martes, 28 de septiembre de 2010

El Judío Errante.

No sé a ustedes, pero a mí me está llegando la impresión de que las cosas se están poniendo feas. Desde el debate en torno a la posibilidad de que una pareja homosexual adopte en cualquier parte del territorio nacional –que es territorio Telcel-, hasta la riña entre el gobierno del Estado –ya les dije que no es él, que no tiene la culpa con toda su honorable institución, sino el (seudo)gobernador, Emilio “La Monja” González Márquez- y la Univrsidad de Guadalajara –tampoco es ella, sino la mafia que opera en su interior, orquestada por Raúl Padilla López-, a mí se me van juntando las razones para declarar, firme y convencido, cual AMLO antes del “fraude” –Luis Mandoki lo dijo, así que todos a creer que lo que hubo fue fraude y chitón-, que nos estamos volviendo locos.
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Cuando Macondo estaba a punto de desaparecer, según el narrador –o alguno de ellos- de García Márquez en Cien años de soledad, ándenle ustedes que ronda por las calles del poblado convertido en ciudad el mítico personaje del Judío Errante, asquerosa criatura no sólo por su aspecto físico, sino por la maldición que pesa sobre su alma, condenada a vagar por todas las civilizaciones de la historia anunciando su final. La fórmula es así de sencilla: si es usted una civilización y ve usted al Judío Errante asomarse a la ventana, patitas pa’ qué las quiere. No sé si México por fin le dará descanso, pero el asunto se está poniendo tan surrealista que el equipo de investigaciones especiales de este Baile, integrado por informantes que poco a poco se han ido ganando mi respeto y admiración –que no su sueldo-, ha determinado hacer una lista de sujetos que, por sus características abominables, pero sobre todo por su propensión a anunciar el caos y atraer la barbarie, bien podrían ser la representación del Judío Errante –nota cultural: mis informantes me indican que en realidad el mentado hijo de Sión es una metáfora de la cultura popular relacionada con la propensión, triste, lamentable, pero históricamente verificable, del Pueblo de Israel a vagar por el mundo en busca de su “tierra prometida”, lo que también nos lleva a suponer que Dios es o priísta o constructor de casas Geo, porque en prometer paraísos se le va la vida-.
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El Cardenal Juan Sandoval Íñiguez. Llegó en un momento convulso no sólo para la opinión pública, sino para el Arzobispado de Guadalajara, tras el sangriento asesinato de su predecesor, Juan Jesús Posadas Ocampo, acribillado a las afueras del Aeropuerto Internacional Miguel Hidalgo, en esta misma urbe de rosas y cruces. Y no bastándole semejante piedra sobre su presencia, el todavía verde arzobispo se dio a la tarea de enfrentar a cuanta autoridad, eminencia o teoría se presentara frente a sus ojos intentando explicar el acontecimiento. Nada tonto: se inmiscuyó tanto en las investigaciones que terminó siendo parte esencial de la presencia del panismo en el gobierno estatal, ícono de los reflectores y favorita voz para lo que de opinar se tratara. ¿Se pretende legalizar la interrupción del embarazo en las primeras doce semanas de gestación?, ¿se quieren traer los Juegos Panamericanos a Guadalajara?, ¿Gloria Trevi mató a su hija Ana Dalai en Brasil?, ¿murió María Félix?, ¿a Chuchita la bolsearon? Faltaba más. Háblele usted al Cardenal, déjalo que diga cuanta tontería le vengaa la cabeza, y ponga su declaración en primera plana. El señor –es un decir- se ha superado paulatinamente a sí mismo en el arte de decir tonterías, y hasta ha llegado al honroso –por lo sorprendente, que no por lo respetable- extremo de conseguir que muchos adeptos a sus fauces de tortuga –esto es mero acto imaginativo, creativo, no un ataque frontal hacia su poco estética figura- organizaran una marcha cuando la justicia federal pretendió llamarlo a declarar sobre su participación con el crimen organizado y su relación con importantes miembros de cárteles y grupos delictivos. Don –es otro decir- Juan consiguió que la justicia lo exonerara, que los justos le temieran, y que los católicos lo creyeran inocente. El drama de la opinión pública en su máxima exposición, y con sus mejores resultados. Ahora, con el dilema de la aprobación de la Suprema Corte de Justicia de la Nación a las reformas hechas en la capital del país en torno a la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo y su opción a adoptar, ha levantado de nuevo la voz y otra vez ha instado al pueblo al levantamiento, asegurando que todo buen cristiano debería luchar porque ni “maricones” ni lesbianas afecten la pobre salud de los huérfanos y huérfanas –es que el asunto también lleva connotaciones de género, pues- que pueblan este país de padres desvergonzados y sementales inconcientes. Desde el púlpito, a don Juan le gustaría ver caer no sólo a homosexuales, lesbianas y críticos reaccionarios, sino también, de paso y para que no falte el drama y el exceso de la ópera wagneriana, a justos, fieles, pueblos y ciudades. Total, si ya vamos a jalar el inodoro, que se vayan todos y quede yo solito.
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El presidente Felipe Calderón Hinojosa. Ya los vi desfallecer, como el rostro de Juan XXIII cuando leyó la tercera confesión de Fátima. Ahora sí se nos viene el mundo encima, saldrá la bestia de seis cabezas y vamos a quedar como tacos de barbacoa que llevan seis horas en el comal. “Éste hombre, que ha sido de extrema derecha toda su vida, ligado al clero más enardecido, a la cúpula más yunquista del PAN, a Provida, la Asociación Nacional de Padres de Familia y a Farmacias Guadalajara, ¿viene ahora a comprometer todos sus ideales y creencias para juzgar al presidente de la república al que ha apoyado y defendido en cuanta entrada se le ocurre mencionarlo? Ya estuvo que nos fritangueamos todos”. Es cierto. Historiadores y críticos de este Baile se darán cuenta de que, si el enfrentamiento es entre Andrés Manuel López Obrador y Felipe Calderón –en eeeesta esquiiiina-, definitivamente mi bueno es el panista, cuya presidencia ha estado marcada por la violencia, el desacuerdo y el desapruebo público. Ésa es precisamente la razón por la cual, pasado el tiempo, la evaluación que ha hecho el Baile de la Coma sobre el gobierno calderonista ha sido más dispuesta hacia lo negativo que otra cosa. No creemos en la guerra contra el narcotráfico, y mucho menos creemos que estemos ganándola, o en la posibilidad de ganarla. No creemos que sea un medio legítimo de legitimar lo ilegitimable, y no nos parece que la opinión pública esté en el bolsillo del presidente desde que la emprendió contra una mafia que sí, es cierto, nunca había sido atacada tan de frente, pero sí, también es cierto, nunca había derramado tanta sangre como los últimos cuatro años. Por su capacidad de llenar las calles de balas y policías cuyo conocimiento en torno a derechos humanos es nulo, si no es que imposible de obtener, Calderón es otro fuerte candidato a ser el Judío Errante en esta nación que, de flores y fiestas, ha tenido que verse achicopalada entre granadazos, decapitados y narcomantas.
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El coloso del Zócalo. Nadie sabe todavía quién demonios es. Blanco de pies a cabeza, está lejos de la tez mestiza o indígena, criolla siquiera. Viste entre insurgente y hippie, así que pocos pueden identificarse con él en ideología, modos o modas. A mí me gustó su bigote, pero ya pocos mexicanos se sienten vinculados con el charro, el macho o la relación, antes unívoca, entre vello y virilidad. Es muy alto para ser Madero, y muy guapo como para ser Porfirio Díaz. Si su creador hablara, seguramente nos diría que es todo y nada, un mexicano y ninguno. En pocas palabras, es lo que es nuestro país, una sola identidad, aunque fragmentada; indisoluble, pero también imposible de mezclar. Estamos fritos. Imaginando opciones, a mí se me ocurrió que el coloso podría haber sido un mono extraído del arte mexicano postrevolucionario, con sus facciones duras, sus manos cuadradotas, sus ojos de piedra. Pero no. Quisieron ponerse filósofos y, en medio de una ceremonia bonita y lujosa –y costosa, canalizaron la atención, que bien podría haberse situado en una reflexión honda y decidida sobre qué somos y a dónde vamos como pueblo bicentenario, en cuestiones y chistes sobre quién demonios era ese mono de diez metros de altura. Fin de los centenarios. Triste fin de una celebración que tuvo el poder de proyectarnos y se quedó en show holliwoodense, video de Michael Jackson, aspirante a récord Guinness.
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Y si éstos tres no los satisfacen, hay muchos más: Juanito, Emilio “La Monja” González Márquez, Emilio Azcárraga Jean, et al. Hay de sobra. Todo aquel que ostente el poder, tenga acceso a los medios y sea medio ridículo, o posea afanes de revolución aparentemente defendible, anda de Judío Errante. En bien de nuestra patria, este Baile propone inaugurar hoy día una campaña en oposición a Iniciativa México –tenemos oposición hasta en el presupuesto. A nosotros no nos apoya ni Canal 7-. Se tratará de Proponga a su Errante. Un blog. Mucho tiempo libre. Mucha gente ociosa. Mucho líder medio sonso. Ningún peso –no porque no los tengamos, sino porque no los queremos dar a una labor inútil que es encontrar inútiles en este país que los tiene hasta por debajo de las sillas presidenciales-. Proponga a su errante. Díganos quién cree que nos llevará a la goma, tome su mazapán de la Rosa y, si le atina, se queda con el inútil y con el mazapán –bueno, puede tirar al inútil-.
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¡Salud!

