miércoles, 17 de marzo de 2010

El desafortunado Juan.

Al Cardenal Juan Sandoval Íñiguez le pasa lo que al pez del célebre refrán: su propia boca lo aniquila, y bien gascho. Lo que yo todavía no entiendo es por qué hay quiénes le ceden el micrófono y, peor aun, quienes lo consideran "líder de opinión". Ahí está por ejemplo el periódico Ocho Columnas, ligado a las ligas más conservadoras del conservadorsísimo conservadurismo tapatío, representantes del yunque extremo, el teco extremo, la derecha desposeída de toda clase de gesto humanista, comprensivo, tolerante. El cardenal se da el lujo de escribir una columna para el citado medio, y todavía peor existe un público lector que le da existencia.
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Abrase visto. ¡A qué clase de extremo en la imposibilidad de la comunicación asertiva hemos llegado cuando se le destinan más horas a un hombre homófobo, machista, intolerante y hasta irrespetuoso, interesado y vanal, que a verdaderos líderes de opinión que sí han hecho méritos para aparecer en portadas, editoriales, fotografías y micrófonos!
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Por eso es que su última declaración -la última y nos vamos- sobre los casos de pederastia clerical en Jalisco en los últimos diez años, sorprende no por lo poco conciente e inteligente que resulta, ni tampoco por lo arriesgada que suena en un entorno temático respectivo poco favorecedor para la curia. Su visión de que "cinco o seis casos" de sacerdotes abusadores de menores son "un bajo porcentaje" impresiona por algo más: no es más que la resolución natural de darle la palabra no a los que más la merecen, sino a los que más creen poseerla como bien patrimonial.
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Yo todavía no conozco un poseedor de la palabra. Ha habido paladines, justicieros, representates y hasta esposos, pero poseedores de la palabra no. La palabra, cual amante desmedida, se da a todos y para todo. Se entrega al ilusionista y al trovador, al rico y al pobre, al ciego y hasta al mudo. Que Juan Sandoval Íñiguez crea que es elementalmente suya y puede acceder a ella cuando quiera y para decir lo que le venga en gana, me indigna y sobresalta.
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Por otro lado está el asunto de intentar disminuir, vía discurso, la aparición de "cinco o seis" casos de pederastia en la región. ¡Ah, qué coshash, mi Juanito! ¿De modo que hoy día un solo abuso no es ya de por sí alarmante? ¿De cuándo acá una situación de esa envergadura es "grave" cuando sobrepasa un número mayor a un caso? ¿Permitiría usted, señor Sandoval -lo de señor es un decir inmerecido-, que se reportara un solo caso de robo a las arcas del arzobispado que encabeza, el extravío de un copón, el asesinato de uno de los animales exóticos que cohabitan con usted -the call of the wild-?
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Lo dudo mucho. Hablar de pederastia es cosa seria. Hacerlo en un grupo que tacha al homosexual de pervertido y enfermo y a la mujer que aborta de asesina e inmoral, es como apuntar una pistola en el espejo: tarde que temprano la bala termina por golpear los valores mal fundamentados, las ideas mal encauzadas, la terquedad y testarudez no reconocida. Y el pez muriendo por la boca. A mí me da la impresión de que la boca del cardenal huele feíto. Nunca se la he olido, y ni ganas, pero que semejantes expresiones salgan de ella me da a pensar que algo se está pudriendo ahí dentro.
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Señor Cardenal: en el mundo real, en que transfiguraciones, milagros, conversiones y olores de santidad son poco menos que artilugios literarios, no es suficiente el lenguaje para modificar la realidad. Esos cinco o seis casos de pederastia que usted intenta ver como un reducido porcentaje, ¿ya fueron penalizados? ¿Ya les buscó usted reclusión? Y usted, señor Sandoval -lo de señor, repito, es un decir inmerecido-, ¿soportaría uno o seis abusos sexuales?
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¡Salud!

1 comentario:

Wendy Piede Bello dijo...

Le sobran metros de lengua a ese señor, pues como éste mote, aquella es un don inmerecido.
Que se joda, literalmente.