viernes, 23 de abril de 2010

Una rosa y un librito.

Estimados danzantes, paseantes y chimosos de este Baile: Feliz Día Internacional del Libro. Sean bienvenidos a la única jornada de 24 horas en el año que contempla un festejo desinteresado, cultural y absolutamente auténtico que en nada podría compararse con otros tantos como el Día Mundial de la No Discriminación o el Día Internacional del Agua, ambas fechas en esencia nobles, pero en acto aberrantes en tanto que permiten la reivindicación de políticas públicas que sólo buscan atraer votos y no acciones concretas. En resumen, después de treinta años de celebrar al niño, la mujer, el árbol y al queso -¿hay un Día Internacional del Queso? ¡Ay, yo sí lo celebraba!-, ninguno de estos elementos elementales -?- de la sociedad humana civilizada -?, y más ?- ha tenido acceso al respeto, las garantías, la justicia y la igualdad de oportunidades que se esperaría de dedicársele un Día Internacional.
.
Por eso es que festejar la libro es una cosa escepcional: los libros siguen siendo un artículo de primerísima necesidad, y ninguno de los intentos tecnológicos por arrebatarle su trono como representante y portador máximo de la sabiduría ha podido dar resultados. Frente a él, la laptop, el netbook y hasta la palm han quedado relegados tarde que temprano. Sucede con el libro lo que no ha pasado con ningún otro elemento de la cultura humana: ha mantenido su naturaleza a pesar del embate constante de la tecnología, lo que no han podido ni siquiera las frutas y las verduras, de las cuales, por la influencia de la química, hoy ya no nos quedan prácticamente residuos de naturaleza -si la próxima vez que pruebe usted una manzana le sabe a caucho, no le eche la culpa a la envoltura-.
.
El libro ha resistido también el curso de la ignorancia. Porque mientras el ser humano ha avanzado en el conocimiento de las cosas, incluso en el conocimiento de las suyas propias, y hoy es capaz de saber, por ejemplo, qué lo hace tener antojos, excitarse, cicatrizar y generar cáncer, también ha avanzado la ignorancia a la par de los grandes procesos de la obtención de la sabiduría. Sí, a modo de esa pieza en el juego original de Maratón que se llamaba justamente "ignorancia" -era de color negro, ahí ustedes se imaginarán por qué, si el negro es ausencia de luz-, y que avanzaba junto con las otras fichas cuando una pregunta no era respondida.
.
Hoy somos cada vez más lectores. El índice actual de alfabetismo en México es el más grande de toda la historia. Hoy, menos del 1 por ciento de los mexicanos son incapaces de enfrentarse a un texto y descifrarlo. Pero a esta cuestión aplaudible de la educación mexicana, se añade, cual ignorancia maratónica, el fantasma del analfabetismo funcional. Hoy, cuando todos podemos leer, nadie se pone las pilas y se acerca a la lectura con frecuencia, salvo para revisar el TVNotas de la quincena, o los subtítulos de la película -y eso cuando nos animamos a vencer la flojera y verla en el idioma original con close captioning- .
.
Eso es triste. El abandono que sufre el libro es tan lamentable como el incremento que ha sufrido la lectura de material basura. Y contra eso tampoco han podido los más novedosos gadgets, en mucho debido a que el precio de un Iphone, por ejemplo, aparatejo en el cual podría leerse una edición comentada completita de Cien años de soledad, pero también en mucho debido a que leer es un placer, un acto de seducción y de conquista, y díganme quiénes de ustedes se sentirían seducidos por un cuadrito de plástico y mica que huele a unicel.
.
El libro es otro caso. No he conocido una sola persona que me diga que no gusta del aroma del libro nuevo que abre sus hojas ante el curioso, o del aroma del libro viejo, ácido y algo empalagoso, que posee en sea tonalidad marrón con que tiñe el tiempo el blanco aperlado de las hojas un cierto aire de arrugas, manchas de sol, bronceado inigualable. Y nada comparado a la textura de la página, la mancha precisa de tinta formando letras en el papel, la sensación de ser poseedor de una pequeña porción de mundo, o de un mundo aparte, que se carga fácilmente bajo el brazo -una vez intenté hacer lo mismo con Roja, pero un policía me dijo que eso constituía una falta a la moral (para poder reírse del chiste local, denle una leída a la entrada anterior)-.
.
Por eso el libro seguirá viviendo. Yo estuve lejos de los míos tres meses y terminé por dejar de saber quién soy y qué deseo. Así de fuerte es mi vínculo con mis compañeros de hojas y solapas. Ver sus lomos acomodados en las estanterías de mi cuarto es sentir la vida correr tranquila. Mi Ojosh ya me dijo que lo primero que se mudará cuando yo salga de casa y hagamos vida en conjunto, serán mis libros. La cama, el escritorio, la silla o el ventilador pueden esperar. Él entiende a la perfección que mis novelas, mis cuentos, mis biografías, mis recopilaciones, mis poesías y mis enciclopedias, constituyen el eje elemental de mi existencia.
.
Yo no imagino un mundo sin libros. Por eso la lectura de Fahrenheit 451, el clásico de Ray Bradbury, me resultó tan escalofriante como ejemplificadora: con los libros como artículo prohibido, sólo queda de alternativa a la existencia humana la estupidez. Yo desearía hoy que en todas las estéticas, los consultorios dentales y las salas de espera del país, hubiera un bonche de buenos libros. Libros en el mercado, por kilo, y libros en la carretera, por metro. Libros con chile y limón en los carritos ambulantes, fritos en las cenadurías, hechos en serie en los restaurantes de comida rápida.
.
Libros en las bolsas del mandado, las cárceles y los aparadores. Libros para el educado y el educando, el ama de casa y el marido, los novios que retozan en el parque o los hermanos que discuten en el café paradisíaco de la otra esquina. Libros para los que aman y los que sueñan, los que roban, los que castigan, los que causan dolor. Libros tiránicos, que no den lugar a otro objeto para ocupar la vista del mundo.
.
Y de todos los libros, el mejor es el que usted quiera leer. Pero empiece ya. Quizá para el próximo año, festeje usted conmigo la posibilidad de acceder a la vida que nos da la buena bibliografía. ¡Feliz Día Internacional del Libro!
.
¡Salud!