domingo, 26 de septiembre de 2010

De papel las calaveras.

Emilio "La Monja" González Márquez es un excelente comediante. Si el buen humor consiste en la capacidad de una persona para manifestar todo aquello que motive a la risa, la alegría y el bienestar a través de la comicidad, nos hemos equivocado al creer que el (seudo)gobernador del Estado de Jalisco tiene por función regir los parámetros políticos de esta occidental entidad federativa. No, no, señores, lo suyo, lo suyo, es hacer reír, y le sale de una forma tan natural, tan suya, tan perfecta, que este Baile se ha visto tentado a pedirle que se siente frente a Roja y escriba, por una vez siquiera, una entrada en la que hable de lo que le dé la gana -que por algo ostenta el título de gobernador-.
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Y es que su humor, que proviene de comentarios estúpidos e ilógicos, inverosímiles y hasta surrealistas, en realidad es producto de la mayor de las ironías: el hombre cree que está diciendo siempre algo inteligente, cuando en dos de cada tres declaraciones -si no es que más- lo único que hace es demostrar a la opinión pública, a Dios y al mundo, que no nació para otra cosa que decir chistes.
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El último, en el marco de los conflictos, igualmente inverosímiles e incalificables, entre el gobierno del Estado -o, dicho más honestamente, sus finanzas- y la Universidad de Guadalajara -o dicho todavía más honestamente, Raúl Padilla-, se lo echó el "góber" -les digo que es un decir, que si dijéramos "el comediante" o "el humorista", en el caso de González Márquez, estaríamos siendo mucho más sinceros-, cuando un grupo de estudiantes de la preparatoria Tonalá Norte, de la U. de G., se presentó en una manifestación a las afueras de Casa Jalisco -que es el convento más familiar de la región-, y en medio de la pedida de presupuestos y los gritos a favor de que el erario público otorgue más baro a la Universidad del Estado, presentaron como regalo al gobernador una pareja de calaveras catrinas hechas de papel china corrugado, como muestra de la labor escolar y artística realizada en la mencionada preparatoria.
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No lo hubieran hecho. "La Monja" González Márquez, que desde que aprendió a escuchar las críticas en su contra -esperen, ¿ya aprendió?- maneja la teoría del complot maravillosamente a su favor, tomó lo que para una persona culta, razonable, inteligente y tocada por las musas de la cultura y la pluralidad podría ser un regalo excelente y muy digno -yo ya pedí un par de esas calaveritas para mi buró de noche-, como una agresión en su contra y un llamado a la muerte, el asesinato, el atentado, el golpe de Estado y lo que me asusta y me da más risa, una evocación a la Santa Muerte.
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González Márquez denota así no sólo su ignorancia sobre temas tan escenciales para todo aquel que se dice mexicano como artesanía, folklore popular y culto a la muerte, sino que demuestra también una profunda ceguera en torno a temas absolutamente humanos, como el regalo, el detalle y la generosidad, el respeto a la cultura popular y la diversidad, y temas de gobierno como la cercanía con instituciones educativas y su labor a favor de la formación de profesionales -o por lo menos buenos seres humanos-, en el Estado.
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El Ejecutivo alega que lo que la Universidad pretende a través de Rául Padilla -o Raúl Padilla a través de la Universidad- es extraer del erario público más dinero para obras que benefician sólo a empresas privadas y accionistas de éstas, entiéndase ejemplos ya finiquitados como el Auditorio Telmex o el Teatro Diana. Y tiene razón. Pero también alega un ataque frontal contra el titular del Ejecutivo -esperen, ¿ya tenemos titular?-, y lo hace a través de su creencia en chupercherías, salvajismos y rezagos en los cuales, nos parece en este Baile, sólo los ilusos pueden creer. González Márquez demuestra así una lamentable pérdida de la figura gubernativa, y el retraso mismo del cual son víctima no sólo los estudiantes del Estado, sino también los profesionistas egresados de una institución pública en la entidad -por no decir en el país-, la corrupción ideológica de la cual son parte los entes del gobierno, y la lamentable pérdida de valor del voto ciudadano que le dio la gubernatura en el 2006.
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La Universidad alega que el Ejecutivo está tonto -palabras más, palabras menos-, y que lo que no quiere es ceder morlacos para mejorar la calidad de la educación. Y tiene razón. Pero la calidad educativa no está sólo trastabillándose en el asunto presupuesto con el cual cuenta la Universidad, sino en el desgaste administrativo que ésta vive, la pesada carga burocrática que lleva en a la espalda y la fuerte y lamentable apropiación que grupos de poder han hecho de la institución, para bien en casos como el de la FIL, el Festival de Cine o el festival popular -que no cultural- Zapopúm!, para mal en casi el resto de los proyectos y problemas de la Universidad.
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Tenga o no la razón la Universidad de Guadalajara, y los estudiantes y académicos en protestar en manada, lo cierto es que Emilio "La Monja" González Márquez ha demostrado una vez más que el saco de gobernador no sólo le queda grande, sino que simplemente no le va -por algo Falcón lo pinta con túnica y mangas de Tontín, el inolvidable (ése sí, éste no) enano de Blanca Nieves-. No le va por su ignorancia, su intolerancia y porque, como ya dije, su lugar está en un escenario con pared de ladrillos, micrófono y haz de luz, con un traje a cuadros y un mal músico al teclado, no tras un escritorio, en Palacio de Gobierno.
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Y ha demostrado también que todas y cada una de las críticas que lo tachan de inútil, borracho y tonto. Su miedo no está tan lejos ni tan errado, señor González Márquez -lo de señor tómelo como un decir, no me lo vaya a creer-. La verdad es que deben existir grupos ciudadanos que lo que buscan es hacerlo quedar mal y quitarle el poder. Ese grupo debe estar formado por todos los habitantes razonables de Jalisco, por los inteligentes, los concientes y los verdaderamente humanos. Sin importar qué le diga el Cardenal, algo sobra en Casa Jalisco... y no son los muebles.
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¡Salud!
PD: Buena la puntada de intentar hacerle llegar, tras las calaveras, una pareja de los icónicos muñecos Ken y Barbie al (seudo)gobernador. Buena porque habla no sólo del ingenio juvenil, sino del entendimiento pleno, suyo o de sus maestros, de la triste realidad que guarda el Ejecutivo. Malo porque habla de una insistencia en un punto que tiene algo de injusto o irracional: a la Universidad de Guadalajara le toca primero demostrar qué quiere hacer con el presupuesto, y dejar las obras de beneficio privado para la iniciativa privada. Se celebra la broma; se lamenta el trasfondo.

viernes, 24 de septiembre de 2010

A una oreja.

