martes, 22 de junio de 2010

Memorial de dos genios.

Bien dicen que las malas noticias nunca llegan solas, y ninguna estrella muere en solitario. Hace unos días, dos de los más grandes escritores en lenguas romances, diría Dante, adquirieron ciudadanía divina. Dos grandes plumas que enmarcan estilos particulares de ver y hacer literatura, de conversar con la realidad y traducirla a palabras, palabras que a partir de hoy, a todos sus lectores, nos sabrán a gloria ante su ausencia. José Saramago y Carlos Monsiváis se van de este mundo dejando tras de sí todo un legado en cuanto a prosa variada y crónica se refiere, y enlutando irremediablemente al mundo de la cultura universal, ésa que ambos, con sus respectivos estilos y técnicas, enriquecieron tan grandemente.
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El Baile de la Coma se une a ese mismo luto. Lo comparte y lo extiende. La falta del portugués y el mexicano se traducirá sin duda en una doble ausencia de su presencia en ferias del libro, entrevistas, lanzamientos literarios y ruedas de prensa, a las cuales, sobre todo Monsiváis, eran asiduos, no con otro fin que el de acercar un poco más a sus lectores a la cultura y el enriquecimiento intelectual, aspectos hoy día tan ausentes, sobre todo en el mundo hispano, sucumbido entre los arrebatos tecnológicos del occidente y la amenaza comercial del oriente.
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Además, Saramago y Monsiváis fueron duros defensores del lenguaje. Saramago escribía en portugués -un idioma que me sabe rico, no sólo por su precioso sonido, sino porque Mi Ojosh lo domina en un nivel básico que le permite hablarme en él, y hacerme volar un rato aligerando mis pies través del oído-, Monsiváis en español, pero ambos fueron siempre cercanos a la lengua de Cervantes -Pilar, la esposa de Saramago, fue la traductora al español de todos sus materiales desde que se conocieron cuando jóvenes, y sólo a ella confió siempre el hombre de 82 años su creación, en un acto de amor, fidelidad y certidumbre que muchos envidiarían-. Desde sus respectivas trincheran, y a través de sus respectivas obras, ejecutaron verdaderas proezas a favor del mantenimiento de la claridad, la concisión, la fuerza representativa y todas esas grandes cualidades del "buen decir".
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A Monsiváis, aparte de todo, yo le reconozco como aspirante a periodista su sempiterna capacidad para elaborar la crónica. No hay en el México del siglo XX un cronista mejor que Monsiváis. Nadie como él ha recreado con tanta inteligencia y dominio de los temas las más simples y rutinarias labores del mexicano, sus más elementales gustos, sus más representativos salvagismos. Nadie como él para expresar, para exponer, para concretar. También le reconozco su particular afección por comentarlo todo, pero con conocimiento de causa, lo que es sumamente valioso en una opinión pública mexicana donde hasta el cardenal opina de por qué demonios el chocolate Arnoldi sabe mejor que el Ferrero Rocher. Monsiváis, apodado "el Monsi", tenía también una particular atracción por los gatos. En fin. No podría ser perfecto el hombre.
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A Saramago se le reconoce su sencillez, su familiaridad, pero ante todo la fiel presencia de lo inevitablemente humano en sus libros. Yo lo he dicho muchas veces: para plagar de lo humano la literatura, ninguno como don José. Ensayo sobre la ceguera y Las intermitencias de la muerte son especialmente dos miradas inteligentes al mundo "civilizado", en que los miedos, alegrías, reacciones y demás sentimientos más humanos, relucen con sinigual brillo. Saramago el lúcido, Saramago el interesante, Saramago el inmortal.
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En el Baile ya le bajamos el sonido a la música y pusimos un moñito negro en la entrada. Es un momento adecuado para pensar qué nos ha dejado la impenetrable perpetuidad de estos dos genios, pero también para valorarlo a través de su lectura. Hoy más que nada, la muerte de ambos hombres nos debe llevar a la reintegración de su obra, a la revisión pausada, a sorbos lentos, de lo que les llevó la vida: hacer del lenguaje la más grata de las pasiones, y de las pasiones, la más eficaz gasolina para la escritura.
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¡Salud!

jueves, 17 de junio de 2010

Las cosas buenas.

