domingo, 29 de agosto de 2010

Graduarse.

Para Mi Ojosh, que ya es algo más que un profesionista.
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Perdón por el silencio. Entre el regreso a clases, la planificación de nuevos horizontes laborales y una infección viru-bacteriana que casi me arranca la garganta como gajo de naranja, ésta su pluma se había visto francamente negado a escribir. A eso hay que sumar que todo mundo me pedía una entrada sobre el espaldarazo de la Suprema Corte de Justicia de la Nación al matrimonio y la adopción de parejas homosexuales, aprobado el año pasado por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, y más en concreto, porque a ustedes, me cae si no, lo que les gusta es el chisme caliente, sobre la guerra de declaraciones que, en torno a ese mismo asunto, se declaró entre dos "joyitas" -es un decir- del acontecer nacional, el cardenal Juan Sandoval Íñiguez -en esta esquiiiiina-, y el jefe de gobierno del D. F., Marcelo Ebrard. Pero al respecto no voy a decir nada, aunque me muera de ganas. El asunto va y viene. Ha derivado incluso en cosas tan lamentables como la prohibición a adopción de homosexuales que el Congreso de Jalisco pretende aprobar y aprobará, con el beneplácito de esta entidad que, si algo tiene, es retraso mental. Mejor, en lo que terminan todos de darse en la autora de los días -léase "madre"-, hablemos de graduaciones.
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Mi Ojosh adquirió esta semana el título de "Licenciado en Gastronomía". Bueno, terminó los estudios, pero yo lo veo tan bonito todo en él que para mí ya es licenciado, maestro, doctor y especialista -además, si la calidad en los platillos y el servicio otorgara el título, el sería magistrado honoris causa por sazón-. Todo eso, ya lo sabrán, me llena de orgullo. No sólo porque yo participé en la elaboración de su tesis, y porque lo acompañé día y noche en la preocupación de su futuro profesional, sino también porque es mi pareja, mi compañero, la persona con la cual pasaré el resto de mis días, y mi más grande amigo, eso sin mencionar que soy su admirador número uno.
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Omitiendo el hecho de que mis suegros francamente me sacaron la vuelta -yo no sé por qué, si soy tan lindo...-, todo el evento significó un gran paso para él, como persona, pero sobre todo para la relación, que se vio defendida en múltiples frentes: yo como su pareja frente a los ojos de todo el mundo, y ambos como dos hombres -en toda la extensión de la palabra- que se aman, se acompañan, se complementan fenomentalmente. Dimos un salto al vacío, y descubrimos que nuestras manos unidas formaban un excelente paracaídas. Además, nos vimos rodeados de seres queridos que no dejaron de manifestar apoyo incondicional, compañía y amistad. Tanto amor lo deja a uno medio turulato, pero contentote.
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No voy a decir qué le di de regalo porque este blog está aún apegado a la moral, las buenas costumbres, el decoro y la defensa a la familia. Sobrará con decir que nadie más pudo darle un regalo similar. Es el regalo del encuentro, la intimidad y la pertenencia. Es el regalo del amor.
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Viene a mi mente aquel pasaje de la Grandeza Mexicana de Bernardo de Balbuena, en que se describe con lujo de detalle el protocolo propio de la ceremonia de graduación de la Universidad Nacional, en la ciudad de México virreinal. Graduarse era entonces un acontecimiento ajeno a la renta masiva de togas y los paquetes de foto y video. Era, más que un acto de realización personal, una celebración comunitaria: la Universidad reafirmaba su caracter de institución capaz de generar y difundir el conocimiento, y la sociedad recibía a un profesional con la garantía, el derecho y la responsabilidad de ejercer su profesión. Aún más: la graduación constitutía la exposición del "tatuaje" que la profesión había marcado en el individuo: a partir del momento en que recorriera las calles con séquito de familiares y cantores, a partir del instante en que recibiera su título y fuera laureado por sus profesores, el educando ya no sería más un simple hombre, se convertiría en un doctor, un filósofo, un teólogo, un abogado. Para la sociedad mexicana colonial, la ceremonia de graduación sería también la del sepelio: la muerte del individuo para gestionar el nacimiento del profesionista.
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Yo, a Mi Ojosh ya lo llené de abrazos. Lo sigo llenando de ellos, aunque se canse -que no se cansa, lo cual es bueno, y hasta ha adquirido trazos de adicción-. Espero, por el tiempoq ue planeo estar a su lado, que en su profesión encuentre no sólo satisfacciones personales, sino crecimiento y bienestar -ya me vi, como la señora del gerente, con todo y camionetota-. Espero también que, si no encuentra todo esto en su profesión, se vuelque en el encuentro de otra alguna que lo satisfaga. Yo, por sí o por no, estaré con él en todas sus graduaciones posibles. Hoy ya festejamos un paso. Y a mí lo qu eme gusta es festejar.
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Espero estar de vuelta para antes de la celebración de los centenarios. Me gustaría enlistarles, fiel a mi tradición de enlistar la vida, las lecturas que no pueden dejar pasar para estos festejos. Por lo pronto vayan adelantando tarea y dense una zambullida en la Historia Mínima de México, de Daniel Cosío Villegas, et. al. Este Baile prohibe terminantemente que uno sólo de sus lectores dé el Grito el 15 de septiembre si saber, mínimo, quién fue Juárez, cuántos años tardamos en conseguir la consumación del movimiento independentista, y cuál fue la sucesión de gobernantes y caciques durante la Revolución. Al primero que me conteste, le invito el pozolito el 16.
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¡Salud!