Para La Carmeliux, tía adoptiva, cuya prevención, por esta vez, no la salvó del enemigo.
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Les sorprendería la forma en que Mi Ojosh y yo nos comunicamos todo. Mi cobija de chinos tiene tal facilidad para pasarme los datos más minuciosos de su día con día, que yo he aprendido poco a poco a seguirle el paso y comunicarle hasta el grosor de la uña del dedo derecho que me desenterré esta mañana. El asunto llega a extremos tan escatológicos y demenciales, que mi digestión no termina sino hasta que le platico que fui al baño, y otras minuciosidades que una pareja decente no tendría porqué charlar, pero que nosotros, gustosos de la indecencia, la inmoral, las bajas pasiones y el hedonismo, compartimos como el pan, la quincena y los transvales -¿no les había contado que compartimos el pan, la quincena y los transvales? También se sorprenderían de lo bien que compartimos todo-.
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Así, pues, algo que le pasa a Mi Ojosh, que vive en un rincón de la ciudad, ya les dije antes, propenso a asaltos, violaciones, vejaciones y desfalcos, por no decir muy apartado, me llega a mí como noticia fresca casi ipso facto, por lo que puedo asegurar que casi me entero yo a la misma velocidad que se entera él -bendito número gratis Telcel que nos permite comunicarlo todo-. Así, pues, me entero si pisó un chicle, si vio rascarse a un perro, o si se le ocurrió una fascinante idea para sacarme la cerilla sin rebanarme el tímpano -yo soy Agustín, y soy propenso a picarme dolorosamente la oreja con cuanta cosa meto en ella con afanes meramente curativos-, al momento, oportuna y verazmente -Fuerza Informativa Azteca, con sus reporteros con chalecos de leñador, sus helicópteros y sus noticieros con pantallas planas, se quedaría boquiabierto de nuestra capacidad para transmitirnos las noticias de forma certera y expedita-.
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Así, pues, me vine enterando el pasado jueves que a La Carmeliux, tía sanguínea de Mi Ojosh y adoptiva mía, portentosa mujer de cabellera de fuego, apasionada de la vida y de la fiesta, y cuya risa, me parece, es sonora y fuerte cual contingente de carnaval, se le había metido una cucaracha en la oreja durante el sueño, ocasionándole no sólo la pérdida del ídem, sino un mal rato que acabó en el hospital con la extracción, por patita por patita, del intrometido bicho.
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Mi cobija de chinos y ojos me lo comunicó de forma tan ligera que yo pensé que bromeaba. Es cosa natural que Mi Ojosh bromee. Por algo es mi compañero de andanzas: comparte conmigo esa sana propensión a tomarle a las cosas del día su lado más jocoso y extraerle el chiste a fuerza de golpes y jalones. Dicha capacidad redunda en el hecho de que la gente nos vea y nos vea riendo. Pero como entre broma y broma me deja ver algo de verdad, lo interrogué ampliamente hasta que, harto de decir te amos y recibir pero cómos, me explicó punto por punto cómo estuvo que a La Carmeliux decidió invadirla un bicho que, si hemos de ser francos, suele estar más comodo en las alacenas, las alcantarillas y las cajas de cartón.
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Al respecto tengo varias teorías. La Carmeliux me confesó alguna vez que a su vida llega mucho bicho. Ése es un mal común de nuestros tiempos. Las mujeres se quejan, por lo general, de que a su vida llega puro bicho, tepocata, malandro y cosa rastrera. Quedan andando por las calles puros remedos de hombre que apenas y saben declamar, apenas y saben masajear, apenas y saben ser humanos. Los pocos que valen la pena, me dicen mis informantas, o son gays o están en los altares -y así de yeso, pues ni tonta que se anime-. La cucaracha en su oreja fue uno más que buscó lugar y, como vil 'nche bicho rastrero demoniaco, fue expulsado a pedazos porque lo único que logró, entre empujes y contorsiones, fue jeringar y jeringar.
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Mi otro teoría es que La Carmeliux debe tener cerilla dulce. Yo no voy a probarle nada, así que la teoría se reducirá a una mera hipótesis y ahí la dejaremos. Pero el punto es que algo debió notar la cucaracha que la atrajo al interior de su oreja. Eso o su capacidad de percepción, su inteligencia, su buen oído y su fuerte personalidad. Como sea, La Carmeliux hizo bien con lo que hizo: tomó al bicho usurpador de cualidades y lo puso de patitas en la calle. Cosa que no venga a mejorar las cosas que ya están, dice doña Mago, mejor que pase de largo.
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La Carmeliux fue de urgencia al hospital, y como es enfermera y sabe todas todas cómo se las gastan en los ires y venires las instituciones de salud, se encargó de llegar directo con el especialista y declarar, a voz en cuello, palabras más, palabras menos, "cabrones, traigo un 'nche bicho atorado en el oído. O me lo sacan o yo misma agarro el bisturí y lo trueno a 'ngadazos". Los médicos, que suelen ser personas bastante lentas para pensar, seguramente la miraron sorprendidos, ofrecieron el bisturí y si no hubiera sido por un taimado anestesiólogo que se ofreció a hacer labor de curación, seguramente La Carmeliux traería hoy una oreja menos -pero, eso sí, el bicho ya no estaría, faltaba más-.
