martes, 4 de mayo de 2010

7.

Para construir una pareja, es necesario modificar dos individuos.
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Así de simple. No se puede crear una unión fructífera, dadivosa, dispuesta al triunfo del amor y la supremacía de la felicidad, si no se está primero dispuesto a la modificación de la sustancia individual. Hay que apostar, pero también hay que dejar de lado. Sin abandonarse, sin permitirse la perdición, es necesario, a modo de una barra de plastilina, modificar las puntas duras que impiden crear la figura extraordinaria que se pretende. No se trata de transformar la plastilina en masa, sino de cortarle los excesos, negociarle los antojos, reducirle las imperfecciones. La unión crea entonces una plastilina que en lo individual es más humana, más dispuesta, y en la mezcla misma se fortalece como un todo en el cual ya no cuenta lo individual sino lo parental.
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Por eso es que tener una pareja hoy día es sumamente útil: en tiempos en que es necesario a ratos darle la espalda a la vida y a ratos encararla con todo el fulgor de la lucha armada -los lápices, las computadoras, los camiones y los sistemas son los escudos y las armas del siglo XXI-, tener una pareja da la posibilidad de contar con resguardo impermeable ante la lluvia y fiel compañero de batalla ante el enfrentamiento con la vida diaria. Además, la pareja aporta equilibrio, estabilidad: lo que uno es incapaz de hacer, ver, entender, sostener y hasta enfrentar, lo puede poner en manos del otro para que la cosa se balancee, a sabiendas de que también a uno le va a tocar encarar lo innenarrable cuando sea la hora. Pero sin miedo, de frente y con la cara al cielo, como en la muerte en altamar de Gutiérrez Nájera. Porque uno tampoco le teme a eso cuando se cumplen siete meses de construcción infinita: la muerte es un asunto utópico, medio imposible, casi con cara de mito.
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Pero además, tener una pareja es motivo de festejo. Se festejan los uno, dos, siete, quince meses, treinta años juntos, porque el tiempo que se dura en construcción conjunta significa trabajo, cuidado, esmero, dedicación, entrega. Amar es una tarea de lo más difícil: implica incluso a veces dejar de ser uno mismo, vencer la zona de "confort", entregar, en una sociedad caracterizada muy especialmente por el agandalle, el conformismo, el miedo al cambio y el egoísmo. Ironías de las generaciones marcadas por el marketing: nos sentimos orgullosos de definirnos como "individuales" porque podemos elegir entre trescientas combinaciones distintas de una Whooper y ponerle nuestro nombre, pero somos incapaces de vencer esa individualidad y formar relaciones constructivas y fecundas.
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Yo, por eso, festejo al amor. No a su participación procaz e inmoral en el entorno de la mercadotecnia, que es capaz de vendernos mulas disfrazadas de changos con corazones, y, lo que es peor, hacérnoslos comprar. Me refiero al amor como un sentimiento en inicio de conflagración química cerebral, y luego prolongado gracias al trabajo, la dedicación, la entrega, el sentido de familia y la formación del equipo. No hay pareja que dure un día, dos, tres meses, que no obedezca a este principio básico de supervivencia del equipo: la unión hace la fuerza. Y nadie puede unirse si el egoísmo supera su capacidad de conflagración.
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Yo también celebre siete meses contigo. Siete meses de vivir la vida "como Dios manda". Siete meses de no tener otra cosa en mi corazón que una profunda gratitud con la vida por colocarme en mi camino a mi alma gemela justo en el momento adecuado. Te amo. Bendito el lugar, y el destino de estar ahí, o la coincidencia, o a vuestro gusto. La vida te pague con creces esto que has hecho por mí, y que parte del premio sea seguir a mi lado -el ególatra no vino, pero me envió a mí- ¡Felices siete, Ojosh!
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Seré elocuente:¡felicidades!