domingo, 8 de agosto de 2010

Los grandes misterios

Un misterio se caracteriza, casi irrevocablemente, por la incapacidad para ser resuelto en su totalidad. Piensen ustedes en los grandes misterios de la historia del hombre, desde los que fundamentan tratados científicos de múltiples ciencias, como la construcción de las pirámides de Egipto o la desaparición de Teotihuacan, hasta los que atiborran las portadas y contenidos de las revistas sensacionalistas, como el Triángulo de las Bermudas, los supuestos avistamientos de ovnis en Rosswell, o las leyendas populares como Pie Grande, el Yeti o el Monstruo del Lago Ness. Su resolución acarrearía la pérdida del mito, y sin el mito perderíamos la parte esencial de nuestra existencia civilizada, siendo así fácilmente comparables con los animales. En el mito inicia la historia, y por ella la hipótesis y los tratados. Estoy siendo claro, espero: sin los mitos, no habría necesidad de razón para buscarle la verdad, toda la verdad, y nada más que la verdad, a los hechos sobrenaturales que nos agitan día con día.
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Por eso es que los grandes misterios del mexicano tampoco merecen una solución. Por eso y porque entrañan casi siempre elementos dañinos de la cultura cuya resolución acabaría por completo con el modo de hacer las cosas de la política y la historia mexicana, mitad faramalla y acto wagneriano, mitad ficción. El misterio mexicano subsiste y se multiplica en realidad gracias a estas dos cualidades inevitables: el acto político -la rueda de prensa, la nota de último minuto, la presentación de pruebas, el titular amarillista, el destape público de supuestos culpables, la declaración fastuosa-, y lo inexplicable, ese conjunto de datos que todos los periodistas y opinadores se preguntan, y que los actos públicos, demasiado escandalosos, nunca logran responder.
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Y cerrando el ciclo explicativo, responderlos equivaldría a aniquilarlos, y con ello a poner punto final a esa parte de la historia que preferimos desconocer para creer que es un poco menos aburrida de lo que nos la cuentan. Y como no pretendemos aniquilar de esa manera la civilización mexicana -lo de civilización, a veces, es un decir-, este Baile no hará otra cosa con esos misterios que enlistarlos brevemente. Las dudas, comentarios, teorías personales o publicaciones que al respecto tengas ustedes, estimados bailadores, se las pueden ir guardando, en bien de nuestra soberanía, nuestra conciencia pública y nuestra paz nacional.
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El chupacabras. Ya todo mundo dice que el individuo de colmillos afilados y cara de Alien Canadá fue sólo un invento del sistema de Salinas de Gortari para poner una cortina de humo ante las acusaciones de robo, préstamo de nombres y vínculos con la delincuencia organizada que comenzaban a empañar el ya triste y sucio sexenio del hombre de grandes orejas. Por sí o por no, la historia del Chupacabras alimenta el morbo y nutre la natural necesidad mexicana de sentirse parte del primer mundo: si los gringos tienen a King Kong, y los italianos a Ness, ¿por qué no hemos de tener nosotros a un hemofílico -que no es lo mismo que un emofílico, cabe aclarar-? ¿Por qué no hemos de poder comparar la capacidad de succión de nuestra criatura con la de otras tantas que han inundado las pantallas cinematográficas y los libros de ciencia ficción y horror de todos los tiempos? ¡Caray, faltaba más! Si los mexicanos tenemos para eso y lo que sobre. ¿O acaso no es Ciudad Juárez el Sin City más sangriento y más perverso del mundo occidental?
