viernes, 23 de julio de 2010

Borrascoso.

Qué complicados los románticos, don Teofilito. Qué complicados. En ellos convergieron con ardorosa pasión los cansancios acumulados por la rigidez de formas del neoclásico, la desaparición de los fantasmas, los mitos y lo sobrenatural, producto del renacimiento y su búsqueda de la razón y la verdad, y el hartazgo del hombre finisecular, parecido al que en el siglo XX prefería tirarse en la televisión que participar activamente en el acontecer de su país -pero sin Mc Donalds para resistir la ociocidad mascando-.
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Cumbres Borrascosas es la única novela de Emily Bronte, escritora inglesa nacida en 1818 y muerta en 1848, aquejada por la tuberculosis, gran enfermedar romántica por lo eterna, molestosa y fantasmal. Junto a su hermana, Charlote, constituye el dúo esencial del romanticismo inglés, al menos en su primera etapa. Charlote daría luz a Jean Eyre, otra novela de ocasos, tumbas entre niebla y espectros, hoy un clásico de la literatura universal.
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También es un verdadero drama sobre la historia de dos familias, los Linton y los Earnshaw, y sus problemas de herencia, unión y resentimiento hacia el padre. Se me ha antojado analizar a sus personajes con la metodología del psicoanálisis, por aquello del resentimiento hacia el patriarca, la persistencia del Ello en las acciones humanas, y la lucha incesable entre las pulsiones de vida y de muerte que rigen todo el acontecer de nuestra historia personal. El libro es en sí mismo un compendio de odios heredados de generación en generación, que amenazan con derrotar incluso la posibilidad salvadora en tanto pacificadora de la literatura y el arte sobre las conciencias.
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En sus más de trescientas páginas -yo tengo una edición muy vieja, de los años sesenta, pero ustedes podrán encontrarla en colecciones actuales y económicas como Sepan Cuántos... o Mestas-, los personajes no dejan de ser llevados por el extremo: del odio al mar, de la repulsión al encanto, de la maldad a la bondad, Bronte hace, a través de sus personajes, hablar a la razón y a la naturaleza humana. Los personajes de la autora no hacen más que sobrevivir, muy a pesar de sus propios sentimientos que los traicionan y los hacen actuar con apasionada intranquilidad. Cumbres Borrascosas es la representación del alma humana: a medio camino entre la sublimación del espíritu y la animalidad más dolorosa, camina entre la niebla de su propia existencia, mitad criatura rastrera, mitad divinidad.
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Me dicen mis informantes que hay película. Yo que ustedes, leía primero el libro. Mi primer acercamiento a Cumbres Borrascosas fue cuando tenía 11 años. No entendí ni pío. Para el segundo acercamiento, a los 15, me fue todavía más difícil entender por qué Catalina era caprichosa y por qué Heathcliff no tenía una pizca de bondad en sus acciones. Hoy, a los 22, tampoco los entiendo, pero los justifico en su nacimiento romántico. "Ah", me dijo a mí mismo, "así sí entiendo".
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¡Salud!

Verano.