2 comentarios:

Wendy Piede Bello dijo...

Dime qué lees y te diré quién eres...
¡Cómo para anuncio de Gandhi!
Soy parte de esa minoría y me da orgullo, pero más que orgullo, placer.
Yo creo que parte de las razones por las que subsite el libro es el fetichismo, alimentémoslo en vez de tratarlo.
Yo sí leí, y aunque sospecho que la novela leída fue escogida para encajar en las festividades del Bicentenario, ya quiero que sea el próximo año para recibir de nuevo un libro y una rosa.

Alejandro Bercini dijo...

Por ese tipo de gente es que essta sociedad mexicana no avanza, por que no les permite ser reales a las personas, porque sólo buscan que cumplan con los estándares sociales aunque eso implica la infelicidad de una persona, ir contra su voluntad y fingir ser algo que no se es.

La Sociedad Guadalajara, ciudad que de verdad extraño demasiado, peca de su espantosa horrible moral, o qué? acaso no son faltas a la moral que un hombre se esté fajorreando a su novia en vía pública? no es una falta a la moral que un hombre casado ande poniendo el cuerno con su secretaria en el Copacabana? No es una falta a la moral tener a un Gobernador (Emilio) que públicamente dice que le vale madres? ese tipo de lenguaje no es una falta a la moral particularmente si proviene de una figura pública que se "supone" es símbolo de autoridad y ejemplo?

No existe una autoridad que pueda determinar que es moral y que no, porque incluso, dentro de una misma sociedad, la definición y conceptos de la moral varían de acuerdo a la idiosincrasia individual.

Si Guadalajara te queda chico, México te sentará fantabuloso. Y si decides mudarte al DF, Acá estoy para cualquier cosa que a mi buen amigo Agustín se le pueda ofrecer. Y lo digo en serio.

Un gran abrazo mi estimadísimo compañero de letras.

Saludos desde Wonderland.