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La muerte de Paco Stanley. El conductor más caristmático y querido de la televisión mexicana de los años noventa, muere terriblemente acribillado cuando esperaba en su camioneta la salida de sus compañeros de trabajo y amigos, a las afueras de una narcotaquería llamada El Charco de las Ranas, en el Distrito Federal. Su sangre derramada conmociona, espanta, indigna. Se culpa a Mario Bezares, principal colaborador de Stanley, y él, junto con una ex edecán del programa, su productor y un pobre hombre parecido al relato hablado del asesino que nada más pasaba por ahí, son sometidos a juicio, encontrados culpables y sometidos a un proceso judicial que les robó años enteros de sus miserables vidas. ¿El resultado? Se les exonera, al no sustentarse con suficiente capacidad jurísdica la existencia de pruebas en su contra. Al final de cuentas, el público mexicano olvida el caso, y de la indignación pasa al aburrimiento y la fatiga. Total, si no hay culpables, ¿para qué preocuparnos? Y si los hay, ¿para qué preocuparnos también?
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La "caída del sistema". Las elecciones que otorgarían el triunfo al innombrable de Carlos Salinas de Gortari, estuvieron marcadas por la indignación pública ante lo que el entonces Comité Electoral Mexicano, el hoy Instituto Federal Electoral, llamó la "caída del sistema", misma que arrebató el triunfo electoral al perredista Cuauhtémoc Cárdenas para otorgárselo al priísta más odiado de la historia moderna mexicana. Hubo marchas, consignas, manifestaciones, dudas, recelos, y al final Salinas salió del poder igual que entró, manchado, indigno, maloliente. Hoy, de todas formas, a nadie parece importarle si el sistema se cayó o no, o qué pasó con los datos, o si el asunto podría repetirse. Porque ese es otro misterio que no ignora el mexicano: si la computadora falló una vez, fallará diez veces más. Y si el hombre falló una vez, lo suyo será fallar.
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La desaparición del "jefe" Diego. Todo se acaba cuando la familia construye un muro de Berlín entre la opinión pública y la situación, eminentemente privada, que atraviesa el líder político mexicano Diego Fernández de Cevallos. Ahí entonces empieza el mito, pero muere también el interés hacia éste: incapaz de acceder a los más elementales atisbos e información, el mexicano se resigna a escuchar a través del muro, a adivinar lo que sucede. Presume atentados, muerte, sangre derramada, derrocamiento, injurias, narcotráfico, crimen organizado. Adivina que lo han matado, y se relame imaginando cómo. La Llorona, la calle de don Juan Manuel, y las otras grandes leyendas reviven o se manifiestan en la desaparición del jefe Diego: el mexicano posee la misma capacidad para generar historias que lo hace capaz de inventarse pretextos para los más elementales pasos de la vida diaria, desde llegar tarde al trabajo hasta pasarse un alto o estacionarse en lugares indebidos. Somos creadores de historias, y quizá por ello nuestras telenovelas se venden como se venden.
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Claro que a estos casos se suman muchos otros: la muerte de Paulette, el asesinato de Colosio, el acribillamiento del cardenal Posadas, la cloaca de Ciudad Juárez, y un enorme etcétera que nos define como mexicanos: México, país de Historia, país de mentiras.
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¡Salud!

