viernes, 23 de julio de 2010

Verano.

A mí ni playa, mi viajes, mucho menos visitas a parientes lejanos tras jornadas infernales que acababan con accidentes, hermanos peleados, vómitos por las curvas en la carretera y uno que otro descalabro -los primos de Monterrey, porque todos tenemos unos "primos de Monterrey", siempre fueron más apasionados que los del resto de la república-. A mí el verano me sabe a muchas cosas, menos a ésas que acabo de mencionar. Ello es en gran medida porque en casa el presupuesto familiar etiquetado para viajes era prácticamente nulo, y se restringía, cuando bien nos iba, a un viaje cada dos o tres años para ver a la abuela en Culiacán, siendo diciembre la única época del año medianamente conciente para pisar esas tierras calientes que me vieron nacer.
.
A mí el verano me sabe entonces a cine, juegos de mesa y nieve de limón. Los primeros dos conceptos iban de la mano: cada vez que se podía, en el verano se veía una película en el cine -normalmente las de Disney, porque mis padres preferían no errarle y luego sufrir bochornos al llevarnos a cintas poco aptas para nuestros castos -?- ojos. Y a la salida del cine se podía escoger, entre todos, un juego de mesa. Yo ya les he dicho antes, y si no lo digo ahorita, que los juegos de mesa constituyen una de mis diversiones favoritas. Por su capacidad para integrar a un grupo de desconocidos y provocar la reunión y la carcajada, la fiesta y la algarabía, pero también por su apuesta hacia el uso de habilidades diferentes y el trabajo en equipo, no concibo diversión comunitaria más amena, conciente y feliz. Sobra decir que hasta en eso estábamos limitados. Sigo extrañando un Operando, un Life o un Monópoli, impagables para el erario familiar.
.
La nieve de limón viene después, sumada al montón de cosas que Doña Mago preparaba durante los veranos, según ella porque teníamos más tiempo para disfrutar, y ella para consentir, según yo, pienso ahora, porque le era más fácil tenernos deglutiendo todo el santo día frente al televisor que molestando alrededor de la casa. Como resultado, éramos niños obesos, pero consentidos y felices -no es cierto... lo de consentidos y felices-. Además de la mentada nieve abundaban los Chetinis -que eran como Chettos Poff pero versión Baratillo-, las tortillas de harina, los bisquets, el pastel y las galletas. Si todo eso se combinaba, no saben ustedes la poca hambre que daba a la hora de sentarse frente a un plato de pollo con verduras. A Doña Mago le fallaba su táctica de contensión infantil: comida excesiva ocasionaba -ocasiona, creo- niños con poca capacidad para entrarle a lo sano. No sé si eso le preocupaba, pero sus atascaderos funcionaban de maravilla para tenernos tranquilitos.
.
También está la lluvia, claro, que ya he alzado y realzado una y otra vez en este mismo Baile. Por si o por no, lo sigo insistiendo, nada como la lluvia, y todavía nada como mojarse en compañía del ser amado. ¿Ya lo hicieron? ¿Ya aprovecharon los proverbiales aguaceros tapatíos como excusa para abrazarse y besarse sin cesar a mitad del camellón? Inténtenlo. Verán que el verano, después de todo, tiene más colores que el azul del mar.
.
Casi lo olvido. Un tiempo en casa hubo un chapoteadero. Mientras cupimos en él -no, no por gordos, sino por altos, costumbre innegable de los Madrigal Cruz ésa de volverse altos-, pasamos horas y horas ensuciando un agua que luego no serviría para nada, y que Doña Mago terminaría por tirar al caño maldiciendo entre dientes. Ese es otro buen consejo para los que desean pasar su verano en algo más que la arena y el sol: cómprense un chapoteadero, llénenlo de agua y... ¡ah, no! Lo olvidaba. Se nos está acabando. Mejor no desperdicien y váyanse a la playa -con un atado de películas, un juego de mesa, y un pomo de nieve de limón-.
.
¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

No, no tengo primos en Monterrey, pero eso de los juegos de mesa te hace tener la boca retacada de razón, todavía recuerdo la primera vez que jugué Pictionary y Scene it?, fue hace alrededor de un mes, con mucha gente desconocida y en ambos juegos gané, gracias a que hacía equipo con mi Absoluto, que es cinéfilo, he ahí una gran ventaja.