sábado, 7 de agosto de 2010

Duerme, besa, ama, ora, ríe.

Decían en algún lado que por más que me he esforzado esta mañana no he podido recordar, que los consejos son ideas rezagadas en el subconciente que los seres humanos evitamos, pero que ante un llamado externo sacamos, limpiamos y exponemos a otros, intentando darles el valor que ya no tienen. Por eso son feos, son del diablo -como los secretos-. Pero vienen bien cuando uno cree que va por la vida haciéndolo todo perfecto, y entonces algo, algún mínimo recordatorio, le recuerda que es un ser humano, y que el fracaso le es cosa tan inherente como la respiración. Así es que, como he perdido mi voz en estos últimos tres días a causa de la infección de garganta más fuerte que he visto surgir en mi cuerpo -ya no canto ni el "Cielito lindo", lo que ya es mucho decir-, aquí les van cinco consejos súmamente sencillos que no deben dejar de lado cuando lo que pretenden es vivir con dignidad, salud, dinero y amor -la dignidad sea quizá el más precioso de estos bienes-.
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Usa condón. No es broma. En Jalisco, cada dos horas muere una persona por complicaciones derivadas de enfermedades de transmisión sexual como el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), el virus papiloma humano y el herpes. La estadística ha ido a la alza en los últimos años, siendo esta entidad de parroquias y parroquianos -sentí ñáñaras- una de las más elevadas en la materia a nivel nacional, y, curiosamente, una de las que menos dinero destinan a labores de prevención como la repartición de condones y la concientización pública. Además, la utilización de condón previene sobre otro de los terribles dolores de cabeza que aquejan a esta sociedad: el embarazo no deseado. Nada te cuesta, o muy poco. Haz patria, usa condón.
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Duerme ocho horas. Dormir es un acto de placer que yo podría colocar junto a comer, leer, besar y meter la mano en un saco de frijoles. Pero además es potencialmente más saludable que todos estos juntos: un sueño largo y tendido de alrededor de ocho horas, produce en el organismo el bienestar suficiente para realizar sus funciones con calidad más allá de la media, además de que propicia una mejor reparación celular y un eficiente funcionamiento neuronal. Está comprobado que quienes tienen el hábito de dormir más de siete horas al día -las siestas de la tarde cuentan, pero no existe nada como un sueño largo, profundo y duradero-, aprenden más rápido, son más fértiles, poseen menos arrugas y tienen un mejor desempeño sexual. Si todo esto no te convence porque eres estúpido, no quieres hijos, te da igual usar tratamientos antiedad de L'Oreal y eres vírgen -o asexual-, quizá te obligue a ir a la cama en este momento un hecho sustancial: los que duermen más tienen mayor capacidad potencial para perder peso y evitar así problemas como la obesidad, los males cardíacos y la diabetes. ¡Ah, verdad!
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Besa. Un buen beso produce en el cuerpo las sustancias necesarias para que durmamos, comamos, digeramos, aprendamos, entendamos y amemos mejor. La saliva de la otra persona, por su tendencia alcalina, puede producir una disminución de la acidez bucal, lo que conllevaría a la desaparición de problemas como infecciones de garganta o aftas. La sensación de los labios en contacto con otros labios es capaz de estimular al cerebro a producir endorfinas, las encimas encargadas de la felicidad y el placer. Además, un buen beso une, ejecuta, realiza el amor en potencia. Si tiene algo qué decir pero le fallan las palabras, no espere y plante un beso.
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Ríe. Una buena carcajada al día es tan saludable como una manzana. Aumenta la producción de colesterol bueno y disminuye la presencia del malo en la sangre, lo que evita problemas cardíacos. Además controla el azúcar, levanta el autoestima y también estimula la generacíon de endorfinas, lo que hace que andemos como enamorados. El que ríe al último no sólo ríe mejor, sino que baja de peso, digiere mejor y se relaja mejor, lo que le da otra visión de las cosas y agiliza su posibilidad de entender las dificultades de la vida y hacerles frente.
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Ora. Que no necesariamente equivale a aprenderte de memoria el libro del padre Larrañaga sobre cómo dirigirse a Dios, ni saberte de memoria capítulos y versículos evangélicos, o afiliarte a alguna comunidad religiosa. Orar es más bien un acto de reflexión: inicia reconociéndose incapaz de asumir la realidad en toda su complegidad, y termina con la fortaleza que el silencio y el esfuerzo mental imprimen a todo aquel que los ejecuta. El que ora pide, pero también deja muy en claro lo que desea, y puede poner con mayor eficacia manos a la obra para cumplir sus sueños. El que ora ordena, ejecuta, planea, piensa. Si cree en algún dios y a él ora, también deposita en su vida las dosis de dignidad y humildad suficientes para ser un ser humano afable. Si cree en sí mismo, ejecuta al orar un acto de egolatría que eleva el autoestima, profundiza la seguridad personal. En últimas cuentas, el que ora se protege hasta de sí mismo.
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Un último consejo sería que leyeran, pero sé que lo he repetido hasta el cansancio en este Baile. ¿Vieran qué bonito es leer? No existe hábito comparable al placer de las páginas, la tinta, los índices y las portadas. Ya, pues, no le sigo, porque luego dicen que me repito mucho. Pero lean, nada más lean.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Y hacer esas cosas en compañía, los beneficios se potencian, ¿no? En especial el de (no) dormir acompañado.