sábado, 7 de agosto de 2010

Duerme, besa, ama, ora, ríe.

Decían en algún lado que por más que me he esforzado esta mañana no he podido recordar, que los consejos son ideas rezagadas en el subconciente que los seres humanos evitamos, pero que ante un llamado externo sacamos, limpiamos y exponemos a otros, intentando darles el valor que ya no tienen. Por eso son feos, son del diablo -como los secretos-. Pero vienen bien cuando uno cree que va por la vida haciéndolo todo perfecto, y entonces algo, algún mínimo recordatorio, le recuerda que es un ser humano, y que el fracaso le es cosa tan inherente como la respiración. Así es que, como he perdido mi voz en estos últimos tres días a causa de la infección de garganta más fuerte que he visto surgir en mi cuerpo -ya no canto ni el "Cielito lindo", lo que ya es mucho decir-, aquí les van cinco consejos súmamente sencillos que no deben dejar de lado cuando lo que pretenden es vivir con dignidad, salud, dinero y amor -la dignidad sea quizá el más precioso de estos bienes-.
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Usa condón. No es broma. En Jalisco, cada dos horas muere una persona por complicaciones derivadas de enfermedades de transmisión sexual como el Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida (SIDA), el virus papiloma humano y el herpes. La estadística ha ido a la alza en los últimos años, siendo esta entidad de parroquias y parroquianos -sentí ñáñaras- una de las más elevadas en la materia a nivel nacional, y, curiosamente, una de las que menos dinero destinan a labores de prevención como la repartición de condones y la concientización pública. Además, la utilización de condón previene sobre otro de los terribles dolores de cabeza que aquejan a esta sociedad: el embarazo no deseado. Nada te cuesta, o muy poco. Haz patria, usa condón.
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Duerme ocho horas. Dormir es un acto de placer que yo podría colocar junto a comer, leer, besar y meter la mano en un saco de frijoles. Pero además es potencialmente más saludable que todos estos juntos: un sueño largo y tendido de alrededor de ocho horas, produce en el organismo el bienestar suficiente para realizar sus funciones con calidad más allá de la media, además de que propicia una mejor reparación celular y un eficiente funcionamiento neuronal. Está comprobado que quienes tienen el hábito de dormir más de siete horas al día -las siestas de la tarde cuentan, pero no existe nada como un sueño largo, profundo y duradero-, aprenden más rápido, son más fértiles, poseen menos arrugas y tienen un mejor desempeño sexual. Si todo esto no te convence porque eres estúpido, no quieres hijos, te da igual usar tratamientos antiedad de L'Oreal y eres vírgen -o asexual-, quizá te obligue a ir a la cama en este momento un hecho sustancial: los que duermen más tienen mayor capacidad potencial para perder peso y evitar así problemas como la obesidad, los males cardíacos y la diabetes. ¡Ah, verdad!
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Besa. Un buen beso produce en el cuerpo las sustancias necesarias para que durmamos, comamos, digeramos, aprendamos, entendamos y amemos mejor. La saliva de la otra persona, por su tendencia alcalina, puede producir una disminución de la acidez bucal, lo que conllevaría a la desaparición de problemas como infecciones de garganta o aftas. La sensación de los labios en contacto con otros labios es capaz de estimular al cerebro a producir endorfinas, las encimas encargadas de la felicidad y el placer. Además, un buen beso une, ejecuta, realiza el amor en potencia. Si tiene algo qué decir pero le fallan las palabras, no espere y plante un beso.
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Ríe. Una buena carcajada al día es tan saludable como una manzana. Aumenta la producción de colesterol bueno y disminuye la presencia del malo en la sangre, lo que evita problemas cardíacos. Además controla el azúcar, levanta el autoestima y también estimula la generacíon de endorfinas, lo que hace que andemos como enamorados. El que ríe al último no sólo ríe mejor, sino que baja de peso, digiere mejor y se relaja mejor, lo que le da otra visión de las cosas y agiliza su posibilidad de entender las dificultades de la vida y hacerles frente.
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Ora. Que no necesariamente equivale a aprenderte de memoria el libro del padre Larrañaga sobre cómo dirigirse a Dios, ni saberte de memoria capítulos y versículos evangélicos, o afiliarte a alguna comunidad religiosa. Orar es más bien un acto de reflexión: inicia reconociéndose incapaz de asumir la realidad en toda su complegidad, y termina con la fortaleza que el silencio y el esfuerzo mental imprimen a todo aquel que los ejecuta. El que ora pide, pero también deja muy en claro lo que desea, y puede poner con mayor eficacia manos a la obra para cumplir sus sueños. El que ora ordena, ejecuta, planea, piensa. Si cree en algún dios y a él ora, también deposita en su vida las dosis de dignidad y humildad suficientes para ser un ser humano afable. Si cree en sí mismo, ejecuta al orar un acto de egolatría que eleva el autoestima, profundiza la seguridad personal. En últimas cuentas, el que ora se protege hasta de sí mismo.
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Un último consejo sería que leyeran, pero sé que lo he repetido hasta el cansancio en este Baile. ¿Vieran qué bonito es leer? No existe hábito comparable al placer de las páginas, la tinta, los índices y las portadas. Ya, pues, no le sigo, porque luego dicen que me repito mucho. Pero lean, nada más lean.
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¡Salud!

martes, 3 de agosto de 2010

Ga(mal)iel.

