sábado, 11 de septiembre de 2010

LLuvias varias.

Para Germán Dehesa, que nos regaló el lenguaje.
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"¿Querían lluvia, no? ¡Pues tengan changos sus bananas!" Tláloc, el dios azteca de agua y lluvia, es implacable cuando está de buenas y le pedimos que caiga el chaparrón. Por eso, escuchó desde su trono de precipitación y rivera el deseo de unos cuantos inverbes que, desde una sección de la tierra particularmente dichosa por el clima y beneficiada por el sol y las flores, rogamos de la manera más atenta la presencia de unas cuantas gotas más, ya cerca la llegada del otoño.
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Pero quienes así rogamos olvidamos que en estados del sur de este México bicentenario de contrastes y acribillados, como decía Maná, no ha parado de llover. A Tabasco le han llovido descubrimientos petroleros, políticos populacheros, cabezas olmecas y ahora agua, agua y más y más litros de abundante agua. Chiapas, que por su parte ha visto llover explotación indígena, zapatistas y zapotecas, ahora también se las está viendo negras con eso de las precipitaciones y los apremios pluviales.
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Todo eso reflexionaba mientras caminaba rumbo a la escuela el pasado jueves. Del cielo caía no agua a chorros, sino una brisa tan ligera que me sentía yo legumbre de supermercado. El problema es que las constantes desveladas y las múltiples tareas que mi agenda presume -y las presume, la desgraciada- no me permiten verme propiamente como lechuga, sino más bien como rábano en salmuera.
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Y mientras llovía y yo extrañaba a mi cobija de chinos y ojos grandes, me preguntaba la cantidad de veces que no somos capaces de apreciar la lluvia. Tengo la ligera impresión de que cuando yo pase a mejor vida, cuando adquiera ciudadanía divina, voy a vérmelas duras al extrañar la lluvia. Si a mí me preguntaran qué clima quisiera en mi paraíso, decididamente optaría por una lluvia eterna, o cuando menos una disminución sistemática de los días con sol y un aumento desquiciado de los días con precipitaciones, cielos nublados, chubascos y ventiscas.
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"Dices eso porque tienes casa, pero piensa en la gente que no tiene un techo dónde guarecerse", me dicen los aguafiestas cada vez que me atrevo a expresar mi particular atracción por el agua caída del cielo. Es cierto. Seguramente habrá en este país de desposeídos quien no tenga un techo dónde pasar las lluvias, o incluso habrá quienes lo pierdan por causa de las mismas. El punto es que lo mío es un amor fundamentado en mi contexto, contexto en el cual existen las ventanas, los techos impermeabilizados y mi cobija de chinos y ojos grandes.
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Mientras llueve y veo llover, miro a El Nez, alteza perruna en desgracia -ahora tiene más el cuerpo de escultura zoomorfa de xolozcuintle panzón-, y me entero que la lluvia limita terriblemente sus cualidades olfativas, dejándolo prácticamente ciego. Imagino que no le viene nada en bien que llueva, y llueva, y una vez que la lluvia ha parado vuelva a llover. Le ha de resultar castrante tanta agua. Quizá por eso apenas levanta la cabeza, mira que cae agua, y se vuelve a echar. "Yo lo que quiero es que me dejen trabajar", ha de decir. Así pos no.
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También pienso en las personas que esperan ansiosos la llegada del autobús bajo los minimalistas e inútiles techos de las paradas que los gobiernos municipales tuvieron a mal construir desde trienios pasados, pensando que sería bien bonito tener un techo que no cubre, una silla que no sirve para sentarse y un anuncio luminoso de productos que nunca compraremos, como "guarida" para subir al transporte colectivo. Como siempre, se han equivocado garrafalmente. Parado bajo esas ruinas del uso fanático del acero inoxidable, uno termina más mojado, más enfermo, más atolondrado y más indispuesto. A eso hay que agregar que los camiones pasan hechos la mocha -nunca he entendido qué es hacerse la mocha, pero así dice Doña Mago, beatificada en vida, cuando quiere decir que van a toda madre-, y a esa velocidad -hecho la mocha equivale a unos ochenta por hora pa'rriba- apenas pisan los charcos y ya lo convirtieron a uno en palmera de Lara, borracha de sol.
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Mejor le propongo a la lluvia que llueva a cántaros en los lugares y días en que se nos antoja. Una lluvia regional, pues, limitada, antiglobalizada. Y a los hermanos del sur del país, una pronta sequedad y la inmediata recuperación de sus bienes perdidos. Aquí andamos, como el arriero, en el mismo camino.
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¡Salud!
PD: La otra lluvia del día jueves fue más intensa. Varias voces, porque las malas noticias nunca vienen solas, me comunicaron el desceso del querido Germán Dehesa. Quienes estimábamos su quehacer supimos de su enfermedad directavamente por la pluma del columnista de Grupo Reforma apenas el lunes pasado. Nos dio diciembre como fecha máxima para despedirnos. Pero todo indica que quizo ganarle tiempo al tiempo y darnos, como siempre lo hacía en cada línea, una sorpresa. Descansa, Germán. Nosotros seguiremos trabajando por la paz, la felicidad, el humor, el canto y la flor.

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Para bien o para mal, pero pocas veces leí a Germán y confieso que fue por vil prejuicio izquierdoso. Como sea, que descanse en paz...

Wendy Piede Bello dijo...

Para bien o para mal, pero pocas veces leí a Germán y confieso que fue por vil prejuicio izquierdoso. Como sea, que descanse en paz...