Guarden un minuto de silencio. Concéntrense en ese ligero ruido que forma el acumulado de golpeteos sobre el cristal. ¿Piedras, pedazos de hierba que lleva el viento? Su choque transporta, su humedad reconforta, su olor es uno de los más gratos placeres que la naturaleza ha dado a los sentidos como regalo. Sí, señoras y señores, la lluvia ha llegado, y ha puesto a todo el baile de buenas.
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Yo todavía no me explico cómo hay gente que puede no tolerarla. Los días nublados son tan perfectos que a duras penas son superados por las noches nubladas: el frío delicioso, no demasiado alardeante, no tan ligero que cualquier rayo de sol se lo lleva, nos pone de buenas, y la gente le cede espacio al buen humor, la charla, el cafecito y el pan. Todos comemos más galletas, y por eso la gente es más feliz -certificado ante notario público-. Las parejas se besan con más ganas, los perros jadean menos y las tiendas ponen sus mercandías en descuento.
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Además la lluvia protagoniza el curso del verano, lo que significa que marca la llegada de los estrenos cinematográficos a las carteleras, las horas libres y las posibilidades infinitas del paseo. Mi Ojosh y yo hemos tenido pocas horas este verano para caminarlas, pero hoy ya tuvimos nuestro primer beso bajo la lluvia, ¡y qué beso! Ésa es otra cosa que la lluvia trae consigo: a uno le entran unas ganas tremendas de cumplir al pie de la letra aquello que la canción de la española Rossana tan sabiamente expresó: por hoy, no subirse al mundo, y quedarme entre su piel.
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Con la lluvia las sábanas se pegan, los jefes andan de buenas y los hermanos no se pelean. Con la lluvia llega la esperanza, el aliento, la sensación de que el resto del año, por alguna razón que no alcanzamos a vislumbrar, será mejor. Además no les pasa que con la lluvia extrañan más a sus amigos, y se levantan desesperados los recuerdos para abrirse espacio en el presente. Yo, cuando llueve, amo a los que están lejos y quiero un poco más a los que están cerquita. Recuerdo una vez que, en plena llovizna, un hombre exclamó junto a mí en la parada de un camión: "¡Vaya! ¡Cómo era buena la sopa de mamá!"
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Así que venga la lluvia. Ojalá se quedara todo el año, pero resulta que, como las cosas buenas de la vida, se nos da nada más en probaditas. Que caigan las gotas a mares, que se inunden así los corazones y nada más se necesite. Que se escriba bajo su manto uniforme la mejor novela, la mejor poesía, la mejor historia de amor. Que si la lluvia trae consigo la frescura, traiga también las cosas buenas. Señoras, señores, llegó el momento: vámonos amando bajo el resguardo cristalino de las gotas.
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¡Salud!

Lo bueno del mundial.

