lunes, 7 de junio de 2010

Cero y van ocho.

Fin de semestre. Uno llega a él con dos neuronas menos, mucha hambre, tres kilos de ojeras y una decepción casi absoluta porque resulta que la carrera parece no dejar mucho en la memoria. Los tópicos, términos y teorías son tantos, que las energías, la memoria y todo el intelecto se ponen en función de saldar el semestre, entregar trabajos finales y llegar rayando, y quemando chancla, al examen o la última presentación. Aún no entiendo por qué en general a los estudiantes se nos tacha de desquehacerados e improductivos. Nada más falso. Estudiar es una actividad tan fructífera como cualquier otra. El problema es que, al menos en un entorno inmediato, no redunda en remuneración económica, y eso, en una sociedad mercantilista, que todo lo pretende premiar o castigar vía moneda nacional, es sumamente mal visto -¡peor que ser gay en Puebla!-
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Ahora imagen esa terrible situación multiplicada por tres. Si dos semestres al año nos dejan zombies, imagínense esos pobres seres en desgracia que estudian por cuatrimestres. Uno los ve tan encimismados tantas veces al año que termina por pensar que son matados. Nada más falso de nuevo. Mi Ojosh, que es altamente productivo -si fuera índice bursátil, andaría diario por las nubes-, bebe el amargo cáliz de los finales cada cuatro meses. Por eso es que para diciembre tengo ya novio agotado, desteñido y con puchero constante. Y yo, me quedo diciendo casi como Mafalda: ¿uno manda todos los días un novio a la escuela para que le regresen esto?
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El punto es que ya esta semana terminamos el octavo. Si las cuentas no me fallan, yo he dedicado entradas similares al asqueroso fin de ciclo escolar desde que estaba empezando cuarto. Es decir: ustedes se han quemado la misma letanía por lo menos cinco veces. Ni para dónde se hagan: ya les gusta el baile, ¿no? Pues ahora van a tener que leerlo hasta que se den cuenta que son adictos, y que su existencia no sería la misma sin tanta visión retorcida de la realidad -Mi Ojosh ni me lee, se conforma con los resúmenes ejecutivos que otros lectores asiduos le pasan a modo de chisme, y que siempre me dejan en mal y me generan reclamos. Ni hablar: la desventaja de mantener profesión y relación en esferas aparte.
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Y yo, poniendo puntos finales a ensayos y diapositivas, volteo hacia mis abrazables amistades y las descubro en franco look de bote pateado: La Zucaritas ya ni sonríe, ha engordado diez kilos y no puede pararse del sillón; La Wendy, que nos tiene acostumbrados a lucir escotes, piernas torneadas y chinos de comercial de Pantene, se acerca más a la fotografía de una conductora fichada en estado sicótico que a una belleza autóctona; La Traviata, siempre cuidando el mínimo detalle, parece ahora más una soprano en escena final de decapitación que una María Callas con todo su esplendor; de La Casicasi ni hablemos, que conforme fue pasando el semestre se fue haciendo chiquita chiquita -sí, aún más- y es hora que no la encontramos por ningún lado.
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Queda la esperanza de que esto de estudiar acabe pronto. La Wendy es la única que todavía insiste, la maldita, en que lo suyo lo suyo es abrir libros y hacer apuntes. No sé decirle si eso dé para comer, pero sé decirle que, así la sigamos viendo cada seis meses con imagen digna del Show de la Barandilla, se le seguirá queriendo como cuando conservaba todos los dientes, reía a carcajadas y no tenía pelos en la cara.
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Para cerrar esta entrada de desesperación y finalidad -es que si decía "finalización" me iban a ver feo y me iban a poner una espantosa equis-, recordaré que ayer me tocaba ver en Antena 3, el canal español de contenidos varios, un reportaje sobre el fin de semestre en las universidades españolas. Resulta que allá uno de cada cinco jóvenes está poniendo sus desveladas en función de los libros. En México, imagino, la cantidad sería más alarmante. Voltee a su alrededor y cuente cuántos de sus amigos, familiares, vecinos, compañeros de trabajo o conocidos menores de 30 años le están pegando al estudio. Ah, ¿verdad? Si les digo que yo no soy estadista, pero tampoco menso.
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¡Salud! (y un aplauso para ti, que cierras el libro y estás a punto de desconectarte)

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Primero que nada quiero defender mi imagen y anunciar que ¡me estoy recuperando!
Esto de los finales te pone de humor muy sabroso, Agus, gracias.
Cuando se termine mi beca familiar, seguramente buscaré una institucional para, ¿sabes qué?... seguir estudiando, jaja.
Por último quiero hacerte una observación: ocho semestres, ocho meses... ¿casualidad, o destino?
Besos.

Victor H. Vizcaino dijo...

Zaz, pedradon jeje, ok, descuida, ando muy desconectau, no pasara de nuevo. Salu2.