miércoles, 7 de julio de 2010

Inseguridad cada tres minutos (a la puerta de mi casa).

Héctor "El Pirrurris" Vielma, alcalde de esta muy leal y noble ciudad de Zapopan -¡ay, ajá!, diría La Gonza, mi jefe laboral en turno-, se ha aventado a la no igualmente noble tarea de llenar las calles del municipio que gobierna de policías, patrullas, motocicletas y sus correspondientes radios, armas y malestares. A mí, ya lo podrán imaginar, dicha resolución me puso a temblar. Si dos policías por cada cien habitantes significaban un atentado terrible a la seguridad, ¡imagínense el escenario apocalíptico si cada tres minutos va a estar circulando una patrulla por enfrente de mi casa.
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Yo no le temo a los asaltantes. Son pobres seres en desgracia con mucha desesperación y poca capacidad para entender la diferencia entre propiedad privada y hambre. A los policías, en cambio, sí les tengo un miedo elemental: con nula preparación, creen saberlo todo y, cuando en algún punto se les demuestra que no es así, apelan a la utilización de la autoridad más dictatorial sobre el pobre ciudadano, al grado de que uno no puede evitar recordar, pero con un tono menos familiar y por lo tanto también mucho menos amable, al célebre "porque soy tu padre" de la infancia.
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Más policías en las calles no me hacen sentir seguro. Creo que miles de zapopanos comparten mi sensación. Ahora tengo que estarme cuidando el doble de no tomarle la mano a Mi Ojosh en público, ¡y ni pensar hacerle una caricia!, acciones ambas consideradas, créanlo o no, como "faltas a la moral" en una ciudad que adolece no sólo de buena seguridad, buenas vialidades, buenos habitantes, sino también de un buen Reglamento de Policía y Buen Gobierno que me diga, punto por punto, que toda manifestación de amor homosexual, sin llegar al extremo que involucre partes corporales que este púdico Baile no nombrará por respeto a ustedes -y al mismo Reglamento- constituye una "acción inmoral" que debe ser severamente reprimida.
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No le demos vueltas. Eso, aquí y en Johannesburgo -es que está de moda-, se llama discriminación. Que una pareja heterosexual pueda agasajarse al por mayor en un parque público sin que el cuerpo policíaco se mortifique, y una pareja homosexual no pueda ni tomarse de la mano sin ser reprimida, expulsada y hasta llevada a los separos o multada, es, por dónde lo quieran ver, discriminación.
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Pero los homosexuales no son los únicos que sufren con la llegada de más policías a las calles. Creo que en un nivel similar de temor estarán habitando los albañiles, cuyas mochilas al hombro son blanco fácil de los sátrapas y orangutanes que pueden llegar a ser esos servidores públicos apitufados. En un acto a todas luces inconstitucional, sin orden de juez o magistrado que avale el acto, decenas de ellos son detenidos diariamente para buscarles cualquier objeto "que los incrimine", sólo por ser morenos, de aspecto humilde, y vivir por lo regular en colonias poco agraciadas por el progreso y la modernidad.
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Temor es no poder caminar en las calles de tu colonia porque habrá más elementos de seguridad pública que te harán la vida de cuadritos. Temor es que tu auto pueda resultar estadísticamente más sospechoso más numero de veces, y que más número de veces también tengas que ser revisado "de rutina" por más elementos de policía que poco o nada conocen en serio las leyes, que poco o nada están familiarizados con algo que, también aquí y en Johannesburgo, se hace llamar "derechos humanos".
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Temor es que tengas que quedarte en casa para ser feliz, y no poder ni pestanear. Temor es que vivamos en una ciudad que dice sentirse más segura porque hay más policías. Mi familia sufrió en una ocasión un lamentable robo a casa-habitación. Los principales sospechosos de mi padre fueron siempre los policías que, atentos y sin razón aparente, pasaban cada tres minutos por la casa. El día del robo, ni uno sólo cruzó por el lugar.
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Yo, que he visto la desesperación en los ojos de mis seres amados ante la ineficacia de esos servidores públicos, yo, en quien también han hecho de las suyas y a quien hasta le han negado sus números de placa, yo se lo puedo decir, señor Vielma: su ecucación de más policías=más seguridad=más ciudadanos felices=más votos y simpatizantes, es tan equivocada como arcáica. Déjela usted, háganos el favor a los zapopanos, para los tiempos en que un policía en la esquina era sinónimo de tranquilidad. Hoy, le comparto, mi madre de 62 años de edad me ha respondido a mi cuestionamiento sobre si ella se siente segura con un policía cada tres minutos pasando por la puerta de su casa: "No, hijo. Al contrario. Hay que cuidarse también de esos gandules". ¿Necesita que le explique el significado de la palabra "gandul" o así se da por bien servido?
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¡Salud! (sin policías, claro está)

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Mientras en Zapopan hay que cuidarse de los policías, en Tonalá lo que acecha es un león suelto por las calles, eso es miedo. Aunque estaría bueno enfrentar a un policía con el león, nada más a ver qué pasa.