domingo, 25 de abril de 2010

Mangos

Quienes me conocen lo saben: a mí la única estación del año que no tiene que tener nada en particular para convencerme y adorarla, es el invierno. Todas las demás tienen que hacer méritos importantes para ser consideradas por mí como partes del año que valen la pena por alguna razón: el otoño lo es por el pan de muerto y las hojas de los árboles llenando el suelo de tonalidades sepia, el verano por la lluvia, y la primavera por el mango.
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Y es que no hay fruta más buena que el mango, y si es paraíso mejor. El mango paraíso es grande, jugoso, carnoso y frondosón. Tiene en su tamaño la portentosidad de lo fecundo y en su dulzor lo imponente de lo perfecto. Para mí que Dios lo creó en persona. Contrario a frutas como la sandía, que se derriten en la boca, o la manzana, cuya dureza y rigidez es altamente cotizada, al mango se le quiere por estar en la medianía: su estado maduro en exceso, en que se aguadea y se hace jarabe con sólo tocarlo, es tan triste y lamentable como sus días verdes, en que es más duro que un coco y mas insípido que un melón desfavorido. Al mango, lo que no sucede con otras frutas, se le aplaude la medianía, el equilibrio, la ecuanimidad.
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A eso hay que sumar que en todo lo que se le prepare sabe bueno. En almíbar, con chile y limón, en algún pastel, en mermelada o en un raspado, el mango es tan multifacético que casi me atrevo a señalarlo como el más popular de los frutos de la tierra tropical. Además se da en abundancia, y el muy pesado todavía comete la osadía de crecer en árbol, con esa consistencia, con ese peso -doña Mago, que últimamente anda más regeguita que de costumbre, me insiste en que ha llegado a juntar un kilo de mango con sólo tres piezas-, con esa capacidad tan suya de hacer colgar las ramas hasta casi tocar el suelo -me imagino que es una estrategia antisuicidio que ha emprendido el mango tras milenos de evolución: si ha de caer, que su peso provoque que sea a la menor distancia posible respecto al suelo.
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Además tendría yo que sumarle la experiencia personal de dar y recibir besos de mango. Si un día quieren alcanzar el paraíso sin necesidad de entrarle a lo inmoral -es un decir, ya saben que en este Baile la moral (y el resorte de la ropa interior) es cosa muy relajada-, prueben humedecer los besos de su pareja con un poco de saber a mango -Trident sacó en verano pasado unos chicles de tal efecto... ¡no saben!-. Les garantizo el conocimiento más grato de canibalismo que la vida les haya puesto en frente -nota: los labios son el mejor punto del cuerpo desde el cual uno puede empezar a comerse a su pareja. Además es más lindo hacerlo con un beso que con una modida en el pie -?-
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Ya estoy revelando muchas intimidades. Mi Ojosh me lo indica con esa mirada curiosa que pone cuando, como dirían en "Ya Párate" -nota para el mejoramiento de la salud pública: escuchen "Ya Párate", el programa matutito de los 40 Principales. No es cultural, no es profundo, ¡pero cómo hace reír con sus sonsadas!-, "estamos ñerando mucho". Mejor guardo silencio y les repito la idea central de toda esta entrada dedicada a la sana costumbre del mango petacón: coman mangos.
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El mundo sería en definitiva un lugar más mejor -?!- si todos comiéramos mangos. Yo no me explicaba la frialdad de los europeos hasta que supe que allá no crece el mango. El mango es de origen y cultivo tropical, americano, absolutamente nuestro. Pertenece al conjunto de cosas que hacen de lo nuestro algo paradisíaco. El color de la fruta lo deja bien clarito incluso: es el color del sol, con más brillo, más fuerza y más garbo que pueda incluso procurar para sí la estrella más grande de nuestro Sistema. Además, estudios eficaces del Departamento de Investigaciones Improcedentes sobre el Mango de El Baile de la Coma, indican que si Hitler, Mussolini o Franco hubieran comido mangos, ni la Segunda Guerra Mundial ni la Guerra Civil Española hubieran tenido lugar.
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Al Papa Juan Pablo II le gustaba mucho el mango. Diario que venía a México, pedía su mango mañana, tarde y noche. Yo no sé si era un hombre feliz, pero la mitad del país lo quería mucho. Eso también tiene el mango: lo vuelve a uno sociable. Es inevitable: su peculiar sabor, su textura y hasta la forma en que se desnuda cuando su cáscara se descorre para dejar al descubierto su piel fibrosa y jugosa, lo pone a uno querendón y buena onda.
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Eso también explicaría por qué a nadie le disgusta el mango. Yo no he conocido en toda mi historia como fanático de esta fruta alguien que diga a pie juntillas que no gusta de ella. Eso también es inevitable: el mango crea adicción, y es el sex-symbol de las frutas -por eso es que las chicas dicen que Luis Miguel está hecho "un mango", y no "una papaya" o "un platanito"-. ¡Ah, qué mangos! Dios bendita siempre los huertos dónde nos crece este pedazo de cielo de 250 gramos
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Nota para el Creador: todo estaría mejor si le quitara usted la mitad del hueso y nos pusiera más carnita. Si Mc Donalds lo ha hecho con el Cuarto de Libra con Queso, ¿por qué no habría usted de hacerlo con el precioso mango?
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Mi Ojosh también es un mango. Pero esa es otra historia.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

¿Qué tal juguito de mango en el ombligo con tierrita?
Jajajajajajajajaja.
Sí, sí, sí, que rico es el mango, pero la primavera es horrible porque todo florece y a mi me da alergia.
Ah, pero están los calores que es mejor pasar acompañados.