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Como ya les decía antes, Mi Ojosh me comunicó que el insecto fue extraído pieza por pieza, como ruina maya en su traslado a Europa, del oído interno de La Carmeliux, quien salió del hospital con incapacidad en mano y unas ganas tremendas de fumigar su casa. Dato curioso que asustará a los cuidadosos de esta clase de incidentes: por primera vez en su vida, La Carmeliux se cuestionó la noche del miércoles si no existiría la posibilidad de que un bicho alojado en su almohada la penetrara durante el sueño, y en respuesta sacudió el saco de plumas "por si las dudas". ¡Zaz, que sí! Turu-ruru, turu-ruru.
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En el cuento de "El almohadón de plumas", Horacio Quiroga planteó la posibilidad demoniaca de que un bicho vampírico succionara la sangre a una pobre mujer noche tras noche durante el sueño, alojado en su almohada. Yo no le voy a decir a La Carmeliux que en el cuento a la pobre chica le va como en feria, ni que Quiroga relaciona magistralmente al bicho chupasangre con el marido chupavidas, pero sí le advierto a los bichos del mundo -de dos o seis patas, faltaba más-que al próximo que intente entrar en ella para fregar palo, va a topar con pared -y bisturí-. Si lo suyo no es precisamente salir expulsados en pedacitos, mejor absténganse de todo intento y sigan rumiando pedazos de avena en la basura. Sobre advertencia no hay fijón. He dicho.
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¡Salud!

jueves, 23 de septiembre de 2010

La vuelta al periódico en noventa caracteres.

Como muchos de ustedes ya lo saben, y los que no se van enterando, que para eso es este Baile, y no para cosa distinta que el chacoteo, el chismesillo de pasillo, la ronda bironda -así dice mi madre, pero no me pregunten cómo demonios se canta la ronda bironda, porque yo comienzo a temer que se trate de uno de esos juegos que se utilizan, dicen mis informantes, para romper el hielo en las orgías-, se van enterando, pues, que dejé el periodismo en enero pasado, la actividad que más he amado después de dormir y beber Coca Cola Light en exceso, debido a la incompatibilidad de mi pasión con los álgidos, fríos, inamobibles horarios que exige mi actividad escolar. El periodismo es un amante celoso, y exige tanto, y de tan buen modo, que uno termina por mejor tomarle la palabra y lanzarse al disfrute pasional y desinhibido de sus idas y venidas.
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Desde enero, pues, he ido y venido de trabajo en trabajo. Son ya nueve meses de andar pepenando oficios y cazando sueños. He intentado convencerme, con el paso de los días, de que me gustan los números, los clientes, los sistemas y las cuentas por cobrar. En vano. Nada de eso es para mí lo mismo que una rueda de prensa, el olor de la tinta sobre el papel y la necesidad de andarlo preguntando todo. Ni cuadraje de venta, arqueo o presupuesto, son términos que me hacen hervir la sangre como exclusiva, entrevista, crónica o reportaje. Vean nomás: los escribo y se me hace agua el cerebro.
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Por eso es que la invitación que ha hecho a mi bandeja de entrada La Paupau, editora de pasadas glorias que anduvo en un periodo sabático para salvar el pellejo de la crisis -dicen las malas lenguas que llegó a vender desodorantes por catálogo, pero por el bien de su imagen pública no divulgaré semejantes ofensas a la moral, la familia nuclear y las buenas costumbres-, me sabe a gloria y me trae la dicha. Me ha pedido, palabras más, palabras menos, escribir un artículo periodístico de opinión para una nueva publicación en la cual espera participe. El acto es meramente referencial: me ha pedido que haga periodismo, de opinión, pero periodismo en fin, y eso, ya se imaginarán, me ha servido un vaso de agua fresca en el desierto que venía siendo hasta ahora para mí el quehacer administrativo.
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Perdido entre papeles encontré al poeta. No sé si haya un cuento que así empiece, pero ya se me empezó a ocurrir. Será un buen momento para desempolvar a la musa, que ya del aburrimiento aprendió a sacar puntos de equilibrio y cotizaciones, y ponerla a hacer lo que mejor le sale: mover la pluma. Ya les diré lo que surge. Por lo pronto, se acerca la luz de la creatividad, la información y la inteligencia. Chambitas del mundo abstenerse: este hombre, que es todo tinta y rotativa, va a hacer temblar conciencias.
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No vaya a pensarse, sin embargo, que no aprecio mi trabajo. Me da de comer -en tiempos en que hacerlo tres veces al día es ya un triunfo y una proeza-, y le da de comer a Mi Ojosh cuando se administran bien los bilinbiques. Además me ha hecho conocer gente interesante, sentirme activo, aportar algo, por pequeño que sea, a mi comunidad, mi sociedad, mi patria y al mundo -ésto último podría ser el final de un poema para recitar en la primaria a las mamás. ¿Ven cómo ando inspirado?-. Pero por más activo, interesante y fabuloso que sea esa labor, nada tiene comparable con el quehacer que atañe a los cuestionamientos, las editoriales, los titulares y los encabezados. Es hora de escribir, y de reformar el mundo desde la comunidad de las teclas y el cursor. No les prometo un cambio inmediato, pero de que los haremos temblar, y de que nos vamos a poner de buenas otra vez, eso ni duda cabe -¿cuánto mide una duda? Otra pregunta inútil para ocupar a los ninis-.
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¡Salud!
PD: Llegó el otoño. Calladito, sigiloso, como quien no quiere, nos tomó por sorpresa y están por empezar los mejores días del año. Es el momento de guardar las sombrillas y sacar las cobijas. Chin-chin al que no ande con pijama, pantufla y mameluco. Chin-chin al que no esté ya pensando en Navidad.

