domingo, 26 de septiembre de 2010

De papel las calaveras.

Emilio "La Monja" González Márquez es un excelente comediante. Si el buen humor consiste en la capacidad de una persona para manifestar todo aquello que motive a la risa, la alegría y el bienestar a través de la comicidad, nos hemos equivocado al creer que el (seudo)gobernador del Estado de Jalisco tiene por función regir los parámetros políticos de esta occidental entidad federativa. No, no, señores, lo suyo, lo suyo, es hacer reír, y le sale de una forma tan natural, tan suya, tan perfecta, que este Baile se ha visto tentado a pedirle que se siente frente a Roja y escriba, por una vez siquiera, una entrada en la que hable de lo que le dé la gana -que por algo ostenta el título de gobernador-.
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Y es que su humor, que proviene de comentarios estúpidos e ilógicos, inverosímiles y hasta surrealistas, en realidad es producto de la mayor de las ironías: el hombre cree que está diciendo siempre algo inteligente, cuando en dos de cada tres declaraciones -si no es que más- lo único que hace es demostrar a la opinión pública, a Dios y al mundo, que no nació para otra cosa que decir chistes.
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El último, en el marco de los conflictos, igualmente inverosímiles e incalificables, entre el gobierno del Estado -o, dicho más honestamente, sus finanzas- y la Universidad de Guadalajara -o dicho todavía más honestamente, Raúl Padilla-, se lo echó el "góber" -les digo que es un decir, que si dijéramos "el comediante" o "el humorista", en el caso de González Márquez, estaríamos siendo mucho más sinceros-, cuando un grupo de estudiantes de la preparatoria Tonalá Norte, de la U. de G., se presentó en una manifestación a las afueras de Casa Jalisco -que es el convento más familiar de la región-, y en medio de la pedida de presupuestos y los gritos a favor de que el erario público otorgue más baro a la Universidad del Estado, presentaron como regalo al gobernador una pareja de calaveras catrinas hechas de papel china corrugado, como muestra de la labor escolar y artística realizada en la mencionada preparatoria.
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No lo hubieran hecho. "La Monja" González Márquez, que desde que aprendió a escuchar las críticas en su contra -esperen, ¿ya aprendió?- maneja la teoría del complot maravillosamente a su favor, tomó lo que para una persona culta, razonable, inteligente y tocada por las musas de la cultura y la pluralidad podría ser un regalo excelente y muy digno -yo ya pedí un par de esas calaveritas para mi buró de noche-, como una agresión en su contra y un llamado a la muerte, el asesinato, el atentado, el golpe de Estado y lo que me asusta y me da más risa, una evocación a la Santa Muerte.
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González Márquez denota así no sólo su ignorancia sobre temas tan escenciales para todo aquel que se dice mexicano como artesanía, folklore popular y culto a la muerte, sino que demuestra también una profunda ceguera en torno a temas absolutamente humanos, como el regalo, el detalle y la generosidad, el respeto a la cultura popular y la diversidad, y temas de gobierno como la cercanía con instituciones educativas y su labor a favor de la formación de profesionales -o por lo menos buenos seres humanos-, en el Estado.
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El Ejecutivo alega que lo que la Universidad pretende a través de Rául Padilla -o Raúl Padilla a través de la Universidad- es extraer del erario público más dinero para obras que benefician sólo a empresas privadas y accionistas de éstas, entiéndase ejemplos ya finiquitados como el Auditorio Telmex o el Teatro Diana. Y tiene razón. Pero también alega un ataque frontal contra el titular del Ejecutivo -esperen, ¿ya tenemos titular?-, y lo hace a través de su creencia en chupercherías, salvajismos y rezagos en los cuales, nos parece en este Baile, sólo los ilusos pueden creer. González Márquez demuestra así una lamentable pérdida de la figura gubernativa, y el retraso mismo del cual son víctima no sólo los estudiantes del Estado, sino también los profesionistas egresados de una institución pública en la entidad -por no decir en el país-, la corrupción ideológica de la cual son parte los entes del gobierno, y la lamentable pérdida de valor del voto ciudadano que le dio la gubernatura en el 2006.
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La Universidad alega que el Ejecutivo está tonto -palabras más, palabras menos-, y que lo que no quiere es ceder morlacos para mejorar la calidad de la educación. Y tiene razón. Pero la calidad educativa no está sólo trastabillándose en el asunto presupuesto con el cual cuenta la Universidad, sino en el desgaste administrativo que ésta vive, la pesada carga burocrática que lleva en a la espalda y la fuerte y lamentable apropiación que grupos de poder han hecho de la institución, para bien en casos como el de la FIL, el Festival de Cine o el festival popular -que no cultural- Zapopúm!, para mal en casi el resto de los proyectos y problemas de la Universidad.
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Tenga o no la razón la Universidad de Guadalajara, y los estudiantes y académicos en protestar en manada, lo cierto es que Emilio "La Monja" González Márquez ha demostrado una vez más que el saco de gobernador no sólo le queda grande, sino que simplemente no le va -por algo Falcón lo pinta con túnica y mangas de Tontín, el inolvidable (ése sí, éste no) enano de Blanca Nieves-. No le va por su ignorancia, su intolerancia y porque, como ya dije, su lugar está en un escenario con pared de ladrillos, micrófono y haz de luz, con un traje a cuadros y un mal músico al teclado, no tras un escritorio, en Palacio de Gobierno.
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Y ha demostrado también que todas y cada una de las críticas que lo tachan de inútil, borracho y tonto. Su miedo no está tan lejos ni tan errado, señor González Márquez -lo de señor tómelo como un decir, no me lo vaya a creer-. La verdad es que deben existir grupos ciudadanos que lo que buscan es hacerlo quedar mal y quitarle el poder. Ese grupo debe estar formado por todos los habitantes razonables de Jalisco, por los inteligentes, los concientes y los verdaderamente humanos. Sin importar qué le diga el Cardenal, algo sobra en Casa Jalisco... y no son los muebles.
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¡Salud!
PD: Buena la puntada de intentar hacerle llegar, tras las calaveras, una pareja de los icónicos muñecos Ken y Barbie al (seudo)gobernador. Buena porque habla no sólo del ingenio juvenil, sino del entendimiento pleno, suyo o de sus maestros, de la triste realidad que guarda el Ejecutivo. Malo porque habla de una insistencia en un punto que tiene algo de injusto o irracional: a la Universidad de Guadalajara le toca primero demostrar qué quiere hacer con el presupuesto, y dejar las obras de beneficio privado para la iniciativa privada. Se celebra la broma; se lamenta el trasfondo.

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