martes, 21 de septiembre de 2010

Miedo.

He andado por las calles de la que, dicen, es la ciudad más insegura del país. He caminado de noche por sus calles asfaltadas, sus rincones desiertos, sus callejones imposibles. He sido perseguido por policías y he sido tratado de asaltar en una ocasión, en que la afortunada y siempre benéfica presencia de mi gran amigo El Gerber, o más específicamente la presencia de una galleta Choki en su mano derecha, me salvó la vida -y a Roja-. He estado en manifestaciones, mítines, encontronazos y golpizas. He visto muertos con entrañas regadas sobre el asfalto, y también he visto las cosas en las que creo derrumbarse poco a poco y matarme la ilusión. Me he enfrentado al miedo el suficiente número de veces como para decir que hoy, poco a poco, le temo cada vez menos al temor. Pero sentir que Mi Ojos no aparecía, y saberlo vulnerable a toda gama de accidentes, dolencias, pesares, ataques y heridas, pudo más en mí que cualquier otro miedo posible -incluido el de la maestra de mecanografía, que ya de por sí es un miedo de consideración.
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Todo fue despertarme y no encontrar ningún mensaje suyo en mi celular, para sospechar lo peor. Así soy yo: en un afán por buscar que el mundo me sorprenda, tiendo a imaginar siempre el peor escenario. Es también una cuestión proteccionista: si el escenario terrible, debastador, dramático e imposible ve la luz, estaré preparado mentalmente para él; si no, entonces podré decir que soy feliz y estar tranquilo.
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Pensé en tal cantidad de desgracias la mañana de este sábado, que terminé por imaginarme como redactor de novelas de Televisa tiempo completo. En cuestión de minutos, lo secuestré, lo acribillé, lo ligué con el narco, lo desaparecí, lo prostituí y vendí sus órganos. Admito que cada una de las ideas que en torno a qué podría haberle pasado a Mi Ojos en el otro extremo de la ciudad, alzaron mi miedo y llegaron a hacerlo impenetrable. Comencé por suponer que se le había descargado el celular, y terminé convirtiéndolo en una víctima fatal del tráfico acelerado, el sadismo desfachado, la corrupción insolente.
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Por eso fue que su voz al otro lado de la línea, cuando en el trabajo no me contestaba, y su tía, La Carmeliux, mujer de portentosa voz y admirable fortaleza espiritual, vínculo con lo desconocido de lo conocido, ya estaba enterada de la desaparición y comenzaba a mover cielo, mar y tierra para encontrar a su sobrino, tesoro de sus ojos y amigo de su alma, esa voz dulce, suave, varonil y tenaz, apareciendo al otro lado de la línea, ese tradicional e irrevocable "Guapo", me devolvió el alma al cuerpo y la sangre al torrente particular.
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"Me asaltaron", fue la respuesta inmediata cuando pregunté, con un tono de voz que de seguro sonó a regaño porque, admito, fue un arroyo en el que salían a propulsión todos los miedos del miedo, qué demonios había pasado. "Me asaltaron y me quitaron mi celular y lo que quedaba de mi quincena". "A mí me vale un soberano cacahuate si te quitaron la mitad de tu cabellera, un dedo, tu autoestima o tu fortaleza. Me vale y me revale. Lo que cuenta para mí esta mañana, en este preciso instante, es el milagro de entender que estuviste en la punta del riesgo -como la punta del cuchillo que un maldito desdichado desenvainó en tu contra-, y regresaste para seguirme amando", pensé. Celular, cartera, zapatos, mochila, camisa, todo eso se recupera con el favor del trabajo y la construcción diaria de la labor y el espíritu. Lo que me importa hoy es tu vida, defendida, estable, en crecimiento, y nada más. Me importa escucharte hablar, y saberte vivo, más vivo que nunca. Me importa que estés aquí.
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El abrazo que te doy en cuanto doña Mago me acerca para verte, es el abrazo del que siente perdida la vida y se abraza a ella en el primer segudo del milagro en operación, apenas se da cuenta de que lo tiene, de que no deberá perderlo. El primer abrazo es instintivo. Temo dejar de abrazarte, porque temo que, al abrir los ojos, no esté más tu calor contra mi cuerpo. El primer abrazo es el del niño que abraza la vida en el llanto, el del estudiante que acoge la boleta con la calificación tras el examen aprobatorio, el del amante de la dicha que recupera la salud y se da cuenta de que tiene otra oportunidad de asirse a la vida. Es el abrazo del sentirte vivo, y saberme yo también, por una vez tan sólo, seguro y en paz.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

¿Quién lo hizo y por qué lo hizo?
¡No puede ser, Dios mío! ¡Ayúdame!
Lo siento, pero no pude evitar recordar este video(http://www.youtube.com/watch?v=NecoBo0BhEk) cuando leí tu entrada, lo bueno es que ya todo pasó y tu Ojosh está bien.