que se ofreció a hacer labor de curación, seguramente La Carmeliux traería hoy una oreja menos -pero, eso sí, el bicho ya no estaría, faltaba más-.
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Como ya les decía antes, Mi Ojosh me comunicó que el insecto fue extraído pieza por pieza, como ruina maya en su traslado a Europa, del oído interno de La Carmeliux, quien salió del hospital con incapacidad en mano y unas ganas tremendas de fumigar su casa. Dato curioso que asustará a los cuidadosos de esta clase de incidentes: por primera vez en su vida, La Carmeliux se cuestionó la noche del miércoles si no existiría la posibilidad de que un bicho alojado en su almohada la penetrara durante el sueño, y en respuesta sacudió el saco de plumas "por si las dudas". ¡Zaz, que sí! Turu-ruru, turu-ruru.
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En el cuento de "El almohadón de plumas", Horacio Quiroga planteó la posibilidad demoniaca de que un bicho vampírico succionara la sangre a una pobre mujer noche tras noche durante el sueño, alojado en su almohada. Yo no le voy a decir a La Carmeliux que en el cuento a la pobre chica le va como en feria, ni que Quiroga relaciona magistralmente al bicho chupasangre con el marido chupavidas, pero sí le advierto a los bichos del mundo -de dos o seis patas, faltaba más-que al próximo que intente entrar en ella para fregar palo, va a topar con pared -y bisturí-. Si lo suyo no es precisamente salir expulsados en pedacitos, mejor absténganse de todo intento y sigan rumiando pedazos de avena en la basura. Sobre advertencia no hay fijón. He dicho.
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¡Salud!

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