Tres cosas nada más hay girando alrededor de las copas de fútbol que ponen de buenas a los que bailamos este baile. Las tres están relacionadas con todo menos el balonpié -término que los amantes del español idearon como traducción directa del anglosajón "foot-ball", que en Iglaterra se conoce como soccer, y en suajiri como takataka (esto último es mera suposición, tomando en cuenta que en suajiri todo suena como takataka)-. Y eso es porque sí, en efecto, a nadie en este baile le gusta el fútbol, y mucho menos asistimos a partidos, ahorramos para ir a ver a México en otras latitudes o coleccionamos estampitas de jugadores con cara de exconvictos y nula preparación académica -alguien debería enseñarles por lo menos a dar entrevistas sin parecer que están respondiendo a un regaño-.
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Cosa Buena del Mundial Número Uno. Gracias a que por primera vez las cámaras de televisión nacional se dirigen a otras latitudes con fines meramente culturales, podemos los que no ganamos lo suficiente como para subir a un avión y cruzar el Atlántico -eso no es problema: el problema es pagar- acceder a los ritos culturales y el folklore de otros lugares del mundo, tan distintos como China, Brasil, o ahora Sudáfrica. Y entonces, a través de notas de todos los colores, conocemos la prostitución en Alemania, la alimentación a base de ratas y perros de Corea, el desgaste mortal que es la vida en las fabelas, la obra de artistas como Gaudí u Oscar Niemeyer, o presenciamos escenarios grotescos como la forma en que los chinos comen pulpo vivo, o los atenienses venden pedazos de ruinas a euro el kilo.
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Cosa Buena del Mundial Número Dos. Las calles solas, la gente de buenas, la hermandad en el ambiente, la forma en que uno llega rápido y sin mayores problemas a su destino, porque el resto del país está espectante frente a una televisión, convulsionándose en toda clase de gestos en medio de una montaña -a la vez una maraña- de sentimientos y reacciones. La adrenalina al cien mientras el delantero se acerca a la línea de meta. La energía que sube y sube como bólido mientras el balón rueda impulsado por el vértigo y otras fuerzas oscuras hacia el arco. La decepción del penalti que falla. El enojo hacia el defensa que, como las grandes decepciones de la vida, se conformó con dejarla ir. Y mientras tanto uno, que no se siente para nada cercano a quince hombres corriendo tras un balón, trabaja agusto, vive agusto, come a sus anchas y se va a la hora que quiere, porque ni los gerentes ni los supervisores aparecen en el horizonte, espectantes también frente a una pantalla que, encima de todo, ni mexicana es.
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Cosa Buena del Mundial Número Tres. Todo mundo se quiere, todo México confía en sí mismo. El resto del año somos el peor país, el más sucio, el más corrupto, el más violento, el más desorganizado, el más inconforme, pero durante un mes, cuatro semanas cada cuatro años, nos damos un "chance" y confiamos un poquito, tan sólo un poquito -hasta llegar a cuartos de final, mínimo, digo- en nuestra posibilidad de accederes a mejores mañanas. Y entonces desaparece el vecino que nos debe, el compradre que nos agrede, el conductor que nos ofende, el jefe que nos oprime. Todos somos uno, en la fiesta inconfundible del deporte. Esa es otra cosa buena del futbol que no he mencionado aquí porque me gustó más decir tres que cuatro: es un deporte, con todo lo que ello conlleva, y lo ideal sería que todos lo practicárabamos en lugar de tirarnos a verlo. En fin. Lo bueno es que se va el mundial y volvemos a ser obesos con todas las de la ley.
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Por último, les recuerdo que con el mundial vienen las quinielas, y no hay mexicano decente que viva toda su vida con sólo su sueldo, sin contar con quinielas ni tandas. Así que vayan apostando, hagan tradición y sólo por este mes, o por lo menos hasta que nos eliminen -pfff, se apareció el positivo-, crean en México. A mí se me hace que todavía tiene muchas cosas bonitas, y mucho más bonitas que su futbol. Pero no le digan que dije eso a mis informantes, que celebran el gol del Chicharito como el anuncio del final por condonación de la deuda externa. ¿Ya vieron? Ni Francia nos volvió a invadir.
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¡Salud!

lunes, 7 de junio de 2010

Cero y van ocho.