El señor -es un decir- Gamaliel Ramírez, regidor tapatío por el Partido Verde Ecologista, ha demostrado la obstinación de una mula. ¿Han visto ustedes lo que ocurre cuando en mitad del camino se le ocurre al mentado cuadrípedo detenerse y no avanzar? No hay poder humano, industrial o económico que la persuada de retirarse de la vereda y hacer algo distinto que mirar el horizonte con esa expresión desencantada que tienen los animales estúpidos. No estoy diciendo que el señor -vuelve a ser un decir- Gamaliel Ramírez sea una mula, ni que sea un animal, ni que sea estúpido. No lo dije, pero... -termine usted la frase-.
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En cambio, él ha dicho que los homosexuales somos sidosos -todos, por definición, a usanza de sinonimia, como decir que decir "hombre" es decir "machista", o "mujer" "sumisa"-. Ha insistido que en él no quiere "esa" Guadalajara, y en un acto verbal a todas luces intolerante, y de más está decirlo, falto de "luces" -repito, no lo dije, pero...-, ha insistido en que la homosexualidad es una enfermedad, una anormalidad, y que no debe ser tolerada en una sociedad civilizada. Ha denostado, tachado, y en su papel de figura pública, ha hecho también un llamado a la intolerancia, el retroceso, el salvajismo, la mediocridad, la inconciencia, la estupidez -ahora sí lo dije-. Hay algo aún más alarmante en sus palabras: Ramírez les ha dado la razón a un conjunto de hombres y mujeres faltos de información, ciclados en lo que, a modo poco científico, heredaron de sus padres, que habitan esta ciudad, y ha hablado en lugar de ellos, como digno representante de una clase social, quisiera pensar que reducida, que tacha y no dialoga, da por hecho y no se entera.
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Quizá por eso la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Jalisco (CEDHJ), en voz de su titular Felipe de Jesús Álvarez Cibrián, ha hecho una recomendación al regidor para que se desdiga de lo dicho -?- y pida una disculpa, así como que haga votos de no volver a mencionar, en su caracter de figura pública, ninguna otra cuestión que evidencíe su visión personal del asunto, errónea, desinformada, insensible, poco diplomática. Calladito se ve más bonito, le han dicho, y él ha repetido que no pedirá disculpas, que cree lo que cree, y ha llegado al punto lamentable, telenovelero -pero de las malas, de las de Juan Osorio o Nicandro Díaz- de mostrar ante la prensa imágenes de cuerpos infestados con SIDA, para luego culpar a los medios de promover la homosexualidad -como si ésta fuera un artículo de compra-venta, y no una simple preferencia-. La recomendación instaba al alcalde Aristóteles Sandoval a someter a sus funcionarios a un curso intensivo sobre derechos humanos y tolerancia a las diferencias. La joyita del ayuntamiento -lo de joyita es un decir- aseveró que él tiene muchas cosas que enseñar, que podría hacerlo si se lo pidieran -gulp-. Finalizó diciendo que ya quedan pocos hombres en la ciudad, y que él es uno de ellos, no "de los que se dan unos con otros", intentó bromear. Birip, birip. Sus capacidades como comediante son proporcionales a sus capaciades cognitivas. No lo dije, pero lo pensé.
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Pobre Partido Verde Ecologista. Si yo fuera el tucán de su logo, me pintaría una lágrima, o ya de plano, si fuera su presidente nacional, le pediría al ex futbolista -¡pobres exfutbolistas! Vamos a pensar, a modo de "don" Gamaliel, que todos son igualmente faltos de luces- que hiciera el favor de abandonar el partido, o ya no relacionar en modo alguno su imagen a él. Qué penita.
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Los ciudadanos de esta ciudad, hombres y mujeres, los verdaderos ciudadanos, lamentamos en serio que Gamaliel Cortés ocupe el puesto que por derecho debería corresponderle a un hombre inteligente. Es casi la misma desazón que se siente cuando se conoce a Pancho Cachondo, o a otros funcionarios públicos que pretenden gobernar. Una pelota Salver en su lugar haría un mejor trabajo. Conozco un Mazapán de la Rosa que es más tolerante que Gamaliel Ramírez. Propongo la destitución.
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Los ciudadanos inteligentes lamentamos también que los líderes de opinión sigan acrecentando las distancias entre los ciudadanos en lugar de reducirlas. Lamentamos que sigan existiendo diferencias construidas donde sólo hay semejanzas. Lamentamos la segregación, la división, el acoso, la intolerancia. Lamentamos los males de lo incivilizado, las provocaciones de las sombras, la permanencia del rezago educativo en que instituciones e instituidos nos tienen sumidos. Lamentamos "esta" Guadalajara, sidosa, cancerosa, influenzada, dengosa, estúpida. Lamentamos el dominio irresoluto de la estupidez -lo dije, y lo pensé-.
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¡Salud!