martes, 21 de septiembre de 2010

Miedo.

He andado por las calles de la que, dicen, es la ciudad más insegura del país. He caminado de noche por sus calles asfaltadas, sus rincones desiertos, sus callejones imposibles. He sido perseguido por policías y he sido tratado de asaltar en una ocasión, en que la afortunada y siempre benéfica presencia de mi gran amigo El Gerber, o más específicamente la presencia de una galleta Choki en su mano derecha, me salvó la vida -y a Roja-. He estado en manifestaciones, mítines, encontronazos y golpizas. He visto muertos con entrañas regadas sobre el asfalto, y también he visto las cosas en las que creo derrumbarse poco a poco y matarme la ilusión. Me he enfrentado al miedo el suficiente número de veces como para decir que hoy, poco a poco, le temo cada vez menos al temor. Pero sentir que Mi Ojos no aparecía, y saberlo vulnerable a toda gama de accidentes, dolencias, pesares, ataques y heridas, pudo más en mí que cualquier otro miedo posible -incluido el de la maestra de mecanografía, que ya de por sí es un miedo de consideración.
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Todo fue despertarme y no encontrar ningún mensaje suyo en mi celular, para sospechar lo peor. Así soy yo: en un afán por buscar que el mundo me sorprenda, tiendo a imaginar siempre el peor escenario. Es también una cuestión proteccionista: si el escenario terrible, debastador, dramático e imposible ve la luz, estaré preparado mentalmente para él; si no, entonces podré decir que soy feliz y estar tranquilo.
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Pensé en tal cantidad de desgracias la mañana de este sábado, que terminé por imaginarme como redactor de novelas de Televisa tiempo completo. En cuestión de minutos, lo secuestré, lo acribillé, lo ligué con el narco, lo desaparecí, lo prostituí y vendí sus órganos. Admito que cada una de las ideas que en torno a qué podría haberle pasado a Mi Ojos en el otro extremo de la ciudad, alzaron mi miedo y llegaron a hacerlo impenetrable. Comencé por suponer que se le había descargado el celular, y terminé convirtiéndolo en una víctima fatal del tráfico acelerado, el sadismo desfachado, la corrupción insolente.
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Por eso fue que su voz al otro lado de la línea, cuando en el trabajo no me contestaba, y su tía, La Carmeliux, mujer de portentosa voz y admirable fortaleza espiritual, vínculo con lo desconocido de lo conocido, ya estaba enterada de la desaparición y comenzaba a mover cielo, mar y tierra para encontrar a su sobrino, tesoro de sus ojos y amigo de su alma, esa voz dulce, suave, varonil y tenaz, apareciendo al otro lado de la línea, ese tradicional e irrevocable "Guapo", me devolvió el alma al cuerpo y la sangre al torrente particular.
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"Me asaltaron", fue la respuesta inmediata cuando pregunté, con un tono de voz que de seguro sonó a regaño porque, admito, fue un arroyo en el que salían a propulsión todos los miedos del miedo, qué demonios había pasado. "Me asaltaron y me quitaron mi celular y lo que quedaba de mi quincena". "A mí me vale un soberano cacahuate si te quitaron la mitad de tu cabellera, un dedo, tu autoestima o tu fortaleza. Me vale y me revale. Lo que cuenta para mí esta mañana, en este preciso instante, es el milagro de entender que estuviste en la punta del riesgo -como la punta del cuchillo que un maldito desdichado desenvainó en tu contra-, y regresaste para seguirme amando", pensé. Celular, cartera, zapatos, mochila, camisa, todo eso se recupera con el favor del trabajo y la construcción diaria de la labor y el espíritu. Lo que me importa hoy es tu vida, defendida, estable, en crecimiento, y nada más. Me importa escucharte hablar, y saberte vivo, más vivo que nunca. Me importa que estés aquí.
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El abrazo que te doy en cuanto doña Mago me acerca para verte, es el abrazo del que siente perdida la vida y se abraza a ella en el primer segudo del milagro en operación, apenas se da cuenta de que lo tiene, de que no deberá perderlo. El primer abrazo es instintivo. Temo dejar de abrazarte, porque temo que, al abrir los ojos, no esté más tu calor contra mi cuerpo. El primer abrazo es el del niño que abraza la vida en el llanto, el del estudiante que acoge la boleta con la calificación tras el examen aprobatorio, el del amante de la dicha que recupera la salud y se da cuenta de que tiene otra oportunidad de asirse a la vida. Es el abrazo del sentirte vivo, y saberme yo también, por una vez tan sólo, seguro y en paz.
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¡Salud!

domingo, 19 de septiembre de 2010

Nuestra.