Fin de semestre. Uno llega a él con dos neuronas menos, mucha hambre, tres kilos de ojeras y una decepción casi absoluta porque resulta que la carrera parece no dejar mucho en la memoria. Los tópicos, términos y teorías son tantos, que las energías, la memoria y todo el intelecto se ponen en función de saldar el semestre, entregar trabajos finales y llegar rayando, y quemando chancla, al examen o la última presentación. Aún no entiendo por qué en general a los estudiantes se nos tacha de desquehacerados e improductivos. Nada más falso. Estudiar es una actividad tan fructífera como cualquier otra. El problema es que, al menos en un entorno inmediato, no redunda en remuneración económica, y eso, en una sociedad mercantilista, que todo lo pretende premiar o castigar vía moneda nacional, es sumamente mal visto -¡peor que ser gay en Puebla!-
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Ahora imagen esa terrible situación multiplicada por tres. Si dos semestres al año nos dejan zombies, imagínense esos pobres seres en desgracia que estudian por cuatrimestres. Uno los ve tan encimismados tantas veces al año que termina por pensar que son matados. Nada más falso de nuevo. Mi Ojosh, que es altamente productivo -si fuera índice bursátil, andaría diario por las nubes-, bebe el amargo cáliz de los finales cada cuatro meses. Por eso es que para diciembre tengo ya novio agotado, desteñido y con puchero constante. Y yo, me quedo diciendo casi como Mafalda: ¿uno manda todos los días un novio a la escuela para que le regresen esto?
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El punto es que ya esta semana terminamos el octavo. Si las cuentas no me fallan, yo he dedicado entradas similares al asqueroso fin de ciclo escolar desde que estaba empezando cuarto. Es decir: ustedes se han quemado la misma letanía por lo menos cinco veces. Ni para dónde se hagan: ya les gusta el baile, ¿no? Pues ahora van a tener que leerlo hasta que se den cuenta que son adictos, y que su existencia no sería la misma sin tanta visión retorcida de la realidad -Mi Ojosh ni me lee, se conforma con los resúmenes ejecutivos que otros lectores asiduos le pasan a modo de chisme, y que siempre me dejan en mal y me generan reclamos. Ni hablar: la desventaja de mantener profesión y relación en esferas aparte.
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Y yo, poniendo puntos finales a ensayos y diapositivas, volteo hacia mis abrazables amistades y las descubro en franco look de bote pateado: La Zucaritas ya ni sonríe, ha engordado diez kilos y no puede pararse del sillón; La Wendy, que nos tiene acostumbrados a lucir escotes, piernas torneadas y chinos de comercial de Pantene, se acerca más a la fotografía de una conductora fichada en estado sicótico que a una belleza autóctona; La Traviata, siempre cuidando el mínimo detalle, parece ahora más una soprano en escena final de decapitación que una María Callas con todo su esplendor; de La Casicasi ni hablemos, que conforme fue pasando el semestre se fue haciendo chiquita chiquita -sí, aún más- y es hora que no la encontramos por ningún lado.
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Queda la esperanza de que esto de estudiar acabe pronto. La Wendy es la única que todavía insiste, la maldita, en que lo suyo lo suyo es abrir libros y hacer apuntes. No sé decirle si eso dé para comer, pero sé decirle que, así la sigamos viendo cada seis meses con imagen digna del Show de la Barandilla, se le seguirá queriendo como cuando conservaba todos los dientes, reía a carcajadas y no tenía pelos en la cara.
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Para cerrar esta entrada de desesperación y finalidad -es que si decía "finalización" me iban a ver feo y me iban a poner una espantosa equis-, recordaré que ayer me tocaba ver en Antena 3, el canal español de contenidos varios, un reportaje sobre el fin de semestre en las universidades españolas. Resulta que allá uno de cada cinco jóvenes está poniendo sus desveladas en función de los libros. En México, imagino, la cantidad sería más alarmante. Voltee a su alrededor y cuente cuántos de sus amigos, familiares, vecinos, compañeros de trabajo o conocidos menores de 30 años le están pegando al estudio. Ah, ¿verdad? Si les digo que yo no soy estadista, pero tampoco menso.
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¡Salud! (y un aplauso para ti, que cierras el libro y estás a punto de desconectarte)