sábado, 11 de septiembre de 2010

Bicentenarizar.

El país está bicentenarizado. ¿Quién lo desbicentenarizará? El que desbicentenarice, buen desbicentenarizador será.
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No estamos hartos. Repito. No estamos hartos. Los que amamos México son sentimos muy contentos de estar celebrando centenarios al por mayor: dos por la Independencia, uno por la Revolución. Nos parece que el país ha librado muchas batallas después de esas dos iniciales, y conceptos que actualmente todos compartimos -aunque con connotaciones diversas-, como libertad, igualdad, independencia y derechos constitucionales, serían para nosotros incomprensibles sin la presencia de las dos gestas heróicas.
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Que el sistema ha construido muchos mitos en torno a los dos acontecimientos, es verdad. El Pípila no existió, el niño artillero tampoco, y el Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla, tenía pocas intenciones de declarar una independencia como tal, y mucho menos contemplaba una república constitucionalista. Pero también es cierto que sin esos mitos, nuestra comprensión de la historia y nuestro acercamiento a ella, se verían disminuidos por esa propención tan natural que tiene el mexicano a no encontrarle gusto a las cosas si no llevan de por medio el morbo de los sobrenatural, lo sobrehumano, lo esotérico y lo aleccionador -la tía Gertrudis, que no existió pero que me hubiera gustado conocer, aseguraba que no debe existir historia que no tenga moraleja. Moraleja: a los mexicanos nos encanta encontrarle la lección a todo-.
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También es cierto que la lucha iniciada por Hidalgo y la iniciada por Madero, ni tuvieron el fin que sus iniciadores esperaban, ni fueron procesos organizados, ni mucho menos alcanzaron términos felices. Con Iturbide ganó la instauración de la monarquía y los privilegios de unos cuantos; con Madero, ganó la institucionalización de la corrupción y la dictadura de un partido, incluso más larga y caótica que la de Díaz, porque cuando la barbarie se organiza, ¡aguas!
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Es cierto que la búsqueda de igualdad, libertad, fraternidad, tierra y legalidad, no iniciaron ni terminaron con las luchas por la Independencia y la Revolución. No terminan hasta nuestros días, cuando un grupo tan lamentable como Los Zetas acribillan a decenas de migrantes sudamericanos en un país que se dice hermano de todos los pueblos de la tierra, ni cuando cientos de mujeres han sido asesinadas entre los callejos y los páramos desérticos del desastre magnicida que es Ciudad Juárez. No ha terminado la lucha de clases, la lucha de poderes, la lucha de los sexos. No tenemos un país en que gane por sobre todo el Estado de Derecho, ni en que los Derechos Humanos sean el guión de actuación en procuradurías, cárceles y juzgados, en la calle misma.
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Pero tenemos un país dónde por igual podemos optar por le diálogo o el grito. Tenemos un país dónde la fruta es barata y la gente, todavía, amigable. Tenemos un país con Historia, y eso hay que celebrarlo. Resulta fundalmental entonces que si se van a parar en alguna plaza pública del país para gritarle vivas a todo lo que el presidente o munícipe crea conveniente, lleguen a la fiesta bien preparados, bien leídos.
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Yo propongo al menos dos títulos. Uno, es Historia Mínima de México, de la editorial El Colegio de México, que reúne ensayos en torno a la historia de nuestro país, coordinados por la mano del siempre partícipe y ajonjolí de todos los moles, Daniel Cosío Villegas. El otro es, créanlo o no, la edición de Historia de México que acaba de lanzar el Gobierno Federal a través de la SEP, y que sigue un formato parecido al del texto de Cosío Villegas. Revisen la historia, critíquenla, redúzcanla, tomen a sus favoritos y enarbolen sus causas. Decídanse por el centralismo o el federalismo, el conservadurismo o el liberalismo, pero decídanse. Y lean, eso ante todo, porque una decisión tomada sin lectura, es una decisión que sería mejor no tomar.
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Y bicentenarícense. Súmense a la buena causa que significa celebrar el aniversario de dos conflictos bélicos que nos acercaron, entre traidores y traspiés, a lo que tenemos y disfrutamos hoy -sí, Juanito, el Cardenal y hasta Emilio "La Monja" González Márquez, son producto de lo que Hidalgo y Madero detonaron, o más bien de sus consecuencias, que ni el cura canoso ni el chaparrito bigotón de rostro caricaturezco tenían la culpa-.
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Y griten. Eso sobre todo. Disfruten el gusto de ser mexicanos. Encuéntrenle gusto. Sabe rico, como a chile en nogada, pero con el sincero deseo de que pronto necesite menos granada y más salsa.
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¡Salud!
PD: A pesar de que el Baile celebra y festeja el Bicentenario, no estamos de acuerdo con los extremos mercadotécnicos que la conmemoración puede traer de parte de empresas y empresarios sin escrúpulos. Miren que vender un Jetta Bicentenario, que aparte ni parece Jetta y de bicentenario tiene nada más el color, como medio sepia, es una verdadera mamarrachada cucurucha. Tampoco nos gustó la rola oficial, a cargo de Aleks Sinteck. Yo, me quedo con el Son de la Negra, y mejor con ése festejo.

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Yo ni tan festejo, pero me largo a la playa, lejos, espero, de cualquier peligro bicentenarista.