Y tengo, entre mis versos de sonoro escalafón, una antigua ciudad de palacios y calles adoquinadas, dónde hay un árbol, un parque y una plaza, para pasear con ella de la mano con mi amor.
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La hicimos nuestra. Lanzamos la amenaza y, todavía con un pie en la terminal del ETN, había quien no nos creía y decía que lo nuestro era puro cuento para ganar adeptos y generar controversia. Pero ni mi cobija de chinos y ojos ni yo estamos interesados en andar generando expectativas y atrayendo reflectores. Prueba de ello es que no hemos posado para ninguna sesión de desnudo -podríamos hacerlo, toda vez que él es más sexy que Yoko Hono y yo estoy siempre un poco menos drogado que John Lennon-.
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Fuimos a la Ciudad de México en nuestro primer viaje de pareja. Aplausos. El resultado fue, creo yo, todo un éxito. Al menos así me lo dio a entender el rostro encantado de Mi Ojosh cuando fue recorriendo rincón a rincón su piel morena que por las tardes con la lluvia se baña. La ciudad se entregó a él con la docilidad de una amante entregada y el placer que los años le han enseñado a hacer gozar. Y con ese mismo placer, Mi Ojosh, que es todo placer, la vio, la revió, y luego lloró cuando tuvimos que dejarla en paz. La ciudad, con sus cielos encapotados y su tronadera infernal, también lloró cuando nos fuimos. Le prometimos volver. Como a la amante despechada, la promesa la sonrojó y, aunque no nos mostró sus labios para besarla una última vez, notamos en su rostro al asomarse tras la cortina para vernos partir desde el balcón, la cándida sonrisa del que ha quedado satisfecho, dolido, pero satisfecho.
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Mi Ojosh aprendió a andar en metro, y ya para las últimas horas, cuando mis pies eran un par de guiñapos punzantes por la caminata turística incesante, él era el que me llevaba y me traía de estación en estación. Con eso de que aprende rápido, apenas le tomó un par de minutos localizar mapas, líneas y colores, y otro par de minutos sentarme en un bagón y preguntar la razón de existir de todo lo circundante -el colmo fue cuando preguntó para qué servían las puertas automáticas y yo preferí hacerme el dormido para no responder una patanada-.
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Porque la Ciudad de México también se presta a que personas curiosas en extremo, como mi cobija de chinos y ojos, indaguen, interroguen, se cuestionen e investiguen. Ofrece tal cantidad de recovecos, historias perdidas y leyendas encontradas, que a los espíritus curiosos como el de mi eterno compañero, le resultan pólvora en noche de antorchas.
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El Grito de Independencia, que gritamos como nunca -ayer aún aseguía afónico- no lo dimos desde el Zócalo, porque había mucha gente, y el mayor de mis hermanos se nos achicopaló dando a notar que lo suyo, lo suyo, no son los amontonamientos, repegones y el calor humano. Lo dimos desde el Ángel, aún más emblemático del acontencer bicentenario, y lo dimos bien. Luego de él nos fuimos a recorrer la Zona Rosa, llena de bares, antros y preferencias "distintas" -es que les juro que vi a un hombre andando de la mano con su pato-.
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Sobrará decir que, además de hacerla nuestra, la sentimos nuestra. Andar de la mano por la calle sin temor a represalias, es sentirse seguro, protegido, en casa. Ésa ciudad, caótica, enmarañada, perturbadora, impenetrable como abdómen de Stalone, nos está esperando. Ya nos dijo que cuando queramor ir, es cosa de destapar la pluma, firmar el acta y celebrar. Le tomaremos la palabra. Por lo pronto, el regreso nos duele hondo, fuerte, ca'ón. Será que somos buenos amantes. O será que nos gusta la buena vida.
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¡Salud!
PD: También comimos pambazos. Corrijo: una hueste de chinos y ojos gigantes me obligó a sentarme en un tianguis de la verbena popular, pedir un lonche frito de papa con chorizo, y zampármelo sin chistar. Así es mejor. Si el gusto da lugar a la culpa, lo mejor es canalizar ésta a terceros.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Para viajar.