A mí ni playa, mi viajes, mucho menos visitas a parientes lejanos tras jornadas infernales que acababan con accidentes, hermanos peleados, vómitos por las curvas en la carretera y uno que otro descalabro -los primos de Monterrey, porque todos tenemos unos "primos de Monterrey", siempre fueron más apasionados que los del resto de la república-. A mí el verano me sabe a muchas cosas, menos a ésas que acabo de mencionar. Ello es en gran medida porque en casa el presupuesto familiar etiquetado para viajes era prácticamente nulo, y se restringía, cuando bien nos iba, a un viaje cada dos o tres años para ver a la abuela en Culiacán, siendo diciembre la única época del año medianamente conciente para pisar esas tierras calientes que me vieron nacer.
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A mí el verano me sabe entonces a cine, juegos de mesa y nieve de limón. Los primeros dos conceptos iban de la mano: cada vez que se podía, en el verano se veía una película en el cine -normalmente las de Disney, porque mis padres preferían no errarle y luego sufrir bochornos al llevarnos a cintas poco aptas para nuestros castos -?- ojos. Y a la salida del cine se podía escoger, entre todos, un juego de mesa. Yo ya les he dicho antes, y si no lo digo ahorita, que los juegos de mesa constituyen una de mis diversiones favoritas. Por su capacidad para integrar a un grupo de desconocidos y provocar la reunión y la carcajada, la fiesta y la algarabía, pero también por su apuesta hacia el uso de habilidades diferentes y el trabajo en equipo, no concibo diversión comunitaria más amena, conciente y feliz. Sobra decir que hasta en eso estábamos limitados. Sigo extrañando un Operando, un Life o un Monópoli, impagables para el erario familiar.
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La nieve de limón viene después, sumada al montón de cosas que Doña Mago preparaba durante los veranos, según ella porque teníamos más tiempo para disfrutar, y ella para consentir, según yo, pienso ahora, porque le era más fácil tenernos deglutiendo todo el santo día frente al televisor que molestando alrededor de la casa. Como resultado, éramos niños obesos, pero consentidos y felices -no es cierto... lo de consentidos y felices-. Además de la mentada nieve abundaban los Chetinis -que eran como Chettos Poff pero versión Baratillo-, las tortillas de harina, los bisquets, el pastel y las galletas. Si todo eso se combinaba, no saben ustedes la poca hambre que daba a la hora de sentarse frente a un plato de pollo con verduras. A Doña Mago le fallaba su táctica de contensión infantil: comida excesiva ocasionaba -ocasiona, creo- niños con poca capacidad para entrarle a lo sano. No sé si eso le preocupaba, pero sus atascaderos funcionaban de maravilla para tenernos tranquilitos.
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También está la lluvia, claro, que ya he alzado y realzado una y otra vez en este mismo Baile. Por si o por no, lo sigo insistiendo, nada como la lluvia, y todavía nada como mojarse en compañía del ser amado. ¿Ya lo hicieron? ¿Ya aprovecharon los proverbiales aguaceros tapatíos como excusa para abrazarse y besarse sin cesar a mitad del camellón? Inténtenlo. Verán que el verano, después de todo, tiene más colores que el azul del mar.
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Casi lo olvido. Un tiempo en casa hubo un chapoteadero. Mientras cupimos en él -no, no por gordos, sino por altos, costumbre innegable de los Madrigal Cruz ésa de volverse altos-, pasamos horas y horas ensuciando un agua que luego no serviría para nada, y que Doña Mago terminaría por tirar al caño maldiciendo entre dientes. Ese es otro buen consejo para los que desean pasar su verano en algo más que la arena y el sol: cómprense un chapoteadero, llénenlo de agua y... ¡ah, no! Lo olvidaba. Se nos está acabando. Mejor no desperdicien y váyanse a la playa -con un atado de películas, un juego de mesa, y un pomo de nieve de limón-.
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¡Salud!

miércoles, 7 de julio de 2010

Inseguridad cada tres minutos (a la puerta de mi casa).

