domingo, 8 de agosto de 2010

Los grandes misterios

Un misterio se caracteriza, casi irrevocablemente, por la incapacidad para ser resuelto en su totalidad. Piensen ustedes en los grandes misterios de la historia del hombre, desde los que fundamentan tratados científicos de múltiples ciencias, como la construcción de las pirámides de Egipto o la desaparición de Teotihuacan, hasta los que atiborran las portadas y contenidos de las revistas sensacionalistas, como el Triángulo de las Bermudas, los supuestos avistamientos de ovnis en Rosswell, o las leyendas populares como Pie Grande, el Yeti o el Monstruo del Lago Ness. Su resolución acarrearía la pérdida del mito, y sin el mito perderíamos la parte esencial de nuestra existencia civilizada, siendo así fácilmente comparables con los animales. En el mito inicia la historia, y por ella la hipótesis y los tratados. Estoy siendo claro, espero: sin los mitos, no habría necesidad de razón para buscarle la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, a los hechos sobrenaturales que nos agitan día con día.
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Por eso es que los grandes misterios del mexicano tampoco merecen una solución. Por eso y porque entrañan casi siempre elementos dañinos de la cultura cuya resolución acabaría por completo con el modo de hacer las cosas de la política y la historia mexicana, mitad faramalla y acto wagneriano, mitad ficción. El misterio mexicano subsiste y se multiplica en realidad gracias a estas dos cualidades inevitables: el acto político -la rueda de prensa, la nota de último minuto, la presentación de pruebas, el titular amarillista, el destape público de supuestos culpables, la declaración fastuosa-, y lo inexplicable, ese conjunto de datos que todos los periodistas y opinadores se preguntan, y que los actos públicos, demasiado escandalosos, nunca logran responder.
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Y cerrando el ciclo explicativo, responderlos equivaldría a aniquilarlos, y con ello a poner punto final a esa parte de la historia que preferimos desconocer para creer que es un poco menos aburrida de lo que nos la cuentan. Y como no pretendemos aniquilar de esa manera la civilización mexicana -lo de civilización, a veces, es un decir-, este Baile no hará otra cosa con esos misterios que enlistarlos brevemente. Las dudas, comentarios, teorías personales o publicaciones que al respecto tengas ustedes, estimados bailadores, se las pueden ir guardando, en bien de nuestra soberanía, nuestra conciencia pública y nuestra paz nacional.
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El chupacabras. Ya todo mundo dice que el individuo de colmillos afilados y cara de Alien Canadá fue sólo un invento del sistema de Salinas de Gortari para poner una cortina de humo ante las acusaciones de robo, préstamo de nombres y vínculos con la delincuencia organizada que comenzaban a empañar el ya triste y sucio sexenio del hombre de grandes orejas. Por sí o por no, la historia del Chupacabras alimenta el morbo y nutre la natural necesidad mexicana de sentirse parte del primer mundo: si los gringos tienen a King Kong, y los italianos a Ness, ¿por qué no hemos de tener nosotros a un hemofílico -que no es lo mismo que un emofílico, cabe aclarar-? ¿Por qué no hemos de poder comparar la capacidad de succión de nuestra criatura con la de otras tantas que han inundado las pantallas cinematográficas y los libros de ciencia ficción y horror de todos los tiempos? ¡Caray, faltaba más! Si los mexicanos tenemos para eso y lo que sobre. ¿O acaso no es Ciudad Juárez el Sin City más sangriento y más perverso del mundo occidental?
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La muerte de Paco Stanley. El conductor más caristmático y querido de la televisión mexicana de los años noventa, muere terriblemente acribillado cuando esperaba en su camioneta la salida de sus compañeros de trabajo y amigos, a las afueras de una narcotaquería llamada El Charco de las Ranas, en el Distrito Federal. Su sangre derramada conmociona, espanta, indigna. Se culpa a Mario Bezares, principal colaborador de Stanley, y él, junto con una ex edecán del programa, su productor y un pobre hombre parecido al relato hablado del asesino que nada más pasaba por ahí, son sometidos a juicio, encontrados culpables y sometidos a un proceso judicial que les robó años enteros de sus miserables vidas. ¿El resultado? Se les exonera, al no sustentarse con suficiente capacidad jurísdica la existencia de pruebas en su contra. Al final de cuentas, el público mexicano olvida el caso, y de la indignación pasa al aburrimiento y la fatiga. Total, si no hay culpables, ¿para qué preocuparnos? Y si los hay, ¿para qué preocuparnos también?
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La "caída del sistema". Las elecciones que otorgarían el triunfo al innombrable de Carlos Salinas de Gortari, estuvieron marcadas por la indignación pública ante lo que el entonces Comité Electoral Mexicano, el hoy Instituto Federal Electoral, llamó la "caída del sistema", misma que arrebató el triunfo electoral al perredista Cuauhtémoc Cárdenas para otorgárselo al priísta más odiado de la historia moderna mexicana. Hubo marchas, consignas, manifestaciones, dudas, recelos, y al final Salinas salió del poder igual que entró, manchado, indigno, maloliente. Hoy, de todas formas, a nadie parece importarle si el sistema se cayó o no, o qué pasó con los datos, o si el asunto podría repetirse. Porque ese es otro misterio que no ignora el mexicano: si la computadora falló una vez, fallará diez veces más. Y si el hombre falló una vez, lo suyo será fallar.
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La desaparición del "jefe" Diego. Todo se acaba cuando la familia construye un muro de Berlín entre la opinión pública y la situación, eminentemente privada, que atraviesa el líder político mexicano Diego Fernández de Cevallos. Ahí entonces empieza el mito, pero muere también el interés hacia éste: incapaz de acceder a los más elementales atisbos e información, el mexicano se resigna a escuchar a través del muro, a adivinar lo que sucede. Presume atentados, muerte, sangre derramada, derrocamiento, injurias, narcotráfico, crimen organizado. Adivina que lo han matado, y se relame imaginando cómo. La Llorona, la calle de don Juan Manuel, y las otras grandes leyendas reviven o se manifiestan en la desaparición del jefe Diego: el mexicano posee la misma capacidad para generar historias que lo hace capaz de inventarse pretextos para los más elementales pasos de la vida diaria, desde llegar tarde al trabajo hasta pasarse un alto o estacionarse en lugares indebidos. Somos creadores de historias, y quizá por ello nuestras telenovelas se venden como se venden.
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Claro que a estos casos se suman muchos otros: la muerte de Paulette, el asesinato de Colosio, el acribillamiento del cardenal Posadas, la cloaca de Ciudad Juárez, y un enorme etcétera que nos define como mexicanos: México, país de Historia, país de mentiras.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

¿Te das cuenta de que tiendes a hacer listas? Acaso hiciste una entrada sobre tu tendencia a enlistar.