jueves, 22 de abril de 2010

El hostigamiento inútil.

"La sensación de ir de la mano con mi esposa por la calle después de la boda fue increíble. Por primera vez en toda mi vida sentí que el D. F. realmente era mío, que la ciudad me pertenecía, que yo era suya y que quería pasar el resto de mis días en su suelo".
Lesbiana entrevistada por Ana Paula Ordorica para Grupo Imagen tras su boda en el Distrito Federal, el pasado mes.
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Todavía no lo entendemos. A 24 horas del suceso, Mi Ojosh y yo seguimos mirándonos con la incertidumbre total respecto al hecho. El día de ayer, mientras hacíamos tiempo para la hora de entrada a su trabajo, dos policías del ayuntamiento de Zapopan se acercaron a nosotros y comenzaron a hostigarnos, expresando que eso que hacíamos, tomarnos de la mano y recargarnos en el hombro del otro, constituía una falta administrativa por "faltas a la moral y a las buenas costumbres".
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Se preguntarán qué es lo que uno hace cuando algo así sucede. Primero surgen muchas dudas: ¿estoy realmente cayendo en una falta a la moral? ¿Ofendemos él, con sus chinos, o yo, con mis lacios mechones, a alguien realmente? ¿Levantamos un falso, mostramos nuestros miembros, nos cacharon sobando alguna parte "pudenda"? ¿Es el abrazo hoy día una falta a la moral? ¿Tomar la mano de alguien en la calle escandaliza, desordena, atrae la perdición social y es causa de percances en el entorno inmediato comunitario?
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Luego el cerebro solito trabaja en las respuestas. A todo sigue un lógico, rotundo y absolutamente justo "no". No es una falta que dos personas se demuestren afecto en público sin involucrar actos sexuales, porque ayuntamientos como el de Guadalajara hasta arman los 14 de febreros besos públicos, a los cuales, cabe aclarar, no podemos ingresar las parejas homosexuales, en un acto administrativo a todas luces intolerante, irrespetuoso y homófobo. No es una falta administrativa abrazar, besar, tomar la mano, demostrar cariño, y no existe código urbano que lo inculpe -Mi Ojosh se pasó la noche en vela revísandolos todos, uno por uno, y hasta peló los ojos (es que si lo vieran, parece copia viviente de pictograma egipcio)-.
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El asunto, mis estimados bailantes, es que somos dos hombres. Así de simple. Si ustedes creían que en este país daba igual ser hombre o mujer, y que todos tenemos las mismas oportunidades, derechos y obligaciones, váyanse enterando que el asunto se pone morrocotudo cuando ustedes deciden darle su amor, su sentimiento, su dedicación y su vida a una pareja del mismo sexo. Ahí se acaban los derechos, las posibilidades y las fortalezas. Ahí se termina el discurso político de igualdad, tolerancia, respeto y justicia que dió el poder a las nuevas autoridades municipales en julio pasado. En Jalisco, dice todo el asunto, sólo hay lugar para un tipo de parejas: las heterosexuales, y para un tipo de familias, las formadas por padre, madre e hijos debidamente acreditados.
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Todos aquéllos que, como yo, tienen la idea de que familia no es la que Dios da -y el diablo descompone- sino la que uno elige, pasen por favor a la siguiente ventanilla y la encontrarán cerrada. Es más, ni se molesten en hacer fila. No son bienvenidos.
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Eso mismo nos hizo saber amablemente -es un decir- el policía zapopano -uno de los dos, porque el otro se liminó a esculcarnos y ni abrió el pico, como si el hecho de ser homosexual fuera además partícipe intrínseco e indisoluble de la portación o uso de drogas o sustancias estupefacientes, armas de toda clase o pornografía infantil-, quien nos explicó que "eso" sólo podíamos hacerlo en lugares como "México (se refería al Distrito Federal, ahí disculpen cualquier confusión terminológica que podría hacernos pensar que estamos en lo mismo), dónde hasta les permiten casarse. Aquí no, aquí la gente piensa de otra manera".
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El policía que hablaba -así lo llamaremos, para evitarnos la fatiga-, nos dijo también que era sorprendente que dos jóvenes de licenciatura ignoraran que hacer eso era "malo". "¿O tú crees acaso que está bien?", me preguntó, cuando quienes me conocen saben perfectamente que el concepto de lo que está "bien" y lo que está "mal" es en mí causa de disolución y meditación infinita. Nunca he llegado a una buena conclusión cuando me pregunto si algo es bueno o malo. Lo juzga el que lo piensa, y el pensamiento de dichos concepto, bondad o maldad, adquiere de inmediato espacio en lo moral, ya no en lo justo o lo legal. Acto seguido, guardé silencio.
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Y ni hablar de cuando dijo que no fuéramos a pensar "que esto es racismo, o algo así". ¿Racismo? ¿Pasó el señor policía su prueba Enlace o sólo está teniendo un disculpable lapsus terminologicus? Ni para qué parar mientes en el asunto. Para mí lo terrible estriba en el hecho de que nos acusara de ignorantes por no saber, a nivel facultad, "lo que te enseñan desde primaria", que dos hombres tomados de la mano en público son algo "malo", cuando él no demostró saber la diferencia entre racismo y homofobia o discriminación. Triste, pero cierto. Ésos son los que nos cuidan.
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El silencio mata, corroe, pero más la desinformación. Mi Ojosh y yo seguimos asombrados no por la intolerancia, la incomprensión, la discriminación y la cerrazón. Claro que iremos a "México" (otra vez me refiero a la capital del País, no vayan a creer que ando norteado), y allá caminaremos de la mano porque en esa ciudad -LA ciudad, ya se los he dicho, pero no me lo creen- las faltas a la moral sí son más justas, y comprensivas, y tolerantes. Aquí cuídense los que tengan novias que parecen hombres -de que las hay, las hay-, porque incluso podrían tener que pasar a revisión "para descartar cualquier duda que pueda haber sobre racismo ejecutorio, joven".
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Ahora además tengo miedo. Me da miedo caer en la cuenta de que en esta ciudad no hay nadie para cuidarme. Sólo tengo sus brazos, esas dos fuertes extensiones de su corazón, perfectamente adaptadas a mi cuerpo, sólo ahí, y con mi familia, me siento seguro. Si algún día los policías de Zapopan quieren pertenecer a mi familia, serán bien recibidos. Mientras tanto, Mi Ojosh y yo ya preparamos los tambaches y comenzamos a sentir Guadalajara cada vez menos nuestra. "No pertenecemos aquí, amor", me repetió hoy al teléfono cuando le platiqué cómo me había ido en una entrevista con Mural al respecto de lo acontecido. Concordamos, como siempre, y luego acordamos que la mudanza será lo antes posible. Yo no sé ustedes, queridos amigos con parejas de su mismo sexo, si quieren quedarse aquí a vivir a medias. Yo nada más les recuerdo que la marginación también corroe y mata, incluso más que el silencio.
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Escucho y leo y cada vez me da más coraje, son tantas cosas: la discriminación, la ignorancia, la impotencia...
Si decidieran quedarse y luchar por sus derechos tiene en mí a una compañera de batalla, porque lo feo no es que sucedan ese tipo de cosas, sino que nadie haga nada y prefiera taparse los ojos en el día y abrirlos en la noche, porque en esta ciudad nada es lo que parece y lo que impera son las máscaras.
Valiente y admirables ustedes que han decidido despojarse de ellas para vivir abiertamente sus convicciones.