"Estos son los últimos preparativos para las vacaciones que nos tomamos para descansar de los últimos preparativos de las vacaciones que nos tomamos", decía Mafalda. Mañana como a estas horas, si todo sale conforme al plan, ésta su pluma y su cobija de ojos y chinos, estaremos internándonos en las paradisíacas calles de la capital del país. La intención del viaje no es otra que gozar de los placeres fabulosos, atractivos para todos los sentidos, que solamente LA ciudad de México puede otorgarnos a los mexicanos. Porque ya saben ustedes que yo soy un fan declarado, humildemente tan sólo un aspirante a ciudadano residente.
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Como México no hay dos. Mi Ojos, que del gusto empacó desde hace un mes y olvidó su incondicional amor por el orden empacando primero el desodorante y el cepillo de dientes, por lo que estos dos días ha tenido que estar sacando todo de la maleta para volverlo a meter, ya se dio cuenta de que ésta ha de ser el viaje más comprometedor de su vida: llevado primero por puro amor a lo que mis ojos le cuentan que hay subiendo al valle, ahora ha dado lugar al morbo y la ansiedad, y aspira a contemplar edificios de más de veinte pisos de altura, verdaderos nodos y viaductos, y a codearse con lo más selecto del pópulo y la pópuli. Ahora sí, accederá al título soberano y favorable de mexicano, y, estoy seguro, se olvidará para siempre de provincia -cualquier parecido con la idea de que estoy intentando moldearlo a favor de una vida en la Ciudad de México, cuna y origen de toda verdadera vida, centro del Universo, hombligo de la Tierra, es mera especulación insana que raya en la verdad-.
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Hemos de hospedarnos con el mayor de mis hermanos, que habita su tierra desde unos cuantos meses atrás, y que además la habita muy bien, en un punto estratégico para todo recorrido turístico y toda búsqueda racional de la belleza de LA Capital. Porque también, hay que decirlo, tiene cosas muy feas, que los que la amamos, aunque al mismo tiempo amemos la verdad, preferimos ocultar. La ventaja de una ciudad tan densamente poblada es que la mayoría de las cosas feas se encuentran en el territorio del circundante, priísta y peñanietoista Estado de México, por lo que los horrores y desagravios contra estandartes de la estética como el Ángel, Bellas Artes o San Ildefonso, le pueden, y deben, ser imputados a los chichimecas que rodean a la magestuosa Tenochtitlan.
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Y hemos también de conocer, reconocer, amar, abrazar esa urbe de cemento, piedra y flores, que seguramente nos recibirá como sabe hacerlo: con una mano en el hombro y la otra en la entrepierna -digo, bien agarrados, pues-, y nos dejará recorrerla como el cuerpo lánguido y sensual -por un versito me sentí Agustín Lara- de un amante que se rinde a las manos de su protector. Mi Ojos la hará suya, y la Ciudad, estoy casi seguro, se entregará a él y juntos darán rienda suelta a una pasión que, espero, sobrepase la que ella y yo la llevamos hasta hoy. Seremos la Ciudad, mi compañero y yo, el trío perfecto del futuro inquebrantable.
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Claro que sobra decir que estos días de preparación al viaje han sido fatigosos y dolorosos. Nuestra oportunidad de viajar se ha visto mermada, e incluso negada, por jefes, trabajo, escuela y familiares. Por un momento en las semanas anteriores preferimos mejor dejar de pensar en la posibildiad de viajar, para ya no sufrir sobresaltos de ancianita fanática de AMLO subida en el Batman The Ride -nota al margen: pese a las insistencias prolongadas de Mi Ojosh, no visitaremos las instalaciones, NI las inmediaciones, de ese lugar de desviación perversa y pérdida de tiempo que se hace llamar Six Flags. Lo nuestro será un viaje de amor, amor y cultura. Fin de la anotación al margen-. El resultado fue favorable, y pasó lo que siempre pasa con las mejores cosas de la vida: llegó cuando menos nos lo esperábamos.
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Es momento de soñar. Abrir los ojos será, si todo sale conforme lo planeado, despertar en la Ciudad de los Palacios. Hace dos años, la hice mía como nunca. Ahora le tocará al compañero de mis días, mi eterno suéter de ojos y chinos. Será la ciudad de dos, y también será nuestro palacio.
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Por cierto que entre los planes está dar el grito en el Zócalo. Si Felipito nos acepta, hasta le daremos la mano y gritaremos con él. Este Baile lamenta con la profunda tristeza que embarga al cuerpo hábido de fiesta y canto, la cancelación de los festejos alusivos al Grito de Independencia en varios estados del país. Cuando ya ni la fiesta, el canto, la algarabía, la reunión y la celebración se pueden tener, estamos ante una nación en verdadera crisis. Muy mal. Los que podemos, gritaremos, gritaremos, gritaremos.
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¡Salud!

sábado, 11 de septiembre de 2010

Bicentenarizar.

El país está bicentenarizado. ¿Quién lo desbicentenarizará? El que desbicentenarice, buen desbicentenarizador será.
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No estamos hartos. Repito. No estamos hartos. Los que amamos México son sentimos muy contentos de estar celebrando centenarios al por mayor: dos por la Independencia, uno por la Revolución. Nos parece que el país ha librado muchas batallas después de esas dos iniciales, y conceptos que actualmente todos compartimos -aunque con connotaciones diversas-, como libertad, igualdad, independencia y derechos constitucionales, serían para nosotros incomprensibles sin la presencia de las dos gestas heróicas.
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Que el sistema ha construido muchos mitos en torno a los dos acontecimientos, es verdad. El Pípila no existió, el niño artillero tampoco, y el Padre de la Patria, Miguel Hidalgo y Costilla, tenía pocas intenciones de declarar una independencia como tal, y mucho menos contemplaba una república constitucionalista. Pero también es cierto que sin esos mitos, nuestra comprensión de la historia y nuestro acercamiento a ella, se verían disminuidos por esa propención tan natural que tiene el mexicano a no encontrarle gusto a las cosas si no llevan de por medio el morbo de los sobrenatural, lo sobrehumano, lo esotérico y lo aleccionador -la tía Gertrudis, que no existió pero que me hubiera gustado conocer, aseguraba que no debe existir historia que no tenga moraleja. Moraleja: a los mexicanos nos encanta encontrarle la lección a todo-.
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También es cierto que la lucha iniciada por Hidalgo y la iniciada por Madero, ni tuvieron el fin que sus iniciadores esperaban, ni fueron procesos organizados, ni mucho menos alcanzaron términos felices. Con Iturbide ganó la instauración de la monarquía y los privilegios de unos cuantos; con Madero, ganó la institucionalización de la corrupción y la dictadura de un partido, incluso más larga y caótica que la de Díaz, porque cuando la barbarie se organiza, ¡aguas!
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Es cierto que la búsqueda de igualdad, libertad, fraternidad, tierra y legalidad, no iniciaron ni terminaron con las luchas por la Independencia y la Revolución. No terminan hasta nuestros días, cuando un grupo tan lamentable como Los Zetas acribillan a decenas de migrantes sudamericanos en un país que se dice hermano de todos los pueblos de la tierra, ni cuando cientos de mujeres han sido asesinadas entre los callejos y los páramos desérticos del desastre magnicida que es Ciudad Juárez. No ha terminado la lucha de clases, la lucha de poderes, la lucha de los sexos. No tenemos un país en que gane por sobre todo el Estado de Derecho, ni en que los Derechos Humanos sean el guión de actuación en procuradurías, cárceles y juzgados, en la calle misma.
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Pero tenemos un país dónde por igual podemos optar por le diálogo o el grito. Tenemos un país dónde la fruta es barata y la gente, todavía, amigable. Tenemos un país con Historia, y eso hay que celebrarlo. Resulta fundalmental entonces que si se van a parar en alguna plaza pública del país para gritarle vivas a todo lo que el presidente o munícipe crea conveniente, lleguen a la fiesta bien preparados, bien leídos.
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Yo propongo al menos dos títulos. Uno, es Historia Mínima de México, de la editorial El Colegio de México, que reúne ensayos en torno a la historia de nuestro país, coordinados por la mano del siempre partícipe y ajonjolí de todos los moles, Daniel Cosío Villegas. El otro es, créanlo o no, la edición de Historia de México que acaba de lanzar el Gobierno Federal a través de la SEP, y que sigue un formato parecido al del texto de Cosío Villegas. Revisen la historia, critíquenla, redúzcanla, tomen a sus favoritos y enarbolen sus causas. Decídanse por el centralismo o el federalismo, el conservadurismo o el liberalismo, pero decídanse. Y lean, eso ante todo, porque una decisión tomada sin lectura, es una decisión que sería mejor no tomar.
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Y bicentenarícense. Súmense a la buena causa que significa celebrar el aniversario de dos conflictos bélicos que nos acercaron, entre traidores y traspiés, a lo que tenemos y disfrutamos hoy -sí, Juanito, el Cardenal y hasta Emilio "La Monja" González Márquez, son producto de lo que Hidalgo y Madero detonaron, o más bien de sus consecuencias, que ni el cura canoso ni el chaparrito bigotón de rostro caricaturezco tenían la culpa-.
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Y griten. Eso sobre todo. Disfruten el gusto de ser mexicanos. Encuéntrenle gusto. Sabe rico, como a chile en nogada, pero con el sincero deseo de que pronto necesite menos granada y más salsa.
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¡Salud!
PD: A pesar de que el Baile celebra y festeja el Bicentenario, no estamos de acuerdo con los extremos mercadotécnicos que la conmemoración puede traer de parte de empresas y empresarios sin escrúpulos. Miren que vender un Jetta Bicentenario, que aparte ni parece Jetta y de bicentenario tiene nada más el color, como medio sepia, es una verdadera mamarrachada cucurucha. Tampoco nos gustó la rola oficial, a cargo de Aleks Sinteck. Yo, me quedo con el Son de la Negra, y mejor con ése festejo.

