jueves, 17 de junio de 2010

Lo bueno del mundial.

Tres cosas nada más hay girando alrededor de las copas de fútbol que ponen de buenas a los que bailamos este baile. Las tres están relacionadas con todo menos el balonpié -término que los amantes del español idearon como traducción directa del anglosajón "foot-ball", que en Iglaterra se conoce como soccer, y en suajiri como takataka (esto último es mera suposición, tomando en cuenta que en suajiri todo suena como takataka)-. Y eso es porque sí, en efecto, a nadie en este baile le gusta el fútbol, y mucho menos asistimos a partidos, ahorramos para ir a ver a México en otras latitudes o coleccionamos estampitas de jugadores con cara de exconvictos y nula preparación académica -alguien debería enseñarles por lo menos a dar entrevistas sin parecer que están respondiendo a un regaño-.
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Cosa Buena del Mundial Número Uno. Gracias a que por primera vez las cámaras de televisión nacional se dirigen a otras latitudes con fines meramente culturales, podemos los que no ganamos lo suficiente como para subir a un avión y cruzar el Atlántico -eso no es problema: el problema es pagar- acceder a los ritos culturales y el folklore de otros lugares del mundo, tan distintos como China, Brasil, o ahora Sudáfrica. Y entonces, a través de notas de todos los colores, conocemos la prostitución en Alemania, la alimentación a base de ratas y perros de Corea, el desgaste mortal que es la vida en las fabelas, la obra de artistas como Gaudí u Oscar Niemeyer, o presenciamos escenarios grotescos como la forma en que los chinos comen pulpo vivo, o los atenienses venden pedazos de ruinas a euro el kilo.
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Cosa Buena del Mundial Número Dos. Las calles solas, la gente de buenas, la hermandad en el ambiente, la forma en que uno llega rápido y sin mayores problemas a su destino, porque el resto del país está espectante frente a una televisión, convulsionándose en toda clase de gestos en medio de una montaña -a la vez una maraña- de sentimientos y reacciones. La adrenalina al cien mientras el delantero se acerca a la línea de meta. La energía que sube y sube como bólido mientras el balón rueda impulsado por el vértigo y otras fuerzas oscuras hacia el arco. La decepción del penalti que falla. El enojo hacia el defensa que, como las grandes decepciones de la vida, se conformó con dejarla ir. Y mientras tanto uno, que no se siente para nada cercano a quince hombres corriendo tras un balón, trabaja agusto, vive agusto, come a sus anchas y se va a la hora que quiere, porque ni los gerentes ni los supervisores aparecen en el horizonte, espectantes también frente a una pantalla que, encima de todo, ni mexicana es.
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Cosa Buena del Mundial Número Tres. Todo mundo se quiere, todo México confía en sí mismo. El resto del año somos el peor país, el más sucio, el más corrupto, el más violento, el más desorganizado, el más inconforme, pero durante un mes, cuatro semanas cada cuatro años, nos damos un "chance" y confiamos un poquito, tan sólo un poquito -hasta llegar a cuartos de final, mínimo, digo- en nuestra posibilidad de accederes a mejores mañanas. Y entonces desaparece el vecino que nos debe, el compradre que nos agrede, el conductor que nos ofende, el jefe que nos oprime. Todos somos uno, en la fiesta inconfundible del deporte. Esa es otra cosa buena del futbol que no he mencionado aquí porque me gustó más decir tres que cuatro: es un deporte, con todo lo que ello conlleva, y lo ideal sería que todos lo practicárabamos en lugar de tirarnos a verlo. En fin. Lo bueno es que se va el mundial y volvemos a ser obesos con todas las de la ley.
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Por último, les recuerdo que con el mundial vienen las quinielas, y no hay mexicano decente que viva toda su vida con sólo su sueldo, sin contar con quinielas ni tandas. Así que vayan apostando, hagan tradición y sólo por este mes, o por lo menos hasta que nos eliminen -pfff, se apareció el positivo-, crean en México. A mí se me hace que todavía tiene muchas cosas bonitas, y mucho más bonitas que su futbol. Pero no le digan que dije eso a mis informantes, que celebran el gol del Chicharito como el anuncio del final por condonación de la deuda externa. ¿Ya vieron? Ni Francia nos volvió a invadir.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Yo conozco a alguien que sacrificó sus chinitos cuando ganó México a Francia, y después su barba, porque pasó a octavos, espero que México no siga avanzando,porque entonces se irá quedando sin cejas, bigote, pelitos de la nariz...
P. D. Me tienes muy abandonada, date una vuelta por mi blog, méndigo. Te quiero.