Héctor "El Pirrurris" Vielma, alcalde de esta muy leal y noble ciudad de Zapopan -¡ay, ajá!, diría La Gonza, mi jefe laboral en turno-, se ha aventado a la no igualmente noble tarea de llenar las calles del municipio que gobierna de policías, patrullas, motocicletas y sus correspondientes radios, armas y malestares. A mí, ya lo podrán imaginar, dicha resolución me puso a temblar. Si dos policías por cada cien habitantes significaban un atentado terrible a la seguridad, ¡imagínense el escenario apocalíptico si cada tres minutos va a estar circulando una patrulla por enfrente de mi casa.
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Yo no le temo a los asaltantes. Son pobres seres en desgracia con mucha desesperación y poca capacidad para entender la diferencia entre propiedad privada y hambre. A los policías, en cambio, sí les tengo un miedo elemental: con nula preparación, creen saberlo todo y, cuando en algún punto se les demuestra que no es así, apelan a la utilización de la autoridad más dictatorial sobre el pobre ciudadano, al grado de que uno no puede evitar recordar, pero con un tono menos familiar y por lo tanto también mucho menos amable, al célebre "porque soy tu padre" de la infancia.
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Más policías en las calles no me hacen sentir seguro. Creo que miles de zapopanos comparten mi sensación. Ahora tengo que estarme cuidando el doble de no tomarle la mano a Mi Ojosh en público, ¡y ni pensar hacerle una caricia!, acciones ambas consideradas, créanlo o no, como "faltas a la moral" en una ciudad que adolece no sólo de buena seguridad, buenas vialidades, buenos habitantes, sino también de un buen Reglamento de Policía y Buen Gobierno que me diga, punto por punto, que toda manifestación de amor homosexual, sin llegar al extremo que involucre partes corporales que este púdico Baile no nombrará por respeto a ustedes -y al mismo Reglamento- constituye una "acción inmoral" que debe ser severamente reprimida.
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No le demos vueltas. Eso, aquí y en Johannesburgo -es que está de moda-, se llama discriminación. Que una pareja heterosexual pueda agasajarse al por mayor en un parque público sin que el cuerpo policíaco se mortifique, y una pareja homosexual no pueda ni tomarse de la mano sin ser reprimida, expulsada y hasta llevada a los separos o multada, es, por dónde lo quieran ver, discriminación.
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Pero los homosexuales no son los únicos que sufren con la llegada de más policías a las calles. Creo que en un nivel similar de temor estarán habitando los albañiles, cuyas mochilas al hombro son blanco fácil de los sátrapas y orangutanes que pueden llegar a ser esos servidores públicos apitufados. En un acto a todas luces inconstitucional, sin orden de juez o magistrado que avale el acto, decenas de ellos son detenidos diariamente para buscarles cualquier objeto "que los incrimine", sólo por ser morenos, de aspecto humilde, y vivir por lo regular en colonias poco agraciadas por el progreso y la modernidad.
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Temor es no poder caminar en las calles de tu colonia porque habrá más elementos de seguridad pública que te harán la vida de cuadritos. Temor es que tu auto pueda resultar estadísticamente más sospechoso más numero de veces, y que más número de veces también tengas que ser revisado "de rutina" por más elementos de policía que poco o nada conocen en serio las leyes, que poco o nada están familiarizados con algo que, también aquí y en Johannesburgo, se hace llamar "derechos humanos".
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Temor es que tengas que quedarte en casa para ser feliz, y no poder ni pestanear. Temor es que vivamos en una ciudad que dice sentirse más segura porque hay más policías. Mi familia sufrió en una ocasión un lamentable robo a casa-habitación. Los principales sospechosos de mi padre fueron siempre los policías que, atentos y sin razón aparente, pasaban cada tres minutos por la casa. El día del robo, ni uno sólo cruzó por el lugar.
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Yo, que he visto la desesperación en los ojos de mis seres amados ante la ineficacia de esos servidores públicos, yo, en quien también han hecho de las suyas y a quien hasta le han negado sus números de placa, yo se lo puedo decir, señor Vielma: su ecucación de más policías=más seguridad=más ciudadanos felices=más votos y simpatizantes, es tan equivocada como arcáica. Déjela usted, háganos el favor a los zapopanos, para los tiempos en que un policía en la esquina era sinónimo de tranquilidad. Hoy, le comparto, mi madre de 62 años de edad me ha respondido a mi cuestionamiento sobre si ella se siente segura con un policía cada tres minutos pasando por la puerta de su casa: "No, hijo. Al contrario. Hay que cuidarse también de esos gandules". ¿Necesita que le explique el significado de la palabra "gandul" o así se da por bien servido?
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¡Salud! (sin policías, claro está)