LLuvias varias.

Para Germán Dehesa, que nos regaló el lenguaje.
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"¿Querían lluvia, no? ¡Pues tengan changos sus bananas!" Tláloc, el dios azteca de agua y lluvia, es implacable cuando está de buenas y le pedimos que caiga el chaparrón. Por eso, escuchó desde su trono de precipitación y rivera el deseo de unos cuantos inverbes que, desde una sección de la tierra particularmente dichosa por el clima y beneficiada por el sol y las flores, rogamos de la manera más atenta la presencia de unas cuantas gotas más, ya cerca la llegada del otoño.
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Pero quienes así rogamos olvidamos que en estados del sur de este México bicentenario de contrastes y acribillados, como decía Maná, no ha parado de llover. A Tabasco le han llovido descubrimientos petroleros, políticos populacheros, cabezas olmecas y ahora agua, agua y más y más litros de abundante agua. Chiapas, que por su parte ha visto llover explotación indígena, zapatistas y zapotecas, ahora también se las está viendo negras con eso de las precipitaciones y los apremios pluviales.
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Todo eso reflexionaba mientras caminaba rumbo a la escuela el pasado jueves. Del cielo caía no agua a chorros, sino una brisa tan ligera que me sentía yo legumbre de supermercado. El problema es que las constantes desveladas y las múltiples tareas que mi agenda presume -y las presume, la desgraciada- no me permiten verme propiamente como lechuga, sino más bien como rábano en salmuera.
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Y mientras llovía y yo extrañaba a mi cobija de chinos y ojos grandes, me preguntaba la cantidad de veces que no somos capaces de apreciar la lluvia. Tengo la ligera impresión de que cuando yo pase a mejor vida, cuando adquiera ciudadanía divina, voy a vérmelas duras al extrañar la lluvia. Si a mí me preguntaran qué clima quisiera en mi paraíso, decididamente optaría por una lluvia eterna, o cuando menos una disminución sistemática de los días con sol y un aumento desquiciado de los días con precipitaciones, cielos nublados, chubascos y ventiscas.
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"Dices eso porque tienes casa, pero piensa en la gente que no tiene un techo dónde guarecerse", me dicen los aguafiestas cada vez que me atrevo a expresar mi particular atracción por el agua caída del cielo. Es cierto. Seguramente habrá en este país de desposeídos quien no tenga un techo dónde pasar las lluvias, o incluso habrá quienes lo pierdan por causa de las mismas. El punto es que lo mío es un amor fundamentado en mi contexto, contexto en el cual existen las ventanas, los techos impermeabilizados y mi cobija de chinos y ojos grandes.
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Mientras llueve y veo llover, miro a El Nez, alteza perruna en desgracia -ahora tiene más el cuerpo de escultura zoomorfa de xolozcuintle panzón-, y me entero que la lluvia limita terriblemente sus cualidades olfativas, dejándolo prácticamente ciego. Imagino que no le viene nada en bien que llueva, y llueva, y una vez que la lluvia ha parado vuelva a llover. Le ha de resultar castrante tanta agua. Quizá por eso apenas levanta la cabeza, mira que cae agua, y se vuelve a echar. "Yo lo que quiero es que me dejen trabajar", ha de decir. Así pos no.
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También pienso en las personas que esperan ansiosos la llegada del autobús bajo los minimalistas e inútiles techos de las paradas que los gobiernos municipales tuvieron a mal construir desde trienios pasados, pensando que sería bien bonito tener un techo que no cubre, una silla que no sirve para sentarse y un anuncio luminoso de productos que nunca compraremos, como "guarida" para subir al transporte colectivo. Como siempre, se han equivocado garrafalmente. Parado bajo esas ruinas del uso fanático del acero inoxidable, uno termina más mojado, más enfermo, más atolondrado y más indispuesto. A eso hay que agregar que los camiones pasan hechos la mocha -nunca he entendido qué es hacerse la mocha, pero así dice Doña Mago, beatificada en vida, cuando quiere decir que van a toda madre-, y a esa velocidad -hecho la mocha equivale a unos ochenta por hora pa'rriba- apenas pisan los charcos y ya lo convirtieron a uno en palmera de Lara, borracha de sol.
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Mejor le propongo a la lluvia que llueva a cántaros en los lugares y días en que se nos antoja. Una lluvia regional, pues, limitada, antiglobalizada. Y a los hermanos del sur del país, una pronta sequedad y la inmediata recuperación de sus bienes perdidos. Aquí andamos, como el arriero, en el mismo camino.
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¡Salud!
PD: La otra lluvia del día jueves fue más intensa. Varias voces, porque las malas noticias nunca vienen solas, me comunicaron el desceso del querido Germán Dehesa. Quienes estimábamos su quehacer supimos de su enfermedad directavamente por la pluma del columnista de Grupo Reforma apenas el lunes pasado. Nos dio diciembre como fecha máxima para despedirnos. Pero todo indica que quizo ganarle tiempo al tiempo y darnos, como siempre lo hacía en cada línea, una sorpresa. Descansa, Germán. Nosotros seguiremos trabajando por la paz, la felicidad, el humor, el canto y la flor.