domingo, 19 de septiembre de 2010

Nuestra.

Y tengo, entre mis versos de sonoro escalafón, una antigua ciudad de palacios y calles adoquinadas, dónde hay un árbol, un parque y una plaza, para pasear con ella de la mano con mi amor.
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La hicimos nuestra. Lanzamos la amenaza y, todavía con un pie en la terminal del ETN, había quien no nos creía y decía que lo nuestro era puro cuento para ganar adeptos y generar controversia. Pero ni mi cobija de chinos y ojos ni yo estamos interesados en andar generando expectativas y atrayendo reflectores. Prueba de ello es que no hemos posado para ninguna sesión de desnudo -podríamos hacerlo, toda vez que él es más sexy que Yoko Hono y yo estoy siempre un poco menos drogado que John Lennon-.
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Fuimos a la Ciudad de México en nuestro primer viaje de pareja. Aplausos. El resultado fue, creo yo, todo un éxito. Al menos así me lo dio a entender el rostro encantado de Mi Ojosh cuando fue recorriendo rincón a rincón su piel morena que por las tardes con la lluvia se baña. La ciudad se entregó a él con la docilidad de una amante entregada y el placer que los años le han enseñado a hacer gozar. Y con ese mismo placer, Mi Ojosh, que es todo placer, la vio, la revió, y luego lloró cuando tuvimos que dejarla en paz. La ciudad, con sus cielos encapotados y su tronadera infernal, también lloró cuando nos fuimos. Le prometimos volver. Como a la amante despechada, la promesa la sonrojó y, aunque no nos mostró sus labios para besarla una última vez, notamos en su rostro al asomarse tras la cortina para vernos partir desde el balcón, la cándida sonrisa del que ha quedado satisfecho, dolido, pero satisfecho.
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Mi Ojosh aprendió a andar en metro, y ya para las últimas horas, cuando mis pies eran un par de guiñapos punzantes por la caminata turística incesante, él era el que me llevaba y me traía de estación en estación. Con eso de que aprende rápido, apenas le tomó un par de minutos localizar mapas, líneas y colores, y otro par de minutos sentarme en un bagón y preguntar la razón de existir de todo lo circundante -el colmo fue cuando preguntó para qué servían las puertas automáticas y yo preferí hacerme el dormido para no responder una patanada-.
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Porque la Ciudad de México también se presta a que personas curiosas en extremo, como mi cobija de chinos y ojos, indaguen, interroguen, se cuestionen e investiguen. Ofrece tal cantidad de recovecos, historias perdidas y leyendas encontradas, que a los espíritus curiosos como el de mi eterno compañero, le resultan pólvora en noche de antorchas.
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El Grito de Independencia, que gritamos como nunca -ayer aún aseguía afónico- no lo dimos desde el Zócalo, porque había mucha gente, y el mayor de mis hermanos se nos achicopaló dando a notar que lo suyo, lo suyo, no son los amontonamientos, repegones y el calor humano. Lo dimos desde el Ángel, aún más emblemático del acontencer bicentenario, y lo dimos bien. Luego de él nos fuimos a recorrer la Zona Rosa, llena de bares, antros y preferencias "distintas" -es que les juro que vi a un hombre andando de la mano con su pato-.
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Sobrará decir que, además de hacerla nuestra, la sentimos nuestra. Andar de la mano por la calle sin temor a represalias, es sentirse seguro, protegido, en casa. Ésa ciudad, caótica, enmarañada, perturbadora, impenetrable como abdómen de Stalone, nos está esperando. Ya nos dijo que cuando queramor ir, es cosa de destapar la pluma, firmar el acta y celebrar. Le tomaremos la palabra. Por lo pronto, el regreso nos duele hondo, fuerte, ca'ón. Será que somos buenos amantes. O será que nos gusta la buena vida.
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¡Salud!
PD: También comimos pambazos. Corrijo: una hueste de chinos y ojos gigantes me obligó a sentarme en un tianguis de la verbena popular, pedir un lonche frito de papa con chorizo, y zampármelo sin chistar. Así es mejor. Si el gusto da lugar a la culpa, lo mejor es canalizar ésta a terceros.

1 comentario:

Victor H. Vizcaino dijo...

Super nice, yo ire el 15 al 17, si se me da licencia, saludos.